Escribo estas líneas para narrar la trayectoria deportiva de Jorge Valverde, un número 10 que hizo del juego un arte pletórico de belleza e imaginación, un zurdo que dentro de una cancha mantenía siempre viva la ilusión de los simpatizantes, un mago que a pura gambeta dejaba entrever que un milagro podía ser posible en el momento menos pensado.
a Fernando Sosa, uno de “Los de Siempre”
“Los números 10 son patrimonio colectivo y más allá de los enceguecimientos de momento, nadie los putea, tienen más número que colores. Su aptitud es un don intelectual. Son el fútbol y contra eso nadie que se anime a admitirlo puede manifestarse”.
Juan Sasturain
Hace algunos años, en la previa de un superclásico Boca –River, el escritor y filósofo futbolero Juan Sasturain revalorizaba desde la contratapa del diario Página 12 la función y el peso específico de dos camisetas.
«En esta época de desdibujadas identidades que ya no permite asociar la cifra en la espalda con posiciones fijas dentro del campo, -pronto llegaremos a las camisetas de tres dígitos en los planteles numerosos-, hay dos números claves, irreductibles en sus connotaciones: el 9 y el 10. Estos son, gruesamente, los números de la esperanza que cada vez que se juega un partido, le dan sentido al juego: esperanza de fútbol en el 10 y de victoria en el 9. Es casi irracionalmente así”.
Los humildes mendigos del balompié que vamos por las canchas del mundo pidiendo como el querido Eduardo Galeano una buena jugadita, aprendimos que aquel fantasista que porta en sus dorsales un mítico número 10, posee, salvo penosas excepciones, un don intelectual, una talento innato que lo pone un escalón por encima del resto de sus compañeros.
El Negro Alejandro Dolina suele describir a Juan Román Riquelme desde una mirada poética que sintetiza en pocas palabras la idiosincrasia y la razón de ser en el juego de uno de los mejores futbolistas del continente americano.
“El fútbol es control, es pase, es pensamiento, es tiempo justo, es velocidad en la concepción de una jugada, es conversación, un diálogo no siempre lineal donde a veces esa conversación sale para donde uno no esperaba. El fútbol es un arte que puede resultar fácil o imposible”.
Escribo estas líneas para narrar la trayectoria deportiva de Jorge Valverde, un número 10 que hizo del juego un arte pletórico de belleza e imaginación. Un altruista pelota al pie, dueño de una pegada única, inigualable, un zurdo que dentro de una cancha mantenía siempre viva la ilusión de los simpatizantes, un mago que a pura gambeta dejaba entrever que un milagro podía ser posible en el momento menos pensado.
Confieso que el Negro Valverde es uno de mis jugadores preferidos, uno de mis ídolos, uno de los distintos, uno por quien yo pagaría una entrada para verlo jugar. Cierto es que esta maravillosa profesión periodística me ha permitido observar, en vivo y en directo, a los mejores del planeta, a los consagrados, a los que lograron conquistar el corazón de millones. Pero si me dan a elegir en la pisadita, exceptuando a Diego, yo elijo a Valverde, un auténtico clon de Juan Román Riquelme tierra adentro.
El Negro caminaba la cancha con el mapa conceptual de lo que acontecía en el partido en la cabeza. La pelota lo buscaba y ante el primer roce sutil de su botín zurdo se entregaba dócil y enamoradiza. Después la cuidaba apasionadamente como quien protege un sueño. Usaba los codos, ponía el culo y los rivales quedaban siempre en ridículo. Era un escapista que rompía con un engaño astuto y perspicaz las cadenas de una férrea marcación para salir airoso y cabeza erguida entre una maraña de piernas.
El Mago Negro, afectuoso apodo que le puso un periodista tandilense durante su glorioso paso por Santamarina, bien podría estar entre los mejores ejecutantes de tiros libres del mundo. Creo, sin temor a exagerar, que la pegada de Valverde está a la altura, entre otros- exceptuando a Diego siempre-, de Lio Messi, Rubén Capria, del Beto Alonso, Zico, Cristiano Ronaldo, Pelé, Víctor Legrottaglie, Daniel Passarella, el Bocha Ponce, José Luis Chilavert, Rubén Paz, el Pato Roberto Gasparini, Ronald Koeman, David Beckam, Ronaldinho, Rogerio Ceni, el Nene Teófilo Cubillas, Jorge Olguín, Juninho Pernanbucano, Andrea Pirlo, y por supuesto Juan Román Riquelme.
