Flacuchos, petisos, gordos, desprolijos, pelilargos, inigualables

Flacuchos, petisos, gordos, desprolijos, pelilargos, inigualables

Esta columna desea ser un espacio que invite a la reflexión y al debate, pone en tela de juicio los fundamentos de aquellos preparadores físicos que creen que el futbolista es un atleta a quien hay que entrenar como tal y programan en sus gimnasios una masa de músculos pateando torpemente una pelota.

30 de agosto de 2022

“El fútbol profesional, cada vez más rápido, cada vez menos bello,

tiende a convertirse en un certamen de velocidad y fuerza,

que tiene por combustible el pánico a perder”.

Eduardo Galeano

 

El fútbol moderno, cada vez más proclive a la estandarización de esquemas tácticos y estratégicos, desestima la sana, necesaria e invalorable repentización de los jugadores rebeldes y castiga a los habilidosos que utilizan sus gambetas para desarmar férreos andamiajes defensivos.

 

Los futbolistas de este tiempo, en muchísimos casos, parecen el producto terminado de una fábrica que diseña prototipos en serie, obedientes protagonistas de un juego aburrido donde el miedo a perder corre tan rápido como la pelota y los atletas con botines.

 

Mientras escribo las primeras líneas de esta crónica recuerdo algunos versos de “Mirta, de regreso”, una icónica canción escrita por Adrián Abonizio e interpretada magistralmente por Juan Carlos Baglietto en pleno alborozo popular tras el regreso a la democracia en 1982.

 

“La moda ha cambiado un poco, Mirta, ya no hay ni un pelo largo, todos parecen soldados”, resuena todavía en la cinta de un viejo TDK de 60 un auténtico himno musical, símbolo de rebelión juvenil, el tema más escuchado del disco “Tiempos difíciles”, el primero de Baglietto.

 

Hoy, en las canchas, todos también parecen soldados, todos los jugadores lucen el mismo corte de pelo- corto y rasurado en la nuca- casi un emblema del orden preestablecido por el señor mercado. Lejanas quedan en el tiempo aquellas melenas desprolijas y descuidadas de los heroicos wines, de los temibles goleadores o de los fantasistas que lucían en sus dorsales un mítico número 10.

 

Ya no hay camisetas holgadas fuera del pantalón, no hay medias caídas, no hay pelilargos revoltosos que se animen a gambetear, desafiando las ordenes iniciales de su entrenador, a cuanto rival se interponga en su camino. Los futbolistas parecen atletas esculpidos en Grecia, gladiadores armoniosamente entrenados, musculosos, flacos y fibrosos. No hay- salvo contadas excepciones- gordos, gibosos, petizos, chuecos, lentos, desprolijos. La mercadotecnia los expulsó del sistema con la vehemencia de un zaguero que no duda ni un segundo en tirar una pelota a la tercera bandeja del estadio.

 

Fernando Signorini, autodenominado preparador de jugadores, uno de los principales referentes del entrenamiento futbolístico del mundo, martillo y cincel del cuerpo de Diego Maradona, esgrime una mirada filosófica que resulta indispensable para comprender y entender la tarea de los preparadores físicos.

 

“Acá el problema no es correr más sino correr mejor, es preparar al futbolista para jugar al fútbol y no para correr, porque correr, corre cualquiera. La pelota es la base fundamental y luego, los conceptos. Todo lo que se haga debe sostenerse en un concepto que ayude al jugador a enriquecerse para resolver. Donde estudié me enseñaron con mucho entusiasmo y cariño pero lo hacían con un gran desconocimiento de fútbol; sabían de atletismo, biomecánica y fisiología pero poco de fútbol, entonces eran proclives a seguir los métodos arcaicos del atletismo. Antes se entrenaba al jugador como a un atleta. En ese sentido para mí fue imprescindible lo que me transmitieron Menotti, Cappa, el doctor Oliva, charlas que tuve con Enrique Omar Sívori y Alfredo Di Stéfano”.

 

Cierto es que no existe en nuestro país un biotipo referencial del jugador de fútbol. Aquí, en nuestras canchas, convivieron y conviven cuerpos de todo tipo y tamaño. Quizás jugadores como René Houseman, Osvaldo Ardiles, Ricardo Bochini, Enrique Omar Sivori, Osvaldo Escudero, entre tantísimos otros ejemplos, nunca hubieran sido tenidos en cuenta por los aduladores de los actuales paradigmas físicos para formar parte de un equipo de primera división.

 

En la actualidad se han puesto de moda los GPS, dispositivos que miden cuantitativamente el despliegue de un futbolista, un elemento externo que sirve para potenciar el rendimiento desde la interpretación de datos específicos, pero el endiosado GPS jamás valorará ni medirá el talento. ¿Cuándo corrió? ¿En qué momento del partido? ¿Cuándo perdían 2 a 0 y lo insultaba todo el estadio? ¿Cuándo ganaban de local por goleada? ¿Sus intervenciones fueron claves para anotar goles? ¿Cuándo tuvo la pelota? ¿Para qué, por qué? ¿Las pérdidas fueron por arriesgar el balón en posición de ataque? ¿La posesión de la pelota fue intrascendente para el juego?

