Los rumores se multiplican a la vez que los oficialismos postergan las definiciones. En nuestra ciudad desde el entorno del intendente parecen obsesionados con mostrar autoridad. ¿Hay límites para mantener o llegar al poder?.
Pasaron un par de días desde la publicación de la última columna, y a fuerza de ser sinceros solo se sumaron especulaciones a las últimas páginas de bitácora de la primera gestión de Guillermo Montenegro.
El Concejo Deliberante apuró algunos temas de cara a la última sesión de la actual conformación corridos por el calendario. Esta gestión, y su representación deliberativa, suele apelar a las prórrogas para resolver (o dilatar) conflictos, esta sesión no será la excepción.
El clima está enrarecido y es lógico que así sea.
Desde el entorno del Intendente no se cansan de marcarle la cancha a sus actuales y/o potenciales funcionarios. Es casi inexplicable la relación de poder que ejerce el alcalde sobre su equipo de gobierno. Es casi imposible interpretar la necesidad de decenas de funcionarios (sumamente capacitados para ejercer en la actividad privada) de tolerar las indirectas, el manoseo mediático y algún que otro “maltrato político”.

En el palacio municipal reina la incertidumbre. Casi nada de lo que se supone “cerrado” lo está. Todos somos cómplices a la hora de jugar a la primicia.
Está situación nos permite parlotear un rato sobre la lógica del poder. ¿Por qué tanta gente es capaz de soportar situaciones que no soportaría en otros contextos?. ¿Hasta dónde llega la lucha por el “poder”?.
En este punto alguno dirá que sería conveniente definir qué es el poder, pero a riesgo de perder rigor científico vamos a abordar las preguntas desde otra óptica: la adicción y/u obsesión por el poder.
Aquí entramos en una mirada que va un poco más allá de lo estrictamente político. Por alguna razón las personas que tienen cargos políticos o empresariales que suponen una gran responsabilidad entienden que los beneficios que obtienen por tolerar o soportar algunas cargas que esos lugares conllevan (por mala praxis) son mayores a lo que pierden o dejan el camino.
Los individuos que sufren de adicción al poder tienden a sentirse omnipotentes, ya que creen que ejercen una gran influencia en la sociedad, y eso les satisface tanto que temen abandonar esa actividad. Algunos estudios los califican como “narcisistas que llegan a distanciarse de la realidad viviendo en una especie de burbuja donde son incapaces de desarrollar un espíritu crítico sobre ellos mismos”.
Es aquí en donde nos damos cuenta que definir el poder de acuerdo a algún manual o diccionario no nos permitiría dimensionar el escenario que analizamos. El poder en este caso es una construcción individual o colectiva distorsionada por la incapacidad de dimensionar el alcance transformador del término. En definitiva lo reducen a un potencial, que en su origen se vincula con un objetivo noble y vocacional, pero que degenera en una carrera desenfrenada por mantener una posición o estatus sin importar el precio que haya que pagar.
El concepto de poder en las ciencias sociales se vincula a la capacidad de un individuo para influir en el comportamiento de otras personas, quizás aquí radica el nudo del problema, puesto que esa posibilidad es tan tentadora como peligrosa, ya que hace alusión a la influencia y no al resultado de la misma.
Una visión más amplia del poder lo aleja de las debilidades propias de los humanos: en política la ostentación de poder no sirve de nada si no es una herramienta para lograr mejorar las condiciones de vida de nuestro entorno. Esta concepción más humanista del poder nos permitiría arribar a la conclusión que de nada sirve el poder cuando solo satisface solo una necesidad individual y no un conjunto de necesidades colectivas.
La ambigüedad de la política contemporánea pone el carro delante de los caballos: cuántas veces escucharon decir que un liderazgo (un líder) es indispensable para la construcción política cuando en otro momento algún caudillo afirmaba “No importa quien lleva el palo, lo importante es la bandera”. El personalismo transformó al poder en un fin en sí mismo, ya no es un medio.
El intendente debería estar en la encrucijada de seleccionar a los mejores para cada una de las funciones que tiene en mente para que el gobierno que encabeza resuelva o gestione conflictos existentes o futuros. En este mundo ideal el diálogo reemplazaría a la negociación y las intrigas quedarían a un lado. Debería hacernos algo más de ruido que frente a cada cambio o conformación de un gabinete se hable tanto de negociación entre dirigentes. Debería ser más sencillo y transparente. Algún político de la vieja escuela diría “hemos normalizado el contubernio”.
Pero no solo en nuestra ciudad se discuten nombres por sobre ideas. Las especulaciones y las confirmaciones en relación al gabinete de Javier Milei son otro ejemplo. Como contrapartida la continuidad de la gestión de Axel Kicillof parece, al menos públicamente, algo menos frenética.

En la última columna adelantamos que el presidente electo debía ser prudente en palabras y también en sus silencios. No lo fue.
Envalentonado luego de su mini gira por EEUU llegó a nuestro país y predijo dos años “duros” de estanflación en Argentina. “La inflación podría irse al 14.400% sin un ajuste”, afirmó.
Desde ya que todos sabemos que Argentina está sumergida en una crisis compleja, pero no hay que olvidar que la ciudadanía está agobiada y que algunas definiciones pueden alterar algo más que los mercados.
El presidente electo parece haber escuchado los consejos que le indicaron que debe alejarse del gradualismo, pero es discutible el impulso temerario de afirmar que el problema de gestión que encabezó Mauricio Macri fue una cuestión ligada exclusivamente a una praxis cautelosa. La motosierra puede ser incluso un meme en épocas de campaña radicalizada pero a la hora de la verdad no será “la casta” (que nunca tuvo miedo) la que sufrirá el recorte. Milei debe ser menos vehemente a la hora de expresar algunas ideas o conceptos, en un futuro podremos opinar sobre sus acciones que por ahora quedan desdibujadas entre tanta verborragia.
Y así llegamos al final de esta columna. Los próximos serán días que delinearán nuestro futuro inmediato, y el lápiz está en manos de quienes la mayoría confió hace apenas unas semanas. Ojalá todos seamos lo suficientemente responsables y transitemos el mejor camino posible. Que el poder no los aísle y que la suerte los acompañe.
Hasta la semana que viene.