Tenemos recuerdos, mi árbol, Pelusa y yo

Tenemos recuerdos, mi árbol, Pelusa y yo

Esta crónica desea tan solo volver a pasar por el corazón y afincarse en aquella fría tarde de otoño del 19 de mayo de 1978, cuando un pibito de rulos lloraba desconsoladamente debajo un árbol porque el entrenador de la Selección Argentina le había arrebatado su primer sueño de barrilete.

19 de mayo de 2021

al Profe Mario Di Iorio, a Romi Roosé y a Seba Lisiecki.

 

“Hoy bajo su sombra
que tanto creció
tenemos recuerdos
mi árbol
y yo”

Alberto Cortez

 

Un peral añoso de tronco bajo inspiró al Gordo Osvaldo Soriano para escribir Rosebud, quizás uno de sus mejores cuentos, una espléndida narración en la cual el autor utiliza la figura de un árbol para descifrar el principio de su historia personal. Un espacio cálido y acogedor en el patio de su casa paterna en Cipolletti, un sitio que lo cobijaba cuando estaba triste, un refugio donde guardaba sus secretos más íntimos, una especie de viejo arcón de los recuerdos que atesoraba en su interior los momentos más trascendentes de su infancia.

 

Escribo estas líneas y en cada párrafo busco el árbol que mi memoria ha agigantado, vuelvo sobre mis pasos deseoso de poder encontrar en el patio de mi niñez el sublime instante de una revelación  que me permita sobrellevar, sin sobresaltos, lo que me queda de viaje.

 

Recuerdo una higuera italiana, un duraznero maltratado por los hongos y dos pequeñas plantas de ciruelas ubicadas sobre el límite territorial de la geografía de mi casa, dos árboles plantados estratégicamente a tres metros de distancia entre sí y con sus ramas más altas entrelazadas dibujando una especie de larguero o travesaño.  Detrás, la medianera que mi papá había construido artesanalmente con viejo listones de maderas pintados de blanco, sostenidos con alambre dulce.

 

Los ciruelos, por su forma, se asemejaban a un arco reglamentario de fútbol. La higuera, por su parte, se me antojaba un expeditivo defensor de corteza lisa y grisácea, el último escollo que se interponía en mi camino de gol antes de enfrentar al guardameta. Un zaguero torpe a quien burlé una y mil veces dejándolo patitieso con las fintas maradonianas de mi pie zurdo. Cuando salía de la gambeta, acomodaba la pelota con la cara externa de mi botín y sacaba un remate potente a media altura contra uno de los frutales. La número cinco después pegaba con fiereza en el tronco de uno de los ciruelos, bajaba como un rayo fulminante y explotaba finalmente contra la frontera de maderos que limitaba el patio con la casa del vecino.

 

En cambio si la redondita de cuero volaba por encima de las ramas, inexorablemente caía más allá de la escenografía de mi cancha y se perdía en el terruño de Juan, un tano cascarrabias que cuidaba celosamente su quinta, un protestón que limitaba con sus quejas el picado a la hora de la siesta. El esposo de doña Rosina, una laboriosa mujer que amasaba y cocinaba un delicioso pan casero en un horno de barro.

 

Allí, en el patio de mi casa, yo me soñé jugador de la Selección Argentina. Fui Mario Kempes, Osvaldo Ardiles, Daniel Passarella, el Pulpo Leopoldo Jacinto Luque, Oscar Ortiz, el Huesito Houseman. Una fría tarde de otoño también fui el Pelusa de Fiorito. El 19 de mayo de 1978, sentado sobre una pelota, lloré de pena porque mi superhéroe terrenal no iba a jugar el Mundial.

 

Yo tenía apenas siete años de edad, amaba al fútbol y ya había  sucumbido ante el encanto de un pibito de rulos que burlaba rivales a su antojo, adversarios que quedaban tan patitiesos como mi higuera  italiana. Diego, diez años mayor que yo, era el ídolo naciente que los pibes del barrio habíamos elegido para querer.

 

Lejano al patio de mi infancia, un chico de diecisiete años también lloraba debajo de un árbol, a la intemperie de una noche de otoño en el conurbano bonaerense mientras una duda le oprimía la cabeza.
-“¿Y ahora cómo se lo digo a mi papá?”.

Aquella podría ser la angustia de un pibe cualquiera en una noche cualquiera y por un motivo cualquiera, pero es la reacción de un joven prodigio ante una causa que le estrujaba las tripas. Fue el ahogo con el que Diego Armando Maradona terminó ese fatídico viernes en que el técnico de la Selección, César Luis Menotti, le dijo que no jugaría el Mundial. Faltaban apenas doce días para el inicio del torneo

 

“Fue un 19 de mayo y llovía en José C. Paz, en la quinta de Natalio Salvatori donde estábamos concentrados. El Flaco nos llamó a todos, a los veinticinco, al centro de la cancha donde hacíamos fútbol. El plantel tenía cinco que jugábamos de diez: Alonso, Villa, Valencia, Bochini y yo. Yo ya me la veía venir. Creo que el que más le gustaba al Flaco era Valencia porque lo había descubierto él, después Villa, a Alonso lo sumó porque hubo una campaña tremenda del periodismo y no sé quién más, al Bocha le dio el toque antes que a nadie…Y a mí, bueno, ese día, me llegó la hora”.

