Pequeños soles rojos para mi corazón futbolero

Pequeños soles rojos para mi corazón futbolero

Esta crónica periodística intenta describir, desde la memoria, un instante de dicha. Cada palabra, cada idea, busca movilizar los sentidos de los lectores, protagonistas quizás en algún momento de sus vidas de experiencias cercanas a la historia que narro en esta columna.

16 de septiembre de 2020

a mi amada categoría 88´

a Guillermo Trama

a todos los Profes del fútbol infantil

 

 “La memoria, al elegir lo que conserva y lo que desecha, no sabe de casualidades”.

Osvaldo Soriano

 

Mi cajita de los recuerdos atesora, como tantas, una docena de recortes de diarios, cartas en tinta y papel, un puñado de pequeñas reliquias personales que certifican la obtención de algún logro, y por supuesto, un centenar de viejas fotografías, imágenes que fijan momentos únicos de nuestras vidas, instantes de dicha que resisten invencibles e inmortales al paso del tiempo.

 

“Podemos borrar o confundir las huellas de una vida, pero las llevamos a cuestas”, escribió en uno de sus cuentos el Gordo Osvaldo Soriano. Sin lugar a dudas ese cofre de cartón no solo reúne los objetos que constituyen el mapa de los primeros pasos de una travesía, también aprisiona celosamente en su interior las huellas de lo que deseamos  y finalmente pudimos ser.

 

Allí, sorpresivamente encuentro una entrevista de un diario de Balcarce donde un cronista reportea a dos jugadores de las divisiones infantiles de Apinta. Uno es Darío Patuto, el otro soy yo. Sobre el cierre de la nota el periodista escribe: “Para ambos el fútbol parece ser una actividad transitoria, ya que sus vidas están puestas en otros horizontes. Patuto confía en seguir la carrera de bioquímico, en tanto que Giannotti sueña con el momento de emular a Víctor Hugo Morales desde una cabina de transmisión y para ello tiene pensado radicarse en Buenos Aires y seguir el curso de periodista deportivo”.

 

Éramos dos adolescentes. Teníamos catorce años de edad. En un  futuro no muy lejano ambos nos recibiríamos de Profesores de Educación Física. Tiempo después yo pude cumplir mi sueño y abracé con fervor  una nueva profesión, la periodística. Una actividad que amo profundamente, que me llena el corazón, que me gratifica el alma.

 

Los recuerdos toman vida mientras la memoria, selectiva al fin y ajena a las casualidades, elige el camino a seguir entre una ordenada montaña de papeles. Redescubro, además, un manuscrito  con el prólogo que  Joan Manuel Serrat escribió para el libro de César Luis Menotti “Fútbol sin trampas”.

Vale recordar que en 1986 la grieta futbolística entre César  Menotti  y Carlos Bilardo se dirimió también en el campo literario. En abril el Flaco presentó en sociedad una obra en la cual junto a Ángel Cappa explicaba los fundamentos de su prédica futbolera y refutaba desde el título la filosofía de su archienemigo pincharrata. Bilardo, en tanto, tras la obtención del título mundial  en México, le respondió desde las páginas de Así ganamos, la verdadera lucha por la  copa. El Narigón eligió a Diego Maradona como responsable de la introducción de su libro, Menotti, por su parte, confió en su amigo Serrat y le entregó el protagonismo de las primeras páginas de su trabajo.

 

El cantautor catalán, uno de los máximos referentes culturales del planeta, escribió una pequeña obra de arte, un texto que me impactó por su belleza intelectual y por su crítica mirada hacia los entrenadores de las categorías formativas. Las últimas líneas del Nano eran una especie de súplica, un pedido expreso para los energúmenos que afónicos incitaban al combate a los niños jugadores.

 

“Pero esos chicos están proyectados para jugar. Para divertirse jugando. No les anticipen el muermo. No los conviertan en aburridos prematuros, que de eso, con el tiempo, ya se ocupa la empresa. De eso se encargan los malos dirigentes, con sus cortes de mangantes y con los técnicos acomodaticios y serviles que en el mundo han sido, son y, mucho me temo serán. Pero hasta que les llegue su hora, hagan el favor de tratar mejor a esos chicos”.

 

Aquella sublime reflexión de Serrat me ayudó a transitar mis primeros trabajos como profesor, como entrenador de una división de niños que se soñaban futbolistas profesionales. Insisto, la memoria ajena y distante a las casualidades, selectiva al fin, me toma de la mano y me lleva a uno de los sitios donde amé la vida, a un instante de dicha que guardo como uno de mis tesoros más preciados: mí amada categoría 88´de Independiente.

