Hay locuras tan vivas, tan sanas, tan puras, tan necesarias

Hay locuras tan vivas, tan sanas, tan puras, tan necesarias

Marcelo Bielsa llegó al fútbol no solo para embellecer el paisaje, su desembarco también, muy a pesar de todos los pesares, se convirtió en una especie de sabroso elixir que sana los males de un deporte enfermo.

19 de julio de 2020

a Ariel Carli, Leo Formaggioni, Lucho Mazzina, Gustavo Ivorra, Nacho Beroldi, Mario Rodríguez, Gustavo Noto, Walter Vargas, Jorge Arcapalo y Osvaldo Wehbe

     

Allá por 1986, en pleno apogeo futbolístico del mejor de todos los tiempos, Silvio Rodríguez escribía Locuras, una bellísima canción que formaría parte dos años después del segundo disco grabado con el grupo Afrocuba. ¡Oh! Melancolía fue el nombre elegido para el álbum, el octavo del talentoso cantautor cubano.

 

Pura poesía, utopías a flor de piel, sueños como faros para los locos que arremeten contra la cuestionable sensatez de los amos del universo. Locuras que son esperanza, sin fecha, sin cura, locuras que no vale la pena curar. Locuras como bandera de resistencia para los nobles y tozudos idealistas, que locos al fin, llegan donde la cordura no puede.

 

Escribo estas líneas para un hombre común, para un individuo pensante, reflexivo, coherente, un rebelde que trasciende con buenos ejemplos los nimios caprichos de una pelota y la tabla de posiciones.

 

El título en Championship del histórico Leeds United y en consecuencia su regresó a la Premier League de la mano de Marcelo Bielsa, generó en el planeta fútbol una desbordante catarata de elogios para el entrenador argentino. Aunque bien vale resaltar que la personalidad y la conducta del director técnico rosarino no solo acapara la atención de los futboleros, sus logros, además, alegran y reconfortan el alma de quienes transitan la vida aferrados a los designios filosóficos de un ser distinto, único, magnánimo.

 

Hace algunos días en la transmisión televisiva del partido entre Atlético Madrid y el Betis, el comentarista, el talentoso colega y amigo Walter Vargas, experto analista de cuanto ocurre en un campo de juego, dejó una frase digna de un novelista de excepción al referirse a la contratación por parte del club bético del DT chileno Manuel Pellegrini. “Llega para embellecer el paisaje, para hacer mejor La Liga Española”, sentenció Vargas mientras al Colchonero del Cholo Simeone el VAR le anulaba el primer gol del partido.

 

La idea me gustó y la utilicé luego en una de mis columnas para sintetizar en pocas palabras la figura del inolvidable Alejandro Giuntini. Ahora apelo una vez más al ingenio periodístico y lingüístico de Walter y escribo que Marcelo Bielsa llegó al fútbol no solo para embellecer el paisaje, su desembarco también, muy a pesar de todos los pesares, se convirtió en una especie de sabroso elixir que sana los males de un deporte enfermo.

En la etapa final de una breve y opaca trayectoria como jugador, Luis Martarello, compañero en Argentino de Rosario, el último destino del Loco Bielsa como futbolista profesional, aventuró los primeros rasgos de su obsesiva pasión por la capacitación continua. “Estaba cada vez más serio. No se reía. Detestaba las bromas, aunque nadie se las hacía. Parecía como preparándose para otras cosas”.

 

Con el paso de los años Bielsa se apropió, tal vez sin saberlo, de un sabio pregón del Che y entendió que si no existe la organización, las ideas, después del primer impulso, van perdiendo eficacia. El apego al trabajo y su inquebrantable lealtad a los principios éticos del juego lo transformaron en una fuente de inspiración para sus colegas, en uno de los más prolíferos formadores de entrenadores y futbolistas, en un líder proclive al debate y a la discusión de ideas, un conductor de grupo tan obstinado como buen amigo del pensamiento.

 

Desando con parsimonia esta columna desprovista de todo tipo de anécdotas bielsistas y distante a la tentadora enumeración de frases y reflexiones de su propia autoría. Temo ser repetitivo y esgrimir irremediablemente algunos de los bien intencionados argumentos periodísticos que han brotado a granel en las últimas semanas.

 

Por eso prefiero, por ejemplo,  imaginar a Marcelo Bielsa montado en la mítica Poderosa, emblemática moto Norton 500 del año 1937 en la que su coterráneo Ernesto Guevara, avanzado estudiante de medicina, emprendió junto a Alberto Granado en 1952 su viaje por el corazón de Latinoamérica. Lo pienso adarga al brazo subido al lomo de Rocinante, para embestir una y mil veces contra poderosos molinos de viento. Lo creo capaz de soplarle, a sol y sombra, nuevas historias al maestro Eduardo Galeano, quien sin lugar a dudas resaltaría la templanza y la hidalguía del Loco en la derrota y su dignidad para con los vencidos.

 

Enumeró un puñado de antojadizas imágenes que puedan describir el alma de un hombre que supo ganarse el respeto de millones, un director técnico que moviliza en cada uno de sus admiradores sentimientos que perduran inalterables más allá de los éxitos y los fracasos, más allá de la manera de interpretar una forma de jugar al fútbol.

Transcribo los primeros párrafos del texto de Alejandro Dolina La sociedad de los trabajos difíciles, perteneciente a su libro “Crónicas del Ángel Gris”. “Los hombres vulgares-decía Ortega- están siempre satisfechos de sí mismos. Dan por buenos sus gustos, preferencias y opiniones, sin reflexionar demasiado. No se exigen nada, no se remiten a instancias superiores, se conforman con lo que buenamente  encuentran en su cabeza y están encantados de ser como son. Por el contrario, los hombres excelentes viven exigiéndose. No le encuentran sabor a la vida si no la ponen al servicio de una empresa superior o trascendente. Estos hombres desestiman lo que no les cuesta esfuerzo y sólo aceptan como digno de ellos lo que aún está por encima y les reclama un estirón para alcanzarlo. Ésta es la vida como disciplina: la vida noble”.

 

Marcelo Bielsa es uno de esos hombres excelentes, un tipo noble que vive exigiéndose, un soñador que no desestima aquello que le exige un esfuerzo superior o trascendente. Un compendio de buenos ejemplos. 

 

Un entrenador que a veces logra resultados óptimos y gana campeonatos, un idealista que pelea contra el escepticismo del mundo y en su disputa suma voces y voluntades. Un hombre común que sabe que su lucha es apenas un granito, un puñado más en la construcción colectiva de una inmensa montaña de arena. 

 

En definitiva escribo estas líneas para honrar la figura de un loco que es el más cuerdo de todos. Como canta Silvio Rodríguez: “Un  portador de una locura con brazos de mar, una locura tan sana, tan viva, tan pura, tan necesaria”. Eso, sobre todo tan necesaria…

 

Mario Giannotti

 

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