El túnel del tiempo

El túnel del tiempo

Las campañas nacionales miran la realidad por un espejo retrovisor. El resurgimiento de la grieta y la necesidad de romper con los mismos de siempre. En nuestra ciudad asistimos a una de las campañas con menor intensidad de las que tenemos memoria.

25 de septiembre de 2023

Es lamentable, pero ingresamos al túnel del tiempo. Desgraciadamente el tono de la campaña electoral atrasa casi una década. Seguramente la decisión de mirar la realidad por un espejo retrovisor sea producto de sesudos estudios cualitativos y cuantitativos, y también de algunas mentes brillantes que creen que seguir apostando a la grieta dará frutos electorales.

 

Casi con seguridad somos muchos los que compartimos la frustración ante una nueva oportunidad perdida. La crisis en nuestro país excede los nombres propios. Observamos anonadados como recaemos en viejas antinomias ancladas en una lógica maniquea que no ha rendido frutos al menos para los ciudadanos.

 

El primer mandato de CFK acumuló el 121,9% de inflación mientras su segundo mandato tuvo una tendencia al alza y trepó al 177,2%. La gestión de Mauricio Macri alcanzó el 295,7. Se espera que la inflación en durante el gobierno de Alberto Fernández acumule cerca del 600%. Los argentinos vivimos hace 16 años asimilando (y sufriendo) el mensaje mensual que nos repiquetea que sobrevivimos a la inflación más alta desde la última crisis inflacionario del año 1991.

 

En el 2015 la pobreza era del 30,1% y la indigencia del 5,9%. En 2019 la pobreza trepó 35,5% y la indigencia se ubicó en el 8%. Algunas consultoras pronostican que Alberto Fernández entregará el poder con una pobreza en torno al 42 o 43%. Aquí la referencia es más cercana y terrible, la pobreza en plena crisis de 2001 se ubicaba en el 38,3%.

 

La tendencia es similar cuando indagamos otros indicadores ligados a la inseguridad, la salud y también a la educación. La grieta no ha logrado otra cosa que destruir nuestro tejido social, pero claramente es útil a los fines electorales.

 

La grieta es una construcción política/mediática que simplifica el discurso hasta reducirlo, producto de la repetición, a un enfrentamiento entre personas o facciones (algunas veces inventadas por la misma grieta) produciendo una polarización entre los actores involucrados. En algunos casos esos políticos y comunicadores apelan a distintos “valores” a los efectos de fidelizar a sus seguidores: la defensa de la patria, los derechos ganados, la lucha contra la corrupción, etc. La utilización de esos valores busca que las diferencias entre los sectores parezcan irreconciliables y el diálogo inadmisible.

 

Es obvio que esta construcción esconde la endeblez ideológica de las coaliciones electorales, y evita que los partidos miembros decidan profundizar disputas ideológicas en el seno de esas alianzas que supieron ser transitorias. Si fulano habla con mengano es un traidor, aunque los fulanos y los menganos suelen ser cómplices de este show mediático que les rinde a casi todos (ellos).

 

Al tiempo que simulan diferencias irreconciliables fracasan en la gestión de la cosa pública. Nuestro país es mucho más pobre, más inseguro, y presenta peores indicadores educativos que cuando se comenzó a utilizar esta herramienta discursiva. Algunos dirán con razón que el “kirchnerismo” estuvo mucho más tiempo en el poder, pero Cambiemos o Juntos por el Cambio nunca logró construir una agenda superadora ni siquiera cuando ostentó el poder. Los indicadores hablan por sí solos.

 

Es más, la grieta ha permitido que los irreconocibles se reconcilien sin admitir su “pecado” original y haciendo gala del fanatismo propio del converso. Sobran los ejemplos de ambos lados de la grieta. La particularidad radica en que los políticos pueden permitirse esos deslices ideológicos en pos de una construcción electoral, pero los votantes quedan atrapados en la dicotomía. Levante la mano el que al menos tiene algún conocido, familiar o amigo del que tomó distancia por cuestiones políticas, y si son afortunados porque lograron escapar a este delirio seguramente conozcan algunos casos de personas sin tanta suerte.

 

El sistema que construyó la grieta, que podríamos definir como la deformación populista del bipartidismo, es incapaz de generar elementos disruptivos, por eso algunos individuos se han ganado el mote de saltimbanquis (no sean tan obvios, no hablamos solo de Sergio Massa): cuando rompen con un sector casi inmediatamente son aceptados por el otro. Esto ocurre porque la construcción política gira en torno a llegar o pertenecer a cierto espacio de “poder” sin importar para qué ocupan ese espacio. Una vez que llegan lo importante es mantenerse. La constante es la falta de un objetivo transformador. Son conservadores de su posición sin siquiera saber para qué.

 

La irrupción de Javier Milei vino a romper con esa lógica. Ya no bastaría con hacer del kirchnerismo o del macrismo un culto. El “libertario” supo introducir en la agenda algunos temas, basta con recorrer cualquier café de barrio y constatar que se habla de déficit público y emisión monetaria.

