Oscar Cacho Rey: un admirable obrero del fútbol

Oscar Cacho Rey: un admirable obrero del fútbol

Esta reseña periodística desea reconocer la trayectoria deportiva de Oscar Cacho Rey, un admirable obrero del fútbol, un buen tipo, un noble entrenador que va por las canchas de la ciudad aportando pasión y conocimientos. Un entrañable habitante del planeta futbolero que sin grandes estridencias, mantiene viva la ilusión de los que amamos este juego casi perfecto.

13 de noviembre de 2020

“Los entrenadores podemos cometer dos pecados: hacer caminar a jugadores que vuelan o pretender que vuelen los que sólo pueden caminar”

Marcelo Bielsa

 

El inolvidable Osvaldo Bayer solía decir que el fútbol es la fidedigna representación de la humanidad en el pequeñísimo cosmos de un cuadrilátero verde. Un espacio único, irrepetible, un lugar donde cada uno de sus protagonistas aporta sus saberes y sus talentos en pos de un esfuerzo colectivo que permite lograr el triunfo deseado.

 

En ese contexto existen quienes ocupan, por trascendencia y mérito propio, un lugar de privilegio en la consideración popular, en tanto, hay otros anónimos partícipes que constituyen la base piramidal del éxito alcanzado. Incansables obreros del planeta futbolero, humildes forjadores de sueños que caminan la cancha sin alardear jamás de cuanto saben en la materia. Gente sencilla, humilde, puro perfil bajo, trabajadores necesarios, indispensables.

 

Oscar Cacho Rey es uno de estas queribles figuras, uno de los tantos feligreses de la pelota que transitan sus vidas enamorados de un deporte que es pasión de millones. Un ex futbolista, un entrenador que pregona el buen juego, el respeto por la técnica individual, el sacrifico personal y un inquebrantable compromiso afectivo con el grupo de pertenencia.

 

Cacho aprendió el oficio de futbolista en los picaditos que jugaba en el terreno baldío lindero a la fábrica de caramelos Bandolero. La tierra negra, apisonada por las pequeñas pisadas de los pibitos del barrio, atesoraba los secretos de las primeras gambetas. Marcelo Della Torre, el Gordo Osvaldo Radesca, los hermanos Dacri, la Fiera Claudio Giovanoni, Martinotti, y un puñado de jugadores de las divisiones menores del Club Los Andes, corrían detrás de una pelota hasta que el sol se perdía sobre las calles Juncal y Rivadavia.  

Su travesía futbolística comenzó como zaguero zurdo, aunque el paso del tiempo lo convirtió en un virtuoso mediocampista, dueño de la camiseta número 10 en el clásico dibujo táctico 4-4-3 de los años 80´. Sus primeros partidos liguistas los disputó defendiendo la camiseta del Club Teléfonos. Luego pasó a Kimberley hasta que promediando el año 1979 fichó para el CALA, conjunto que militaba en la segunda categoría del campeonato marplatense. En Los Andes debutó en primera división y supo ganarse los primeros aplausos de los estoicos simpatizantes de una institución popular, cercana en el cariño y en la memoria de ese chiquilín que en la esquina de Belgrano y Teodoro Bronzini se soñaba tirando paredes memorables con sus ídolos de la infancia.

 

En 1985, con el título de Técnico en Telecomunicaciones, ingresó a trabajar a ENTEL, recordada empresa pública creada en 1946 por Juan Domingo Perón. Allí era el operador responsable, conmutador de por medio, de establecer las difíciles y muy costosas llamadas de media y larga distancia. Un año después nació Martin, su primer hijo, y sobrecargado de actividades abandonó el fútbol temporariamente. El regresó fue en Peñarol, club donde jugó hasta su retiro definitivo de la actividad.

 

Durante la charla me cuenta que en enero de 1976, con 13 años de edad, fue refuerzo de Cadetes en una serie de partidos amistosos que los tricolores jugaron en Caballito ante Ferro Carril Oeste. 

 

“Me llevó el padre de Marcelo Carrera que era DT en Cadetes. Marcelo era un chico del barrio que llegó a ser integrante de la primera de Independiente de Avellaneda y años después de la Major League Soccer. Allí, en Caballito, conocí a Diego Maradona, lo vi en un partido que Argentinos enfrentó a Ferro. Todos ya hablaban de él, decían que era distinto, que era un crack”.

