A los 67 años de edad, tras una larga, valiente y dolorosa lucha contra un cáncer de próstata, murió el entrañable Toro Daniel Abelén, el último romántico del fútbol, un rebelde, un soñador con causa, un maestro que transmitió hasta el último día de su existencia su amor incondicional por la pelota.
“A la muerte habría que matarla”
Osvaldo Ardizzone
Aprendiste a jugar en los baldíos y en los potreros de tu barrio, en Berisso. Te enamoraste de la pelota en el campito de doma, en el patio del colegio, en el taller de Carusotti. Empezaste en el Lobo pero te hiciste jugador en el Pincharrata.
“Cuando me fui a probar, tendría 11 o 12 años, cuando estábamos terminando de jugar, me saqué los botines porque me lastimaban los pies y terminé los últimos minutos descalzo. El Vasco Urriolabeitia miró al resto de los entrenadores y les dijo: “A ese zurdito déjenlo que es un toro”. Ahí nació mi apodo y mi carrera futbolística en Estudiantes de la Plata”.
Yo no te vi jugar, pero te vi. Fuiste un laborioso e incansable mediocampista por izquierda, inteligente, aguerrido, solidario. Un estratega que jugaba simple, un todoterreno con un envidiable y vertiginoso despliegue físico. Fuera del campo amo y señor de un discurso movilizador, atrapante, pletórico de un contagioso lirismo y de sólidos conceptos argumentativos.
“El secreto es la técnica, es la pelota. Yo entendía el juego. A los mediocres los están haciendo mejores con la tecnología pero les están matando el talento. Yo corría, no era un negado, era inteligente, por eso no niego la tecnología, pero somos más que eso. Hay un solo fútbol que es el juego, que es lo que se enamora a un niño. En las clases trabajadoras donde yo me crié la única manera de disfrute era sentir el ole de la tribuna, el toque de los equipos que jugaban bien. Yo me solidaricé con la gente que laburaba toda la semana y se iba contenta de la cancha porque había visto un partidazo”.
Tus disputas ideológicas con el poder te acarrearon infinidad de conflictos personales, enfrentamientos que te cerraron muchas puertas en tu profesión como entrenador. Enarbolaste sin claudicar jamás las bandera del romanticismo, fuiste soldado y quijote, un trabajador que cuidó la pelota como quien cuida sus mejores sueños. Un hombre rebelde que proclamó su derecho a expresarse, el derecho del individuo frente a la sociedad, del obrero frente al patrón. Desafiaste al poderoso, rechazaste algunas reglas, expresaste abiertamente tus emociones, abrazaste una causa nacional y popular.

Querido amigo afrontaste con hidalguía y mucho coraje tu enfermedad. Nunca te escuché enojarte ni maldecir tu destino. Tuviste las pelotas de un toro para levantarte cada mañana, besar a los tuyos, contagiar de sano optimismo a los que te rodeaban y seguir en pie. Hablando de fútbol, pensando fútbol, enseñando, ayudando a aprender a tus alumnos, transmitiendo tus vivencias, tus experiencias, tus conocimientos. Siempre con una carpeta y un maletín bajo el brazo. Metiendo, corriendo, siendo solidario con el otro, regando cada pedacito de la cancha con tu sangre.
“Cuando tenía cinco años de edad me senté en la cama de mi abuelo para ver cómo se moría de cáncer, y después se murieron muchos parientes. ¿Cómo no voy a ser fuerte?, si mi enfermedad es parte mi vida. Por eso no me angustio, por eso no siento tristeza. Quizás será que lo he vivido todo… Si en el camino sos fuerte de la cabeza… tal vez le doblas el brazo a la suerte”.
Al fin tenía razón el inmenso Osvaldo Ardizzone cuando tras conocer la noticia del fallecimiento de Hugo Tomate Pena escribió: “A la muerte habría que matarla”. Yo creo que hay que matarla bien muerta, de una puta vez y para siempre. Porque por más que hagamos todo lo posible y hasta lo imposible, en algún momento termina doblándole el brazo a la gente que uno quiere. Y entonces te sentís solo en medio de un estadio vacío, parado ante un arco sin portero, mirando más allá de las tribunas y sin saber que carajos hacer con la pelota.
Hace apenas unos días escuché una bella historia, breve pero muy significativa. La contó en el cierre de su espectáculo el andaluz Dani Rovira, para mi uno de los mejores comediantes del planeta.
“En aquella pequeña aldea, todos sus habitantes amanecieron con azúcar en los labios. Pero aquella mañana solo pudieron darse cuenta aquellos que quisieron besarse. Así que amigos y amigas salgan a la calle y busquen el azúcar y la dulzura por los rincones…y no se amarguen que la vida, es muy bonita, pero muy corta”.

Adiós querido amigo, gracias por buscar la dulzura en los rincones, tanto dentro como fuera de una cancha. Mil gracias amigo por tu legado, por tu amistad, mil gracias por hacer más bello el fútbol, mil gracias por embellecer nuestros días.
Ojala, querido Toro, que el Pelusa te de la bienvenida pelota al pie y que juntos puedan jugar descalzos en la inmensidad de un cielo que ya les pertenece. Ojalá amigo que Diego te reciba en la puerta del túnel, que te abarque el alma, que te de un abrazo que te estruje los huesos, y que la pelota al fin, una tarde de domingo, te bese con su boca de azúcar…
Mario Giannotti