Estas líneas están dedicadas a las mamás futboleras, especialmente a las futbolistas, valientes y heroicas mujeres que pelota al pie derriban con sus gambetas arcaicos prejuicios machistas.
«Yo sé lo que ella sufre cuando le dicen que el nene juega mal, el nene esto, el nene lo otro. Entonces, hoy el nene estoy seguro que la hizo feliz. Entonces quiero que sepa que la adoro. Que los goles que hice son para ella».
Diego Maradona
Nuestras pequeñas grandes historias futboleras siempre han tenido a la vieja como a una aliada incondicional. La figura materna nos acompañó tanto en las tardes victoriosas como en las más penosas de las derrotas.
Cierto es que de chicos sufríamos sus rezongos, sus quejas, rezongos y quejas que muchas veces eran producto de una embarrada jornada futbolística en el potrero de la esquina. O acaso, ¿quién no recibió una paliza, o en todo caso un reto, por prenderse en un picado con las zapatillas nuevas, las de salir, las del cole? Más, ¿quién no cargó con una penitencia a causa de un verde fluo en las rodillas de un pantalón nuevo, color cremita, pensado para el cumpleaños de un primo?
Indefectiblemente, uno llega a la conclusión que el vínculo madre-fútbol se torna insostenible cuando las pilchas ocupan un lugar preponderante en la selección de la vestimenta para afrontar un partido con los atorrantes de la otra cuadra. Sobre todo si la vieja carecía de lavarropas y tenía que doblar el lomo en el piletón del patio.
Las madres, conocedoras de nuestro amor incondicional por la pelota, también utilizaban al fútbol como herramienta pedagógica. En consecuencia, una mala nota en matemáticas, una pelea con la hermana menor, una travesura con el pibe de enfrente, una respuesta inapropiada a la abuela, la negativa para hacer un mandado al almacén del viejo Farace, quedarse con el vuelto de la panadería, un faltazo a catecismo, una puteadita al Tano de la quinta, un gesto burlón a la tía del campo, eran situaciones castigadas con la pena máxima: «la prohibición total o parcial para disputar cualquier tipo de actividad futbolera.

Por supuesto que la conducta de las madres variaba de acuerdo al talento del hijo en cuestión. Si uno mostraba ciertas cualidades técnicas con la pelota y además tenía buenas calificaciones en el boletín, la resistencia se iba modificando radicalmente hasta convertirse en un apoyo valedero. Ahora bien, si nos mostrábamos como auténticos pataduras y encima cargábamos con un par de aplazos en el cole, la realidad se tornaba insostenible. ¡Eduardito dejá esa pelota y agarrá los libros que no muerden! ¡Maradona hay uno solo! ¡Mirá si no venís para dentro le voy a contar a tu padre y cuando venga tu padre ya sabés lo que te espera! ¡Escuchame pedazo de tarambana, por qué no dejas la pelotita y hacés como tu primo, que después de la escuela hace un curso de mecanografía! ¡Pero mirá como me contestas y después querés que te compre los Sacachispas!
Cabe recordar que la buena relación madre-fútbol también declinaba cuando el jugador de la casa no mostraba ductilidad en la pegada. Entonces, la número cinco arruinaba viejos maceteros, el rosal, el malvón, el vidrio de la ventanita del fondo, el revoque del paredón, las chapas del galponcito y las débiles puertas del Citroën del viejo, un 2CV tan destartalado que al primer pelotazo se quejaba más que un bandoneón.

Otras de las facetas para destacar de una mamá es su comportamiento en una cancha de fútbol cuando su hijo es uno de los protagonistas del cotejo principal. Ni bien el árbitro hace sonar su silbato la madre sufre una increíble metamorfosis. La señora dulce, comprensiva, de sonrisa generosa, buenas costumbres, buen decir, reflexiva, se transforma en cuestión de segundos en una agresiva habitante del tablón. La madre jamás tolerará el insulto soez para su nene, el grito descarnado del entrenador, una falta alevosa en la mitad de la cancha, el repudio de otra mamá que acusa a su muchacho o a su muchacha de pecho frío, morfón o patadura.
Ni que hablar cuando el insulto proviene de la tribuna de enfrente, cuando es otra mamá la que hostiga a su pibe y con voz estridente vocifera a los cuatro vientos: » Juez, no ve que el ocho de los azules, ese mariquita, ese de pelo largo y arito le está pegando codazos al Fabián». Ahí nomás la madre del ocho se trenza en feroz pelea con la madre del Fabián hasta que algún directivo del club pone fin al asunto.