Jorge nació en Mar del Plata el 3 de junio de 1978. Esa fría tarde de otoño, bajo una tenue y molesta llovizna, Suecia y Brasil empataron 1 a 1 en el Estadio Mundialista. En la jornada previa, en el mismo escenario, Italia había superado 2 a 1 a Francia, en tanto la Selección Argentina en cancha de River, en su presentación en la Copa del Mundo, venció por el mismo marcador a Hungría con goles de Leopoldo Jacinto Luque y Ricardo Daniel Bertoni.
Su travesía futbolera comenzó en la Villa Deportiva del Club Independiente, donde su abuelo Odilio y su abuela Isabel eran los caseros del lugar. Su corazón fue diablo ni bien empezó a correr tras una pelota. Sus primeros héroes vestían una camiseta roja y su mundo infantil se circunscribía a la preciosa geografía futbolística que exhibían las canchitas ubicada en el corazón de Alto Camet.

“Toda mi familia estuvo vinculada al club Independiente. Mi abuelo era el casero y el utilero, mi abuela lavaba la ropa. En verano cuando se hacia la Colonia de Vacaciones mis viejos, mis tías y mis tíos se hacían cargo del trabajo más pesado y preparaban la comida para los chicos y los profesores. Yo me crié en la Villa. Cuando era chico me quedaba a dormir, y durante el día andaba con Monzón, que era el encargado del mantenimiento. Me acuerdo que había muchos árboles de fruta, sobre todo de ciruela y manzana, y que la pileta estaba enfrente del bufet. Cuando me portaba mal mis abuelos me decían que me iban a dejar solo, afuera de la casa, porque yo le tenía mucho miedo a los sapos”.
A los cinco años de edad su papá, el Bocón, tachero de profesión, lo inscribió en la Escuela de Fútbol del Rojo que dirigía el ex arquero Oscar Fontán. Después Luis Cardoso y Atilio González fueron puliendo la técnica de un pibito que marcaba diferencia entre sus compañeros. Con dos años menos fue parte de la categoría 1976, equipo que le permitió, en sus primeros partidos liguistas, mostrar en sociedad sus venturosas condiciones.
“Cuando se formó la 78´ yo jugaba con Pablo Villar, un crack, con Guido Rimoldi, Sebastián García, Carlitos Votolla, Cristian Medina y Adrián Erramuspe. En inferiores fui rotando posiciones. Por ejemplo en sexta era enganche, en quinta mediapunta y en cuarta el Pato Posada me ponía de tres para que mejora en la marca”.
En 1993, el eximio pelilargo número 10 de la cantera Roja debutó en primera división de la mano de Daniel Salgado. Luego en 1995, con Daniel Abelén, enojo de por medio porque el Toro le pedía que se cortara la melena, jugó apenas algunos partidos del campeonato. Finalmente su consolidación en la elite de certamen marplatense se produjo en 1996 cuando el entrenador era el Pipa Carlos Alberto Seres. En aquel torneo, el más corto de la historia del fútbol marplatense, compartió equipo con Rodrigo Manceñido, Hugo Abrales, Adrián Charlier, Alejandro Juárez, Guido Rimoldi y Carlos Bordón.
“En1996 Daniel Salgado es el director técnico de la Selección Juvenil sub -18 de Mar del Plata y me convoca. Salimos campeones y yo soy el goleador de ese Provincial. Terminado el año, un intermediario me lleva engañado a una prueba a Los Andes. Fui con el Vasquito Solaberrieta y Cachito Sosa. El DT era el Chavo Eduardo Anzarda. Hicimos fútbol en un country porque la cancha estaba en mal estado. Anduve muy bien. Dos semanas después ese intermediario viajó a Mar del Plata y me dijo que tenía que ir con mi papá a una escribanía para firmar mi ficha con Boca Juniors. ¡Increíble! Me probaron en Los Andes para quedar en Boca. No lo podía creer”.
