Nunca es demasiado tarde para lágrimas, ni para sonrisas

Nunca es demasiado tarde para lágrimas, ni para sonrisas

El próximo viernes 20 de mayo uno de los pensadores más respetados de la radiofonía argentina cumple 78 años de vida, dicen al respecto los obtusos refutadores de leyendas del barrio de Flores que la cifra real, de tres dígitos, se perdió una tarde de noviembre en medio de un picadito en un baldío de Parque Chas.

12 de mayo de 2022

a Fernando Jaime

 “Cuando rajés los tamangos
buscando ese mango que te haga morfar
la indiferencia del mundo
que es sordo y es mudo, recién sentirás”

Enrique Santos Discépolo

 

Alejandro Dolina, afirmo sin temor a equivocarme, fue el responsable, el ideólogo y el conductor de una propuesta radial que nos marcó a fuego a todos aquellos que nos soñábamos pretenciosos  comunicadores sociales. La trasnoche de Radio El Mundo cobijó en 1985 a un cuarentón, flaco y narigón, que supo traducir desde la sencillez de su discurso las sabias reflexiones de filósofos, escritores, artistas, rebeldes y soñadores. Valiente quijote cabalgando sobre las ondas hertzianas en la intimidad de la noche para batirse a duelo contra los mentores ideológicos de la estupidez mundana.

 

Lucha sin cuartel contra los que el sistema denomina arbitrariamente ganadores, triunfadores, los y las que salen en las revistas del establishment, los que son aplaudidos por hordas de fanáticos, esos que ganan millones, que dicen ser solidarios  pero no dudan ni un maldito segundo a la hora de lamerle las botas a los poderosos que oprimen a los que menos tienen, hombres y mujeres que serían capaces de matar para tener más dinero y poder.

 

Recuerdo en mi adolescencia esperar ansioso el comienzo de un programa de radio que me atrapaba por su contenido, combinación perfecta de humor e inteligencia. Su nombre era “Demasiado tarde para lágrimas”,  y se emitía de lunes a viernes de 1:00 a 3:00. Por entonces yo lograba sintonizar  la emisora porteña en una destartalada Noblex Carina propiedad de mi viejo. El nombre del programa devenía de una película policial que según su conductor definía a la perfección el espíritu y el espacio horario de la propuesta. Allí, Alejandro Dolina y Adolfo Castello hacían gala de una maravillosa impronta intelectual, matizada por un par de risueños y noctámbulos personajes encarnados  por ambos comunicadores. ¡Silencio señores!, adivino en la penumbra las sombras chinescas del Mago Oriental Washington Tacuarembó.

 

Dolina, además, fue un fiel defensor de Diego Maradona, a quien considera el mejor futbolista de todos los tiempos, un protector incondicional  hasta en tiempos donde la indignación burguesa  lapidaba con sus críticas impiadosas a un Diego muy vulnerable, tanto en 1994, efedrina de por medio en suelo gringo, como en 2009 cuando el Pelusa, tras la clasificación al mundial de Sudáfrica, invitó a sus detractores a una recordada felación universal.

Con el 10 protagonizaron en 1996 “El día que Maradona conoció a Gardel”, una película argentina dramática dirigida y escrita por Rodolfo Pagliere en colaboración con Eliseo Álvarez y el asesoramiento de Juan Carlos Cernadas Lamadrid.

 

En la inmensidad de la noche radiofónica, entre la tarea obligatoria que ordenaba la profesora de caligrafía Raquel Wilasky y la resolución de intricados problemas matemáticos, supe de la existencia de cientos de escritores, conocí de la mano del Sordo Gancé un puñado de tangos memorables, aprendí sobre griegos y romanos, acrecenté desde el dial los escasos conocimientos de historia que me transmitían en la escuela secundaria.

 

Su voz y la de Guillermo Stronati, su locutor y coequiper, me embelesaban y me trasladaban con la imaginación a los paisajes más bellos que jamás pude contemplar fuera del éter. Cierto es también que todos sus oyentes, tarde o temprano, nos apropiábamos de un personalísimo aire doliniano. Aquel creativo publicista, autor entre otros del jingle de la revista El Gráfico, cumplía, primero desde las páginas de Humor, luego desde Radio El Mundo, una premisa fundamental: elevar las estructuras de pensamientos de sus lectores, de sus oyentes. Dolina, al igual  que Víctor Hugo Morales, Héctor Larrea, Antonio Carrizo, Juan Carlos Mareco, entre otros, fue un proverbial difusor de cultura.

 

Viajo en el tiempo y me reencuentro sentado frente a mi añorada Noblex Carina, estoy pegado a la radio y el  conductor de La venganza será terrible se anticipa al muermo y su voz me indica el camino a seguir.

 

Dolina fue, es y será la radio es su máxima expresión. Un filósofo de barrio que a veces peca de soberbio y que hace uso y abuso de una falsa modestia que enoja. Cabrón, contradictorio y genial. Eterno provocador que despertó en muchos de nosotros la pasión por la lectura. Un tipo de la radio que hace una treintena de años nos hace mejores personas, un tipo de la radio que desde su coherencia ideológica nos invita aún a la sana aventura del conocimiento.

Para el cierre de esta columna transcribo uno de los mejores cuentos del Negro, una joyita que forma parte de Crónicas del Ángel Gris, su primer libro. 
     

“El Mago Rizzuto no conocía ningún truco. Su número era bien sencillo: golpeaba su galera con una varita azul, y luego esperaba que apareciera una paloma.

 

Naturalmente, la total ausencia de dobles fondos, de mangas hospitalarias y de juegos de manos conducía siempre al mismo resultado desalentador. La paloma no aparecía. Rizzuto solía presentarse en teatros humildes y en festivales de barrio, de donde casi siempre lo echaban a patadas.

 

La verdad es que el hombre creía en la magia, en la verdadera magia. Y en cada actuación, en cada golpe con su varita azul estaba la fervorosa esperanza de un milagro. Él no se contentaba con las técnicas del engaño. Quería que su paloma apareciera redondamente.

 Durante largo tiempo lo acompañaron la desilusión y los silbidos. Otro cualquiera hubiera abandonado la lucha. Pero Rizzuto confiaba. Una noche se presentó en el club Fénix. Otros magos lo habían precedido. Cuando le llegó el turno, dio su clásico golpe con la varita azul. Y desde el fondo de la galera salió una paloma, una paloma blanca que voló hacia una ventana y se perdió en la noche.

 

Apenas si lo aplaudieron. Las muchedumbres prefieren un arte hecho de trampas aparatosas a los milagros puros. Rizzuto no volvió a los escenarios. Tal vez siga haciendo aparecer palomas en forma particular”.

 

Aplauso y telón lento para esta maravillosa historia. Porque en realidad no somos pocos los que caminamos la vida desprovistos de dobles fondos, juegos de manos y mangas hospitalarias. Somos muchos los que desandamos esperanzados las calles, optimistas y crédulos que un buen un día, cualquiera, el menos pensado, podamos ser partícipes de un truco sin trampas. Sabemos de antemano que si esto ocurre no recibiremos ovación alguna ni el reconocimiento de las muchedumbres, pero al menos vivenciaremos en carne propia que nuestra existencia tuvo algún sentido que valió la pena.

 

Mario Giannotti

 

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