Reescribo y publico en esta columna una vieja crónica que le dediqué tiempo atrás a Mario Trucco, uno de mis modelos en la profesión periodística, un hombre sabio, amalgama perfecta de sabiduría popular y académica, un hidalgo caballero de los medios de comunicación que el próximo lunes cumplirá 91 años de vida.
“Quién pudiera esquivar al tiempo cruel
y volver a vivir aquella edad
Quién pudiera cantar en un portal
canción dulce de amor”
Carlos Gardel
En el año 1930 Mahatma Gandhi iniciaba su histórica marcha de la sal, mientras un terremoto sacudía al Sur de Italia y provocaba la muerte de mil quinientos napolitanos. La bolsa de Nueva York había caído brutalmente y afectaba a las pobres economías de varios países latinoamericanos.
En la República Argentina el presidente Hipólito Irigoyen era derrocado y comenzaba la llamada década infame. En fútbol Boca Juniors ganaba, con 61 puntos sobre 35 encuentros jugados, el último certamen amateur de balompié. El xeneize había marcado 113 goles y Roberto Cherro fue el máximo artillero de la temporada.
Por su parte Uruguay organizaba el Primer Campeonato Mundial y presentaba con orgullo el estadio Centenario, un coloso de cemento construido en apenas ocho meses.
Terminando el año, el 20 de diciembre para ser exacto, nacía en la ciudad Mario Trucco: el hidalgo caballero de los medios de comunicación. Sus primeras travesuras recorrieron la geografía que delimitaban las calles Bolívar y 20 de Setiembre. Entre 1934 y 1939 fue Buenos Aires su lugar en el mundo, pero finalmente el barrio Don Bosco rescató sus pasos y lo invitó a la apasionante aventura de vivir por y para Mar del Plata.
La desaparecida Cancha Belgrano, un templo de la pelota paleta, forjó su personalidad. Allí el dinero premiaba a los más talentosos en el juego y los parroquianos ocupaban un lugar mágico, un ámbito propicio para redimir viejas penas de amor y planificar nuevas utopías.
El voto popular había consagrado al peronismo marplatense como el vencedor en las elecciones para Intendente que se realizaron el 14 de marzo de 1948. Juan José Pereda asumió el Ejecutivo tras la votación, en la cual, vale recordar que las mujeres aún estaban excluidas, participaron 16.768 hombres en 97 mesas habilitadas,.
Paralelamente irrumpió en las calles marplatenses el diario La Mañana, periódico que le permitió a Mario Trucco ingresar accidentalmente al periodismo. Las flamantes páginas del matutino y el guiño cómplice del padre de uno de sus amigos despertaron en él una vocación impensada.
El deporte y las hazañas de sus protagonistas revivían en las crónicas del joven periodista. Helmer Uranga, Jefe de la sección deportiva, un retratista con una gran capacidad de realización y un enamorado de Mar del Plata, marcó su estilo profesional.

En 1951 la voz de Trucco ganó adeptos en el aire de la ciudad gracias a la sintonía de LU9. La emisora produjo hitos dentro de la radiofonía argentina y consolidó el talento personal de importantes figuras de los medios. Trucco y Oscar Gastiarena, por entonces Secretario de Redacción del Diario La Capital, formaron parte del servicio informativo y determinaron un producto de altísima calidad periodística.
El emprendimiento gráfico que impulsó La Mañana claudicó en 1963 y el 31 de diciembre de 1969 finalizó el vínculo contractual de LU9 con Mario Trucco. En 1966 el protagonista de estas líneas ya había iniciado su travesía porteña, primero en la Cabalgata Deportiva, un año después en Radio Libertad y en 1971 como Jefe de Deportes de Radio del Plata. La voz y el discurso de Mario vistieron el dial de las más importantes emisoras del país. Trabajó en todas, excepto Radio Rivadavia.
La pantalla televisiva de Canal 8 añora a la distancia el fútbol de los viernes por la noche, donde Trucco pintaba magistralmente el prólogo y el final de un partido. Algunos rescatan en la memoria la profesionalidad de Edición Extra, una producción de Pocho Hidalgo donde Mario era un referente prestigioso de dicha idea.
Trucco rescata incondicionalmente a Enzo Ardigó como el periodista que inventó el comentario en una transmisión futbolística y señala que tiene con él una enorme deuda de gratitud, porque le había enseñado el oficio de contar lo que pasa en un partido.
Joaquín Carballo Serantes – Fioravanti -, Ricardo Arias, Eugenio Ortega Moreno, Yiyo Arangio y Juan Carlos Morales, entre otros grandes relatores, compartieron una cabina con Mario.