 

Existe un apellido histórico que derribaría muchos de los discursos argumentativos de quienes creen que fútbol es preparación física primero, juego después. Estoy hablando de Manuel Francisco dos Santos, rebautizado como Garrincha por sus hermanos  debido a su parecido a un pájaro feo e inútil de la Florida. Manuel nació pobre en Magé, Rio de Janeiro, padeció la poliomielitis y sus piernas chuecas para el mismo lado no podían disimular la espantosa curvatura en S de su columna vertebral. Tal vez, aventuro, hoy no pasaría ninguna de las espantosas pruebas de futbolistas que llevan adelante los expertos cazadores de talentos.

Escribió el maestro Eduardo Galeano: “Cuando él estaba allí, el campo de juego era un picadero de circo, la pelota un bicho amaestrado, el partido una  invitación a la fiesta. Garrincha no se dejaba sacar la pelota, niño defendiendo su mascota y la pelota y él cometían diabluras que mataban de risa a la gente, el saltaba sobre ella, ella brincaba sobre él, ella se encendía, él se escapaba y los rivales se chocaban entre si…”

 

El psicólogo de la selección brasileña dijo tras conocerlo en persona que Mané era un débil mental y que nunca podría congeniar exitosamente con sus compañeros en una actividad deportiva grupal. Garrincha, el pájaro feo de la Florida, se burló de los fatuos presagios y en respuesta a ellos logró dos títulos mundiales con la verdeamarela. Fue crack en Suecia 1958  y fue elegido en Chile el mejor futbolista del mundial 1962. Allí se vistió de Rey Pelé y cargó sobre su defectuosa espalda el juego de su equipo.

 

Se casó tres veces y tuvo catorce hijos pero  sus gambetas no pudieron contra los patadones de la realidad y el alcohol lo sacó de la cancha. «La diferencia con Pelé es que yo apenas supe driblar los problemas con los pies”, dijo alguna vez. Luego  llegó el cruel ocaso, el tiempo en que la multitud le recriminó su presente y le gritó en su cara, según sabia metáfora del inolvidable  Alfredo Zitarrosa: “usted ya no es nada, usted, ya no es usted”.

  Esta columna, una vez más, desea ser un espacio que invite a la  reflexión y al debate, pone en tela de juicio los fundamentos de aquellos que creen que el futbolista es un atleta a quien hay que entrenar como tal.  Transcribo para fundamentar mi pregón una brillante reflexión de Fernando Signorini.

 

“El atleta tiene que correr lo más rápido posible, el saltador saltar lo más alto posible y el lanzador lanzar lo más lejos posibles, mientras que el futbolista tiene que inventar el camino, y el tiempo no es esencial. En el gol a los ingleses, Diego recorrió 55 metros en casi 11 segundos: Bolt hace el doble en menos tiempo, pero después Bolt intentó jugar al fútbol y no pudo, porque no sabía jugar. Si fuera por la velocidad, ni Riquelme ni Valderrama podrían haber jugado al fútbol. Hay que desmitificar eso. Obviamente deben estar bien preparados para jugar, eso sí”.

 

Como cierre de esta crónica periodística comparto una excelente interpretación sobre Cuerpo y fútbol, realizada por el Director técnico y Licenciado en Psicología  Gustavo Galera, conductor junto a quien escribe del programa DOBLE CINCO, un propuesta radial que se emite los domingos de 9:30 a 12:00 por FM 95.7, la radio de la Universidad de Mar del Plata.

 

Mario Giannotti

    

Fútbol y cuerpo

 

Cuando pensamos la relación entre el cuerpo y el fútbol inevitablemente pensamos en los pies. Jugamos con los pies. Nos dijo el psicoanalista Carlos Quiroga en la entrevista que tuvimos en el primer programa sobre el deseo que el hombre está mucho más preparado para desarrollar habilidades con las manos.

 

Esto es fácil de comprobar si pensamos que la construcción de la humanidad a lo largo de la historia fue hecha principalmente  con las manos. La cultura, la tecnología, las construcciones edilicias y el arte son hechas principalmente con las manos.

Nosotros elegimos un deporte que a contramano de todo esto que decimos nos invita a desarrollar la habilidad con las piernas y con los pies. Y aun así es el deporte más lindo del mundo.

 

Los pies nos invitan a pensar en el pase, en la pegada, en el control pero también en el golpe al trabar o en la patada. El pie es el que hace el gol pero también el que despeja a la tribuna, imágenes de lo bello y lo ordinario en el fútbol.

