Esta es la maravillosa historia de un instintivo hombre con olfato de gol, un inefable cazador de pelotas pérdidas en el área, rebotes, distracciones de presas débiles o marcadores de punta en una pierna. Un abogado, un magnánimo defensor de los derechos humanos. Un Juez con vestuario, con olor a aceite verde, con potrero, con calle.
“Le canto al gol. Al gol tejido, urdido, reventado como un amanecer contra la tarde. Al gol escamoteo, malabar, golpe de ola, rio de mariposas que nos bañó de trébol”.
Héctor Negro
Para entender la génesis de un goleador releo al admirable colega Juan Sasturain: “Los instintivos hombres con olfato de gol, los carniceros cazadores de pelotas perdidas en el área, rebotes, distracciones de presas débiles o marcadores de punta en una pierna, son cada vez menos y más buscados. En un país sin líderes para compartir a los gritos, tener alguien que sepa llegar al gol y lo demuestre semanalmente es un bien infinito. Es la imagen viva de la esperanza, la posibilidad de ganar algunas vez y- qué quiere que le diga- uno siente que aunque siempre estemos sobre la hora y vivamos tiempo de descuento, no todo está perdido”.
Roberto Atilio Falcone, protagonista de lujo de esta crónica periodística, fue uno de más temidos romperedes del fútbol marplatense. Fue uno de estos instintivos especímenes que en una cancha hacen lo que hay que hacer, siempre en el momento justo. Quijotescos hombres de área ajenos al sutil romanticismo de los iluminados mediocampistas que inventan un sinfín de genialidades pelota al pie, distantes a las carreras endiabladas de los wines de medias caídas y camiseta fuera del pantalón, oportunistas criaturas domingueras que hacen del gol y sus circunstancias su razón de ser en el planeta fútbol.
Su figura, años después, trascendió las fronteras de un campo de juego y como Abogado se convirtió en uno de los principales referentes del Derecho Procesal Penal del país. En la actualidad es Juez del Tribunal Oral Penal Criminal Federal de Mar del Plata, Profesor titular de Derecho Procesal Penal de la Facultad de Derecho dependiente de la Universidad Nacional de Mar del Plata, conferencista nacional e internacional sobre la materia y autor y coautor de numerosos textos vinculados al Derecho Procesal Penal y al Derecho Penal sobre los estupefacientes.
Roberto Falcone es también uno de los pioneros, uno de los bastiones de los Juicios por la Verdad, uno de los admirables íconos de los Organismos de Derechos Humanos de la ciudad, uno de los jueces que llevaron adelante la responsabilidad de saber que había ocurrido con quienes fueron desaparecidos y asesinados durante la Dictadura que padeció la Argentina entre 1976 y 1983.
Tal vez, aquellos memorables picaditos de la infancia, que jugaba con los pibes del barrio en la canchita de la calle Alberti entre Italia y Neuquén, forjaron su espíritu solidario, su compromiso con las causas populares, su pasión por las cosas que amaba, su vocación goleadora.
Los sábados por la mañana, en el patio del Colegio Don Bosco, pulió los primeros secretos de un arte futbolero que lo emparentaba a la virtuosa intuición de Luis Artime, su ídolo, su modelo. Aprendió que el nueve debía ubicarse en el lugar opuesto de la jugada, que siempre hay que ir al error, pensar que el defensor puede equivocarse.

Quizás en las páginas de la revista El Gráfico encontró uno de las principales virtudes de su héroe futbolístico. “Hay que tener decisión y fe en el área. Y patear. Yo metí goles con la rodilla, o empujando la pelota con la tibia o tirándome al piso para darle con los tapones o desviando un centro con el muslo. Todos valen uno. He visto perder muchos goles por algún lujo innecesario”. Roberto nació en Mar de Plata el 16 de septiembre de 1954. Las veredas de la calle Gascón y Misiones configuraron un escenario fundacional en el que perfeccionó su olfato de gol. Un día los muchachos más grandes de la barra lo invitaron a jugar un torneo vistiendo los colores de Al Ver Verás. Allí, en el Duende lo bautizaron el Lobo.
