Los abanderados de la resistencia, los imprescindibles

Los abanderados de la resistencia, los imprescindibles

Esta columna, en la figura de Christian Figueroa, pretende reconocer el esfuerzo y el compromiso de todos los protagonistas de nuestro fútbol liguista, en un tiempo de profunda crisis social y económica, en una etapa donde resistir y mantenerse en pie le daba sentido a la vida.

5 de octubre de 2020

«Pero no todo estará perdido si volvemos a adueñarnos de los clubes y conseguimos devolver al fútbol su esencia como juego y su naturaleza popular o, como decía Eduardo Galeano, su condición de fiesta de los ojos».

Ángel Cappa.

 

La pandemia de Covid-19 generó, entre tantas otras cuestiones más trascendentes, una maliciosa mirada sobre el poderío económico que tienen algunos privilegiados futbolistas del planeta. A ellos también se los acusó inmerecidamente de ser responsables de las injusticias y las  desigualdades que padece la humanidad en este siglo. Pocos repararon en la cruel e hipócrita ideología de los ejecutores de un sistema híper- capitalista que trasciende las cuentas bancarias de los jugadores.

 

Los mercaderes del fútbol si pudieran desprenderse de esa molesta materia prima que corre en pantalones cortos tras una pelota, lo harían sin ningún tipo de reparos. Los empresarios necesitan y usan a los ídolos populares para multiplicar su capital, para ganar millones, para tener poder, para hacer abuso del mismo ante los más débiles.

 

En consecuencia, gran parte de la sociedad consume a través de los medios de comunicación, muchos de los cuales pertenecen a los mismos empresarios que compran clubes y cracks en ascenso, que todos o casi todos los futbolistas son supermillonarios. A ellos, los simpatizantes, el sistema hábilmente los ha convertido en clientes de una empresa donde lo único que vale es ganar y donde el éxito es sinónimo de productividad. Nadie les dice que solo un 2% de los profesionales en actividad cobra más de 750.000 dólares. Tampoco les cuentan  que los verdaderos y genuinos protagonistas del juego, incluidos cuerpos técnicos, árbitros, y trabajadores comunes vinculados directamente a un equipo, solo se llevan el 16% de lo generado, el resto es para las multinacionales que poco saben de este deporte y poco entienden de sentido pertenencia y pasión por una camiseta.

 

Reitero, si los empresarios pudieran desarrollar una  fórmula que les permitiera ganar fortunas pagando muy poco a todos, lo harían.  En definitiva, quiero decir que Lio Messi, Cristiano Ronaldo o Kylian Mbappé, entre otros, no tienen la culpa de la pobreza extrema en los países subdesarrollados ni son los responsables de los sueldos de hambruna que cobran los enfermeros y los sanitaristas que enfrentan en la primera línea de batalla al coronavirus. Los responsables viajan en vuelos privados, visten saco y corbata, evaden impuestos y amontonan billetes en exclusivos paraísos fiscales. Oscuros individuos que jamás patearon una pelota en su vida y a quienes jamás se les pregunta como hicieron y que hicieron para ganar tanto dinero.

Bien valdría cuestionarnos, en el marco de un debate ideológico más profundo,  los por qué de la obscena desigualdad entre ricos y pobres y repensar entre todos eso que Quino puso en boca de Libertad en la tira de Mafalda: “El problema es que pocos tienen mucho, muchos tienen poco y algunos no tienen nada”.

 

Transcribo una maravillosa reflexión de Ángel Cappa, una joyita filosófica que forma parte de su libro “También nos roban el futbol:”: “El fútbol pertenece a los jugadores y a la gente. Si solo vale ganar, nos arrebatan el placer de jugar. Si solo sirve el resultado final, nos quitan el mientras tanto. El presente ya no vale por sí mismo, sino sólo si nos lleva alguna parte. Y ese final es el que dictará el éxito o el fracaso. Éxito es ganar y todo lo demás fracaso, porque ganar, solo ganar, vende. Y ahí tenemos al fútbol, convertido totalmente en un objeto de consumo. A los clubes les importan cada menos los hinchas; la gente a la que le interesa el juego. Prefieren a los clientes, los que compran todo lo relativo a los ídolos que fabrican los medios de comunicación y sus oficinas de marketing»

 

Escribo estas líneas como quien arroja algunas piedras a un poderoso acorazado de guerra. Expreso en tinta y papel un puñado de ideas. Enarbolo mis banderas y afrontó la batalla sabiendo de antemano que mi pregón no hará mella en el acero ni pondrá en aprietos a la tripulación de un buque que navega inmune hacia un puerto no deseado. Igual me rebelo ante esta maléfica lógica mercantilista del deporte que amo y esgrimo mis humildes teorías conspirativas narrando historias que exaltan las virtudes de los que sostuvieron en pie la pasión, el sentimiento, el barrio, el club, la esencia del juego. Futbolistas y entrenadores que no han ganado millones, ni sueldos desorbitantes, héroes de carne y hueso, anónimos personajes que no fueron estrellas mediáticas, tipos nobles que partido tras partido, en las canchas de mi ciudad, fueron parte de una magnánima legión de quijotes que resistieron en tiempos difíciles. Hombres y pibitos que se jugaron el pellejo, las piernas y los bolsillos por amor a una camiseta, por amor al fútbol.

