Gambetas y goles sobre el teclado

Gambetas y goles sobre el teclado

Ante la creciente proliferación de opinólogos de feria y ex futbolistas en los principales programas deportivos del país, publico por primera vez, con algunas pretensiosas modificaciones al texto original, este cuento que escribí en 1998. Finales de una década donde el periodismo, a puro grito, comenzaba a transformarse en un patético show para hacer placentera a la ignorancia.

21 de febrero de 2021

a todos los periodistas especializados en deportes que resisten

“Los consumidores de calidad son menos que los compradores de cursilería, porque la calidad no es puesta en venta y los lectores han perdido la esperanza de encontrarla”

Dante Panzeri

 

La redacción era un tumulto, un comentario murmurado. Félix Rebagliatti, uno de los cronistas más viejos y respetados del diario, canturreaba una milonga conocida y se burlaba del tiempo. Por su parte, los periodistas más jóvenes, todos prolijamente peinados con la nueva fragancia Glostora Lavanda, maltrataban el teclado de sus máquinas de escribir. Buscaban ideas ocurrentes. Párrafos gastados pero siempre útiles.

 

Sin lugar a dudas el instante previo al cierre configura una escena única, inconfundible. Las plumas prestigiosas rescatan aquel momento y atesoran para siempre en sus retinas los nervios de las últimas líneas.

 

Rebagliatti corregía su trabajo. Como un meticuloso maestro de escuela colocaba acentos y comas. Su crónica describía el escandaloso romance entre un renombrado político en ascenso y una escultural bailarina de la calle Corrientes.

 

A pocos metros, Julio Natalio Pelicciari, el niño mimado de Don Pepe Mutarelli, gestor y dueño del matutino, fumaba su enésimo Arisona, un multifiltro importado, una compañía  inseparable a la hora de relajar tensiones y acomodar huesos cansados. Su máquina de escribir, apoyaba en dos patas imaginarias sobre la mesa de trabajo, era una inequívoca señal de tarea terminada.

 

El infatigable Pepe Mutarelli de imprevisto cruzó la redacción con una prisa desconocida. Saludó a sus muchachos con un sombrero en la mano derecha y se perdió bajo la sombra que proyectaba la cortina del ventanal que da a la calle.

 

Pelicciari ordenaba minuciosamente su escritorio. Apretó el Arizona en un cenicero de lata y buscó su saco. Era todo un rito verlo acomodar su corbata en el cuello de la camisa Lavi-listo, un mamarracho de arrugas color celeste que combinaba con un pantalón gris topo.

 

El Nene, así lo conocían dentro del mundillo periodístico, fue, es  y será siempre un hombre de la gráfica. Cierta vez, Marcelino Aureliano Propatto, quizás uno de los relatores radiofónicos más controvertidos de la Argentina en los años 60´, rescató en medio de una de sus acaloradas transmisiones de Primera B, la pasión que esgrimía el Nene por las recopilación de datos estadísticos.

 

“Julio a sus 14 años de edad tenia los conocimientos de un profesional con cuarenta años de trayectoria”, -sentenció Propatto una tarde en una de las bohemias mesas del café El Estudiantil.

Un humilde almacén de barrio, ubicado en la calle Uranga al 8700, fue el sostén económico de la familia Pelicciari. Allí, en plena adolescencia, Julio planificó ambiciosos proyectos de diariero. Sobre una larga tira de papel blanco, utilizada en la despensa por los Pelicciari para envolver la mercadería  que se vendía, el Nene combinaba ingenio e imaginación para diagramar cuatro páginas tipo tabloide. Cuatro páginas que se asemejaban a las de un periódico. Entonces el joven redactor escribía títulos rutilantes, improvisaba reportajes y con letra pulcra y muy cuidada desnudaba las falencias defensivas de la selección marplatense ante el  encumbrado rival de turno.