Su desvinculación con Independiente no fue fácil y generó innumerables cortocircuitos afectivos y económicos con la dirigencia del club que lo había formado. En febrero, finalmente, Jorge Valverde se presentó en Casa Amarilla, su lugar de residencia, para sumarse al plantel de cuarta división xeneize. Atrás quedaban dos intentos fallidos en Racing y Ferro, donde fue elegido por los exigentes ojeadores de talentos, pero donde no pudo quedarse porque los dirigentes no cumplieron, en ambos casos, su promesa inicial de otorgarle un lugar en la pensión.
En Boca fue ganándose el respeto de sus pares y de los entrenadores. Su juego virtuoso y su pegada embelesaban a los simpatizantes que seguían los partidos de Reserva, conjunto auriazul donde el marplatense ya era titular indiscutido. Recuerdo haberlo visto el 25 de octubre de 1998, en el Monumental, luciendo la 10 de Boca en el partido preliminar de un superclásico. A su lado, en la mitad de la cancha, fueron de la partida Gustavo Barros Schelotto y el Chavo Gustavo Pinto. Con Diego Olave relatamos para una radio de la ciudad el empate en cero entre el conjunto que conducía con mano maestra el Virrey Carlos Bianchi y el Millonario que orientaba táctica y estratégicamente Ramón Díaz. En mi memoria permanece intacto el recuerdo de la notable actuación del Negro y el penal que Óscar Córdoba le atajó a Marcelo Gallardo en primera.
En 1999 debía firmar su primer contrato profesional con el club que presidia Mauricio Macri. Su excelente nivel y su asidua participación en Reserva presagiaban un final feliz. Pero los oscuros personajes que merodean las fronteras de una cancha, individuos que solo se acercan al planeta fútbol para quedarse con una tajada del botín que generan los jugadores, hicieron su parte para coartar las nobles ilusiones de un crack que se soñaba tirando paredes memorables con Juan Román Riquelme y Martin Palermo.
El dueño de su pase, Tito Carles, a quien Jorge nunca conoció y supo de su existencia años después cuando jugaba en Santamarina, pidió una suma exorbitante de dinero por la comisión que le correspondía en la realización de la transferencia. Boca se negó a pagarla y en consecuencia Valverde, el símil Riquelme, pagó injusta e inmerecidamente los daños colaterales del fichaje que nunca fue.
“Cuando estaba en Reserva entrené tres meses con el equipo de primera del Bambino Veira. Al poco tiempo llegó Diego Maradona y yo iba siempre a las prácticas con la máquina de foto. Es más, me acuerdo que los viernes, después de entrenar, todos los del plantel comíamos un asado, lo pagaba Diego y nadie ponía un centavo. Ahí tenía muy buena relación con el Manteca Martínez y con Gabriel Cedrés. Físicamente estaba muy bien, me faltaba tal vez mejorar la visión y el control de juego”.
Un dato que vale destacar. El día que se inauguraban las luces en cancha de Guaraní Antonio Franco, en Misiones, llevaron a Boca para un partido amistoso. El Bambino Veira lo convocó, concentró con los profesionales, pero increíblemente todo se suspendió por una lluvia torrencial.
Los dirigentes de Boca, previo a la desvinculación definitiva, lo cedieron a préstamo a San Telmo por seis meses. En el Candombero tiene una muy buena performance, manteniendo la categoría y metiendo al conjunto de la Isla Maciel entre los candidatos a lograr el ascenso a la B Nacional. Al quedar eliminados en el Reducido con Temperley, Jorge regresa a Mar de Plata.

“Cuando vuelvo a la ciudad voy a entrenar con Daniel Salgado a River, pero desde la Liga nos informan que se podían hacer dos incorporaciones y que los jugadores en cuestión tenían que ficharse en el equipo donde estaban antes de irse. Entonces me fui a Independiente. El técnico Osvaldo Carrica, después de una práctica, dio el visto bueno para que me quedara, pero el club, en realidad la dirigencia, no se portó bien conmigo.”
El Rojo pretendía cobrar un porcentaje de una futura venta del jugador, dado que Jorge llegaba a la institución de la calle San Juan con un contrapase que lo habilitaba legalmente a emigrar ante la primera oferta que llegara por él.