 

Vale recordar que el Pelusa tuvo su presentación en la elite del campeonato argentino nueve meses después. El 20 de octubre Diego hacia su debut profesional ingresando en el segundo tiempo en el cotejo que los Bichitos de La Paternal disputaron ante Talleres de Córdoba.

 

El 14 de noviembre, en el añorado Estadio San Martin, por la duodécima fecha del telúrico Nacional, San Lorenzo de Mar del Plata recibió a la Asociación Atlética Argentinos Juniors, conjunto que en el banco de los suplentes sentó a un tal Diego Armando Maradona.

 

En el inicio del segundo tiempo, el pibe de rulos, ese carasucia que hipnotizaba con su magia a los espectadores del coloso de Alvarado y Champagnat, pisó el campo de juego. El 10, sin la 10, reemplazó a Giordano. Hay quienes cuentan que a partir de ese instante, los duendes futboleros dieron rienda suelta a la alegría y entonces el mocoso nacido en Villa Fiorito descalabró con sus fintas endiabladas a la defensa Patanegra.

Cacho junto a su papá fue uno de los afortunados espectadores que pudo asistir en vivo al bautismo de gol del mejor de todos los tiempos.  Los más hinchunes del Pelusa juran que a los 42 minutos del segundo tiempo, un haz de luz se posó sobre la gramilla del San Martín, que un ángel lo tomó de la cintura y lo invitó a transitar desde aquel 14 de noviembre de 1976 la maravillosa aventura de ser, en el pequeñísimo cosmos de un cuadrilátero verde, el Dios más terrenal de todos.

 

Sobre el epílogo, otro gol de Diego. Los incipientes genes del barrilete cósmico aprovecharon un centro de Ingaramo y el crack con cara de nene, con pasmosa serenidad, selló el 5 a 2 definitivo en favor de los visitantes. Cacho observó embelesado a ese irreverente artista de rulos que le convertía dos goles a Rubén Lucangioli, el padre de Fabián, su compañero en las aulas del colegio secundario.

 

Cuando su hijo mayor se sumó a la categoría 86´de Alvarado, un equipazo donde destellaban entre otros Mario Sosa, Martin Quiles y Víctor Gorrasi, Cacho optó por colgar los botines y afrontó su último año como futbolista siendo parte del plantel de Peñarol.

 

“Cuando iba a ver a los chicos muchos padres me decían que yo los tenía que dirigir. Me acuerdo que la Presidenta del fútbol infanto juvenil del club, Lina Santoianni, la mamá de Leo D´Urso – destacado y reconocido entrenador marplatense– y Mario Carrera, en la actualidad director técnico en Costa Rica, me impulsaron y me dieron su confianza para que dé mis primeros pasos en la profesión”.

 

En el Torito del ex barrio Mataderos estuvo desde 1995 hasta 1998. Al año siguiente, junto a su amigo Carlos Olivetti, cumplimentó exitosamente el curso de entrenador y recibió su carnet habilitante. Fue DT de inferiores en Quilmes durante once años, institución que en 2019, en su segunda etapa, le permitió vivenciar su primigenia  experiencia como técnico principal del primer equipo tricolor en el certamen organizado por la Liga.

 

En lo previo, alternó su tarea como formador en divisiones menores con su labor de entrenador alterno. Trabajó en Deportivo Norte, en San Lorenzo y en Alvarado. Además, con el Topo Olivetti, fundaron de la mano de la familia Arrúa, la escuela de Fútbol “Bristol”.

 

En Quilmes durante 2019 fue simultáneamente Coordinador de inferiores y entrenador de Quinta y Primera. Por cuestiones económicas el Cervecero desestimó la contratación de un DT y le pidió que realizara al unísono las tres funciones, particularidad que no le permitió abocarse profesionalmente como él lo hubiera deseado. Fiel a su estilo aceptó el desafío y pudo, a pesar de las falencias estructurales y económicas que padecía el fútbol quilmeño, obtener mejoras sustanciales.       

 

Habla con orgullo de tres excelentes jugadores, alumnos futboleros  que supieron asimilar los conceptos que les inculcó durante su proceso formativo. Joaquín Rodríguez – campeón con el AS Gosier en Isla Guadalupe, Ignacio Nacho Bailone – centrodelantero en San Antonio Football Club de la USL Championship  y Nicolás López, jugador clave en su Quilmes.