 

El 10 de abril de 1965  Teleonce promocionó con bombos y platillos un clásico de su jerarquizada programación televisiva: “Estelares noches porteñas”. Una propuesta que era presentada como una verdadera constelación de estrellas.  Aníbal Troilo y Juan D´ Arienzo, el humor de los Hermanos Fantaguzzi, las reseñas literarias de Walter Capozucchi y las canciones románticas de Horacio Matuszyczk.

 

Pero aquella noche, en plena presentación, ocurrió lo impensado, lo indeseado. El locutor Augusto Bonardo anunció la presencia en los estudios de Canal 11 de los excéntricos futbolistas Oswaldo Reinaldo Bozza, Alcides Remigio Branciforti y del polémico guardametas de Defensores de Belgrano, el ácido y provocador José Luis Pasalaqua. Bonardo explicó que los jugadores formarían parte del programa y tras la finalización de cada fecha del campeonato de primera división examinarían puntillosamente lo acontecido en los partidos más relevantes del certamen criollo. Además, como si todo esto fuera poco, el animador, micrófono en mano, informó que Guillermo Alpino y  Jimena Rey tendrían la difícil tarea de moderar los debates. Alpino, un rubio carilindo de ojos verdes  y un metro ochenta de estatura y Rey, una modelo top cuyas virtudes físicas no eran invisibles a los ojos. Su boca roja y carnosa, sus pechos firmes, su cintura angelical y un par de piernas sensuales echaban por tierra su irremisible mediocridad intelectual.

 

Todos ellos, a su manera, casi sesenta años atrás, inventaron el panelismo y las denominadas notas de color en el periodismo deportivo.  “Las notas de color en un programa deportivo es sal”- opinó desde la comodidad de su sillón el crítico literario Miguel Robinson Hernández.  Y agregó: “Y aunque la comida sin ella es desagradable, mucho peor es comer sal sola”.

 

El Nene Pelicciari sentado frente a la pantalla de su viejo televisor blanco y negro escuchó absorto los anuncios de Bonardo. Dio dos goles en la mesita ratona, maldijo a Canal 11 y soltó con ira una frase inolvidable para muchos.

 

-“Si estos tipos hablan giladas en la tele y juegan a los periodistas, entonces yo juego un Mundial”

 

La confesión fue un auténtico grito de rebeldía, un puñetazo al mentón de los productores periodísticos, a los dueños de los medios y a los futbolistas con ínfulas de capocómicos de cabaret.

 

Julio Natalio Pelicciari harto ya de estar harto, aturdido por tantas voces y tantos rostros ajenos al periodismo, comenzaría a escribir una historia fantástica, magnánima. Un preguntón de los medios cansado de los opinólogos de turno, refutaría todas las teorías futboleras y reivindicaría con su gesto valiente y revolucionario a los protagonistas de los diarios, periodistas de raza que comparten con él una inquebrantable vocación profesional.

 

La preparación física del Nene estuvo a cargo del profesor Bohumil Kos, un eximio nadador olímpico que reformuló las bases y los principios del entrenamiento deportivo. Kos fundamentaba su trabajo desde sus conocimientos fisiológicos. Tras dos meses de agotadoras jornadas en el campo y en el gimnasio, Pelicciari mostraba el cuerpo de un atleta esculpido en Grecia.

 

El aspecto técnico no fue improvisado. El legendario Charro Znedet Keply, un talentoso ex futbolista de los años treinta, ídolo indiscutido en el Deportivo Tréllez colombiano, supervisó su puesta a punto con la globa.

Muchos recordaban al Nene Pelicciari como a un tímido delantero que erraba goles increíbles en los campeonatos entre periodistas que organizaba Mutarelli. Sus compañeros socarronamente lo habían bautizado el Mago Pelicciari. “El Mago es un fenómeno, si vos le das una pelota, él te devuelve conejos y palomas, nunca una pelota”, – contó cierta vez en ronda amigos el Barba Tessone, columnista económico del diario.