 

El Pelusa contó luego en su biografía “Yo Soy el Diego de la Gente”, que aquella tarde fue el día que descubrió uno de los secretos de su carrera: “Ahí, cuando quedé afuera de la lista de los veintidós porque era muy joven, empecé a darme cuenta de que la bronca era un combustible para mí”.

Cabe señalar que Diego solo había jugado cuatro veces en el combinado mayor durante la etapa preparatoria al certamen ecuménico albiceleste. La última presentación fue el 19 de abril de 1978, justo un mes antes del corte definitorio. Diego ya tenía diecisiete años e ingresó contra Irlanda sobre el epílogo del cotejo amistoso. Aunque los hinchas habían coreado su nombre desde el comienzo del segundo tiempo, Menotti lo hizo jugar tan poco que un periodista título: “Entró cuando empezó a caer el telón. No dio para juzgarlo con demasiada severidad”. Además  el técnico se enojó cuando le preguntaron sobre el tema: “Maradona entrará cuando me parezca que es el momento oportuno y no cuando lo pida la tribuna”.

 

Diego conocía el escenario que lo rodeaba: el entrenador  lo admiraba pero no se desvivía por retenerlo y los hinchas, si bien lo pedían, no ejercían un clamor popular. A Diego tampoco lo defendían los medios ni contaba con la bendición de algún milico cercano a los genocidas que ostentaban el poder de facto en la Argentina.

 

En realidad, la duda de Menotti no era mantener o no a Maradona, sino a Humberto Bravo, el nueve  de Talleres de Córdoba. La noche anterior, el descubridor del astro de Argentinos Juniors, Francis Cornejo, fue a la concentración para visitar al chico que empezaba a percibir lo que le esperaba. Lo encontró en su habitación llorando.

 

Roberto Marcos Saporiti, ayudante de campo de Menotti, disconforme, enojado y preocupado por la determinación del Flaco, suplicó por Diego hasta el instante previo a la desafectación. El entrenador lo escuchó hasta el hartazgo, hasta el enojo, pero no modificó su elección.

 

Al día siguiente, por la mañana, Menotti les anticipó los nombres a sus periodistas de confianza. Y por la tarde juntó al plantel en el círculo central de la cancha y anunció: “Los que salen son Bravo, Maradona y Bottaniz”.
Diego se alejó corriendo y llamó a su representante Jorge Cyterszpiler para que lo sacara del predio. En esa espera fue que a Diego lo vieron llorando bajo un árbol. Lo peor- contó el Pelusa – , sucedería después, al llegar a su casa, donde se encontró con el dolor de su familia, especialmente con la tristeza de don Diego.

 

“Yo creo que podría haber jugado en el Mundial ´78. Estaba afiladísimo, estaba como nunca, como nunca estuve. Pero bueno, son cosas que pasan, qué sé yo. Lloré mucho, lloré tanto que no sé. Ni siquiera cuando pasó lo del ´94, lo del doping, lloré tanto. Yo las siento hoy como dos injusticias. Son distintas, pero injusticias las dos. Yo a Menotti no le perdonaré ni lo voy a perdonar nunca por aquello, sigo sosteniendo que se le escapó la tortuga, pero nunca lo odie”.

 

Años después César Luis Menotti habló sobre el tema, puso en palabras un momento significativo en la historia del mejor jugador de fútbol de todos los tiempos. Un error que fue sepultado bajo el éxito obtenido en el Mundial, una decisión que privó al planeta de contemplar la génesis futbolística de un fantasista sin par, un Dios terrenal que redimiría con creces su dolor en 1986 despanzurrando piratas y alzando la copa en suelo Azteca.

 

Han pasado cuarenta y tres años de aquella tremenda injusticia. Hoy, recordando el cuento de Osvaldo Soriano, busco el árbol de mi infancia que la memoria agigantó, vuelvo sobre mis pasos  y en  silencio espero ansioso ese instante donde sentimos el sobresalto de una revelación, ese secreto liberador que nos permite sobrellevar lo que nos queda de viaje.

Hasta que descubro, como reflexionó Soriano, que lo que cuenta no es el árbol, sino lo que hemos hecho de él. Entonces veo con espanto que mis ciruelos ya no son parte de la geografía terrenal del patio de mi casa paterna, tampoco se mantiene en pie la medianera de madera y alambre dulce que había construido con mano maestra mi viejo.  Tampoco está mi viejo.

 

Busco la sombra del árbol que una fría noche de otoño cobijó las lágrimas juveniles de mi superhéroe, lo busco a Diego para abrazarlo, para decirle que lo quiero mucho y llorar juntos hasta el amanecer.

 

Estés donde estés amado Pelusa, te invito a mi árbol de ciruelas, te espero en el patio de mi infancia, donde me soñaba Maradona, donde aprendí a admirarte, donde lloré tu pena, donde permanecen intactos  algunos de los recuerdos más bellos de mi historia personal.

 

Escribo estas líneas y percibo que un duende futbolero me susurra al oído una hermosa canción del pampeano Alberto Cortez. Su música me abarca el alma y me permite el reencuentro con Diego. Diego sentado sobre una pelota, mirando el mundo con su cara de nene, en el potrero de mi casa, donde tenemos recuerdos, mi árbol, el Pelusa y yo… 

 

Mario Giannotti

 

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