La caída de la recaudación enciende todas las alarmas. La falta de gestión es notable, aunque aún no existe una crisis política que pueda desembocar en situaciones no deseadas. El jefe comunal se balancea entre el silencio, la prudencia y la negociación.
Es un secreto a voces: todos en la gestión pública saben que las crisis profundas, como la que estamos atravesando, no son gratuitas para los Municipios y que más temprano que tarde el hilo se corta por lo más delgado.
Hemos hablado de la caída del consumo, y también que existe una reconfiguración en los hábitos de consumo primario en los sectores de ingresos bajos. El ajuste también golpeó con dureza al sector de ingresos medios que vieron como las prepagas y las cuotas de los colegios aumentaron muy por encima de cualquier paritaria. El combo es letal: los contribuyentes tienden a recortar por aquello que no tiene consecuencias inmediatas.
El financiamiento de los municipios en la provincia de Buenos Aires es una asignatura pendiente desde la reforma constitucional del 94. La Autonomía Municipal es mucho más que un enunciado aunque casi nadie pone esta cuestión en discusión más allá de lo gestual.
Los municipios son la primera barrera de contención del reclamo social, y eso se justifica en que garantizan los servicios indispensables para el desarrollo cotidiano de los vecinos, pero además es a quien todos tenemos a mano para enojarnos y canalizar nuestras frustraciones.
En el caso de nuestra ciudad se configura un escenario particular: un endeble y costoso sistema de atención primario de salud y un sistema educativo modelo para el resto de los municipios pero que es prácticamente imposible de sostener con recursos propios.
Todos los meses, más allá de las aptitudes del jefe comunal de turno, decenas de funcionarios cruzan los dedos para que a los fondos genuinos se sumen la liquidación de fondos provenientes de la provincia y también de las transferencias comprometidas para poder sostener el sistema educativo, además de esperar algún guiño de un descubierto en caso de necesidad.
Hemos sido muy críticos a la hora de puntualizar la ausencia de proyecto de ciudad, pero es muy difícil pensar en el mediano plazo cuando es casi imposible garantizar el funcionamiento cotidiano. En otras palabras, nunca existió un proyecto de ciudad, pero de existir hoy estaría en crisis.
Fuentes confiables comentan a quien quiera oír que la recaudación municipal está cayendo abruptamente con mayor rapidez de lo esperado. Las consecuencias del plan de estabilización macroeconómica impuesto por el tándem Milei/Caputo están a la vista, y se espera que la recaudación caiga a niveles alarmantes en el periodo marzo/junio.

No es la primera vez que ocurre algo similar. El coletazo de la crisis del 2001 derivó en la renuncia de Elio Aprile. Es verdad que por aquel entonces a la crisis financiera se sumó una crisis política que en nuestra ciudad se prolongó más allá de la renuncia de Fernando De La Rúa. La calle era un polvorín. El Municipio era un infierno. El desgobierno era evidente.
Las crónicas porteñas de aquellos días indicaban que “más allá de justificaciones, lo cierto es que el balneario atraviesa una situación tan dramática como inédita. Está al borde de la quiebra, sin plata para pagar los sueldos del mes que se acaba, con un déficit anual cercano a los 25 millones de pesos en todo concepto, una caída en la recaudación del 60%, deudas por $ 140 millones -es decir, el 85% del presupuesto- y el mayor número de empleados municipales de toda la provincia. Por si fuera poco, Mar del Plata sufre una de las peores temporadas estivales de su historia, pese a que el panorama mejoró sensiblemente en los últimos dos fines de semana”.
Dentro de todo lo malo hay algunas cuestiones que juegan a favor de Guillermo Montenegro: las cuentas están equilibradas, no existe una situación de asfixia financiera por endeudamiento y no se avizora una crisis política severa.
El panorama es difícil pero aún está bajo control aunque algunas variables podrían virar rápidamente: el empleo en el conglomerado Mar del Plata Batán es una variable muy sensible y la retracción del consumo genera una inevitable caída en la oferta laboral que puede repercutir en un enrarecimiento del clima social sin que existan resortes políticos para soportar una crisis.
En las próximas semanas una caída abrupta en la recaudación, el aumento de boleto, un recrudecimiento en la inseguridad y un aumento en la desocupación podrían configurar un escenario caótico para una gestión ausente.
La segunda etapa de Guillermo Montenegro al frente de la comuna transcurre sin pena ni gloria. La necesidad obligó a ponerle pausa a algunos enfrentamientos que nutrían a los fanáticos, la austeridad y la improvisación desdibujaron el final de una temporada olvidable y la incomodidad política es evidente ya que, pese a que muchos de sus colaboradores no escondan su transformación libertaria, es complejo y peligroso alinearse ciegamente con la gestión de Javier Milei sin terminar de romper lazos con las autoridades provinciales ni caer en alguna de las trampas planteadas desde el poder central que perjudican a nuestra ciudad.
La gestión empieza a mostrarse desgastada antes de lo previsto. La supuesta oxigenación del gabinete no generó lo buscado, aunque aún no sabemos bien qué es lo que buscaban.
Abusando de las referencias a los medios capitalinos, el diario Página 12 publicada en el mes de marzo de 2002 una nota de la que vale la pena extraer un par de conceptos en relación a la renuncia de Aprile: “Desesperado, el intendente pidió socorro a la provincia, pero no obtuvo respuesta: ya habían pasado los tiempos en que su excelente relación con Duhalde le garantizaban un flujo constante de los fondos de coparticipación.
Su imagen caía en picada, los baches se multiplicaban por Mar del Plata y el funcionario no sabía cómo reaccionar. Apenas atinó a recluirse en la intendencia, suspendió sus actividades públicas y planeó una última jugada, una oxigenación del gabinete”.
“En cualquier caso, la crisis de Mar del Plata no es una excepción a la del resto de las intendencias: Atilio Feudal, de Bariloche, fue echado a patadas (literalmente) de su despacho; Ricardo Sarandría, de General Roca, decidió aceptar Lecops a 1,10 para mejorar las cuentas municipales; Horacio Recalde, de Balcarce, toma los cheques del Club del Trueque, y Edgardo Percara, de San Salvador (Entre Ríos), se puso a recoger la basura personalmente ante una huelga de los empleados” contextualizando una crisis política y financiera.
“Jaqueados por la crisis económica y la baja de la recaudación, con la coparticipación que nunca llega, los intendentes deben soportar todos los días la furia de los vecinos, que los tienen cerca y –con razón o no– descargan sobre sus espaldas la frustración y la bronca”, finaliza la nota.
Aún no es momento de desesperar, pero la historia nos advierte que se deben tomar algunos recaudos. Por lo pronto, es indispensable que Guillermo Montenegro retome el impulso que lo caracterizó en su primera etapa, nada peor frente a una crisis que una gestión ausente.
Seguramente contamos con suficientes anticuerpos. Es necesario y deseable. Es sabido que desde el entorno del jefe comunal están atentos.
Hasta la próxima.