“Todo por una casualidad. El club no tenía menores de 13 años y el entrenador, Piñeiro, les pidió a los chicos más grandes que consiguieran jugadores. Yo fui y llevé seis o siete compañeros de mi grado, de la Escuela Nº 16. Con Norberto García nos quedamos después de finalizado el campeonato. Hice inferiores y en 1970, con 15 años, debuté en primera. Fue en la C, perdimos 4 a 1 con Mitre, el árbitro era José Bujedo. Me acuerdo que nos dieron un baile bárbaro”.
En la intimidad del vestuario, en el calentamiento precompetitivo, un compañero que jugaba en la zaga leyó la formación titular y cuando pronunció el apellido del delantero centro dijo: “Con la nueve Roberto Falcone, el Lobo Falcone. El Lobo, como el misionero Fischer”.
El hincha de Boca que admiraba a Luisito Artime, el joven artillero que portaba el apodo del mítico goleador de los Matadores de San Lorenzo de Almagro, el nueve de área, a puro anticipo, vencía a los guardametas que se interponían en su camino y poco a poco comenzaba a ganarse el respeto de propios y extraños.
En 1974 fichó como refuerzo de San Isidro. En el Celeste compartió equipo con Daniel Dargam, con el Pelado Miguel Gáspari, con el Zurdo Cabral y con el Cuqui Abel Cardozo, un veterano delantero que le enseñaba el oficio a los juveniles.
“En San Isidro estuve dos años. Conocí muy buena gente, muy cariñosa. Jugábamos en la B y tuve la fortuna de tener como entrenador a Walter Della Torre a quien yo quería mucho porque era una bellísima persona. Él fue el nexo para que pasara en el 77´a Atlético Mar del Plata en la A”.
En el Decano no pudo rendir lo que muchos esperaban. La carrera de abogacía ya ocupaba gran parte de su tiempo y no podía dedicarle las horas necesarias al fútbol. Estudiaba Derecho en la Ex Universidad Católica hasta que en 1976, por intermedio de la Resolución Ministerial Nº 150, la dictadura militar creó la Facultad dependiente de la Universidad de Mar del Plata, nacionalizada un año antes.
El Botellón Roberto Parodi, su director técnico en el Atlético lo convenció para que desembarcara en Once Unidos. En el Verdiblanco se reencontró con su mejor versión goleadora, desempeño que le abrió las puertas para sumarse al legendario Mitre de Román Nil Benítez.
“Fueron tres años extraordinarios. Quiero mucho a Once Unidos, viví una experiencia inolvidable. Me acuerdo del Tano Omar Aronne, de Héctor Arado, de Héctor Francescone, de Cabral, de Mario Maiorana. En 1979 anduve tan bien que me compró Mitre”.
El Lobo Roberto Atilio Falcone, hombre gol del campeonato liguista en los años 70´, se recibió de abogado a los 22 años edad. Sus pasiones terrenales convivían, aunque el estudio fue ganándole la partida al futbolista. El Derecho Penal absorbía su tiempo, ocupaba su cabeza y no le permitía liberar su mente. En el Patricio se destacó por su capacidad goleadora y por su envidiable condición física, atributo personal que le permitió no desentonar en un equipo pletórico de buen juego y dueño de una arrebatadora capacidad ofensiva.
“El Mitre del 80´ fue el mejor plantel que integré. Lamentablemente no pude darle todo lo que hubiera deseado. Entrenaba pero ya estaba trabajando de abogado y llevaba adelante casos muy importantes. Los jugadores que tenía a mí alrededor no solo me abastecían, me enriquecían, me enseñaban. Ahí todos jugaban bien: Raúl Starópoli, Hugo Carli, el Pipa Seres, el Topo Olivetti, el Negro Baigorria, Cardozo, el Upa Gómez, Diego Salvini, Horacio Espatolero, todos…Además teníamos a Nil Benítez de entrenador, un abanderado de la tenencia de la pelota. – Si tenemos la pelota no hay problemas, porque no la tiene el rival, – decía.

Me confiesa que siempre se pensó un futbolista del certamen local, que nunca se soñó un profesional, que jugaba para divertirse, que amaba entrar a una cancha y hacer goles. Su compromiso intelectual y afectivo con el Derecho lo obligó a desestimar una propuesta de Alvarado, una convocatoria de Carlos Miori y una invitación del recordado Gato Mignini en 1981 para incorporarse al plantel de Kimberley que disputaría una nueva edición del telúrico Nacional.
