(Por Mario Gianotti) Escribo la crónica que nunca quise escribir. Tengo el corazón desgarrado. Siento que alguien me arrancó las tripas, siento que yo también morí un poco. Dicen que murió Diego Armando Maradona, me resisto a creerles. Diego está más vivo que nunca, es eterno, como el agua y el aire.
“Todo se ilumina, el mundo gira en torno al astro que pisa la pelota, la acaricia, la hace del tamaño que quiere: grande para que la vea Caniggia, chiquita para esconderla hasta que lleguen los otros”.
Osvaldo Soriano
Los sábados a la mañana los pibes de las escuelas públicas cursábamos catecismo en el Colegio Parroquial. Yo tenía 9 años de edad y maldecía los faltazos a los picaditos mañaneros por tener que estar escuchando a la Hermana Teresita, una auténtica bruja con sotana, y a un par de cándidas adolescentes que nos hablaban del Espíritu Santo, del perdón de los pecados y los diez mandamientos.
A mí el único diez que me importaba estaba en Japón, tenía 18 años, jugaba en la Selección Juvenil, lucía una cinta de capitán y despanzurraba defensores a su antojo. Me acuerdo que me levantaba muy temprano para verlo en la fantasmal pantalla de un viejo televisor blanco y negro. Era otoño, todavía hacia frio, pero las gambetas y los goles de mi superhéroe futbolero descongelaban hasta las escarchas que se formaban en las vereditas de tierra de mi cuadra.
Por entonces, en un pueblo sobre todo, los mandatos culturales se transmitían de generación en generación y pocos, yo diría casi nadie, se atrevía a cuestionar o preguntar las razones de tantos ritos sagrados, catequesis y primera comunión, incluidos. A mí nadie me preguntó si quería ser bautizado, tampoco si tenía ganas de reconfirmar mi fe cristiana o si realmente creía en ese Dios del cual contaban hazañas increíbles la Hermana Teresita y las chicas de la parroquia.
Yo solo quería jugar al fútbol. El mundo a los 9 años de edad tiene el sutil encanto de una pelota y los ángeles goleadores solo perdían sus alas en los apasionantes desafíos barrio contra barrio. Todos nos persignábamos antes de los partidos, algunos, los que tenían, se besaban una medallita de la Virgen María, y los menos prometían no faltar a misa si hacían algún gol de campeonato. En realidad todos copiábamos al 10, al que estaba en Japón, ese Dios milagrero que lo podía todo o casi todo dentro de una cancha.
Una mañana, una de las catequistas nos habló de la muerte, nos contó la versión oficial, la que desliga a su Dios misericordioso de sus causas, y por supuesto, también de los daños colaterales que ocasiona. La idea de la muerte me angustiaba mucho, quizás no tanto como ahora. Si tomar la primera comunión me inmunizaba, si recibir el cuerpo de Cristo me transformaba en una especie de ser inmortal, bien valía entonces el sacrificio y las dolorosas ausencias sabatinas a la canchita.
Lamentablemente, aquella joven señorita de la iglesia no pudo consolarme, ni jurarme por los santos evangelios que si yo me comportaba como un buen cristiano, nada malo podía pasarme a mí o a mi familia. Entonces, después de la clase la esperé y le pregunté qué pasaba con los muertos, como era, si existía por ejemplo un cielo, un paraíso donde poder jugar a la pelota, si en el más allá había potreros.
La pregunta la descolocó por completo. Me miró a los ojos, me tomo de las manos y me dijo que me quedara tranquilo, que en el cielo también se podía jugar al fútbol. Fue tan convincente que le creí. La puta muerte no era tan grave después de todo.
Me pregunto qué será de la vida de aquella dulce catequista que a los 9 años de edad me hizo creer, al menos por un tiempo, en su Dios. ¿Por dónde andará? ¿Seguirá pensando lo mismo de la muerte? Me encantaría encontrármela, esperarla a salida de la clase para que, una vez más, me mire a los ojos, me tome de las manos y me diga que en el cielo todavía se puede jugar a la pelota.
Porque mi Dios terrenal dejó la cancha, se fue en silencio. Se fue melena al viento, los botines anudados al cuello, las medias caídas y la camiseta número 10 fuera de pantalón.
–Míreme a los ojos señorita, como aquella vez-. Porque ahora, a los 50 tengo la misma angustia que tenía a los 9. Porque ahora sin Diego, tengo el corazón desgarrado, siento que alguien me arrancó las tripas, siento que yo también morí un poco. Ojalá señorita tenga usted razón. Daria todo lo que soy por volver a creerle.
Ojalá Diego de mi vida haya un cielo, ojalá mi amado Diego exista el otro Dios. Ojalá, así millones en este planeta podríamos volver a verte jugar…
Mario Giannotti