“No soy un tipo de generar conflictos. Me molesto mucho lo que me dijeron, como me lo dijeron. Ya habíamos tenido problemas con mi abuelo, nunca le dieron una mano y eso que mi familia se desvivió por el club. No me gustó la forma y no volví nunca más. Yo quería jugar en Independiente. El cariño lo voy a tener siempre, mis mejores momentos fueron con mi abuelo en la Villa cortando el césped o cuando con Oliva íbamos en el micro a ver a todas las divisiones del club”.
La desilusión y la pena por no haber podido acordar en buenos términos su arribo al Rojo abrieron una puerta de cara al futuro que a la postre se transformaría, en mi opinión, en uno de los tres mojones futbolístico más trascendentales de su trayectoria deportiva. Guido Rimoldi, ex compañero de la categoría 78´en Independiente ofició como nexo para su desembarco en Banfield. El centrocampista había cerrado su contratación con el club marplatense que representaría a la Liga en el Regional del año 1999, y lo invitó a formar parte del auspicioso proyecto verdiblanco.
“Rubén Giménez, un tipazo, faltando apenas quince días para que empiece el campeonato, fue muy claro conmigo y eso se se lo voy a agradecer siempre. Me dijo que tenía dos jugadores en mi puesto: Leo Gallardo y Antonio Ruberto. Me recalcó que los iba a respetar, que yo debía esperar mi oportunidad. Y me quedé para aportar lo mío en un equipazo. A veces jugábamos los tres juntos, Leo por derecha, Tony por izquierda, Ariel Domingo corriéndolos a todos y yo de enganche. Encima los laterales, el Negro Ratto y Charly Arias iban siempre al ataque. Un cuadrazo muy ofensivo”.
Su desempeño en Banfield propició el interés de Alvarado, equipo que le había ganado el corazón adolescente cuando uno de sus tíos, un hermano de Nora, su mamá, lo llevaba a la cancha para ver en acción a los gladiadores que defendían a corazón abierto la camiseta del conjunto del ex barrio Mataderos. Otra vez, Daniel Salgado lo tentó y lo convenció para que sea el estratega y el conductor futbolístico de su equipo. En el Torito tiene un año más que aceptable. Hace muchos goles, deja una óptima impresión en los hinchas y se gana un lugar de privilegio en el futuro plantel que estaría bajo el mando de Abel Moralejo. A la espera del inicio del Regional engalana con su magia el fútbol del Gigante del Monolito. Con su amigo Rubén Ratto estampan su firma y son parte del primer equipo de Libertad en el certamen marplatense.
“Mi segunda etapa en Alvarado fue con muchísimos altibajos económicos. Anduvimos a los tumbos, había deudas por todos lados. A veces no teníamos donde entrenar y terminábamos en las canchitas que están atrás del Minella. Cando terminó el torneo me fui a probar a Paraguay, a Guaraní, donde estaba Martin Cuevas. No pude arreglar y cuando vuelvo el club ya había contratado dos jugadores en mi posición. La dirigencia, además, pensando que no iba a jugar, me dieron de baja en la lista de buena fe”.
Una vez más, un equipo del certamen liguista fue el lugar donde emprendió una noble resistencia, fue su Kamchatka futbolera.
Dice uno de los pequeños personajes de una entrañable película argentina estrenada en 2002: “La última vez que lo vi, mi papá me habló de Kamchatka. Y esa vez entendí. Y cada vez que jugué, papá estaba conmigo, y cuando el partido vino malo, me quedé con él y sobreviví. Porque Kamchatka es el lugar para resistir”.

Peñarol fue su lugar para esperar un tiempo próspero más allá de las fronteras de su amada ciudad. En el Milrayitas desplegó su arte al lado de un puñado de amigos muy queridos: Juani Mujica, Ariel Montenegro y Mariano Giliberto.
Entonces Tandil apareció en su vida y fue una especie de espaldarazo que lo transportaría a fuerza de goles a una magnánima inmortalidad aurinegra. Jorge Valverde, el Mago Negro, será la panacea soñada por miles de simpatizantes del Gigante de la Sierra, un elixir que curará por siempre los males de un club que ya se imaginaba parte de los campeonatos de ascenso del fútbol nacional.
