René Orlando Houseman fue tal vez uno de los últimos mentirosos del fútbol argentino, un mago a quien era imposible descubrirle el truco, un artista al borde de la locura, un sabio que supo saborear lo más excelso del juego. Un delantero, un delirante pura convicción, un bello colibrí picoteándole los tobillos a los defensores.
El mundial de fútbol que se disputó en Qatar dejó, entre tantísimas cuestiones, las dificultades tácticas y estratégicas que tuvieron que afrontar las Selecciones más poderosas para doblegar rivales potencialmente débiles que se abroquelaban de manera muy inteligente para cerrar su arco. Allí, los mejores, con Lio Messi a la cabeza, sacaron provecho de la bendita gambeta y con ella echaron por tierra en cada partido la poderosa máquina de impedir.
“Desmarque, control y pase hasta el hartazgo”, fue la imagen que se repitió una y otra vez en la zona de gestación futbolera. Jugadores con una técnica exquisita moviendo el balón de banda a banda sin encontrar ni poder generar los resquicios necesarios para poner a un delantero cara a cara con el portero enemigo.
Fue entonces cuando aparecieron los distintos, los malabares del engaño astuto y sutil, los rebeldes que pelota al pie se burlan de los férreos y muy bien ensayados planteos defensivos y a puro dribling abrieron o cerraron un partido que parecía destinado a un bucólico empate sin goles. Lio Messi en muchísimas situaciones fue el factor de quiebre, su cintura, sus cambios de velocidad, su impronta, se transformaron en un punto de inflexión, una bocanada de aire fresco en medio de tanto pánico a la derrota.
El certamen qatarí reconfirmó con creces que la gambeta, tan vituperada y menospreciada en las etapas formativas, sigue siendo la herramienta más eficaz para ganar partidos. Por tanto, bien vale reivindicar en estos tiempos de equipos amarretes y utilitarios, a los gambeteadores, nobles y valientes personajes que dentro de una cancha se juegan el pellejo en un bravío mano a mano contra la marcación de turno. Por eso esta columna, estas líneas dedicadas al inmenso e inolvidable René Orlando Houseman, un wing que plantó sus raíces en la cornisa de la cancha y fue bandera de resistencia, un arlequín a quien todos deberían emular cuando las defensas levantan altos muros, ponen candados y muestran a sus edecanes ladrando como perros rabiosos a la luna.
René Orlando Houseman: loco, loco de atar. Genial, único. Imprescindible. Escribió alguna vez el Negro Roberto Fontanarrosa: “Cuando aparecía él, se aceleraba el partido y, como Ortega, había veces que daba la impresión de no tener articulaciones. Salía por derecha y por izquierda con igual facilidad y era, digamos, intuición pura, reflejos, de ese tipo de jugadores que no pueden calificarse, precisamente, de estrategas. Pero no se ataba a la raya. Se convirtió, a poco de su aparición, en un jugador de todo el frente de ataque y era de aquellos que uno siempre quiere ver, que arrancan exclamaciones de asombro y, en ocasiones, risas de admiración y goce. Flaco, liviano, escurridizo, desprolijo en el vestir, llevaba la pelota a velocidad de vértigo, aderezándola con una enorme cantidad de amagues, de pequeños frenos, de aceleraciones, al punto que había veces en que era la pelota la que lo seguía a él, como un empecinado perro cachorro”.
Viejas crónicas amarillentas reseñan que el Huesito jugó su primer partido vistiendo la camiseta del Globo en el marco del torneo de verano 1973 que se realizó en Mar del Plata en el añorado estadio San Martin. Fue ante un combinado marplatense y el equipo que orientaba el Flaco César Luis Menotti venció 5 a 1 a los locales con goles de Avallay (2), Basile, Larrosa y el debutante Houseman.
En el mismo certamen, también en el mítico escenario de los campeonatos veraniegos de la ciudad, Houseman disputó su primer clásico ante San Lorenzo de Almagro. Fue empate 2 a 2. Los simpatizantes quemeros recuerdan que a nueve minutos del final, el pibito que había llegado de Defensores de Belgrano, marcó el tanto de la igualdad.
El 4 de marzo de 1973, en la goleada como local de Huracán ante Argentinos Juniors por 6 a 1, con 19 años debutó oficialmente en Primera División y a partir de entonces se convirtió en uno de los futbolistas más habilidosos de la historia del fútbol argentino.

