Fútbol juvenil, a veces un doloroso tránsito al abismo

Fútbol juvenil, a veces un doloroso tránsito al abismo

Escribo estas líneas con la intención de generar un espacio de debate, de discusión de ideas, un lugar desde donde repensar el rol de los formadores de juveniles, haciendo hincapié en las promesas que no fueron, en el porvenir de los buenos proyectos que quedaron en el camino.

9 de agosto de 2020

”El ídolo es ídolo por un rato nomás, cosa de nada y cuando al pie de oro llega  la hora de la mala pata, está ese pobre cuerpo con más remiendos que traje de payaso, y ya el acróbata es un paralítico, el artista una bestia”.

Eduardo Galeano 

 

La absurda determinación de AFA, una más entre tantas, de afrontar los torneos 2020 y 2021 sin descensos, generó un brutal desmantelamiento de los planteles profesionales, la baja de salarios, la pérdida de jerarquía de los campeonatos y puso en marcha un ambicioso proyecto que pretende promocionar futbolistas juveniles. Vale señalar que esta idea parece sustentarse solo desde lo discursivo. En lo práctico, observamos que muchos clubes, independientemente a la divisional a la que pertenezcan, decidieron ahora interesarse por los pibes cuando históricamente denostaron la promoción de canteranos y nunca abastecieron sus planteles de primera con jugadores de las categorías menores.

 

Escribo esta columna con la intención de generar un prolífero debate de ideas, una crónica que oficie como un sano disparador de experiencias, reflexiones que trasciendan al fútbol, que abarquen también las realidades de otros deportes con mucho arraigo popular, discusiones que nos permitan repensar el trabajo de los individuos que tienen en sus manos la difícil tarea de seleccionar talentos, de formar individuos, de acompañar y apuntalar el crecimiento de muchos adolescentes que se sueñan exitosos en el deporte que aman.

 

Pongo en consideración tres cuestiones sustanciales que nos permitirán desandar y comprender la realidad de una problemática afín a todo el mundillo fútbol: el desconocimiento y la indiferencia dirigencial, la idoneidad de los entrenadores, y el día después a las crueles desafectaciones de juveniles.  

 

En inferiores, lamentablemente, pocos forman jugadores de fútbol, la gran mayoría se aferra a absurdos estereotipos y entonces encontramos en las categorías menores chicos que se ven obligados a especializarse en un puesto específico. El que marca, le pega fuerte y de punta para arriba, el que juega, apenas juega, y el nueve es un alma en pena que espera durante todo el partido pescar una pelota que lo convierta en héroe y le salve la ropa a su mediocre director técnico.

 

Porque en las categorías menores quienes evalúan a los directores técnicos pocas veces preguntan por el proceso formativo que se desarrolla en cada uno de los equipos. La gran mayoría se obsesiona con el resultado del domingo y en función de estos resultados apuestan a la obtención de un campeonato, logro que en dicha etapa no es determinante ni mucho menos en la estructuración de futuros profesionales. Eso sí, el entrenador  gana prestigio si sale campeón, en tanto, sube de categoría, gana más dinero, y puede ser tenido en cuenta para dirigir en primera.

 

Pocos saben elegir, pocos poseen una vocación docente que los lleve a tratar a los jugadores como si fueran, según sabia definición del maestro Ernesto Duchini,  “como sus propios hijos”. Por eso cuando reciben a los chicos lo hacen con una enorme sonrisa de payaso, destacando su nombre o su apodo; pero cuando los echan los miran con desprecio, y con suerte apenas pronuncian su apellido. El mejor de todos ahora es la escoria, el mal ejemplo, el perdedor, el fracasado.

 

Me pregunto aquí y ahora por dónde andarán los sueños, las utopías futboleras de aquellos chiquilines que corrían tras una pelota, trepados a una ilusión, alimentando domingo tras domingo un proyecto de vida, cargando sobre sus hombros la amarga obligación que otros diseñaron para ellos. De aquellos que desde muy pequeños convivieron con el aplauso adulón y un aliento aprobatorio que llegaba puntual y exacto desde las tribunas. Voces afectuosas, cálidas, siempre pronosticando la gloria, anticipando las bonanzas de una idolatría prematura.

 

¡El pibe es un crack, es un fenómeno! ¡Nene cuando juegues en Italia acordate de los pobres! ¡No, ya hablamos con un empresario, un tipo serio, el será como un padre para vos, eso, el será  tu segundo papá! ¡No pibe decile a tus viejos que nosotros nos encargamos de los primeros gastos y decile que le tiramos unos pesos por mes! ¡Fenómeno! ¡Crack! ¡Ídolo! ¡Genio!

