Sin utilero, no hay partido

Sin utilero, no hay partido

Esta es la sencilla historia de un utilero marplatense, la historia del Gordo Luis, del “inutilero”, del Señor Luis o simplemente de Luis Ávila, un obrero del fútbol que ama sus colores, un laburante, un profesional que atesora en los poros de su piel azul y blanca la transpiración y los sueños de los últimos ídolos de su querido Alvarado.

11 de agosto de 2021

“Los futbolistas son hoy los nuevos líderes del estilo, pero a diferencia de las estrellas de cine a quienes se suman como íconos de moda, ellos son una perfecta combinación de disciplina mental y física que los hace genuinamente heroicos. Así que tengo la oportunidad de vestir a héroes”.

Giorgio Armani

 

Sin lugar a dudas, como bien lo narró desde su desopilante pluma  el Negro Roberto Fontanarrosa, el mejor puesto es el del utilero. “Admito que es un trabajo anónimo, muy anónimo. Siempre sueño que algún día la AFA disponga que cuando se da la constitución de los equipos se incluyan los nombres de los utileros. O que los pongan en el tablero electrónico, con la formación, en chiquito nomás, en letra más chica que la letra con que se ponen los nombres de los jugadores, los técnicos y los suplentes. Pero que se ponga”.

 

En consecuencia, pienso las horas previas de un nuevo partido de Alvarado e imagino su nombre en letras  tamaño molde sobre el cartel electrónico de la Popular Norte. Conjeturo, además, algunos bombos azules y blancos musicalizando cientos de imágenes que nos permitan desentrañar su pasión profesional mientras miles de hinchas despliegan sus trapos en agradecimiento a su lealtad con el Torito del ex barrio Mataderos.

 

El protagonista de estas líneas es el Gordo Luis, o si quiere el Señor Luis, como lo bautizó Agustín Mario Cejas tras su paso como entrenador de Alvarado en 1998, o el “inutilero”, apodo cargado de afecto de su entrañable amigo Gustavo Noto, o simplemente Luis Ávila. Arquero categoría 1971 del Toro hasta 1990, donde cuentan algunos memoriosos supo cosechar envidiables ovaciones defendiendo la portería de la cuarta división del club de sus amores. Tras un intento fallido de retorno al arco, derrota inapelable con la balanza, en 1992 el cuerpo técnico de inferiores integrado por Rodolfo Carapella, Hugo Pichón Segura y Pablo Quito Galay  lo convocó para incorporarse al grupo de trabajo y sumar experiencia en la utilería. Allí convivió con nombres propios que bancaron la parada en tiempos futbolísticos muy difíciles para Alvarado. Entre otros menciona al Rata Pablo Gelves, a Marcelo Nuñez, a Marcelo Chocolate Ríos, al Uruguayo Sienra, a Gastón Bruschetti, al Peto Maldonado y a Leo D` Urso.  En primera dirigía Norberto Cacho Eresuma, para Luis, el padre que no tuvo, un hombre sabio que le marcó un camino a seguir en el difícil mundillo del fútbol.

 

Sus ojos de humedecen cuando pasa otra vez por el corazón y se descubre pibito en el Centenario esperando los bombos que invitaban a la barriada a la cancha.

“Mi vieja vivía en Quintana y Francia y allí nací yo, pegado a las tribunas del viejo estadio del club. Tenía cinco años, me acuerdo del padre de Pablo Mirón, Jacinto Chiche Mirón, que era técnico de inferiores, del Gordo Mangacha, que me esperaba en la puerta y le decía a los que cortaban boletos que yo era su hijo para que pudiera meterme sin pagar la entrada. Mirá Mario, ese rito era hermoso. La hinchada de Alvarado salía de Jara y Peña tocando bombo, caminando en contramano por Peña hasta Chile y de ahí  por Alvarado a Champagnat si íbamos al San Martin o doblaba en Falucho si jugábamos en Nación”.

 

Hace una pausa en el relato y tras un suspiro que le permite disimular las primeras lágrimas, me cuenta que en 2002 fue utilero de Once Unidos de la mano del Negro Páez, y que llegó a dirigir la quinta división del verdiblanco. “Como entrenador le gané al Aldosivi de Horacio De Pedro, un equipazo. Fue 1 a 0 con gol del Garrafa Vázquez”.

