Rubén Juárez, el “Mariscal” del tango

Rubén Juárez, el “Mariscal” del tango

Esta crónica periodística transciende los límites geográficos de una cancha de fútbol y en su camino se embaraza de una emotiva melodía arrabalera que enamora, que abraza el alma, que nos invita a recorrer, desde el encanto de un bandoneón blanco, un tiempo pletórico de belleza.

17 de febrero de 2022

a Julián Liberti

Hace frio, la tarde se acorta y la noche cae como una vieja y pesada persiana en la inmensidad de la escenografía de un barrio pobre. El silencio gana protagonismo y la melancolía apura, otra vez, en pleno insomnio, la monótona travesía que nos trasporta indefectiblemente a los lugares donde alguna vez amamos la vida.

 

Una luna redonda ilumina el arco de eucaliptus del potrero, la helada cruje en las calles de tierra que delimitan el baldío donde me sueño Mario Kempes, Diego Maradona, la Chancha Rinaldi . En la radio la voz de Rubén Juárez se trepa a un barrilete tan cósmico como aquel que años después elevó al mismísimo Pelusa de Fiorito al cielo de los inmortales. El viento helado atropella mi mundo de ilusión  y la esperanza sube tan alto que mis utopías de purrete me susurran al oído que la vida es y deberá ser algo más que darlo todo por comida.

 

Los héroes terrenales de mi infancia: Diego, Víctor Hugo Morales, Alejandro Dolina y el Negro Juárez sacuden la modorra pueblerina y desde sus talentos personales me alegran los días, me inyectan un sano optimismo y me permiten creer, ingenuamente,  que algún día puedo llegar a ser como ellos.

 

“Yo tenía un grupo de música moderna. Cantaba y tocaba la guitarra eléctrica. Me hacía llamar Jimmy Williams y me gustaban Sandro y Los de Fuego. Era la década del 60 y yo escuchaba Los Teen Tops, Neil Sedaka… Los bailes eran el único lugar donde podías acercarte a una chica. Los bailes o el cabaret. Yo bailaba: twist, boogie, limbo rock. Pero un día caí en el club Crámer de Avellaneda, cantaba Julio Sosa. Para qué. Arrancó con el Pido permiso, este tango habla por mí…. Ay papá, qué animal, qué presencia. Las mujeres se morían. Llegué a mi casa y le dije a mi mamá: Quiero ser cantor de tango”, contó cierta vez el Negro en una afectuosa charla entre periodistas.

 

Muchos escuchándolo a él también quisimos ser cantores de tango. Recuerdo que uno de mis programas favoritos en la radio era Confidencias. El inigualable Daniel Rosas en LU6 amenizaba la lectura de una historia con algunos tangos seleccionados. Su timbre de voz y una perfecta interpretación de cada texto conformaban una escena única, un paisaje radiofónico insuperable. Julio Sosa, Carlos Gardel, el Polaco Goyeneche, Hugo del Carril, Ricardo Chiqui Pereyra, Néstor Fabián, Jorge Sobral, Edmundo Rivero, Alberto Podestá, Guillermito Fernández y por supuesto Rubén Juárez eran mis cantores predilectos. Me animo y aventuro que si el Polaco es Gardel según sabia definición de Víctor Hugo, yo desde aquí escribo que Rubén Juárez es el Polaco, por tanto Juárez también es Gardel.

 

El Negro había estudiado bandoneón desde los 6 años. Su padre, tanguero y simpatizante de Independiente, aprovechó una beca y lo hizo ingresar en la Orquesta Juvenil del club. «Tenía 11 años y todavía usaba pantalones cortos. Estaban dadas las condiciones para que quedara abrochado al Rojo: tocábamos la marcha de Independiente, iba a la pileta, jugaba al papi-fútbol. Una gloriosa tarde mi tío, el hermano de mi vieja, me llevó a ver un clásico. Ganó Racing. Llegué a casa y le dije a mi mamá: ¡Quiero ser de Racing!”.

 

Juárez se hizo fanático. El 4 de noviembre de 1967 se tomó un ferry rumbo a Montevideo con la “barra brava” para ver el partido de desempate entre la Academia y el Celtic. «Fue inolvidable. Eso sí, cobramos. Los uruguayos nos cagaron a trompadas”.

Su parición fue un bálsamo redentor para un género que estaba sobrellevando una dura crisis existencial. Las grandes orquestas ya no ocupaban el lugar de privilegio que supieron ostentar en los años 50´ y 60´.