 

La noche del martes 13 de abril de 1993 Mar del Plata fue castigada por un feroz tornado que destruyó árboles, techos, casas, edificios, clubes y escuelas. La furia climática desatada por un rodillo color verde arrasó con todo lo que se opuso en su camino causando además que 600 personas fueran evacuadas, que 60 resultaran con heridas de diferente grado y ocasionando la muerte de 2 menores. Una de las más afectadas fue la sede de Independiente, circunstancia que obligó a los dirigentes del Rojo a reorganizar su estructura deportiva durante el tiempo que demandó la reconstrucción de su gimnasio.

 

Guillermo Trama, histórico goleador, entre otros clubes, de Estudiantes de La Plata, Rosario Central, Racing de Avellaneda, Gimnasia de Mendoza y de su querido Círculo Deportivo, -uno de los privilegiados que logró superar la barrera de los cien goles en el profesionalismo argentino- , de común acuerdo con las autoridades de la institución de calle San Juan se hizo cargo de las predécimas y las sumó a su escuela de fútbol.

 

Los entrenamientos se desarrollaban en Anden 5, una canchita de papi ubicada en la calle Rivadavia entre Chaco y Pampa, escenario donde Independiente ostentó transitoriamente su localía en los campeonatos liguistas de salón. En el proyecto deportivo trabajan los entrenadores Gustavo Muro, Marcelino Pérez y el profesor Juan Carlos Raiteri, quien promediando 1994 me recomendó para ser parte del equipo que comandaba con mano maestra Trama, uno de los hombres del fútbol más querido y respetado de la ciudad.

Finalmente, un sábado por la mañana me encontré cara a cara con el romperedes otamendino, uno de los héroes de mi infancia futbolera de pueblo, uno de esos ídolos cuya foto formaba parte de la escenografía de mi cuarto. El mismo día, en la Villa “Benedicto Gutiérrez”, me presentó ante los chicos y partir de allí comencé a recorrer en el Rojo de Mar del Plata mi primera aventura como Profesor de Educación Física y como director técnico de inferiores.

 

El objetivo que me había asignado Guillermo era formar y dirigir la futura categoría 1988, equipo que estaba en pleno proceso de gestación con muchos chicos que ya formaban parte del mismo como integrantes de la escuelita que el conducía.

 

La 87´ estaba encaminada y contaba con excelentes jugadores, muchos de los cuales tuvieron un importante recorrido en diferentes clubes locales, a excepción del Vasquito Imanol Iriberri quien traspasó las fronteras y fue figura en equipos del exterior. En la actualidad es jugador del Paola Hibernians Football Club de Malta. El Cabezón Sergio Lorenzo, el bravío Coco Cano – presidente honorario del Club del Raspa que te Raspa-, Emiliano Rodríguez  y Manuel Cotado, fueron parte de la divisional. El Tanque Eric Dierckx, a la postre símbolo identitario del Rojo en los últimos años, Matías Sánchez, Federico Pérez y Matías Saldivar, fundador del Club Atlético Marplatense, jerarquizaban la poderosa  86´ del Diablo.

 

Esta maravillosa experiencia me permitió crecer profesionalmente, me hizo mejor persona, me permitió aprender de los errores, conocer mis defectos y potenciar algunas virtudes. Desde el afecto incondicional de cada uno de mis niños jugadores, logramos entre todos, las familias incluidas, conformar un grupo humano muy unido, un espacio de convivencia  donde la solidaridad, el cariño, el compromiso con el otro, las ganas de aprender jugando y el respeto por el juego, fueron pilares inquebrantables de una manera de entender, pensar y ejecutar un deporte, acaso el más bello de todos.

 

Juntos fuimos partícipes de una gran idea, ganamos en confianza y los dos equipos obtuvieron resultados superlativos. La 88´A con un juego más pulcro, atractivo, técnicamente superior.  La 88´ B con una defensa inexpugnable, mucho amor propio, menos tenencia de pelota pero mayor efectividad en el arco rival. Éramos invencibles, un hueso duro de roer para cualquiera de los rivales que nos tocaba enfrentar en suerte. Solo Talleres fue nuestro verdugo, el talón de Aquiles, la cuenta pendiente. El Tallarín era dirigido por Esteban Zanotta y tenía  dos chiquilines que marcaban la diferencia: Martín Curuchet- hijo del ciclista Juan,  orgullo del deporte marplatense- y Agustín Briones. Ambos, ulteriormente, se transformarían en promisorios futbolistas profesionales que alcanzaran renombre en los campeonatos de ascenso.