En 1984, con 29 años recién cumplidos, le comunicó al tandilense Arturo Petrillo, DT de Mitre, que había tomado la difícil decisión de retirarse. En realidad, vale destacarlo, su último partido fue vistiendo la camiseta de Huracán, equipo donde jugó un solo cotejo y lo hizo por pedido expreso de su amigo Alberto Pacheco.
“El fútbol me dejó muchos amigos, los más cercanos, los más íntimos son Mario Benavidez y Horacio Espatolero. Con la gente de Mitre nos seguimos reuniendo. Además tengo una excelente relación con el Toro Daniel Abelén, con Cachito Martínez, con Carlitos Miori. Cuando yo jugaba había una gran camaradería entre los futbolistas. Y por supuesto tengo un gran aprecio por Cacho Eresuma, era un genio, era el número uno, como goleador era palabra mayor. Para mi uno de los mejores de la historia del fútbol argentino, a la altura del Puma Morete. Si no se hubiera vuelto de Chacarita, en Buenos Aires podría haber sido el nueve de Boca, de River, de Independiente, de Racing, de San Lorenzo, de cualquier equipo”.
La pluma del inigualable Osvaldo Soriano escribió cierta vez que “la memoria, al elegir lo que conserva y lo que desecha, no sabe de casualidades”. Por tanto, un puñado de buenos recuerdos afloran desde lo más profundo de su ser para reescribir un tiempo de gloria, para volver a gritar goles inolvidables, para preguntarse una y otra vez por qué aquella vez no la tiró por arriba de la cabeza del arquero.
En enero de 1982, en Villa Marista, con un Mitre reforzado disputó un partido amistoso contra la Selección Argentina que dirigía el Flaco Cesar Luis Menotti. “Perdimos 1 a 0 con un gol de Ramón Díaz, que creo estaba en posición adelantada. Me acuerdo que el Bocha Cardozo le metió, en la misma jugada, dos sombreritos a Gallego. El Tolo se enojó y le tiró una trompada bárbara. A mí me marcó Passarella, era pura velocidad. Jugó Maradona, que al final se sacó una foto con todos nosotros. Yo lo amo a Diego, pero hay mucha gente que no lo entiende”.
Después de su retiro, el Lobo integró durante cinco años el equipo que comandaba dentro y fuera del campo el Colorado Eresuma, un auténtico dream team que daba catedra en la gramilla de Parque Camet. Allí pudo tirar paredes con notables futbolistas marplatenses, algunos de ellos protagonistas esenciales, necesarios, fundamentales, de los mejores cuadros de la ciudad. San Lorenzo 1973, Aldosivi 1974 y Kimberley 1970 conforman su podio personal, ocupan un lugar de privilegio en su predilección como simpatizante.
Su vínculo con el deporte que ama permanece intacto, reverdece como asiduo habitante de las gradas del José María Minella. “En 1985 empecé a seguir a Aldosivi, me hice hincha y voy a verlo todas las veces que puedo. Me gusta como club, soy amigo del Presidente, me encanta la gente del puerto. Cuando pierde sufro como loco, pero cuando les ganamos a los grandes disfruto un montón. Aldosivi es el equipo de Mar del Plata”.
En el marco de una enriquecedora charla futbolera, le pido a Pablo Falcone, respetado colega – Jefe de Redacción del diario La Capital-, que redacte desde el afecto algunas líneas que grafiquen en tinta y papel la personalidad, la conducta profesional, el cariz humano de su tío, de su padrino.

“De chico me divertía escuchar las historias de los partidos barriales que jugaban con mi papá. Mi viejo era un defensor rústico que no desentonaba en un equipo donde sobraban las limitaciones. Con esas características la estrategia era sencilla: todos atrás y el Lobo solo arriba. Le tiraban los pelotazos y él se las arreglaba para gambetear a los defensores y hacer los goles. Según cuentan ganaban bastantes partidos. En su etapa de futbolista en la Liga Marplatense no llegué a verlo, pero escuché historias que lo definían como un nueve clásico: era potente y goleador. En cambio pude seguir más de cerca su carrera profesional. Siento un enorme orgullo de que haya sido uno de los responsables de reconstruir la memoria de la ciudad con el impulso de los Juicios por la Verdad. En esa época, donde aún permanecían vigentes las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, había que tener mucho coraje, compromiso y humanidad para escuchar el reclamo de víctimas y familiares. El trabajo del Tribunal que integró fue clave para las condenas por delitos de Lesa Humanidad que llegaron años después”.
