El Floro Ferreira y Zatopeck

El Floro Ferreira y Zatopeck

Este cuento lo escribí pensando en todos los futbolistas, amateurs y profesionales, hombres y mujeres que aprendieron a tirar sus primeras paredes junto a un compañero fiel, tan fiel como torpe, tan torpe como un perro fiel improvisando gambetas endiabladas o rompiendo redes con su inagotable olfato de gol.

5 de agosto de 2021

“Feliz es ese perro que cruza la calle. Se oyen incluso las pisadas acolchadas de sus patas sobre el empedrado, tal es el silencio de la siesta. No sabe nada del fútbol, no sabe nada del clásico, no le importa un sorete el resultado” 

Roberto Fontanarrosa

 

Los ácidos habitantes de los viejos tablones de madera, al paso de los años, aún hostigan con sus cánticos hirientes a los desafortunados jugadores que carecen de talento. ¡Fuera de ahí perro! ¡Che 5 sos un perro, pedí el cambio! ¡Imposible ascender con estos perros! Crueles y desafiantes epítetos tribuneros lapidan las ilusiones de los pata de palo.

 

Es que en el fútbol perro es un adjetivo calificativo que recae siempre sobre los más torpes. En ciertas ocasiones, cuestionamientos aparte, algunos pícaros entrenadores meten en el verde césped un perro con collar y todo cuando el rival domina el pleito y es menester enfriar el cotejo con las travesuras de la mascota del utilero.

 

La historia futbolera atesora innumerables aventuras de sabuesos fieles que acompañaron, tanto en las buenas como en las malas, a sus queridos colores. Los simpatizantes de Atlanta narran hasta el cansancio  las vivencias de Napoleón, un cuzquito azabache, vagamente salchicha, que llegó accidentalmente a las manos de Francisco Belón, socio número 84, fanático del club auriazul. Paradójicamente, Napoleón, fue un regalo de Camilo Di Bella, vecino y archirrival, nada menos que el portero de la cancha de Chacarita, que encontró al animal en las instalaciones del club y, por temor a encariñarse, prefirió ofrecerlo entre los vecinos.

 

Cuentan quienes conocieron su historia, que un paisano del barrio, taxidermista aficionado, fue convocado de urgencia cuando el perrito murió.  “El científico hizo un buen trabajo. Al cabo de unas semanas, Napoleón, ya sin su alma, luciendo un coqueto correaje de cuero, coronado con un escudo de pañolenci de Atlanta y con su patita apoyada en la pelota, era en una vitrina la principal atracción de la sede del club. Y lo fue por muchos años, varias generaciones de purretes formaron sus conciencias bohemias de la mano de la leyenda del perro Napoleón, la mascota cabulera de Atlanta”.

 

Una lluviosa tarde de agosto, un parroquiano acodado en la barra de un bar apestoso y mal oliente me contó una fábula que muchos creen fue pura realidad. Un cuento que ni el mismísimo Roberto Fontanarrosa se hubiera atrevido a narrar. Parapetado detrás del teclado de mi vieja computadora, afrontando las burlas de los futuros lectores, desando párrafo a párrafo lo que aquel hombre me confió:

 

Las estadísticas y las plumas de los mejores diarieros resaltaban que aquel 1953 fue un año cargado de frustraciones y derrotas para Porteño, un gol sobre la hora del Tano Mendieta frente a Racing, le permitió escapar de las huestes del descenso y reacomodar su orgullo de equipo grande devenido a menos.

 

Por entonces, Bragado, un pueblo aficionado a las carreras de bicicletas, miraba con particular indiferencia los cotejos de balompié. Cada certamen transcurría sin mayores expectativas y sin ninguna señal que pronosticara la llegada de un crack con la globa en pleno corazón de la fértil pampa argentina. En 1954, solo un año después, hizo su meteórica aparición en los potreros el Floro Ferreira, un centrofoward con el talento del Botija Walter Gómez y el olfato goleador del paraguayo Arsenio Erico.

 

El Floro era un peón de estancia que gustaba del fútbol, la tabas y las mujeres pechugonas. Siempre fue un caballero dentro y fuera del club. Cuando pisaba la puerta del área rival se anunciaba al grito de ¡buenas y santas! Tenía fama de austero, bah de amarrete, evitaba pagar copas en el boliche del Negro Presentado y por cuestiones filosóficas, jamás tiraba un córner o un tiro libre.