 

El Gordo Luis mete la mano en la cajita de los recuerdos y nombra a un puñado de entrañables amigos. ”El Pincha Greco siempre estuvo conmigo, es como un hermano. Ariel Daguerre, que fue futbolista de Alva  y que cuando no jugaba me ayudaba en la utilería. Tenía un 404 que oficiaba de transporte cancha por cancha con la ropa del club. El Negro Salate, un tipazo que me bancó en las difíciles cuando algunos dirigentes me quisieron sacar. Gabriel Paris, arquero que padeció el 13 a 0, un pibe excepcional”.

Fue utilero de las selecciones juveniles marplatenses sub- 15 y sub- 17 que orientaba tácticamente Cacho Eresuma. Dejó su sello en Atlético Mar del Plata, en Rivadavia de Necochea, trabajó en el cuerpo técnico de Unión junto al formidable Juan Carlos Eito. “A Carpeta lo admiro y lo quiero mucho, es un tipo de códigos, honesto, en muchas ocasiones ponía guita de su bolsillo para que yo cobrara dignamente mi sueldo”.

 

Su relato, otra vez, traspasa las fronteras de la emoción  y sus ojos vuelven a poblarse tímidamente de lágrimas. Me pide que le dedique un párrafo especial a la gente de Círculo Deportivo, donde fue mucho más que un utilero, en el Papero fue referente y compañero de los jugadores más pibes del plantel. “La gente de Otamendi confió en mí y les debo mucho de lo que soy. Me brindaron mucho afecto y se ganaron para siempre mi respeto, mi admiración”.

 

La entrevista trascurre cálida y amena en la utilería de la floreciente Villa Deportiva del Club Alvarado. Algunos pibes de inferiores interrumpen la charla para alcanzarle al Gordo Luis un par de botines o alguna prenda de entrenamiento. Gustavo Gatti, Manager General, nos acerca un café y escucha respetuoso el discurso de su utilero.

“Eva, mi vieja, tiene 75 años y todavía me pide que le lleve a casa las camisetas de la primera, dice que solo ella puede sacarle ese verde rabioso que le impregna el roce con el césped. En los años 90´, doloroso tiempo de  crisis económica en la Argentina, la ropa del club la lavábamos en mi casa, es más cuando cocinábamos guiso había que levantar todo lo que colgábamos en el tendal. Mi mamá ama a Alvarado, viajó por todo el país, tendríamos una casa nueva si hubiéramos ahorrado esa guita. El Loco Carlitos Enrique en el 2000, cuando era parte del equipo de Daniel Salgado, vino especialmente a comer a mi casa un guisito de la Eva. Hoy mi vieja sigue yendo a la cancha y cuando juega Alva no cocina. Tengo gratísimos recuerdos de esos viajes con ella y con mi hermano, imborrables travesías que ahora hace mi sobrino”.

 

Presuroso me confía algunas anécdotas que lo involucran directamente. En 2002 noqueó en cancha de Ferro de Olavarría a un árbitro que lo gozó tras una dura derrota 2-3 ante el Fortín. En Unión colmó la paciencia de su amigo Gustavo Noto cuando se olvidó las pelotas para jugar un amistoso en Madariaga contra Defensores de Valeria del Mar y cuando llegó tarde al hotel tras una salida de compras con un futbolista del plantel.

 

Verborrágico y locuaz arroja desopilantes desventuras en Aeroparque, anécdotas que desnudan aquellos temores casi inconfesables en vísperas de su primer viaje en avión con el Celeste para jugar en Salta frente a Gimnasia y Tiro. Miedos que no le permitieron desinflar las pelotas, enardeciendo a Cacho Pagano quien temía una costosa seguidilla de reventones en pleno vuelo. Y la incomparable sensación de haber tocado el cielo con las manos cuando desembarcó con sus bolsones en el vestuario  del coloso Mario Kempes para desandar  feliz la gramilla de un estadio de ensueño. El pibe que había aprendido el oficio de utilero en 1992 con Rodolfo Carapella, Hugo Pichón Segura y Quito Galay, se codeaba, tras muchos años de sacrificio, con los mejores, con la elite.