 

Esta columna, en la figura de Christian Figueroa, pretende reconocer el esfuerzo y el compromiso de todos los protagonistas de nuestro fútbol liguista en un lapso de tiempo que media entre la pérdida de la plaza fija del telúrico Torneo Nacional  y los primeros ascensos de Aldosivi, Unión, Alvarado y Círculo Deportivo de Nicanor Otamendi.

 

Recuerdo algunos hechos significativos que aceleraron un impensado proceso de cambios y transformaciones organizativas. El 24 de marzo de 1985 Círculo cayó 3 a 2 ante Central Norte de Salta y dos días después el Secretario de Deportes de la Nación Rodolfo O´ Reilly  le comunicó al Intendente Ángel Roig que Mar del Plata perdía la plaza fija por sus falencias deportivas y económicas. El 24 de mayo de 1992 Arsenal de Sarandí, el club de la familia Grondona, le arrebató un sueño de B Nacional a un inolvidable Alvarado que era dirigido por el Virrey Primero de la Perla Carlos Horacio Miori. En 1996, con apenas 13 equipos, se disputó uno de los campeonatos más cortos de la historia de la Liga Marplatense y el 18 de noviembre de 1998 se anunció oficialmente  la unificación de categorías y se comunicó la idea dirigencial de promocionar juveniles de cara a una profunda restructuración futbolística en la ciudad. Ese mismo año, el 17 de julio, Belgrano de Córdoba en el Mario Kempes, favorecido por con una cuestionada actuación de la terna  arbitral, venció 3 a 1 a Aldosivi y lo despojó de sus genuinas intenciones de jugar en primera. El verdeamarelo del Indio Jorge Solari por lo desarrollado en la última parte de la competición merecía ser el segundo equipo ascendido del año.

 

En tanto, el país sufría los primeros coletazos de la fatídica crisis de los años 90´. Mar del Plata, por su parte, era una de las ciudades con mayor índice de desocupación y padecía la dolorosa emigración a países europeos, esencialmente a España, de casi 50 mil familias. En 2001 la Argentina explotó en mil pedazos y las esquirlas lastimaron a los más pobres, a los excluidos, a los nadies. Los clubes locales, por supuesto, no estuvieron ajenos a la realidad y observaron semana tras semana como se vaciaban sus alcancías y se desplomaban sus presupuestos. El fútbol marplatense ya era más amateur que nunca y sus protagonistas estoicos integrantes de una conmovedora legión de la resistencia.

 

El Chato Christian Figueroa, aguerrido, talentoso y respetado marcador de punta, es uno de los tantos futbolistas que cargaron sobre sus hombros el difícil tránsito de una etapa de transición donde el dinero escaseaba y la posibilidad de llegar a las instancias definitorias de aquellos extensos y costosísimos Regionales se presentaba como una verdadera utopía futbolera.

 

Bien vale recordar una pintoresca definición del escritor y periodista Juan Sasturain sobre la génesis y la razón de ser de los laterales. “El ambiente natural del marcapunta en sus especies más comunes es la franja lateral. A su costado la raya marca su límite territorial de seguridad; hacia adentro se extiende un espacio complejo y peligroso por el que suele transitar fugazmente, para regresar presuroso como gato el umbral. Su zona es fértil y por lo general permanece casi virgen, un espacio verde por el que se aventuran los demás, otros, entiéndase, punteros reconvertidos en extremos, mediocampistas todo terreno, y a veces por osados marcadores de punta, quienes rebeldes creen que hay vida mas allá de la mitad de la cancha”.

 

El Chato era uno de esos rebeldes, uno de esos osados defensores que tanto por derecha o por izquierda, no solo cerraba con llave maestra su sector, también cuando el partido lo ameritaba trepaba la banda con aires de wing setentoso. Tal vez aprendió el oficio jugando con su vecino Facundo De Llano en los picaditos que se armaban en los playones de estacionamiento del barrio Centenario. Durísimos partidos de hacha y tiza que forjaban el carácter y el temple de los chiquilines del barrio que se soñaban jugadores profesionales.

