Esta columna está dedicada a Jorge Jaskilioff, un auténtico animal de radio, un hombre que ama lo que hace, un trabajador de prensa que desde su apasionamiento mueve pesados molinos de viento, y en ciertas ocasiones, despierta indeseados vendavales.
“Uno queda para siempre siendo habitante de esa casa mágica que es el periodismo”
Eduardo Galeano
Comienzo a escribir esta crónica periodística sobre el Ruso Jorge Jaskilioff sustentado en una oportuna y precisa reflexión de Dante Panzeri: “Los periodistas somos fiscales, no jueces. La imparcialidad es una adicción. Un vestuario de elegancia indecente. Debemos ser parciales, especialmente a favor del bien y en contra del mal. La imparcialidad permite desapasionamiento. Y el periodismo debe tener apasionamiento”.
El protagonista de estas líneas construyó su dilatada y exitosa trayectoria periodística desde una inquebrantable pasión profesional. El Ruso es un auténtico laburante de los medios de comunicación, inquieto, innovador, un gestor de muy buenas ideas, un incansable generador de proyectos mediáticos, un preguntón que no reniega de la parcialidad.
Cierta vez el dramaturgo y diplomático francés Paul Morand escribió que “las pasiones son los viajes del corazón”, evidentemente repasar la biografía de Jorge Jaskilioff es retomar un largo camino montados a su amor incondicional por el periodismo. Un viaje del corazón, un regreso a las viejas estaciones de su vida, un retorno obligado a las huellas fundacionales que le marcaron el rumbo a seguir.
En diciembre de 1978, con 15 años de edad, Jorge se instaló en Mar del Plata con su familia. Por entonces las tapas de los diarios reflejaban los pormenores de un conflicto austral entre los gobiernos dictatoriales argentinos y chilenos por la pertenencia del Canal de Beagle. Con un pasado futbolero en las inferiores de Atlanta probó fortuna en Kimberley, pero el inefable Juan Carlos Carpeta Eito desestimó las virtudes del zurdo mediocampista capitalino proveniente del barrio de Once. Recaló en San Lorenzo y allí llegó a jugar hasta la quinta división patanegra. En su estadía santa pudo compartir algunos entrenamientos con Juan Domingo Loyola, el Pelado Daniel Díaz, Diego Montina, el Chiqui Dorado, Fermín Aquino, Jorge Fernández, Quito Galay, Rubén Lucangioli y Pancho Rago.
El 037 fue su número de la fortuna en el sorteo que realizó el Ejército Argentino para determinar el ingreso de los varones de la clase 1963 al Servicio Militar Obligatorio, soldados que en 1982 serían principales protagonistas de la Guerra de Malvinas. El destino, generoso al fin, le mostró sus mejores cartas, no solo le evitó vivenciar las desventuras de una atrocidad bélica, además le permitió descubrir las bondades de una tarea que se transformaría con los años en su gran pasión: el periodismo.
Su amigo del barrio Bernardo Tati Álvarez, hijo de Alfredo, un columnista del diario La Mañana, trabajaba en la agencia de publicidad “Ariel producciones”, propiedad del periodista Vicente Luis Ciano. En aquella oficina, charlas de por medio con Tati, Jorge descubrió, gracias al entrañable Cholo de Mar del Plata, una subrepticia vocación laboral.
Al tiempo Bernardo renunció como cadete de la agencia y él aceptó ocupar su lugar. Un generoso Cholo Ciano, a la postre, fue quien le permitió dar sus primeros pasos en la profesión, ser a partir de entonces un eterno habitante de esta casa mágica llamada periodismo.
Un inquieto e incansable Jorgito Jaskilioff, mientras trabajaba también como mensajero en el Correo, aprendió a vender y a facturar publicidad, conoció los secretos de la producción televisiva en Canal 8, bajo la tutela del Operador Técnico Mario Maniera desentrañó el fascinante y complejo encanto que genera la radio, ese lugar en el éter donde los paisajes indudablemente son siempre más bonitos.

Su debut radiofónico en 1982 bien podría formar parte de una antología literaria del recordado Roberto Fontanarrosa. El novato cronista volante del diario La Capital había ido a cubrir por pedido expreso de Luis Carlos Secuelo las instancias del partido que se disputaría en cancha de River entre los primeros equipos liguistas de Argentinos del Sud y Talleres.
