Esta crónica periodística es apenas un humilde reconocimiento para uno de los artistas populares más importantes de la historia del rock nacional, un hombre sabio que supo interpretar a través de su música los diferentes procesos sociales, culturales y políticos de nuestra patria, un poeta único, inigualable, genial, maradoniano.
Indudablemente, para muchos de mi generación, las letras y la música de Charly García fueron una especie de sabroso elixir que redimieron desde la belleza de su poesía la grosera realidad de los años 80´, sus canciones nos alborotaron el alma y repararon las heridas tras los primeros fracasos amorosos.
Vuelvo a mi adolescencia y atesoro en mi memoria algunas imágenes que aún permanecen intactas, casi inalterables. Pleno invierno del año 1984, las chapas del galponcito del fondo de mi casa soportan estoicas las crudas heladas balcarceñas. Allí, entre una veintena de herramientas y una prolífera colección de frascos de vidrio que guardaban en su interior clavos, tornillos, viejas bisagras, tuercas y arandelas, emergía un arcaico reproductor y grabador marca Sanyo. Un mastodonte tecnológico con seis teclas, una casetera, un parlante frontal plateado y en su interior un TDK de 90 con una cuidada selección de los mejores temas de Sui Generis.
Una mecánica y muy aceitada técnica de transcripción que consistía en alternar con supina paciencia las teclas play y stop, me permitía escribir en un cuaderno Rivadavia de tapas duras las letras de aquellas canciones que nos hacían mejores personas y que ponían en palabras incipientes sentimientos de rebeldía juvenil. Nito Mestre nos embelesaba con su cálido tono de vos y Charly García, el protagonista de estas líneas, nos permitía desde su inagotable talento creer que un planeta mejor era posible.

Debo confesarles que mi mundo, en los albores de la década de 1980, no traspasaba las fronteras de una cancha de fútbol, mi historia personal transcurría rutinariamente entre gambetas maradonianas y las voces de mis héroes radiofónicos: Víctor Hugo, Juan Carlos Mareco, Juan Alberto Badía, Cacho González Rouco, Héctor Larrea, Alejandro Dolina, Antonio Carrrizo, y el Negro Bullrich relatando los sábados los partidos de la Primera B Metropolitana. Charly, por entonces, había grabado “Piano Bar”, su tercer álbum en solitario, unos de los mejores discos de la historia del rock nacional.
El fenómeno Sui Generis subsistía en la memoria colectiva de un pueblo joven que despidió a la banda en un mítico recital en el Luna Park. Luego en plena dictadura Serú Girán se convertiría en un bastión de resistencia popular ante la barbarie genocida. “La máquina de hacer pájaros”, por su parte, ya era un buen recuerdo, la génesis de un tiempo próspero. Yo, mientras tanto, en los primeros años de Secundaria, le robada algunas metáforas a Charly para poder conquistar el corazón de alguna compañerita de curso.

Aquel excéntrico personaje comenzó a ganar tantos adeptos como detractores. Su aire maradoniano enojaba a los sectores más pacatos, reaccionarios y conservadores de nuestra sociedad. Su discografía crecía a un ritmo vertiginoso y sus escándalos mediáticos también. Sus enemigos públicos cuestionaban su conducta y ponían en tela de juicio su condición de artista. Algunos años después fue el inmenso Charly García quien pudo desenmascarar la condición humana y profesional de un par de conversos ideológicos, patéticos comunicadores que alguna vez osaron menoscabar su excelsa capacidad creativa.
Las canciones de Sui Generis y Serú Girán se transformaron con el tiempo en un sello identificatorio de una novata generación de adolescentes que nacíamos a la democracia de la mano de un querible Raúl Alfonsín. En Italia Diego conquistaba Nápoles y sus goles presagiaban la gloria mundialista en México 86. Charly era parte de la religión y como al Pelusa de Fiorito, en la cúspide de su carrera, en el punto más alto de su parábola, los días de excesos sentenciaron el presente y preanunciaron la caída del genio, del ídolo, de la estrella, del loco.

Mi adolescencia cobija en un imaginario cofre de los recuerdos las corridas al quiosco los martes a media mañana para comprar El Gráfico y una docena de casetes TDK de 60 con una copia artesanal de los mejores discos de Sui Generis, Serú, Charly, León Gieco, Víctor Heredia y el Nano Serrat. También recuerdo voces cercanas en el aula de mi colegio secundario que promocionaban desde el afecto y la admiración sus bandas o solistas predilectos. Hugo Ferrino, por ejemplo, era el promotor incondicional de Charly, Sandra Sagastuy suspiraba de amor por Alejandro Lerner, Analía Waslet divinizaba al extremo cada presentación de Soda Stereo y la Flaca Bibbó endiosaba a un rosarino pelilargo que había nacido en el 63´, que había sido tecladista de Baglietto y del mismísimo Charly. Un descomunal Fito Páez comenzaba a dar los primeros pasos de una brillante carrera artística.
El 23 de octubre Carlos Alberto García Moreno festejará sus 70 años de vida rodeado por afectos cercanos, muchos de ellos presentes en diferentes etapas de su trayectoria profesional. El teclado será una maravillosa excusa para reencontrarse con parte de su esencia musical, canciones que ya son parte del inventario cultural de un pueblo, canciones que también narran parte de nuestras sencillas vidas. Charly inconscientemente describió nuestro tiempo pasado, sabedor de antemano que lo mejor siempre está por venir.

Les confieso una cosa, mientras le daba forma a esta reseña, mientras desgrababa con supina paciencia un viejo TDK de 90, soñé con los hambrientos, los locos, los que se fueron. Juntos despertábamos cantando una canción, una canción que fue escrita tiempo atrás, la misma que treinta y seis años después canta mi hijo Agustín. Una canción de Charly, que como cualquiera de ellas, es necesario cantar de nuevo, una vez más…
Mario Giannotti