 

Empezó en Kimberley y tras un raudo paso por River llegó a la poderosa categoría 1979 del Club Atlético Quilmes. En su primera etapa en el Tricolor compartió equipo con Luciano y Nicolás Mazzina, Leo Tieri, Tony Benítez, Sebastián Scalise, Sebastián Fernández, Lucas Telechea y Martín Escardino.  El 17 de noviembre de 1996, con 17 años de edad recién cumplidos, debutó en primera enfrentando en Bahía Blanca a Sporting de Punta de Alta. El entrenador quilmeño Horacio Spinelli le confió la titularidad en uno de los partidos más duros del Argentino B. El cotejo finalizó  1 a 1 con goles de Martin Pichuqui  Romero para Quilmes  y Diego Escudero para los locales. El Chato cumplió una muy aceptable tarea marcando al Tanque Federico Nieto y sobre el cierre del cotejo fue reemplazado por su amigo Lucho Mazzina.

 

Gabriel Cucarese, el Peto Gianetta, Diego Montina, Panchito Hirigoyen, Caito Magaña, Mariano Tiramonti, Ignacio Diz, Christian Telechea, Leonel Pérez, el Mago Gustavo Fernández, Martin Romero, Nico Uzquiano, Javier Gómez, Andrés Cenci, Sergio Bargas , Mariano Miranda, Nico Sosa, Mario Torti, Andrés Zerillo, Marcelo Mouriño , Juan Klug y Luciano Mazzina, eran algunos de los nombres que conformaron el plantel cervecero en su aventura regional.

Al año siguiente fue promovido junto a Lucas Telechea al plantel de primera división y en 1999 fue integrante del equipo que logró el título liguista. Dicho certamen fue el primero bajo el nuevo formato unificado  y el último que disfrutó José Piantoni, dirigente ejemplar, emblema y referente obligado de la historia quilmeña. Don Pepe  murió el 20 de diciembre, dieciséis días después de la obtención de una nueva Copa de su amado Quilmes ante Kimberley.

 

En ese lapso de tiempo tuvo la chance de incorporarse a un equipo capitalino. El empresario Ernesto Lado lo había seleccionado junto a otros futbolistas de la ciudad para probar suerte en Estudiantes de La Plata y en Ferro. En ambos casos había logrado conformar a los entrenadores pero los dirigentes desestimaron el fichaje del juvenil lateral por el altísimo valor en que habían cotizado su pase. Luego tuvo la posibilidad de sumarse al primer equipo de Arsenal, conjunto que militaba en la B Nacional  bajo al conducción táctico estratégica del Chaucha José María Bianco. Por expreso pedido del entrenador arribo al Viaducto. El viernes se hospedó en la  pensión del club ubicada en pleno corazón del Estadio Julio Humberto Grondona.  A la noche habló con su mamá y le dijo que aquello no era lo que él deseaba. El contexto, el desarraigo y la distancia con sus afectos, fueron factores determinantes en su abrupta decisión final. El sábado por la mañana armó los bolsos y se volvió a Mar del Plata. Fue titular ante San Isidro en la primera fecha del torneo y después perdió las ganas y se alejó momentáneamente del fútbol.

 

En 2000 lo llamaron de Argentino de Quilmes y también desestimó la propuesta para optar una vez más por el certamen local con Quilmes. El  conjunto que dirigía Mario Benavidez junto al entrañable Hugo Carli fue uno de los mejores de los últimos años a pesar de no haber podido conquistar el título. Ganó el Apertura pero perdió la final del año en manos de Kimberley, laborioso y eficaz conjunto albiverde que tenía el sello identitario de su entrenador: el legendario Carpeta Juan Carlos Eito.

 

Su destacada actuación- fue seleccionado por los medios como uno de los mejores defensores del año-  le abrió las puertas a una nueva experiencia en los zonales. Alvarado y San Lorenzo pidieron condiciones por el marcapunta cervecero.  Abel Moralejo, director técnico del Torito del ex barrio Mataderos y Rubén Giménez, DT patanegra, lo pensaron como refuerzo de sus equipos de cara al inicio del Argentino B. Finalmente, Eduardo Dady Luenzo, reconocido dirigente del Santo, lo convenció para que vistiera la camiseta rojinegra.

 

Al año siguiente fue el Piojo Roberto Oliver quien entendió que el Chato Figueroa era un futbolista hecho a la medida de Alvarado y pidió a los dirigentes que acordaran su contratación. Fue jugador del Toro hasta 2005, año en el que Horacio De Pedro asumió como entrenador de Quilmes y le ofreció regresar a la institución de Luro y Guido. Promediando el mes de septiembre un propuesta laboral determinó la imposibilidad de seguir jugando y aceleró su precoz abandono del juego que amaba. Años después su ex compañero Marcelo Marín, entrenador de Talleres y Pedro Boccanera, director técnico de El Cañón, lo tentaron para volver, ofrecimientos que descartó por no contar con el tiempo necesario para poder asistir en tiempo y forma a los entrenamientos.