Vale señalar que Jorge ya era productor y coordinador de aire del programa Ovación, tira deportiva que se emitía por LU6. Aquella jornada Eduardo Zanoli, conductor de uno de los programas de la emisora, tras la entrevista con Jorge Durietz y Miguel Cantilo, sin previo aviso lo puso al aire para que cuente las circunstancias de un amargo cero a cero entre los dos equipos del torneo local. Sin línea telefónica en cancha de los Triperos, Jorge, sin dudarlo ni un instante, cruzó la avenida y utilizó el teléfono del Restaurante “Los Camioneros”. Pidió permiso a los dueños del lugar y segundos antes de su debut en la radio, tomó un sorbo de vino tinto de una de las copas de los comensales que ocupaban una de las mesas de la tradicional casa de comidas, quienes miraban atónitos al chiquilín que hablaba de un empate con sabor a poco.
Luego Abel Guariste, sin lugar a dudas uno de los próceres del periodismo deportivo marplatense, lo sumó a su equipo de trabajo y allí Jorge junto a su hermano de la vida, Pedro Suárez, enriquecieron y potenciaron Mundo Veloz, un producto de altísima calidad periodística.
Desde entonces Jorge Jaskilioff ha edificado una brillante trayectoria en los medios de comunicación. Su apellido es una marca registrada, sinónimo indisoluble del deporte marplatense. Sus programas televisivos y radiales poseen una impronta personalísima, un sello identitario que a través de los años acompañó y acompaña las principales travesías de los deportistas de la ciudad.
Su pasional tránsito por los medios locales se asemeja a esos partidos de fútbol donde el vértigo no nos permite quitar la mirada de cuanto acontece en el campo de juego. La pelota viaja de un área hacia la otra y los protagonistas, como él, entretienen a los espectadores hasta el pitazo final. Quizás Julio Lagos le endosó esa virtuosa capacidad que le permite manejar como pocos la tan mentada magia de la radio, aquello que el Gordo Osvaldo Soriano definió como una suerte de gran ficción radiofónica no comprobable a la distancia.
Escribo esta columna carente de una cuidada y puntillosa cronología laboral del entrevistado. Apenas intento transcribir en la pantalla de mi computadora las experiencias que lo describen como un verdadero animal de radio. Un hombre que ama lo que hace, un trabajador de prensa que desde su apasionamiento mueve pesados molinos de viento, y en ciertas ocasiones, despierta indeseados vendavales.
Víctor Hugo Morales, su referente indiscutido, lo rebautizó y le endilgó un apodo que le dio mayor notoriedad, una especie de bendición cargada de afecto que le abrió un centenar de puertas que hasta entonces parecían estar cerradas. Víctor Hugo pulió sus mejores virtudes y su fama se catapultó más allá de los límites territoriales de la ciudad. El Ruso fue la voz de “Competencia” en Mar del Plata y como integrante del staff del programa de radio Continental cubrió dos Mundiales: Francia 1998 y Alemania 2006.
A la distancia revaloriza y exhibe con orgullo las transmisiones por LU6 de los triatlones realizados en la costa marplatense, una propuesta vanguardista ideada junto a Pedro Suárez y a Cacho Bernatene, una “teatral puesta en escena” que contaba con la participación de Julio Melgarejo, para Jorge el mejor movilero de la radiofonía local, Alejandro Tomé, el Profesor Fernando Rodríguez Facal y el ingeniero Eduardo Primo.

En la actualidad los viejos y muy fieles oyentes de “Sin Vueltas” juran que todavía ven cruzar las calles rumbo a los distintos escenarios deportivos de la ciudad al emblemático Renault 12, modelo 1973 color azul, una especie de estudio rodante con antena que durante muchos años fue el parlante informativo de la ciudad, el prefacio, el prólogo de la Voz del Estadio, su actual programa, emisión ganadora de dos premios Martin Fierro del interior.
En 1993 Pedro Suarez, cuando no, lo acompañó y fue parte fundamental de una experiencia hasta entonces única en Mar del Plata: la creación de una radio dedicada exclusivamente al deporte. FM SPORT fue parte de una vastísima grilla radiofónica hasta que promediando 1994 los alcahuetes del poder de turno, de manera arbitraria e ilegal, CNT de por medio, requisaron los equipos y la quitaron del dial. Radio Residencias, gracias a la desinteresada intervención de su Director Gerardo Feuer, los cobijó sin cobrarles un solo centavo, les permitió reconstruirse económica y emocionalmente, un gesto que Jorge todavía valora con mucho cariño.
Rescato una anécdota que lo pinta de cuerpo entero, una aventura radiofónica que ni el querido Turco Osvaldo Wehbe o el mismísimo Alejandro Dolina se hubieran permitido imaginar, un cacho de radio digna de la impronta fantasista de Orson Welles.
Fecha del fútbol local de Primera B, cancha de Once Unidos, la garganta prodigiosa de un prometedor Walter Saavedra narra por LU6 las alternativas de un pleito bien futbolero. En campo de juego un joven corre a la par de los futbolistas buscando un testimonio esclarecer, único.