 

El mismísimo Osvaldo Ardizzone al verlo trotar la cancha en un desafío  con los muchachos de El Atlántico soltó una sabia reflexión: “El Nene Pelicciari es frio y letal en el área rival, sobre todo frio, muy frio. No tiene olfato de gol y es lento como un trasatlántico. Eso sí lee muy bien los movimientos de la defensa enemiga y es muy prolijo para completar sin faltas de ortografía la ficha del partido”.

 

En sus inicios probó suerte en clubes importantes, equipos con historia, con hambre de gloria, con deudas, con más acreedores que hinchas.  Desamparados de Cutral Có, Alas Balcarceñas,  Rampla, Sportivo Tres Cruces, La Alianza Fútbol Club y Deportivo Cali. Todos desestimaron sin contemplaciones su perfil goleador y boicotearon en consecuencia su proyecto.

 

“Pelicciari usted es un periodista gráfico, un diariero de ley, déjese de joder  con la pelotita, cuelgue los botines y métale duro al teclado de su máquina de escribir”, -fue el lapidario consejo de un joven Juan Carlos Carpeta Eito en el café del Club Kimberley.

 

Finalmente fue Manuel  Saakian, categorizado entrenador del  ascenso, amigo personal de Adolfo Pelicciari, tío de Julio, quien confió en el periodista y le permitió dentro de una cancha mostrar sus dotes con el esférico.

 

El Nene debutó en el primer equipo de Tigre bajo la conducción táctico estratégica de Saakian conformando una dupla ofensiva de excepción con el Sapo Mora, un wing de bigotes y medias caídas tan hábil como mentiroso. Su aparición en el campeonato profesional mereció su foto en la primera tapa de la Revista Gente. El 29 de julio de 1965 Pelicciari era retratado junto a Cacho Fontana, la voz de la década.

 

El Matador de  Victoria logró ese año el subcampeonato y el Nene fue el máximo artillero del certamen aventajando por dos tantos al Chómpiras  Pulido, un mexicano tan amigo del gol como de lo ajeno.

 

Como dato anecdótico cabe destacar y señalar ciertas particularidades que diferenciaban al Nene Pelicciari  del resto de los futbolistas en actividad. El romperedes de Tigre dejaba entrever en cada gambeta, en cada jugada, en cada remate al arco su verdadera profesión. Aquel nueve de área que inventaba fintas inmarcables era por sobre todas las cosas un periodista, un preguntón de los medios.

 

Algunos guardan en su memoria momentos desopilantes, dignos de una comedia dominguera de Darío Vittori.  Por ejemplo ante una infracción violenta Pelicciari sacaba del bolsillo posterior de su pantaloncito de jugador un anotador y una birome azul mientras que un niño alcazapelotas le acercaba un incómodo grabador Geloso. Frente al hecho consumado el goleador entrevistaba a los protagonistas de la gresca y preguntaba sin reparos al árbitro y a sus colaboradores.

 

Una tarde en cancha de Al Ver Verás, en un accidentado amistoso con el equipo marplatense del Barrio Las Heras, relató todo el partido ante la mirada atónita de propios y extraños. Esa tarde fue la voz, la crónica  y la manija del equipo.

 

Cuentan además que sus compañeros evitaban diálogos comprometedores en el vestuario. Temían, con justa razón, que sus palabras recalaran en las páginas de los diarios y las revistas. Por eso cuando llegaba el Nene, todos, incluido el utilero, hablaban en clave.

 

El mundo ponderaba las hazañas de Julio Natalio Pelicciari, el periodista que podía ser convocado para jugar un Mundial. Osvaldo Zubeldia era el director técnico de la Selección Argentina que se preparaba para ser parte del  encuentro ecuménico Inglaterra 1966.

