El pasado 12 de abril el Club Atlético Quilmes de Mar del Plata cumplió 100 años de vida y lo festejó con su gente en la calle, en plena avenida Luro, en el mismísimo espacio geográfico donde los pibes de la estación echaron a rodar una vieja pelota de tiento y un puñado de sueños.
“Hoy los bravos atletas quilmeños
entonaron su canto guerrero
festejando una nueva victoria
de las muchas que ya consiguieron”
Eugenio Moure
Tal vez la simple mención de un apodo o de un apellido alcance para despertar viejas emociones, pasiones mundanas que sobreviven en el corazón, en el alma, en las tripas. Historias de un tiempo joven donde el barrio era casa, escuela y abrigo, un preciado rincón en el mundo que atesoraba en sus entrañas los sueños y las utopías de quienes sabían de antemano que solo habría futuro si se vivía apasionadamente el presente.
Junto a las vías, en Olazábal y 25 de mayo, los recuerdos futboleros de la estación aún corren atrás de una pesada pelota de cuero de 12 gajos alargados, cocidos a mano, con una vejiga de vaca en su interior y un horrendo costurón de tiento. Los pibes de los años 20´ gritan goles que rompen la monotonía de tarde pueblerina en los albores de un otoño frio, festejaban sus hazañas pelota al pie y beben cerveza en la veredita donde funcionaba la fábrica de los Deyacobbi.
En la piel se han tatuado los colores que aman. Una camiseta a listones verticales rojos, blancos y negros los identifica, les otorga un inquebrantable sentido de pertenencia. Los quilmeños hacen pata ancha y todavía le disputan la supremacía a sus vecinos de Independiente, Once Unidos, Unión y Deportivo Norte.

Venero Sosa, ganador de 7 campeonatos liguistas, rompe redes en la cancha delimitada por las calles 3 de Febrero, Misiones e Italia, mientras los más exaltados hinchunes tricolor rompen en llanto cuando recuerdan el ascenso a la elite de fútbol marplatense en 1925. En la ex Plaza Paris, un puñado de valientes gladiadores levanta la Copa Palau, galardón que inmortaliza el primero de los 15 campeonatos conquistados en primera división.
Los chicos de pantalón corto miran embelesados las luces que iluminan el coloso de Colón y Marconi, en tanto un haz de luz se posa sobre la figura del incansable Pepe Piantoni, un hacedor de sueños que piensa a su querido Quilmes como el gran anfitrión de los mejores equipos y los más talentosos futbolistas del planeta.
Sobre una prospera Avenida Luro, cientos de obreros viajan en bicicleta hacia la costa galana y en su trajín escuchan el grito de los canillitas que vociferan los titulares deportivos de un apasionante clásico con los Rojos de Villa Tranquila primero y años después con los Triperos de la pradera.

Un viento huracanado trae desde la Avenida Champagnat los ecos de un festejo interminable en la novata gramilla del flamante estadio San Martin para amalgamarse, para fundirse en un abrazo con Kiko y el Lagarto Casas, autores de las tres conquistas en la obtención del último título cervecero en la finalísima ante San Lorenzo en 2008.
En Colón y 196, como por arte de magia, se apretujan las gambetas mareadoras y el talento de Juan Marcelino Cornejo, Julio St Esteben, Cándido González, Pocho Palumbo, Pierino, Alejandro Zabala, Jorge Zugasti, Federico Almerares, Javier Gómez, Cesar Di Yorio, Agustín González, Rubén Sasiain, Martin Félix Ubaldi, Mario Torti y Gustavo Tempone. Juntos a la par, entre tantos otros nombres queribles, transitan el campo de juego Lucho Mazzina, Caito Magaña, el Cabezón Vicente, el Chuleta Zerillo, Carlos Martinoli, el Negro Fares, Piki Matteo, Julio Rossi, los hermanos Carli, la maravillosa dinastía Gáspari con Cachuzo a la cabeza, el Cholo Palacio, Fernando Gómez, Iván Paulsen, el Gordo Nicolás Uzquiano, Marco Aurelio, el Nene Silbán, Coco Benavidez, los hermanos Telechea y el Paisanito Torres. Debajo de los tres palos vuelan de ángulo a ángulo René Duhalde, Fermín Amatriain, Alfonso Rodríguez, Jorge García, Oscar Pérez, Gabriel Ramadori y Gustavo Smarshow.

En la actualidad el equipo de primera división, conducido táctica y estratégicamente por Marcelo López, uno de los mejores entrenadores de la ciudad, afronta el campeonato liguista con una meta futbolística que trasciende el mero resultado deportivo. Quilmes crece fecha tras fecha y más allá de los buenos resultados se puede vislumbrar una manera, una forma, un estilo que intenta refundar aquel sentido de pertenencia que transformó al fútbol cervecero en una marca indeleble, en un sello personalísimo forjado a través de sus jóvenes 100 años de vida por aquellas inolvidables figuras de los tiempos fundacionales.
Gira el mundo, gira indómita una eterna una pelota tricolor de cuero, de 12 gajos alargados, cocidos a mano, con una vejiga de vaca en su interior y un horrendo costurón de tiento. Juega Quilmes y las pasiones, como hace 100 años atrás, vuelven a ese preciado rincón del mundo que atesoraba en sus entrañas los sueños y las utopías de quienes sabían de antemano que solo habría futuro si se vivía apasionadamente el presente.
Mario Giannotti