El periodista Juan Cía, entrenador de Gimnasia y Esgrima, lo convocó para jugar el Clausura en la Liga serrana. En el Lobo mostró un nivel superlativo, rendimiento que llamó la atención y puso en alerta a los hinchas y a los dirigentes de Santamarina, especialmente a su presidente, Marcelo Cifuentes, quien no dudó un instante en proponerle una jugosa oferta contractual para asegurarse su incorporación de cara al inicio de un nuevo reto regional.
“En Tandil, en Santamarina, me hizo un clic en la cabeza, me dije que debía dejar una huella en el club. Era muy emocionante todo, la gente iba a verme jugar, algunos siendo hinchas de otros equipos. Me querían mucho y ahí fui el Mago Negro. Por dentro eso me motivaba. Los dirigentes eran gente seria, muy responsable. Vivía con el Chavo Matías Alustiza, con Andrés Cardoso y con la Tita Osvaldo Rizzo, un distinto, un crack”.
En medio de la gloria por venir, Valverde, volvió a vestir en Mar de Plata la camiseta de Banfield en el telúrico Argentino B. En 2006 los duendes aurinegros bajaron de su Sierra Maestra para que su Comandante Negro, pelota al brazo y con un revolucionario número 10 en su espalda, regresara triunfal y concretara una hazaña sin precedentes.
El 11 de junio de 2006 Santamarina se ganaba un lugar en el torneo Argentino A de fútbol superando 3 a 0 en la final, en el partido revancha, a Rivadavia de Lincoln. Puro capricho del destino, el Mago, Cardoso y Alustiza, compañeros de vivienda en la primera etapa en el aurinegro, anotaron los goles del ganador.
En diciembre del mismo año Santamarina perdió ante Sportivo Desamparados de San Juan, en una apoteótica definición desde el punto penal, la posibilidad de quedarse con el Apertura que lo catapultaba a la B Nacional. En el partido de ida los tandilenses habían ganado 2 a 0 con sendos tantos marcados por Valverde, el segundo una verdadera joyita de tiro libre, un bombazo cósmico que hizo tambalear hasta la mismísima Piedra Movediza, un zurdazo que se trepó a la Cruz del Calvario y bajó en paz para abrazarse con cada uno de los fieles peregrinos vestidos de amarillo y negro.
Junior de Barranquilla y Deportes Quindío de Colombia fueron por el 10, pero por diferentes circunstancias las partes nunca pudieron ponerse de acuerdo y el arribo del héroe serrano a tierras cafeteras no puedo cerrarse. Hugo Tenaglia, DT de Santamarina, anticipándose a una probable pérdida de su estratega, fue por Jorge Izquierdo, hecho que distanció al Mago del aurinegro.
Mientras realizaba la pretemporada en Sportivo Patria, cansado ya de los desplantes y las mentiras de los dirigentes del Decano formoseño, Jorge escuchó un llamado de su representante, el Tanque Christian Daguerre, ex compañero en Alvarado, quien le ofreció ser el enganche de Patronato de Paraná. El club entrerriano era uno de los poderosos del Federal B que luchaba denodadamente años tras año por alcanzar un anhelado ascenso.
“No lo dudé, hablé con el entrenador de Sportivo Patria, que me dio la razón, hice los bolsos y me fui a Paraná. Iván Furios, fanático del Patrón, me convenció. Yo había estado en la pensión de Boca con él y además tenía a su hermano que era Preparador Físico del equipo. El primer año ascendimos y un año después perdimos con Boca de Corrientes la posibilidad de subir al Nacional. En Paraná nació mi hija Sofía, que con el tiempo de hizo hincha de Patronato”.
El 16 de junio de 2008 el Mago Negro fue partícipe necesario del ascenso Rojinegro al Federal A. Junto a Sebastián Bértoli y al Negro Walter Andrade se constituyó en uno de los artífices de una campaña inolvidable. A orillas del rio y bendecido por la imagen de Nuestra Señora del Rosario, Jorge Valverde cristalizó en hechos el tercer eslabón, el tercer mojón, de una trayectoria deportiva brillante.