 

¿Cómo se construye el cuerpo de un futbolista?, ¿quién lo construye?, ¿es innato?, ¿genéticamente determinado? O es ¿una construcción social culturalmente determinada? Los que nos enseñan a jugar, los entrenadores, los profes ¿influyen en nuestro cuerpo?

Muchas veces escuche a Menotti referirse a la genética para explicar las cualidades del futbolista argentino.

 

Ahora si hay una genética del futbolista argentino, ¿cuál sería el cuerpo que la represente mejor? ¿El de un central de 1.80 metros o el de un delantero de 1.60? ¿El de Otamendi o el de Messi?

 

¿La habilidad y la técnica serian propias de un determinado tipo de cuerpo? O el cuerpo es una construcción y mi imagen corporal y mi relación con dicho cuerpo va a determinar si soy o no un buen futbolista.

Es verdad que en este país han surgido jugadores mundialmente reconocidos que son pequeños , Messi, Agüero, Ortega, y hasta el mismo Maradona no tenía un cuerpo exuberante, pero también es cierto que ha habido grandes jugadores como Kempes, Redondo, Batistuta, que han logrado sobresalir con cuerpos mucho más importantes.

 

No hay un cuerpo de futbolista que lo represente como un modelo que asegure el buen juego y destacarse como tal. El cuerpo del futbolista como todo cuerpo comienza a ser construido por los padres quienes son los que lo ponen al niño o a la niña a patear una pelota como juguete en muchos casos aun antes de caminar y que determinan una habilidad que desarrollará para toda su vida.

 

No hay genética ahí. Es construcción desde la familia y luego retomada por la sociedad en la figura de los clubes los que harán de ese bebé el futbolista habilidoso y ganador que tanto nos representa.

 

lo largo de la historia el cuerpo de un futbolista ha evolucionado. A partir de la ciencia y la tecnología los entrenamientos han hecho del futbolista alguien veloz, resistente, potente y con capacidad de resolución a mayor velocidad.

 

De las historias de futbolistas en los años 50´, 60´ y hasta los  70´ que jugaban sin entrenar,  después de salir del bar, o bajarse de un barco para hablar de una historia cercana, a los futbolistas actuales que entrenan doble turno, con gimnasios, dietas, controles médicos y seguimientos por aplicaciones que miden cuanto corren en el partido o en el entrenamiento,  la evolución es increíble.

 

Aun así nos dicen las personas más grandes que en el fútbol de antes se jugaba mejor, como si los cuerpos tan preparados de los jugadores actuales hubieran perdido una calidad que hacía del futbol del pasado algo más bello.

 

De más estar decir, que ningún futbolista de ese pasado podría soportar el ritmo de juego que se impone hoy a la hora de disputar un partido.

 

El fútbol se ha hecho más físico, mas cuerpo, con lo cual el habilidoso, el buen jugador, el jugador distinto necesita entrenar y equiparar lo físico con el resto para que destaque la técnica que lleva consigo.

 

También podemos hablar de los modelos del cuerpo en el fútbol. El arquero debe ser alto, los centrales también, el 9 tiene que tener buen porte si sos bajo serás extremo o puntero y así sucesivamente una serie de limitaciones para el resto de los cuerpos a la hora de ocupar una posición en la cancha.

 

Hasta que vemos que hay arqueros no tan altos, centrales como Passarella que medía 1.73, un 9 como Agüero que derrumban esas ideas que solo tienden a estructurar el concepto del modelo de cuerpo del jugador.

Recuerdo no hace tantos años que clubes de primera división no probaban jugadores para inferiores sino tenían determinada altura.

Los cuerpos de los futbolistas no solo se entrenan y se desarrollan para lograr un mejor desempeño futbolístico, sino que también se rompen, se quiebran, se desgarran, se cortan, se inflaman, se tuercen.

Gran parte de la semana de un futbolista de competición es recuperar ese cuerpo exigido a la hora del partido para estar listo en la próxima competencia.

Todo un andamiaje de médicos, kinesiólogos, traumatólogos, masajistas, puestos al servicio de lograr la recuperación que los ponga en la cancha en el menor tiempo posible frente a una lesión.

A esto  le sumamos la medicación que el futbolista tiene que tomar para ayudar en este proceso, le agregamos vitaminas, complementos, energizantes y el temor de caer en algún químico que termine dando un doping positivo.

No voy a hablar de zurdos y derechos ya que no quiero caer en ningún conflicto. Aunque todos sabemos cuáles juegan mejor.

Hay muchas formas de disfrutar de un cuerpo, la sexualidad, la comida, la actividad física, el baile, el movimiento…pero la sensación que tiene un amante del fútbol cuando convierte,  grita o festeja un gol abrazado en una carrera loca con su equipo o en la tribuna, es una experiencia de una intensidad mágica que lleva a ese cuerpo a disfrutar como pocas cosas en la vida.

 

Gustavo Galera

Director técnico de fútbol. Licenciado en Psicología

(Columna escrita y leída por su autor en el programa de radio DOBLE CINCO)

 

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