Nápoles, el Pelusa, una imagen y un abrazo redentor

Nápoles, el Pelusa, una imagen y un abrazo redentor

Esta columna es tan solo un pretexto más para agasajar en el día de su cumpleaños número 63 a Diego, una historia sencilla que desea abrazarle el alma a un verdadero fenómeno social, un ídolo popular que trasciende su muerte y que como el Che no para de nacer. (Por Mario Giannotti)

29 de octubre de 2023

 “El fenómeno social que generó Diego, hoy es irrepetible”

Fernando Signorini 

 

Entender o intentar explicar el fenómeno Diego Maradona desde la palabra, atravesando en tan osada travesía todas las fronteras racionales y emocionales que el personaje propone, aún resulta una verdadera utopía literaria. Este absurdo y reiterativo desafío intelectual que nos demanda desnudar el corazón de un ser amado, recorre en puntitas de pie la cornisa de los que ardemos la vida con pasión, hombres y mujeres que, en incontables ocasiones, pisanos el borde del precipicio sin medir los riesgos que esto puede acarrear.

 

Recuerdo repensar esta idea en una bellísima charla con el admirado colega Daniel Arcucci. Pensar y hablar de Diego indefectiblemente, nos tienta, nos convida, nos incita a la irracionalidad y víctimas o cómplices confesos, en algún momento de nuestra devoción maradoniana tropezamos y rodamos acantilado abajo hasta estrellarnos estrepitosamente con la descarnada realidad que no siempre es la deseada.

 

Sabedor al fin que la pasión maradoniana me desborda, que el fenómeno Diego es inexplicable, me resigno a sobrellevar infinitamente la imposibilidad de describir exitosamente mi amor por ese superhéroe que pelota al pie, danzando entre los rivales, o gritando goles que volaron tan alto como mi ilusión de niño, se ganó para siempre mi corazón futbolero.

 

Por tanto, escribo este texto desprovisto de aquellas tan genuinas como venturosas descripciones que desearon alguna vez abarcar el alma de Diego.  El Profe Fernando Signorini, un auténtico sentipensante, según sabia definición del maestro Eduardo Galeano: “gente que no separa la razón del corazón. que siente y piensa a la vez, sin divorciar la cabeza del cuerpo, ni la emoción de la razón”, me recuerda que el amor y la amistad no se declaman, se ejercen.

 

Hoy, en vísperas del cumpleaños de un ser amado, me propongo por enésima vez no explicar este sentimiento que me desborda, sana intención que pelea a brazo partido con el apasionado que habita en mí y que desde el fondo del precipicio grita su irracionalidad maradoniana.

 

Ahora, imprevistamente, por obra y gracia de un dios sucio, pecador y terrenal, una imagen se apodera de pantalla de mi computadora, una foto en blanco y negro, que nunca fue, se revela caprichosamente entre párrafo y párrafo. Adivino la bahía de Nápoles. Veo hombres, mujeres y niños cargando sus equipajes mientras esperan su turno para subir a bordo del Stella Maris, una embarcación perteneciente a la Compañía Protea que en pocas horas partirá con rumbo a una próspera República Argentina. Mi papá, mi abuela Elisa, mi tío Pablo y mi tía Florinda son parte del paisaje. Al otro lado del océano los espera mi abuelo Pepe.

 

El napolitano Antonio Moschella, periodista, politólogo – muy maradoniano también-, me cuenta que la llegada de Diego a Nápoles en junio de 1984 fue el desembarco de un scugnizzo, un niño de la calle, un niño pobre que terminó siendo el capitán de un barco, il capitano de una ciudad y de un equipo que atravesando todas las tempestades logró, gracias a él, zarpar orgulloso hacia la victoria.

Por su parte, el cineasta Paolo Sorrentino, incondicional admirador de Diego, dijo en una entrevista con un medio español que “Maradona no aterrizó en Nápoles, Maradona apareció en Nápoles, se materializó. La primera vez que lo vieron los espectadores en el estadio de San Paolo apareció ascendiendo desde una gruta como Jesús. La llegada de Maradona también hizo saltar por los aires todo ese clima asfixiante, porque restituyó la alegría de vivir, la libertad, la esperanza. Llegó en un momento histórico, Maradona fue un libertador para Nápoles, como los americanos al final de la Segunda Guerra Mundial”.

 

Vuelvo a esta foto blanco y negro que se esparce imaginariamente sobre la pantalla de mi ordenador, mientras las palabras, cuando no, se entrelazan a su antojo entre sí. Un barco presto a zarpar desde el puerto de Nápoles, un futbolista libertador y la escena final de la guerra.

 

Allí observo sobre el muelle tres chicos que miran más allá del horizonte. Uno de ellos soy yo, tengo ocho años de edad, estoy en el medio de ambos y los abrazo afectuosamente mientras ya me sueño Diego Maradona. A mi derecha se ubica el más pequeño de los tres, tiene cinco años y los rulos le caen sobre los hombros que enmarcan las pecas que explotan en sus mejillas. El otro niño, a mi izquierda, tiene una camiseta con un número diez en su espalda, una pelota debajo de su zapatilla zurda e irradia una sonrisa pícara que le ilumina el rostro, a él también los rulos les llegan a los hombros. Tiene la edad de la luna y le dicen Pelusa.

 

En este escrito, donde renuncio, o al menos lo intento, a declamar mi amor por Maradona, también renuncio a entender el porqué del desamor y el encono personal de mi viejo con mi superhéroe de la infancia.  Mi padre fue uno de los tantos detractores que tuvo Diego. Quizás si alguna vez nos hubiéramos sentado, o nos hubiéramos atrevido a charlar sobre lo que significaba Maradona en mi vida, sobre lo que yo pibito de barrio pobre, luego adolescente rebelde, sentía por Maradona, él habría entendido algunas razones, pasiones juveniles que florecían, en muchos momentos de mi existencia, sobre las cornisas del precipicio.

 

Por eso querido Pelusa, como regalo de cumpleaños, te obsequio esta foto blanco y negro que nunca fue, antojadiza radiografía del alma que desea redimir una pena.

 

Entonces allí estamos los tres.  Mi padre, Pelusa y yo abrazados en el muelle del puerto de la bahía de Nápoles, mirando más allá del horizonte mientras el Stella Maris parte las aguas azules del Mediterráneo rumbo a mi amada Argentina. En la embarcación mi abuela cuida a sus tres pequeños hijos, un sol tempranero dilata sus pupilas cuando sus ojos se apropian del imponente Vesubio que se recorta majestuoso sobre un cielo celeste. Gigantesca puerta de salida a un nuevo tiempo, a una nueva tierra, a un lugar en el mundo donde se puede reinventar la alegría y la esperanza.

 

Nápoles fue, es y será por siempre en mi corazón esta foto que nunca fue y que me hubiera encantado existiese. Nápoles será miles de colores, un sol amargo, olor a mar, mi abuela Elisa en el Stella Maris, será un Diego eterno, il capitano de una ciudad y un equipo que gracias a él pudo zarpar hacia la victoria y por sobre todas las cosas Nápoles fue, es y será el sueño de un niño pobre que todo el mundo conoce… ¡Felices 63 años amado Pelusa!

 

Mario Giannotti

 

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