Existen también algunas mamás que tiene el corazón tan grande que les prestan sus piernas a sus hijos y le ponen alas en la cintura para que puedan vivenciar con el alma lo que no pueden con el físico. Entonces, gracias a ellas, una silla de ruedas tiene la magia de Lio Messi o del habilidoso número 10 de Independiente de Mar del Plata.
Una madre futbolera, además, en un altísimo porcentaje de casos, presiente y cree en lo más profundo de su corazón que sabe tanto de táctica y estrategia como el mismísimo Carlos Bilardo, César Menotti , Carlos Bianchi, Marcelo Gallardo y por supuesto mucho más que el ignoto entrenador de la categoría de su hijo.
Una mamá pegada al alambre olímpico soltará frases tales como: ¡Pégale al arco Sofí!, aunque Sofí este a ochenta metros de la portería rival y rodeado por cinco adversarios. ¡Nene, no se la des más al nueve, gambetea, vos, no ves que tus compañeros son todos unos troncos! ¡El entrenador siempre lo saca a Benja, para mí que le tiene bronca! ¡Ahora lo ponés a Lauti, cuando faltan tres minutos, para eso nos quedamos en casa! ¡El equipo juega bien, pero la arquera, la nena nueva, da más rebotes que Chiquito Romero!
Y a la hora de las críticas, la mamá calificará con el afectuoso carácter de Alejandro Apo el desempeño de su hijo y con la crueldad del Nene Sanfilippo la tarea del resto del plantel.
Ahora bien, otro tema que merece una puntillosa lectura psicológica es la relación prexistente entre la madre y la novia del jugador. Cuando la promesa infanto juvenil comienza a desplegar su talento en séptima, en quinta o en primera división, los celos de una madre se potencian al extremo cuando su criaturita le dedica el gol a la noviecita de turno y olvida o relega a un segundo plano la figura materna. Tal vez más adelante podamos ahondar en esta problemática.
Hoy, en estos virtuosos tiempos de varones en pleno proceso de deconstrucción, las pibas, madres e hijas, también juegan como los dioses y enamoran con un sutil encanto maradoniano hasta los más acérrimos detractores del fútbol femenino.
Para el final de estas líneas, les propongo, a todas y a todos, un pequeño desafío. Pónganse los viejos Sacachispas, o los Fulbencitos, o los Puma Maradona, o los Adidas Madrid, o eso flamantes botines multicolores que compraron en un coqueto shopping del centro, busquen en la bolsita de los recuerdos la pulpo de cuero, armen un arco con dos macetones e improvisen un picadito informal con los atorrantes de la cuadra.

Dibujen una gambeta mareadora y dedíquenle el gol a la vieja. Y si la vieja ya no está, trépense a un barrilete cósmico, o en todo caso párense en la mitad del potrero, del patio, de la calle, y apunten bien alto, intenten un rechazo implacable, como quien despeja una pelota en los últimos segundos de un partido de visitante que se gana uno a cero en una cancha hostil del conurbano bonaerense.
Quizás, el despeje arruine algún rosal y un malvón del cielo, o se trepe a una estrella conocida, o destroce los vidrios de una ventanita celestial. Quien sabe, tal vez, mientras la pelota se pierde en la inmensidad de la tarde, podamos volver a escuchar aquellos rezongos, aquellos retos, aquellas quejas de la vieja.
Rezongos, retos y quejas que no eran más que una muestra incondicional de afecto. Un guiño cómplice, una pared memorable, como la de oportuna devolución de un wing setentoso que siempre nos ponía cara a cara con el arquero rival, una bella caricia que en el momento menos pensado se convertía en un abrazo de gol, en un abrazo de sol que nos abrigaba el alma.
Mario Giannotti