Nació en La Banda, Santiago del Estero, un 19 de julio de 1953. Fue primero wing endemoniando, luego crack indiscutido, hoy mito adorado, emblema y bandera en los picones barriales.
Un mito que sobrevive en la memoria colectiva de un pueblo futbolero, un delantero que aún está allí, pegado a la raya, pegado a las voces que lo ovacionaron y le brindaron un gesto grandilocuente de admiración ante sus desafiantes quiebres de cintura. Ahí, contra el alambre olímpico, ante un centenar de ojos que todavía no pueden desenmarañar la magia de su botín malabar. Ahí, junto a la grotesca e improvisada línea de cal descansan sus fintas endemoniadas.
Atorrante melena al viento, casaca fuera del pantalón, medias caídas y un 7 bravo en su espalda. Clown descarado y atrevido que esperaba a sus rivales para ponerlos en ridículo una y otra vez. Porque aquel wing de fantasía fue un delirante que siempre se salió del surco. El psiquiatra y filósofo alemán Karl Jaspers definió a los delirios como “juicios falsos que se caracterizan porque el individuo los mantiene con gran convicción”.
Houseman fue, tal vez, uno de los últimos mentirosos del fútbol argentino, un mago a quien era imposible descubrirle el truco, un artista al borde de la locura, un sabio que supo saborear lo más excelso del juego. Un delantero, un delirante pura convicción.
Rene Orlando Houseman: quemero campeón del mundo en 1978, un amante pasional que plantó raíces en la cornisa de la cancha. Dicen que la línea de cal fue su precipicio y él como buen wing o como un amante apasionado se jugó la vida en cada mano a mano y que nunca supo muy bien donde pisaba.
Como anticipar el futuro, como adivinar la conducta de un rebelde con causa, como detener a un soñador que corre libre y soberano desparramando defensores a diestra y siniestra. Como contener el júbilo de un irreverente chiquilín que ríe feliz con una pelota en los pies.
Pocos defensores lograron pronosticar su arte. Houseman fue un maestro del engaño, un embustero que mostraba una cosa y hacia otra, un malabarista, un equilibrista sin red, un guapo en serio, un colibrí picoteándole los tobillos a los defensores.

Juan Saturain escribió alguna vez que “el amor y la imaginación no conocen el cálculo y gustan ser compañeros de la justicia y la generosidad. Los wines como René o el Manco Casa no suelen ser goleadores, ellos preparan el campo para el gol del otro. Su relación es con la pelota, es decir con la vida, no con la red, no con la guita y el éxito”.
El día de su muerte, el 22 de marzo de 2018, el Flaco Menotti, su mentor, ensayó una especie de despedida con un mensaje esperanzador sobre el legado que dejaría el Huesito: «Creo que este tipo de futbolistas, estas personas, que se ligan el cariño de la gente no se van nunca. Siempre andan por ahí en algún potrero, en algún lugar de la Argentina, ahí en su barrio, siempre andan ahí dando vueltas. Lo tomo como que está presente en cada pase, en cada túnel, en cada gambeta. Está su vida ahí».
En este tiempo de mafiosos y mercaderes robándose descaradamente los millones que generan en el campo de juego los futbolistas, escribo estas líneas para homenajear a un flaquito que fue, es y será la esencia del juego. Esencia que la guita nunca podrá comprar. El fútbol es el deporte más hermoso del planeta, entre otras cosas, por obra y gracia de las gambetas de René Houseman, por ejemplo. No por el márquetin, no por la dictadura televisiva, no por el oro en las griferías ni el aire acondicionado de los estadios, no por las millonarias suites al borde de los lujosos palcos que se construyeron con mano de obra esclavizada, en Qatar por ejemplo.
Reitero, el Huesito fue generoso en cada gambeta, imprevisible, un soñador que le confió sus secretos más íntimos a una pelota de cuero y la pelota agradecida se acurrucó para siempre en su empeine mágico, en su cintura endiablada.
René Orlando Houseman fue un loco, un loco de atar, un fantasista, un delirante que enamoró y enloqueció a millones de cuerdos, un delantero que gambeteaba en los potreros del bajo, un distinto que se bancó tener alma de wing, un bello colibrí picoteándole los tobillos a los defensores…
Mario Giannotti