Sencilla historia que escribí en la previa de un partido de fútbol, historia de dos anónimos que en estas líneas dejan de serlo, dos bellas personas que a pesar de tanta pena le dan sentido a la vida. Dos luchadores que aún resisten pelota al pie, de cara al viento, con el corazón en la mano, en Villa Maipú, en el partido de General San Martin, provincia de Buenos Aires.
“Yo cansado, tú perdida
nos curamos las heridas con ají.
Hoy por ti, mañana por mí.
Si caminas yo te sigo
Si te cansas hago un nido en el arcén
Hoy por ti, mañana también”.
Serrat/Sabina
Esta maravillosa profesión me permite transitar los arrabales de muchas historias futbolísticas. Vivenciar sorprendentes experiencias que trascienden el mero acontecimiento deportivo. Adentrarme, mínimamente, en las vidas de un puñado de personajes que juegan un rol secundario en el desarrollo de un partido de fútbol, pero que muchas veces sostienen emocionalmente la esencia de una crónica periodística.
21 de febrero de 2015, Villa Maipú, partido de General San Martin, provincia de Buenos Aires, humilde vecindario en el corazón futbolero de Chacarita Juniors. En las horas previas al partido que disputarían el Funebrero y Unión de Mar del Plata conocí a Juan y a Lidia, suegros de nuestro compañero de trabajo Gonzalo Lolo López. Ellos, Juan y Lidia, oficiaron como atentos anfitriones de quien escribe y del querido Sebastián Pordomingo. Comentarista y relator designados por el Ruso Jorge Jaskilioff para narrar desde la radio el juego entre Celestes y Tricolores.
Juan, excelso y orgulloso maestro pizzero, nos esperaba ansioso en su casa para obsequiarnos unas deliciosas pastas amasadas con sus propias manos. Este chaqueño nacido en Resistencia abrió de par en par su hogar para agasajarnos en la inmensidad de su mesa humilde. Lidia, su esposa, en tanto, monitoreaba sigilosa todo lo que ocurría en la cocina mientras preparaba el desayuno para sus nietos.
Tras un pasillo que desembocaba en el living comedor descubro una habitación revestida con una decena de pósteres azulgranas, varios banderines del Cuervo, un toallón con el escudo de San Lorenzo sobre una de las camas y una veintena de fotografías que dejan entrever la alegría de una familia vestida con los colores que yo también amo.
Juan se declara fanático de San Lorenzo y recorre las calles de San Martin ataviado con la vestimenta del Ciclón. Entre mate y mate me contó que llegó a la Capital Federal cuando tenía solo catorce años de edad. Vivió como tantos jóvenes del interior del interior en pequeños hoteles o en los altillos de los bares, en los cuales canjeaba trabajo por cama y comida. Primero fue lavacopas y con el tiempo aprendió el oficio de pizzero.
Lidia también nació en el Chaco, allí se conocieron, pero fue en la inhóspita y abrumadora Buenos Aires donde se casaron. Juan lo remarca con orgullo y sus ojos brillan con una avidez que perdura intacta, como el primer beso o la primera declaración de amor.
Camino a la Estación San Martin Juan me cuenta los pormenores de una tragedia familiar que marcó para siempre el resto de sus días. “Acá, a cuatro cuadras yo tenía el restaurante de un club. Trabajaba con mi hijo Marcelo. En el 98´, una Semana Santa, entraron cinco mal paridos a robar y uno de ellos, en el forcejeo con Marcelo, comenzó a disparar. Una de las balas me pegó a mí cerca de la cadera y la otra impactó de lleno en el pecho de mi hijo. ¿Sabes una cosa Mario?-, ese día me arrancaron la mitad de mi vida, sobrevivo por el afecto de mi mujer, por mis hijas y por mis nietos. Marcelo era un pibe lleno de luz, un veinteañero que amaba a su familia, un pibe querido por todo el barrio. Agonizó tres días y lo perdí para siempre”.
A metros del andén solo atino a tomarlo del hombro y escucho en silencio su relato. Santi, su nieto, me pregunta si puedo divisar a la distancia a mi amigo, el relator de la radio, que llegaría puntual en una de las flamantes formaciones del ferrocarril Sarmiento.
Juan y Lidia nos hacen sentir como en nuestra casa. Nos cuidan, nos acompañan, nos preguntan a cada momento que necesitamos. Juan y Lidia se sobreponen día a día a una desgracia que les estruja las tripas, que perdura en carne viva a pesar del años. Juan y Lidia no viven con odios, estoicos y valientes reinventan sueños, planifican su futuro, realimentan y sostienen, a veces desde el dolor también, el futuro de sus seres amados.
Juan camina con nosotros hasta el estadio de Chacarita. Nos da un abrazo de padre, se despide y va hasta la parada del 161, una vez más, para llegar en horario a su trabajo.
Luego Unión perdió 3 a 1 con el Funebrero. Inmerecida derrota del conjunto marplatense que dirigía mi admirado amigo Gustavo Noto. Vaya coincidencia, dentro o fuera de una cancha el destino desconoce por completo cuestiones éticas y morales, se burla de los méritos de los mejores y premia a quienes no se lo merecen. Unión fue el mejor pero los goles los hizo Chacarita. A veces las cosas solo ocurren porque sí y resulta imposible encontrar respuesta alguna.
Juan y Lidia enaltecen la condición humana y muy a pesar del capricho del destino alzan las banderas de la maravilla del hombre. Juan y Lidia, la flor y el colibrí, hoy por ti, mañana por mí, sin lugar a dudas. Como cantan el Nano Serrat y Joaquín Sabina: “En la buena y en la adversa, del derecho y del revés, tu primero, el mundo después”.
Por eso quería contar esta movilizadora historia en vísperas de año nuevo. Como ofrenda, como regalo de fiestas para todos y para todas aquellas personas que nos acompañan en el día a día, que saben a ciencia cierta que el mundo es el otro. Para quienes cuando estamos tristes nos inventan cuatro caricias y un cuento. Para los viejos y los nuevos compañeros de ruta, almas nobles que en ciertas ocasiones nos prestan sus alas para levantar vuelo.
Sencilla historia que escribí en la previa de un partido de fútbol, historia de dos anónimos que en estas líneas dejan de serlo, dos bellas personas que a pesar de tanta pena le dan sentido a la vida. Dos luchadores que aún resisten pelota al pie, de cara al viento, con el corazón en la mano, en Villa Maipú, en el partido de General San Martin, provincia de Buenos Aires.
Mario Giannotti