 

“Cuando tenía 21 años vivía en una nube. Entraba a Caño 14 y saludaba a Pichuco, al Polaco, me volvía loco. Y en mi mejor momento, 1974-1975, me lo encontré a Pichuco y le pregunté, todo agrandado, cómo me veía. “Y… todavía te falta un poquito de pescante –me dijo– andá tranquilo”. Bajé enseguida. Con Troilo aprendí tanto. Un día me pidió ser mi padrino artístico. Me dijo: “A lo mejor usted es el hijo que no pude tener”. Lo pasábamos bien juntos, aunque Zita, su mujer, no lo dejaba que compartiera el camarín conmigo. Ya estaba mal de salud. Y si a mí el maestro me pedía un whisky, ¿cómo se lo voy a negar?”.

 

Su maratónica trayectoria artística creció bajo el encanto de los míticos duendes que habitaban noche a noche el Café Homero. El Negro Juárez se enamoró perdidamente  de su bohemia. El periodista Julio Nudler lo definió magistralmente como un trovador con fueye.  “Rubén tenía  la rara particularidad de haberse introducido en el género, no con la garganta sino con un bandoneón. Y si en el histórico caso de Francisco Fiorentino, el canto desplazó totalmente al bandoneón, no ha sucedido lo mismo con Juárez, valorado en sus dos dimensiones, aunque su fama sea fundamentalmente vocal”.

 

Años después tuve la enorme fortuna de verlo una docena de veces sobre un escenario y de poder entrevistarlo en la radio. Una mañana llegó con María Graña para promocionar su espectáculo en el teatro Auditórium. Feliz, desencartonado, humilde, pidió unos mates y charlamos casi dos horas. No eran tiempos de selfies, en consecuencia aquella imagen solo perdura inalterable en mi corazón. Uno de mis héroes de la infancia me cebaba mate y me contaba al micrófono su vida. Era como si Diego me hubiera puesta cara a cara con el arquero y Víctor Hugo lo relatara desde el virtuosismo de sus cuerdas vocales y su impronta literaria en pos de un grito de gol.

 

Su Café Homero fue el epicentro tanguero por excelencia de los últimos años. Hubo una época que fue majestuosa. Allí tocaron todos. Susana Rinaldi era la madrina. Allí se consagró Adriana Varela. Actuaban Colángelo, recitaba Ferrer. Y asistía un público que podía incluir a Omar Sharif, Marcello Mastroiani, Jean Paul Belmondo, Peter Gabriel o Sandro. Pero el que provocaba furor era el Polaco Goyeneche. La casa rodante-camarín sobre la calle Cabrera era por él.

 

“Era increíble. El proyectó a la Gata Varela. Por él empezaron a venir jóvenes. Una noche estaba llenísimo y el Polaco me dice, agitado: “Llamá al médico que me siento como el culo”. Respiraba con dificultad. Llamé a la ambulancia y, para que la gente no se diera cuenta, hice que los paramédicos se sacaran el guardapolvo y entraran con sus valijas adentro de estuches de bandoneón. Como si fueran músicos, ¿no? Nadie se dio cuenta de nada. ¿Y qué tenía Goyeneche? No, nada. Enseguida se puso bien. Cuando se fueron los tipos de la ambulancia le pregunté: “¿Qué te dijeron, Polaco? Me respondió: “Que ni se me ocurra dejar de fumar”.

El 31 de mayo de 2010 murió tras padecer un cruel cáncer de próstata. Tenía tan solo 62 años de edad. Su bohemia se mantiene intacta, su voz se nos antoja inmortal y su encanto gardeliano aflora cada vez que escuchamos la queja de algún bandoneón, rezongos que nos traen a la memoria la mítica figura de su fueye blanco, obra y gracia de un consejo de Miguel Cantilo en un encuentro de rockeros.

 

Hoy aquí en esta columna humilde homenaje para el  entrañable Rubén Juárez, héroe de mi infancia pueblerina, un cacho de arrabal en medio de un picadito con Rojitas y el Mariscal Roberto Perfumo.

 

“De cordobés sólo tengo lo ladino. Y de Buenos Aires, todo lo demás. A los dos años ya estaba en Sarandí, donde me crié. Vivía ahí nomás de Villa Corina. La vida me enseñó muchas cosas en ese ámbito”.

 

Abrazo en tinta y papel para un poeta que vivió sus días tratando de explicarnos desde la potencia de sus voz y su filosofía tanguera que la vida es algo más que darlo todo por comida, un duende a quien un mal viento puso fin a su vuelo, a pesar de la fe,  a pesar de su voluntad. Quizás,  pienso, que llegó tan alto que indudablemente como escribió Eladia Blázquez: “se quedó tempranamente  sin piolín”.

 

Mario Giannotti

 

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