 

Repaso de manera aleatoria en mi cuaderno un puñado de apellidos que Luis destaca puntillosamente, prestigiosos integrantes de diferentes planteles de Alvarado. El Turco Ignacio, el Cabezón Sosa, el arquero Wirtz, el Muyinga, Jorge Valverde, Cristian Daguerre, Leo Serfaty, Panchito Hirigoyen, Marcelo Marín,  la Pepa José Luis Irazoqui, el Bagre Aguirre, el Negro Cesar Ortega, el Mugre Porco, Marcelo Reggiardo.

Me confiesa que guarda cual si fuera una reliquia invaluable la camiseta número 10 de su amigo Marcos Lorenzo, fino estratega y goleador del equipo de Carlitos Miori en 1992. “Rodolfo Carapella fue quien me avisó que había muerto Marquitos en un accidente automovilístico, fue un golpe muy duro, yo lo quería mucho. Él, el Negro Ortega y el Bagre Aguirre estaban siempre en mi casa. Los que hablan de cosas raras en la final con Arsenal están muy equivocados, aquello era la gloria, la gloria. Pancho Rago era mi ídolo, yo lo vi como se jugó la carrera cuando lo quebraron en Olavarría, y cuando fue Superpancho en Baradero. A Nosotros nos cocinaron en Sarandí, cuando no nos cobraron una falta contra el Vasco Solaberrieta en el gol del empate de Arsenal, el 2 a 2 del Flaco Larramendi y cuando en el San Martin el juez Olivetto ignoró un clarísimo penal al Patito Subiledt.  El 24 de mayo de 1992 jugamos contra el caballo del comisario, no tengo ninguna duda y nos cocinaron sin contemplaciones”.

 

El Gordo Luis, actual presidente honorario de la peña futbolera que organizan sus amigos y compinches de Gsport, siempre identifica y menciona a los jugadores como “compañeros de trabajo” y prioriza la lealtad como razón de ser en el vínculo diario con los integrantes de un cuerpo técnico. En su profesión admira, entre otros, a sus colegas de Estudiantes de la Plata y a su amigo Jorge Lareu, utilero de Aldosivi. “El Flaco es un tipazo, un amigacho”, -me dice.

 

La noche del 23 de junio de 2019  la clase obrera se trepó al cielo de los vencedores y entonces su querido Alvarado conquistó por fin el anhelado ascenso a la Primera Nacional. La utopía fue un toro bravío que embistió ganador a cuanto rival se interpuso en su camino. Aquello  fue el éxtasis, la apoteosis, la obra cúlmine.

“Cuando di la vuelta olímpica con los jugadores saludé a mi vieja y después tranquilo y en paz miré cada uno de los rincones de la cancha, ahí me acordé de todos los amigos que ya no estaban. Me acuerdo que en el centro, en el Monumento al General San Martín, arriba del colectivo descapotable lo vi a mi amigo del alma, al Pincha Greco, que lloraba con su hija y me gritaba que me lo merecía. La Copa, después de los festejos y mil millones de fotos, me la llevé a mi casa. Fuimos con mi sobrino caminado por Peña, como cuando era pibe. La puse en una mesa y me quedé horas contemplándola, admirándola”.

 

Esta es la sencilla gran historia de un utilero del fútbol marplatense, la historia del Gordo Luis, del “inutilero”, del Señor Luis o simplemente de Luis Ávila. Un tipo que ama sus colores, un laburante, un profesional que atesora en los poros de su piel azul y blanca la transpiración de los últimos ídolos de Alvarado. Un obrero del fútbol que apretuja entre sus manos la ilusión de un club popular y nacional, un alma noble que todavía preserva intacta la mirada de aquel nene de cinco años que esperaba en su casa, corazón latente del barrio Centenario, el llamado de los bombos de la hinchada, para recorrer, una vez más, el placentero camino de los sueños.

 

 Mario Giannotti

 

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