Esta crónica periodística narra las virtudes humanas y futbolísticas de Sebastián Jaurena, una de las gratas revelaciones de la Primera Nacional, un crack juvenil que en silencio se ha ganado el corazón y el respeto de los simpatizantes de Alvarado.
“Hay técnicos que dicen que lo único que vale es ganar y los respeto, pero yo no me siento muy identificado con eso. Ganar es lo primero, pero no lo único. Sentirse bien es también importante”
Cesc Fábregas
Sábado 28 de noviembre de 2020, los duendes maradonianos recorren las gradas vacías del Estadio José María Minella mientras una brisa perturbadora nos congela el alma. El viejo cartel mundialista inmortaliza la figura del Pelusa, la imagen del 10 es en adiós color celeste que resplandece en la noche y late sigilosa e inmortal en cada uno de nosotros.
En el centro del campo de juego una réplica de la Copa del Mundo y una camiseta de Alvarado improvisan una especie de altar futbolero donde miles de devotos, algunos en vivo y en directo, otros a través de la pantalla de la tele, rendimos un desgarrador homenaje al mejor futbolista de todos los tiempos. Los veintidós protagonistas del partido realizan un conmovedor minuto de silencio que finaliza con un aplauso cerrado que parece treparse al cielo para acurrucarse bajo el ala de una estrella fulgurante.

En tanto, en el banco de suplentes del Torito del ex barrio Mataderos, un pibe del Barrio Los Zorzales espera, imagina, desea su debut profesional en el equipo que conduce tácticamente Walter Coyette. Finalmente, a los 46 minutos del complemento, sobre el epílogo de un aburrido 0 a 0 ante Guillermo Brown de Puerto Madryn, Sebastián Jaurena ingresó a la cancha en reemplazo de Leandro Navarro. En ese preciso instante una luz incandescente iluminó los pasos del juvenil mediocampista vestido de azul y blanco mientras los duendes maradonianos lo tomaban de la cintura y lo invitaban a vivir, guiño cómplice de por medio, los primeros momentos de una maravillosa aventura futbolística.
El chiquilín que jugaba sus picaditos de la infancia en los potreros linderos al kilómetro 389 de la ruta 2, el adolescente que gritaba goles e improvisaba gambetas mareadoras con la camiseta de Libertad, el joven mediapunta categoría 1999 que ilusionaba a los acérrimos hinchunes de Alvarado en el campeonato liguista, se había transformado, aquella mítica noche, en el primer jugador canterano que llegaba al profesionalismo y hacia su presentación oficial en la Primera Nacional.
Jorge Valverde y Osvaldo Nartallo, excepcionales entrenadores-formadores del Toro marplatense, formatearon y potenciaron con mano maestra las innatas virtudes de un verdadero pichón de crack, un joyita, una promesa en ciernes, un talentoso pelota al pie, un obrero obediente y muy tenaz a la hora de perfeccionar su oficio. Luego Walter Coyette y su cuerpo técnico pulieron puntillosamente sus cualidades, confiaron en él, acompañaron su crecimiento, corrigieron sus errores y lo convirtieron en una de las principales revelaciones del certamen de ascenso.

Transcribo al respecto una maravillosa reflexión de Ángel Cappa. “El entrenador es muy importante, y cada vez más porque no hay muchos futbolistas que sepan jugar al fútbol. El entrenador tiene que enseñarles, nada menos, cómo se juega a este deporte, y a partir de ahí, ayudarlos a ser cada vez mejores, a que entiendan cada vez más el juego, a que perfeccione la técnica. Después, que despierte un compromiso colectivo a favor del juego. Y también, que invite a respetar lo que significa el fútbol, respetar lo que hicieron los grandes jugadores y los grades equipos”.
Valverde y Nartallo coinciden en sus apreciaciones personales sobre Sebastián Jaurena y ambos destacan su comportamiento ejemplar, su compromiso profesional en cada entrenamiento, su responsabilidad, sus ganas de aprender, su polifuncionalidad, su pegada, su visión de juego, su carácter, su personalidad. Su desembarco en el primer equipo le permitió además enmendar falencias técnicas y aprender valiosos conceptos tácticos.
Fuera de la cancha es puro perfil bajo, sencillo, humilde. Me confiesa que nunca fue el “distinto” ni la figura de ninguno de los equipos que integró, que siempre fue uno más, uno del montón, que hizo un enorme sacrifico personal para jugar y que en algún momento le gustaría empezar una carrera universitaria relacionada con la actividad contable.

Atrás en el tiempo quedan los extenuantes viajes hasta la Villa Deportiva de Alvarado. Una hora y media arriba de un colectivo, primero el 542 y luego el 720. Tras el entrenamiento el regreso a los Zorzales, la escuela secundaria y el trabajo en una granja. Pero allí a su lado sus padres, siempre incondicionales, compinches, infaltables .Carlos, trabajador de la construcción y María, mucama de la Clínica Colón. Benjamín y Guadalupe orgullosos hermanos y fervientes admiradores del futbolista que aparece en la tele y del que todos hablan maravillas.
Sebastián Jaurena, a la luz de sus logros alcanzados, se ha trasformado, sin proponérselo, en uno de los abanderados del torneo local, un modelo, un espejo donde pueden mirarse los chicos y las chicas de la ciudad que se sueñan profesionales. Seba Jaurena es un bálsamo redentor, una excelente noticia, un buen ejemplo a seguir, un producto autóctono, genuino, bien marplatense.
Escribió el Flaco Cesar Luis Menotti: “Este es un momento confuso para el fútbol porque el gran negocio está confundiendo los valores y no solo en el fútbol, sino en otras actividades que tienen que ver con el sentimiento de la gente, como la música, o el teatro, por ejemplo . Las urgencias del negocio devoran los tiempos del fútbol. Todo tiene que ser ahora. Los entrenadores no enseñan y los jugadores cada vez saben menos de futbol y tienen menos compromiso con el significado de su profesión y más vinculación con el éxito que les proponen. Los jugadores, en general, viven el fútbol desde la posibilidad de éxito, del dinero y de la fama, y no desde el amor al juego y a la pelota”.
Sebastián Juarena es una sana excepción que confirma la regla, un crack que tendrá que sobrevivir en medio de la mercantilista jungla del deporte que ama. Creciendo partido tras partido, tratando muy bien al balón y por supuesto sin perder jamás la nobleza del pibe que jugaba los picaditos en los baldíos de los Zorzales, el mismo que soñaba un futuro de gloria, esperando en silencio que los duendes maradonianos, una noche, lo besaran en la frente.
Mario Giannotti