 

El desgaste de la grieta sumado a las restricciones producto de la pandemia y el agravamiento de la crisis económica generó un clima de hartazgo y desilusión que se canalizó en un personaje que dice encarnar las ideas de la libertad. Milei nos trajo una nueva grieta, el surgimiento de la “casta”. Para simplificar, la casta englobaría a todo el sistema político con la salvedad de dos ex presidentes: Mauricio Macri y el fallecido Carlos Menem.

La utilización del concepto por parte de Milei es caprichosa y por momentos absurda, al igual que muchas de sus propuestas con aires disruptivos. La Real Academia Española define la casta como un “grupo que forma una clase especial y tiende a permanecer separado de los demás por su raza, religión, etc.”.

 

El conflicto filosófico que afronta Javier Milei es la metamorfosis del mediático al político. En los medios ávidos de rating y escándalo es bastante sencillo señalar con el dedo al otro, pero cuando se materializa el salto a la política sus listas están colmadas de socios vitalicios de la casta. De nuevo sobran los ejemplos, y no estamos hablando de los más obvios. Algunos los tenemos bastante cerca.

 

El capital político de Javier Milei se relaciona con el rechazo a “los mismos de siempre”. Desde ya que no estamos menospreciando a los ciudadanos que lo votaron ni mucho menos, pero es evidente que le bastó con romper o diferenciarse con el discurso agotado de la grieta, vociferar algunos disparates sobre economía y construir una nueva red comunicacional por fuera de los medios que lo llevaron a la fama para aglutinar un núcleo duro cercano al 30% de los votantes. No es sencillo ni despreciable.

 

¿Alguien sinceramente entiende cómo sería posible eliminar el Banco Central de la Nación sin que las provincias emitan inmediatamente bonos (es decir, emitir deuda) ante la crisis financiera que eso generaría?. Si es así, sinceramente lo felicitamos.

 

En los últimos días la candidata de Juntos por el Cambio no dudó en reflotar el recurso de la grieta. Las dificultades que afronta para construir y consolidar una masa crítica moderada la llevaron a pensar que es más fácil ir a fondo. Casualmente algunas causas judiciales se reabrieron y algunos medios comenzaron a jugar fuerte. Envalentonada en recobrar el centro de la escena Patricia Bullrich prometió hacer un penal que se llamaría Cristina Kirchner. Un disparate que quizás le sirva solo para contener a los propios pero que le permitió llamar la atención.

A Patricia le sienta muy cómodo hacer anti kirchnerismo, casi tanto como a Sergio la demagogia o a Javier el histrionismo, el problema es que ninguno parece estar muy preocupado en brindar soluciones reales o al menos factibles a nuestros problemas. Ninguno de los candidatos a presidente fue capaz de lograr adhesión por la positiva, seguimos motorizados por la negativa: expulsar a la casta, impedir que alguien nos quite lo ganado o erradicar al kirchnerismo. Esas son las consignas, aunque estén camufladas en el circo mediático propio de una elección de esta envergadura.

 

En nuestra ciudad los candidatos poco menos que tuvieron que rendirse o adaptarse a una elección nacionalizada. Existe un tema en el que venimos insistiendo: Montenegro, Raverta y Demaio no despiertan pasiones, solo son expresiones de laboratorios políticos montados a kilómetros de distancia.

 

Rolando Demaio parece ser una versión moderada del líder de su partido, pero a nivel local encarna la enjundia de algunos ex Juntos por el Cambio hoy enrolados en La Libertad Avanza. Es casi imposible en el medio de los golpes de timón de las campañas nacionales avizorar sus chances reales de crecimiento.

Fernanda Raverta lo escondió a Gustavo Pulti, hace campaña de la mano de Axel Kicillof y ya no evita mostrarse como parte de Unión por la Patria. Desde el deliberativo intenten confrontar con el oficialismo con más errores que aciertos. No logran imponer una agenda de cambio y parecen distraerse en anécdotas políticas.

 

Guillermo Montenegro es un caso similar al de Sergio Massa: muchos se preguntan ¿cómo una gestión mediocre obtendría el 36% de los votos? La respuesta es sencilla, los oficialismos suelen lograr resultados por encima de sus merecimientos (por ejemplo, Eduardo Angeloz y el mismísimo Mauricio Macri). El alcalde que intenta hacer campaña basando su fortaleza en la seguridad y al empleo, afronta diariamente un incremento del delito y Mar del Plata es la ciudad con mayor desocupación del país. Por ese motivo Montenegro se muestra estrictamente lo necesario. La tarea sucia de responder algún que otro embate está en manos de su entorno.

 

Quizás la columna les haya resultado muy larga, y hasta un poco tediosa, pero a veces unos minutos nos sirven para reflexionar y romper con la inercia.

 

Seguramente seamos muchos los que aún no sabemos qué haremos en el cuarto oscuro el próximo 22 de octubre, pero lo importante es que lo hagamos con el mayor grado de convencimiento posible. Para lograrlo algunas veces debemos salir del loop en el que estamos atrapados en el túnel del tiempo.

 

Hasta la próxima.

 

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