El que insiste, existe

El que insiste, existe

La Selección Argentina conquistó el anhelado Campeonato del Mundo en Qatar, allí donde Diego fue una estrella, Lio fue sol y el marplatense Dibu Martínez la mano que meció un quijotesco sueño colectivo.

19 de diciembre de 2022

Hace algunos días tuve la inmensa fortuna de rever en el escenario del Chacarerean una obra teatral que marcó a fuego mis días. La primera vez fue en Mar del Plata, una calurosa noche de diciembre de 1998, en La Subasta, una pintoresca sala ubicada en la calle Güemes, un proyecto empresarial que desafió la lógica y aventuró una exitosa temporada estival lejana a las históricas marquesinas céntricas y costeras. 

 

Una multitud descubrió por entonces un espacio único y muy acogedor para disfrutar de una variada y muy interesante cartelera de espectáculos. Sobre las tablas, una pareja de actores enamoraba función tras función a quienes colmaban la sala producto de la incesante difusión boca a boca. Mauricio Dayub y Vando Villamil protagonizaban “El Amateur”, una bellísima historia en la cual el esfuerzo personal y colectivo, la pasión, la solidaridad y los sueños, acariciaban con mano maestra el corazón de los espectadores.      

 

El Pájaro y Lopecito abrazados a una ilusión montaron una bicicleta con un obstinado objetivo, una utópica proeza para alcanzar un récord de resistencia sobre el rodado que los catapultaría a la mismísima inmortalidad. 

 

Recuerdo casi a la perfección, de memoria, un diálogo entre sus protagonistas, una reflexión que se convertiría en una especie de combustible emocional para recorrer el resto de mi vida. Aquella idea fue, es y será por siempre un aventón, una caricia, un sutil espaldarazo para afrontar decisiones trascendentales, una bandera, una espada para enfrentar gigantescos molinos de vientos, un sabroso elixir que atempera la tristeza  y vence al desgano y al escepticismo.    

 

El Pájaro, quien cada noche creía llegar al sol, desmoronó  la incipiente desilusión de su compañero y en pocas palabras robusteció un sueño que ya les era propio. “Hay que insistir, como dice el Pocho, el líder del grupo Sensación. Había compuesto 15 temas y nadie le daba pelota, pero la rompió  con La Ballena, el tema número 16. El Pocho siempre dice: mirá si yo aflojaba en el 15, mirá si yo aflojaba en el 15 dice. Y ahora no lo para nadie”. 

 

Esa metáfora simple, terrenal, humana, desprovista de toda presuntuosidad académica, me acompaña a brazo partido desde aquella calurosa noche marplatense de diciembre de 1998. La Ballena, un pegadizo tema musical compuesto especialmente por Jaime Ross para El Amateur, fue una cortina musical que sonó una y mil veces en los diferentes programas de radio que conduje, sobre todo en los albores de los fatídicos 2000. 

 El tiempo me permitió conocer a Mauricio Dayub, un artista sensible, un laburante de los escenarios, un actor que amalgama talento creativo y ternura, un obrero de las tablas que trasunta inabarcables estados de ánimo a través de sus entrañables personajes. 

 

El Amateur, su versión original, traspasó las fronteras argentinas, fue galardonada con diferentes premios y tuvo su adaptación cinematográfica en 1999 bajo la dirección de Juan Bautista Stagnaro. «La primera vez que la vi, sentí que detrás de lo que estaba viendo, de ese escenario despojado y esos dos únicos actores, había una película. Lo único que tenía que hacer era darle vida a eso que estaba latente, esperando.»

 

El reencuentro afectivo y emocional con El Amateur en el Chacarerean, en este caso acompañado por mi hijo, fue tan movilizador como la primera vez. Gustavo Luppi reemplaza magistralmente a Vando Villamil y Mauricio Dayub transpira literalmente la camiseta como cuando era aquel treintañero que nos invitaba a subirnos a su sueño.  Dayub logró que muchos entendiéramos que en ciertas ocasiones de la vida es casi imprescindible conseguir que el sueño de uno se transforme en el sueño de otro.  

 

“Es la primera vez que voy a hacer una obra que ya hice, antes no encontraba razones para eso, pero estamos tan divididos, tan desilusionados, que esta cosa de ser amateur y darlo todo sin esperar nada, de mirar al otro de verdad y subirse a su sueño, me parecía más que necesario». 

Escribo estas líneas para reivindicar la maravilla de una obra de teatro que es parte sustancial de mi historia. Escribo esta crónica mientras veo al Lio Messi levantar la Copa de Mundo en Qatar. Transcribo en tinta y papel un sentimiento que nos desborda y deduzco entre párrafo y párrafo  que Messi  es un buen ejemplo, un buen alumno del Pájaro. Messi es un deportista que jamás se dio por vencido, un futbolista que en los momentos más difíciles de su carrera vistiendo la camiseta de la Selección nunca bajó los brazos. En definitiva Lio Messi sabía que no tenía que aflojar, porque el sentía en lo mas profundo de su corazón que estaba en el tema 15 y que en el 16, en su último Mundial, iba a dar el gran batacazo y que no lo iba a parar nadie. 

 

En definitiva creo que Lio Messi se subió al sueño de un grupo de jugadores que defendieron y le pusieron el cuero al sueño de su líder y juntos lograron lo que parecía y se nos presentaba como un imposible. La leyenda dirá que un 18 de diciembre de 2022 Diego, desde su estrella recibió a Lio Messi, que el arlequín rosarino voló hasta el sol y desde allí, juntos, inmensamente felices, desde el cielo de los inmortales, nos gritaron con firmeza: “Arrimate flaco que no quema, festejen, sean felices, arrímense que no quema”… 

 

Mario Giannotti

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