 

Pero a veces, tanto en la vida como en una cancha, las gambetas no engañan a nadie y el camino al arco rival se transforma en algo lejano e inhóspito. La diosa fortuna como un torpe lateral cierra para adentro y nos expone a un contragolpe lapidario. La gloria juguetea sobre la línea de gol hasta que un despiadado defensor la revienta contra el banderín del córner.

Entonces el ídolo no fue, ni siquiera debutó en reserva, y las voces que le inventaron un futuro europeo ahora endulzan otros oídos. La estrella ha concluido su viaje desde el fulgor hasta el apagón. Releo a Eduardo Galeano: ”El ídolo es ídolo por un rato nomás, cosa de nada y cuando al pie de oro llega la hora de la mala pata, está ese pobre cuerpo con más remiendos que traje de payaso, y ya el acróbata es un paralítico, el artista una bestia”.

 

Reitero, por donde andarán los sueños futboleros de aquellos que remontaban sus vidas trepados a una pelota. Los imagino solos en un inmenso estadio vacío, parados en la mitad de la cancha, mirando al cielo, esperando una ovación que no llega, en penumbras, en silencio, abatidos.

 

Gustavo Galera, ex futbolista, entrenador y Licenciado en Psicología, cuestiona con sólidos argumentos el rol de las pensiones en la formación de jóvenes futbolistas. “Creo que es una locura que un chico de catorce años se vaya de su casa a una pensión. Hablo siempre de un adolescente que está contenido en una familia estructurada, no de aquellos que viven situaciones extremas donde un club puede aparecer como una salvación. El detector de talentos solo quiere tenerlo lo antes posible y compite con otro que quiere lo mismo. En realidad es una pelea de intereses donde muchas veces los chicos quedan relegados”.

 

Sumo a esta crónica una valiosa experiencia que desarrollaron Alejandro Giuntini y Gustavo Galera en el Club Adolsivi. Una muy buena idea, innovadora, digna de ser emulada por el resto de los clubes argentinos. Durante la gestión de Giuntini como coordinador de inferiores del equipo marplatense, los jugadores que eran dejados libres tenían una despedida grupal que propugnaba revalorizar el esfuerzo y el tiempo compartido con sus compañeros y con los integrantes de cada uno de los cuerpos técnicos que los habían acompañado durante su proceso formativo. Recibían una plaqueta individual y podían expresar ante sus pares lo que sentían. Era el final de una etapa, nunca el destierro, nunca el cadalso, nunca la humillación ni el maltrato.

 

Lejano al fútbol, Armando Tejada Gómez nos recuerda puntillosamente desde su poesía, que ahora, exactamente ahora, hay un niño en la calle, perdido, pobre, solo, esperando. Y los versos nos golpean en el pecho cuando la imbecilidad nos adormece, cuando la rutina mundana nos congela el corazón. Los versos nos estrujan las tripas cuando la insensibilidad de los abanderados de las políticas marketineras, dentro y fuera de una cancha, enmascaran con falsas promesas  sus verdaderas intenciones, engañando sobre todo a los que menos tienen, a los desposeídos, a los excluidos, a los nadies, a los que fueron expulsados abruptamente del sistema.

 

Escribo estas líneas y me aferró a la criolla sabiduría de Tejado Gómez, uno de los poetas latinoamericanos más prolíferos y respetados del planeta, para apuntalar un concepto, para construir una metáfora que pueda describir también la pena y la tristeza que atraviesan los jugadores juveniles expulsados del sistema.

 

Escribo esta columna periodística  para recordarle al cruel negocio del fútbol que ahora, exactamente ahora, hay en un lugar del planeta un niño a quien le quitaron un sueño, un pibe desamparado, un crack que no fue.

 

Que ese pibe, echado con desprecio, espera desde lo más profundo de su corazón que el mismo coordinador que lo recibió con una sonrisa de payaso pueda contenerlo, acompañarlo en el doloroso tránsito desde el éxtasis de ayer hacia la más dolorosa y cruda realidad de hoy.  Que lo abrace, que sea una red de contención, un faro que lo ayude a transformar en horizonte su abismo. Porque la ilusión de aquel crack, hoy fracaso, hoy escoria, hoy material descartable, hoy mal ejemplo; se ha perdido, se ha perdido como un niño en la calle…

 

Mario Giannotti

 

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