 

Julio era el jugador del pueblo, las chicas suspiraban de amor por él y sus colegas en los medios, salvo contadas excepciones, orgullosos derramaban ríos de tinta que exaltaban la personalidad, el coraje y la valentía de Pelicciari.

 

El periódico londinense People le obsequió a Julio 10 mil libras esterlinas como merecido reconocimiento a su noble gesta. El título de la nota rezaba: “Vida y obra de un escritor de diarios que llena estadios por su juego virtuoso y su capacidad goleadora”.

 

Zubeldia dio a conocer la lista de la preselección albiceleste. Por supuesto Pelicciari tenía la primicia. Luego de mencionar los 28 nombres, el entrenador declaró: “Hay que fijarse primero una estrategia y un plan de juego, después, meter la mano en la bolsa e ir sacando los jugadores que se adapten a esa idea preconcebida. El Nene Pelicciari se adapta de mil maravillas”.

 

En el verano de 1966 El Gráfico contaba la panacea futbolística de la dupla de San Lorenzo de Almagro Areán- Veira. Desde Rosario una foto inmortalizaba el campeonato obtenido por el equipo local en el Torneo Argentino de Rugby. En Tres Arroyos Eduardo Casá se llevaba el Gran premio de Turismo Carretera. Su promedio fue espectacular: 163 kilómetros a la hora.  Pero la tapa de la revista, todo un símbolo identitario y afectivo para los deportistas argentinos tituló: “El querido julio Natalio Pelicciari anunció sorpresivamente su retiro del fútbol profesional”

 

Mario Trucco y el Cholo Ciano días después entrevistaron al Nene en Mar del Plata, en Parrilla Jorgito, un histórico bodegón donde Pelicciari compartía largas y enriquecedoras charlas con sus amigos más cercanos.

Trucco con su proverbial y depurada técnica periodística transcribió algunas de las principales reflexiones del goleador.

 

“Mire, la redacción de un diario es mi casa. Ahí sucedo, no tengo dudas al respecto. Durante mi travesía en el fútbol profesional no fui feliz. Soy un hombre del diario. Añoro los nervios de los cierres. Si me dan a elegir, elijo una redacción.”

 

El Cholo Ciano, como no podía ser de otra manera, le acercó su inconfundible grabador y le preguntó por los motivos que habían desencadenado su decisión de ser un jugador de primera en detrimento de su vocación periodística.

 

“Sería fantástico querido Cholo que todos podamos ocupar el lugar que nos corresponde. Los jueces probos en la justicia, los políticos honestos y capaces en el gobierno, los artistas en un escenario, los futbolistas en el  verde césped y los periodistas en los medios de comunicación. Si confundimos roles todo queda patas para arriba. Si nos vestimos con ropas ajenas y recitamos discursos que no nos pertenecen confundimos  a la gente. Creamos un estado alarmante de desinformación donde todos salen perjudicados, excepto los dueños de los medios que nada tienen que ver con el periodismo y solo hacen grandes negocios con el poder real que manipula la información a su antojo y conveniencia.”

 

Los asiduos concurrentes a la parrilla se acercaron para pedirle una foto, pero él escapó por una de las puertas traseras con rumbo desconocido. Solo Gregorio Barrios, un popular relator que sigue desde la radio la campaña de Alvarado, lo vio dejar el salón y subir raudamente a su Valiant III color azul.

 

La redacción era un tumulto, un comentario murmurado. Don Pepe Mutarelli palmeó el hombro de Julio Pelicciari y bendijo su regreso. Félix Rebagliatti canturreaba una milonga conocida.

 

Julio encendió su primer Arizona y acomodó su máquina de escribir. El instante previo al cierre configura una escena única, inconfundible. El Nene buscaba nuevas ideas, algunos párrafos gastados que le permitieran terminar con las últimas líneas de su crónica. Ahora, en pleno corazón de un diario, en la redacción, Julio Natalio Pelicciari era el hombre más feliz del planeta.

 

Mario Giannotti

 

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