 

Esta es la historia futbolera del Chato Christian Figueroa, uno de los abanderados de la querible legión de la resistencia. Uno de los excelentes futbolistas de la liga local, uno de los que se jugó la piel, el pellejo, las piernas y el bolsillo por puro sentido de pertenecía, por amor a una camiseta. Fútbol a flor de piel, a corazón abierto, pura pasión en un campeonato donde los jugadores y los cuerpos técnicos cobraban poco dinero, lo cobraban tarde y en la mayoría de los casos no lo cobraban nunca. En un torneo donde el trabajo, si lo había, quitaba piernas y horas de sueño.

 

Nieto de Héctor Alberto Figueroa, el Chato original, promesa futbolística de Atlético Tucumán que triunfó y fue ídolo en Quilmes Atlético Club, compañero en el cervecero del Negro Alberto Pacheco, su padrino.

 

Hijo de Héctor Hugo Figueroa, el segundo Chato de la dinastía, destacado lateral por izquierda también del Decano de la zona  sur de la provincia de Buenos Aires, institución donde compartió equipo con los campeones del mundo Julio Ricardo Villa, Ricardo Daniel Bertoni y el Pato Ubaldo Matildo Fillol. Vale señalar que el recordado Negro Pacheco fue el  nexo para que su padre viniera a jugar a Mar de Plata  y defendiera exitosamente, con un ascenso incluido, los colores de Florida.

Una vieja carpeta atesora las cuidadas anotaciones de su mamá Liliana, una especie de afectuosa bitácora deportiva que recorre pasionalmente toda su trayectoria. Algunas páginas poseen amarillentos recortes de diarios que atestiguan sus duelos pegados a la línea de cal con el Taca Bernaola, con los mellizos Lazarte, con el Negro Claudio Casas, con Adrián García y con el bahiense Guillermo Álvarez.

 

Sobre el final de la charla, Christian insiste en destacar el poderío ofensivo de Quilmes en 2000, para él el mejor equipo que integró. Recuerda los precisos y milimétricos cambios de frente con el Chuleta Andrés Zerillo y la perfecta sincronización de relevos que ejecutaban Piki Matteo, Lucas Sotelo y Lucas Telechea. Pondera el compromiso afectivo y el respeto del ex presidente Oscar Cano con todos los jugadores del club. Me confiesa, además, que después de su retiro le costó mucho volver a ver fútbol, ir a una cancha. Que se angustiaba y lloraba de impotencia porque no poder estar adentro del campo pateando una pelota, siendo parte del juego. Se arrepiente también por haber tomado decisiones incorrectas, determinaciones que a la postre truncaron su proyección como jugador profesional. Me dice que le hubiera gustado jugar algunos años más para que su hija Agostina lo pudiera disfrutar desde una tribuna. Que daría todo por ser parte de este próspero momento institucional y deportivo de Alvarado.

 

El Chato Figueroa representa a miles de futbolistas marplatenses que merecen el reconocimiento de quienes queremos este deporte. Jugadores que lograron devolverle al fútbol su esencia como juego y su naturaleza popular. Jugadores que se constituyeron en la base piramidal de un proyecto superador que pudo hacer realidad tiempo después el sueño de muchos: tener un equipo de la ciudad en las tres principales categorías de AFA.

 

Los anónimos abanderados de la resistencia en tiempo de crisis, dentro o fuera de una cancha, deberían ser los destinatarios de los mejores elogios, deberían ocupar un lugar de privilegio en la consideración periodística. “Navega el navegante, aunque sepa que jamás tocará las estrellas que lo guían”, escribió el maestro Eduardo Galeano. El coraje de aquellos que supieron mantener la embarcación a flote en plena tempestad, permitió que otros tocaran alguna de las estrellas que guiaron el camino. Por eso quienes resisten siempre enaltecen la condición humana.

 

Por último, pensaba en los profesionales de la salud, héroes de carne y hueso, trabajadores que no ganan grandes salarios- sino todo lo contrario- , hombres y mujeres que no son estrellas mediáticas, que aman lo que hacen, que se juegan la vida por el otro, que aguantan en plena pandemia todo lo que tengan que aguantar para que millones puedan ver un nuevo amanecer.

 

Estas líneas, en consecuencia, son tan solo una excusa para reafirmar desde el afecto y la admiración que los abanderados de la resistencia, tanto en el  fútbol como en cualquier actividad de la vida, fueron, son y serán los imprescindibles…

 

Mario Giannotti

 

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