En la actualidad, el hidalgo caballero de los medios de comunicación, historiador incansable, magnánimo escritor, autor de los libros “Mi pueblo se llama Mar del Plata” y “El deporte y la vida…”, desarrolla su pasión en Fm del Sol, una importante emisora marplatense.
Hoy cuando la mediocridad resulta una moneda corriente, Mario Trucco se presenta como un verdadero transgresor que reivindica al periodismo deportivo. Un transgresor que no modificó en 70 años de trayectoria su discurso, un noble comunicador que se burló de los caprichos del rating y que hizo del buen uso del lenguaje una bandera.
Sus historias descansan en las mesas de un viejo café. El desaparecido Parque Bar, el añorado San Martín y en la actualidad la centenaria Parrilla Jorgito conocen sus secretos y descifran su sueño de hombre sensible.
Su esposa, sus tres hijos y sus nietos admiraron y admiran a este filósofo de barrio, mezcla milagrosa de sabiondo y héroe de la radio.
Recomienda escuchar a Carlos Gardel interpretando Callejera o Barra querida. Mario sabe, entre tantas cosas, que la musicalidad del Zorzal criollo explota con una simple guitarra como acompañante y que al Morocho, como contaba Julio Cortázar, hay que sentirlo con el inconfundible ruido a púa.
Las historias de Mario Trucco nacen desde el conocimiento y reviven en su oratoria. Combinación perfecta que aglutina sabiduría popular y académica. Y cuando llega el fin de las palabras y el silencio gana espacios, ocurre el milagro, Mario Trucco provoca en aquellos que lo escuchan un nuevo discurso, el más importante, el discurso del alma. Discurso que invita a la reflexión y que promueve nuevas historias.
En nombre de esas nuevas historias acerco este puñado de emociones. Abro la cajita de los recuerdos y le obsequio mi humilde regalo de cumpleaños.
Vamos, rompa el papel, algunos dicen que trae buena suerte. Tengo para usted estimado Mario algunas líneas de Félix Daniel Frascara, una página del diario La Mañana, los rezongos de Don Botta en el patio del colegio Don Bosco, los anteojos oscuros de la Señorita Maria Oubiña, el libro inconcluso de Don López, y el piano de Luisito Savastano. Mire, allí están en el Garage Luro Osvaldo Rizzo y Alberto Daher, en tanto, Juanito Acquafreda, promete con su zurda de mula.

Siga buscando, no se detenga. Meta la mano y encontrará a Don Narciso Benedé despachando mercadería en el viejo almacén El Chiche. Observe bien y descubrirá en el empedrado de la calle Bolívar una vereda cargada de manzanillas. Escuche, todavía retumba la pelota en el paredón de la Cancha Belgrano. La madera perfuma el escenario y los parroquianos se aglutinan en la parte baja.
Saque el moño de la caja. Tírelo. Debajo de la cinta, en la esquina de Italia y Colón, está con la de goma el Chueco Varela, más acá, el Pibe de Oro Ernesto Lazzatti tira paredes con José María Minella, mientras en una mesa del Bar San Martín el Negro Uranga analiza con Enzo Ardigó un clásico entre Mar de Plata y Tandil .
Tengo, además, un puñado de buenas canciones. Le regalo al Morocho, acompañado de guitarras, cantando Callejera y Barra querida, a Fonty Sulpizio descifrando una milonga y al Cholo Ciano escribiendo el discurso para el próximo homenaje.
Por último tengo un recuerdo imborrable, un recuerdo que me pertenece, una charla en el Parque Bar a las cinco de la tarde. Viernes 12 de junio de 1998, en la tele juegan Francia y Sudáfrica, la voz de un relator llega muy tenue. Allí nos citamos para una entrevista informal. La excusa el fútbol, las viejas voces de la radio, las historias de Mar del Plata. Pero aquella tarde en las mesas de aquel pintoresco café descubrí a un ser humano excepcional, a un periodista pasional, talentoso, humilde. Aquella tarde escuchando su discurso, ese que invita a la reflexión y que promueve nuevas historias, reafirmé definitivamente mi vocación, me juramenté ser un periodista digno.
Por eso estimado Mario este obsequio, este humilde regalo de cumpleaños. Y por último, quiero decirle que yo sé que usted todavía tira caños de ida y vuelta, sólo que no alardea de la finta para no humillar a los chambones que recién empiezan.
¡Mil gracias Maestro y muchas felicidades!
Mario Giannotti