Ataca Aldosivi, en tanto su portero, la Fiera Eduardo Ucha, ordena a sus defensores, los adelanta algunos metros, los posiciona para contrarrestar un posible contragolpe rival. El periodista pegado al alambre olímpico camina y sigiloso se ubica al lado de arco del guardameta verdeamaelo. Hay un tiro libre para los del puerto. Ucha mira y espera la resolución de la jugada. En la radio el cronista pide aire y el relator escucha como su compañero entrevista en pleno desarrollo del partido a uno de los jugadores.
– ¿Ucha, cómo ves el partido?
– Bien, venimos dominando, estamos, bien.
– ¿Están para golear?
– Si…pero pará, te dejo porque que ahí viene un ataque.
Vuela el uno y déjelo volar. Pelota al tiro de esquina y catarata de insultos para el osado entrevistador micrófono en mano.
Quienes se creen pertenecer a una casta periodística superior, conspicuos personajes del establishment mediático, jamás le perdonaron su independencia laboral. Para muchos de ellos autofinanciarse, autogestionarse o vender comercialmente un producto es periodismo sucio y en consecuencia nunca valoraron en su real dimensión su tarea, ni sus logros ni su trayectoria.
Parlanchín, deslenguado, verborrágico, pasional, obsesivo, productor insaciable, reflexivo, impaciente, sencillo, sensiblero, periodista las veinticuatro horas del día. El 18 de febrero de 2014 su mundo mágico de la radio pareció derrumbarse y por primera vez el silencio pudo más que las palabras.
En la charla pasa otra vez por el corazón y sus ojos se llenan de lágrimas. Presiento que la emoción lo traiciona, que el recuerdo le apretuja con furia la garganta y cientos de imágenes reaparecen en lo más profundo de su corazón. Una presunta afonía después de relatar un partido de Kimberley por Copa Argentina desembocó en la extirpación de un pólipo cancerígeno.
El otorrinolaringólogo Alejandro Asensio llevó adelante una exitosa intervención quirúrgica y pudo quitar la totalidad del tumor maligno. La cicatrización duró casi seis meses, una eternidad, un millón de años. Marcela Lasala, talentosa locutora y experta fonoaudióloga, fue clave en la etapa pre y post operatoria. Por su parte Sonia, su esposa, su compañera de vida, la mujer de quien se enamoró perdidamente en 1981 en el colegio secundario, su confidente incondicional, fue la paciente artesana que le pegó los pedazos cuando se hizo añicos contra una realidad inesperada, exasperante.

La angustia y el temor a no poder recuperar su voz lo atravesó emocionalmente, pero nunca bajó los brazos. Hizo terapia, reiki, yoga, fue al gimnasio, bajó “un cambio”. Aprendió a los golpes que nada es para siempre, se aferró a sus afectos más cercanos hasta que un día, el menos pensado, las primeras vibraciones de sus cuerdas vocales le dibujaron una gigantesca sonrisa en el alma.
Desando los últimos párrafos de esta crónica periodística deseoso que la misma haya logrado desentrañar la pasión profesional de un trabajador de prensa que nunca fue imparcial, un periodista especializado en deportes que ha hecho del apasionamiento una bandera.
Escribo estas líneas para ratificar en tinta y papel el viejo pregón de Paul Morand: “las pasiones son los viajes del corazón”. Por tanto, trepado al emblemático Renault 12, modelo 1973 color azul, viajo en el tiempo y regreso a la Avenida Juan B. Justo, me detengo en el Restaurante “Los Camioneros”. Hay una pareja de comensales que atónitos miran a un chiquilín describir por radio un penoso cero a cero entre Argentinos del Sud y Talleres.
Sobre la mesa hay dos copas de vino tinto. El periodista me mira a los ojos, cuelga el teléfono y dobla por la mitad la hoja en la cual anotó las formaciones de los equipos. Increíblemente, tal vez por la tan mentada magia de la radio, treinta y nueve años después, brindamos en el mismo lugar.
Él, por el camino recorrido, por los logros alcanzados, por su hermosa familia, especialmente por sus hijos. Jonatan: inminente ingeniero en Sistemas egresado de la Universidad Nacional de Tandil; y Shalom: Licenciada en Comunicación formada en la Universidad Nacional de La Plata.
Yo, en tanto, levanto mi copa y le agradezco su enorme generosidad, su confianza y su insistencia años atrás para convencerme que debía volver a ejercitar esta profesión periodística, también para mí una pasión irrefrenable.
¡Salud estimado Ruso! Tu esencia, tu pasión, está intacta…
Mario Giannotti