En el epilogo de la entrevista hablamos de la Selección Argentina que ganó el campeonato Mundial en 1978. Escucho con avidez su reflexión sobre un plantel y un cuerpo técnico que aún carga sobre sus hombros la tragedia de un título obtenido en plena Dictadura. Desgrabo con puntillosa atención una observación que trasciende los meros designios de una pelota de cuero.
“Menotti era el mejor entrenador del momento, hizo además un trabajo notable en un torneo que algunos quieren ensuciar argumentando que estaba arreglado. Yo recuerdo que si el tiro en el palo de Oblitas contra Perú era gol, nosotros no clasificábamos. A otro equipo el empate de Nanninga en la final lo hubiera desmoralizado. Por eso creo que el fútbol y la entrega de los jugadores son indiscutibles. Lo que pasó en los sótanos y lo que ocurrió con el terrorismo de Estado no hay que mezclarlo. Por supuesto que la Junta Militar utilizó el Mundial para difundir su tarea, para decir que éramos un país sin inconvenientes donde se respetaban las libertades, y que éramos derechos y humanos. Recuerdo que muchos periodistas afines al postulado del gobierno dictatorial colaboraron para difundir esa imagen. El pueblo fue víctima también de un engaño comunicacional. El Mundial se ganó legítimamente, pero no hay que trasladar ni un miligramo de ese éxito a la Junta Militar”.
Sobre el cierre de la charla le pregunto su opinión, como Juez Federal, en referencia a los argentinos que en la actualidad manifiestan su apoyo a la Dictadura y reivindican el accionar de los genocidas en nuestro país.
“Quizás falte difundir un poco más todavía lo que aconteció en el Terrorismo de Estado. Yo a todos los que piensan eso los pondría como público en los juicios que se están realizando por delitos de Lesa Humanidad. Y entonces cuando escuchen como se secuestraba a las madres, como dejaban solas a las nenas, o las entregaban a las vecinas, como se llevaban a las chicas secuestradas y las ponían contra la pared para ver cuál era la más linda y violarla primero y matarlas después haciéndolas desaparecer. Cuando escuchen como las hacían parir para luego apropiarse de sus bebés y matarlas, cuando escuchen todo eso habría que ver si se mantienen en sus dichos. En realidad cuando uno escucha todo lo que padecieron las víctimas, todo lo que ocurrió en el Terrorismo de Estado, todo lo que sufrieron los niños, después de escuchar tanto dolor, reivindicar la Dictadura debería ser un delito. La libertad de expresión está interpretada de una manera donde se cree que se puede decir cualquier cosa. Y no se puede decir cualquier cosa. No se puede reivindicar a los campos de concentración, ni la Dictadura, ni la apropiación de bebés, ni la desaparición forzosa de personas. Esto debería ser sancionado, no se pude construir una democracia fuerte cuando hay una tendencia de extrema derecha en el mundo que reincide con ánimo de provocar, como un insulto a las víctimas”.
Esta es la maravillosa historia de un instintivo hombre con olfato de gol, un inefable cazador de pelotas pérdidas en el área, rebotes, distracciones de presas débiles o marcadores de punta en una pierna. Un goleador de raza que se lamenta no haber podido jugar con Juan Domingo Loyola y con el Rulo Santecchia. Un clon marplatense de Luisito Artime que hacia lo que tenía que hacer, un nueve que si podía goleaba de sol el arco iris. Un Abogado, un magnánimo defensor de los derechos humanos. Un Juez con vestuario, con olor a aceite verde, con potrero, con calle. Un hombre que dentro o fuera de la cancha, en el área rival o en los estrados, es la viva imagen de la esperanza, la ilusión de ganar alguna vez, de soñar que no todo está perdido, aunque estemos sobre la hora y vivamos tiempo de descuento.
Mario Giannotti
-Fotos: Archivo del Diario La Capital y archivo personal de Hugo Carli