Desarrollo una breve y apretada síntesis de la etapa final de su carrera futbolística. En 2010 regresó a Santamarina, seis meses después fichó con Gimnasia y Tiro de Salta, de allí pasó por Atlético Mar del Plata, Deportivo Madryn, Chaco For Ever, River local y se retiró en 2014 siendo integrante del aurinegro serrano que disputaba el campeonato liguista. En Santamarina comenzó a trabajar como formador de futbolistas menores hasta 2017, año en el que decide regresar a Mar del plata y es citado por Gustavo Gatti, Manager del Club Alvarado, para ser director técnico de Quinta y Séptima división, tarea que realiza exitosamente en la actualidad.
Sobre el cierre de la entrevista Jorge rescató del olvido nombres propios que fueron importantes en su construcción como jugador, soltó algunas reflexiones que describen sin eufemismos sus sentimientos y enarboló un puñado de sueños que lo mantienen vivo, que le dan sentido a su labor en el mundillo fútbol.
“Con Alvarado me faltó un ascenso. Soy hincha, me siento respetado, en la cancha me fue bien, fui uno de los que más goles hice, 18 en 43 partidos, pero me tocó jugar en una etapa muy dura. Uno no elige los momentos. Yo estuve mucho tiempo sin cobrar, pero nunca le hice juicio al club”.
Aquel chiquilín que corría detrás de una pelota en las canchas que cuidaba su abuelo Odilio imitaba los gestos técnicos de la Pepa José Luis Irazoqui, de Alejandro Débole, de Tito Stele y de Dario Campagna, talentoso mediocampista rosarino que en Independiente se quedaba con él después de los entrenamientos perfeccionado la pegada. Valverde fue un jugador que gracias a lo que le transmitieron el inolvidable Negrito San Martin, Gustavo Noto, Facundo De Llano y Hugo Abrales, comprendió a pie juntillas lo que significaba ponerse la camiseta de Alvarado.
“De los entrenadores el que más me ayudó fue Mario Gambini en Santamarina, me dio mucha libertad, hablando me hacía entender. Me hacía sentir importante en la cancha, la pelota siempre pasaba por mis pies. Desde lo táctico rescato a Darío Tempesta que me dejó muchas cosas, a Daniel Salgado que me hizo debutar en primera y a Rubén Giménez, un tipo simple y sencillo, un DT que armaba equipos que jugaban muy bien, equipos que le daban lugar a los creativos”.

Hoy Jorge Valverde dirige sus categorías y también es técnico alterno de Osvaldo Nartallo en la primera local. Su gran desafío es lograr que algunos de sus jóvenes dirigidos puedan sumar minutos en la B Nacional.
“Lo principal es no mentirle a los chicos. Me gusta la competencia en el día a día por el puesto. Lo primero que busco inculcar es que tengan claro cómo deben formarse como jugadores, enseñarles a que empiecen a pensar como jugadores de fútbol, que se alimenten bien y duerman bien. Los clubes por su parte deberían formar, con la supervisión del coordinador y los entrenadores de inferiores, un selectivo en el cual, poco a poco, se les permita a los juveniles desde las prácticas ganarse un lugar en el plantel profesional”.
Esta es la historia de Jorge Fernando Valverde, un número 10, para quien escribe uno de los mejores que vio en su vida y créanme que vi muchos. Un futbolista que desde su juego y desde su formidable pegada, expresó una continua reverencia a los mejores duendes maradonianos. Un estratega que fue control, pase, tiempo justo, velocidad en la concepción de la jugada. Un Mago Negro que nos hizo creer que el fútbol podía resultar algo fácil, sencillo. Un altruista de la pelota que a pura gambeta dejaba entrever que un milagro podía ser posible en el momento menos pensado.
Un fantasista que en la cancha defendía la pelota con el mismo fervor con el que sus hermanas, Paola y Estefanía, lo defendían a él cuando los periodistas o los hinchas lo criticaban tras una mala jornada. Un 10 que cuidaba el balón con la misma pasión que cuidaba sus sueños en la Villa del Club Independiente, mientras Odilio e Isabel lo veían correr feliz entre los árboles de ciruelas y de manzana. Un 10 que fue el fútbol y nadie pude negarlo, un 10 que fue por la vida gambeteando las malicias de los defensores con la misma eficacia con la que escapaba de los sapos cuando la tarde caía y la noche le extendía sus brazos en la inmensidad de una canchita en Alto Camet.
Mario Giannotti