 

Durante sus veinticinco años de labor profesional hizo gala de un admirable perfil bajo. Lejano y distante siempre de los escándalos mediáticos y del chismerío de ocasión. Metódico y ordenado, respetuoso con sus pares y sus dirigidos. Un entrenador que aún sigue capacitándose, un hombre del fútbol que hace con pasión lo que le gusta, que va de la casa al vestuario, del vestuario a la cancha y de la cancha otra vez a la casa.

 

Cierta vez el maestro Carlos Timoteo Griguol reflexionó sobre la constante evolución del juego al señalar que “en el fútbol de ahora hay que hacer maravillas en un metro cuadrado. En el fútbol de antes había espacio para tirar para el techo. En la época en que yo jugaba, un jugador solo quedaba encerrado en un metro cuadrado cuando entraba al baño.”

 

Cacho Rey entendió que agionarse laboralmente es fundamental para poder transmitir nuevos conocimientos a los más jóvenes. -“Ha pasado mucha agua bajo el puente, esperemos que el caudal siga fluyendo por lo menos unos años más la vocación de seguir vigente”-, me confiesa,  mientras espera que algún llamado telefónico le traiga una  buena noticia que le permita volver al ruedo en algunos de los clubes de la ciudad.

El amor de su familia es clave, indispensable, innegociable. Su rostro se ilumina cuando menciona a Martin, a Mateo, a Román y a Nicolás: sus hijos. Expresa su admiración por su esposa Bibiana, por sus padres Cacho y Mirta y por sus hermanos Gabriel y Romina. Y el corazón de abuelo le explota en mil pedazos cuando su nietito Didier le dibuja una sonrisa.

 

Reflexivo y amigo de la palabra escrita. Su buena prosa desenmaraña un sentimiento que lo desborda, que va más allá de la simple razón.

 

“El fútbol ha marcado mí vida desde que tengo uso de mí razón, desde muy pequeño comencé a jugar y desde ese momento jamás me despegué de su atrapante juego.  Cualquier día, horario, lugar, estaba bien para practicar su juego de creación y estrategia, siempre para mí patear una pelota, una chapita, un rollo de papel, una piedrita, una tapita, fue asociado a jugar al fútbol en el barrio, en la escuela, en mí casa.

 

Me forme girando alrededor del fútbol a través de las canchas cerca de mí casa familiar, hasta que llegué a jugar en los clubes que me fueron formando como persona- jugador. El futbol me brindó amistades, compañerismo, unión, sacrificio, dedicación, responsabilidad y tantos valores, que hoy siendo una persona grande de edad,  ya habiendo dejado de jugar, intentó inculcar a mis dirigidos. Soy parte del deporte más lindo del mundo, cosechando amistades interminables de propios y extraños, como compañeros y rivales. Vociferando un gol con los puños apretados, saltando de alegría ante la victoria, pero también experimentando el andar cansino y la cabeza gacha ante el sabor de una derrota”.

 

Hoy forma parte de la lista 26 de La Agrupación Federal de Directores Técnicos (AFDT), encabezada a nivel nacional por Ricardo Caruso Lombardi.  Desde este espacio propuso cambios en la reglamentación y en la estructura organizativa de los campeonatos infanto- juveniles.

 

“Debería existir, en todo el país, un reglamento o un manual común para los torneos que se disputan en cancha de nueve. Habría que repensar las medidas de las canchas y de los arcos cuando pasan por primera vez a once. Rever la funcionalidad de la  PreLiga en Mar del Plata, porque así como está funcionando mata a las escuelitas de fútbol. Creo que la PreLiga fue perdiendo y desvirtuando su idea primaria, que era netamente de formación. Ahora se juega por puntos, con tabla de posiciones y con árbitros, igual que la Liga pero los sábados.”

 

Esta reseña periodística desea reconocer la trayectoria deportiva de Oscar Cacho Rey, un incansable obrero del fútbol, un buen tipo, un noble entrenador que va por las canchas de la ciudad aportando pasión y conocimientos. Un entrañable habitante del planeta futbolero que sin grandes estridencias, mantiene viva la ilusión de los que amamos este juego casi perfecto. Parafraseado al genial Eduardo Galeano, escribo que Cacho Rey, como tantos otros humildes entrenadores marplatenses, es gente de fuego sereno, que arde la vida con tanta pasión que no se puede mirar sin parpadear, y quien se acerca, con una pelota en los pies, se enciende…

 

Mario Giannotti

 

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