 

En diciembre de 1996 la 88´B ganó el mítico Torneo Nacional  que organiza Independiente. Fue en un disputadísimo partido final con Aldosivi. Fue una apoteótica definición desde el punto penal tras un cerrado empate en cero. Tocamos el cielo con las manos. En los festejos me doy un abrazo interminable con mi amigo Ricardo Gamarra.

 

Estas líneas, este puñado de recuerdos, son solo una excusa para reencontrarme con aquel instante de dicha, un tiempo donde todos los protagonistas, soñando bajo los designios y los caprichos de una pelota,  éramos inmensamente felices. Mis pequeños gladiadores de pantalón corto y camiseta roja creyéndose tan buenos como sus ídolos domingueros, yo sintiéndome el  hombre más dichoso del planeta porque había logrado dibujarle a cada uno de ellos una enorme sonrisa en el alma.

Algunos de mis jugadores, hoy les pido perdón a los padres, fueron rebautizados y bendecidos con apodos que los emparentaban con aquellos futbolistas que ellos admiraban o deseaban parecerse. El Cholo, el Pelado, el Turu, la Chancha, el Bati, el Polilla, el Mono, Gambetita, el Bocha, el Mago, el Chupa…

 

En marzo de 1997 tuve que contarles que por cuestiones laborales no ponía seguir siendo su entrenador. Todavía me veo parado en la mitad de la cancha, empapado en lágrimas, transformando en pasado la etapa más prolífera de mí vida docente. Cuando me fui sentí una enorme tristeza, me invadió un vacío emocional solo comparable con la sensación que irradia la inmensidad de un estadio vacío.

 

El irreverente paso del tiempo me transportó del otro lado del alambre olímpico de una cancha, siguiendo como espectador una pelota que giraba  bajo la suela del botín diestro de mi hijo Agustín. Gracias a él descubrí  profesores que enaltecieron y enaltecen día a día el axioma futbolero que había pensado el Nano Serrat en el prólogo del libro del Flaco Menotti.  Diego Aronne, – hijo del Tano- , un ser humano excepcional, un docente brillante,  Lucas García,  Federico Yung  y el querible Ruso Claudio Rodríguez, para mi uno de los directores técnicos más capaces del campeonato marplatense. En el ámbito escolar conocí a Gustavo Ivorra, un salesiano de pura cepa, un trabajador incansable, un maradoniano formador de grupos humanos.

 

Tampoco puedo obviar la entereza del Profe Bruno Berardo, preparador físico en 2019 de la sexta división de Once Unidos. En una práctica Agustín sufrió la fractura del radio y el cúbito de su brazo izquierdo, un golpe brutal, una escena desgarradora. Cuando llegué a la Villa Deportiva, mientras su entrenador Lucho Mazzina, otro tipo fuera de serie, me contaba lo que había pasado e intentaba tranquilizarme, el profe Bruno estaba con mi hijo, sosteniéndole el brazo lastimado, calmándolo, hablándole.  Recuerdo su rosto pálido, su cuerpo al borde del desmayo, su angustia. Él, a pesar del impacto emocional que le generaba la situación nunca dejó de estar con su jugador. Mi memoria también elige su gesto humano.

¿Qué será de la vida de todos y cada uno de mis gladiadores de pantalón corto y camiseta roja? ¿Qué habrán hecho con sus sueños, por dónde andarán sus utopías futboleras? ¿Sabrán que son una parte sustancial de mi historia? ¿Alguien les habrá contado que son una huella de vida que llevó orgullosamente sobre mis hombros? Ojala que un día, el menos pensado,  muchos de los integrantes de mí amada categoría 88´ elijan esta crónica y la conserven en una cuidada cajita de los recuerdos. Ojala que la memoria seleccione aquel tiempo que caminanos juntos y que esa vuelta sobre sus pasos les permita reencontrarse con un momento de felicidad.

 

Yo todavía estoy parado en la mitad de la cancha, en Anden 5, viéndolos  correr, cuidándolos, riéndome de sus ocurrencias, gritando goles memorables, aplaudiendo atajadas imposibles, esperando el final de la clase para darles un beso y entregarles la convocatoria para el partido del domingo. Soy inmensamente feliz, porque una vez más, mis pequeños soles rojos, tan solo recordándolos, me alegran el corazón. 

 

Mario Giannotti

 

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