Eugenio Villalobos, presidente del Sportivo Porteño, descubrió al excéntrico número 9 en un baldío cercano al almacén de Ramos Generales del Rusito Radchenco. El “Licenciado Eugenio”, así se hacía llamar Villalobos, tentó al muchacho con una espectacular suma de dinero. El Floro aceptó pero impuso una condición excluyente: su perro tenía que formar parte del equipo titular del Sportivo.

 

Zatopeck, fiel Pastor Alemán, jugaba de wing izquierdo y era el verdadero hacedor del noventa por ciento de sus goles. Por lo tanto había que extenderle un vínculo contractual al can. Tras arduas jornadas de debate  y controvertidas discusiones reglamentarias, la Liga Bragadense en conjunto con los delegados de la Asociación del Fútbol Argentino, aprobaron por unanimidad la inclusión de un animal en la plantilla de un equipo de primera división. Eso sí, hubo una resolución que atemperó la ira inicial de los cancheros. El inciso 765 del apartado 98 exigía que Ferreira debiera llevar una bolsita en el bolsillo trasero de su pantaloncito corto y recoger sin chistar las deposiciones que su socio de ataque dejara caer sobre la gramilla.

 

Las hazañas goleadoras del Floro y su mascota Zatopeck recorrieron las páginas de los medios más importantes del planeta. Millones de visitantes llegaron a Bragado para ver en acción al wing izquierdo de Sportivo Porteño. “Zatopeck le pegaba con las cuatro, era rápido, hábil, pícaro, provocador, astuto, un delantero de bigote como el Ratón Ayala, el Pulpo Leopoldo Jacinto Luque, el Lobo Falcone  y Carlitos Ereros.  Además, su olfato en el arco rival le permitía elegir el momento exacto para enviar el centro de la muerte, asistencia que era aprovechada magistralmente por su dueño”,- escribió un joven Doctor Romero en la contratapa de la mítica revista Sólo Fútbol.

 

El Sportivo ganó de punta a punta el torneo. La delantera que integraban el Tano Mendieta, el Floro Ferreira y Zatopeck marcó 76 goles, un récord inigualado en la historia del fútbol chacarero. La gente colmaba los estadios y gastaba sus gargantas ovacionando a la dupla de oro. Hasta que ocurrió aquello en Pergamino…

 

El 19 de octubre Porteño jugaba frente a Douglas Haig su pasaporte a la Copa Libertadores de América. El cotejo era chivo y la barra brava local hostigaba a Zatopeck.

 

¡Perro botón, devolvele el cachete al Mono Navarro Montoya!

¡A la cucha animal ¡ ¡Gato! Los más exaltados arrojaban huesos, garrapatas y pulgas al campo para provocar la ira del perro jugador.

 

El partido estaba 0 a 0, con el empate el conjunto visitante conquistaba la clasificación. Pero ocurrió aquello… El juvenil David Regina, un prometedor marcapunta forjado técnicamente en Lobos, en EFIL, cansado del sarcasmo y las fintas maradonianas de Zatopeck, esperó el amague del Pastor Alemán, dejó que se adelantara sobre la línea de cal y cuando encontró el momento preciso se arrojó con furia con los dos pies en plancha sobre su rival.  Zatopeck rodó hasta el banco de los suplentes del Rojinegro y explotó en un desgarrador llanto perruno. El pichicho había sufrido doble fractura expuesta de una de sus patitas traseras.

 

El Floro Ferreira víctima de un ataque de histeria dejó la cancha custodiado por efectivos de Gendarmería Nacional. Regina, por su parte,  expulsado por el polémico árbitro otamendino Daniel Zaballa, se trenzó, en la boca del túnel, en feroz pelea con un puñado de mujeres que integraban la reconocida ONG “Ladrá si sos hombre”, una novata organización dedicada a la protección de animales, a la filatelia y a la restauración de las cartas Tope y Quartet.

 

Finalmente el match terminó 1 a 0 en favor del representativo pergaminense, Feliciano Gambarte con un remate rasante y esquinado  anotó a los 44 minutos del complemento. Meses después del incidente la dupla de oro anunció su retiro oficial del fútbol profesional. El Floro se radicó en Rio Negro y todavía trabaja como lavacopas del Bar Amoroso Hermanos, mientras los sábados por la tarde relata por radio la campaña del Club Buena Parada de Rio Colorado. Zatopeck, muy lejos de allí, duerme plácidamente sus siestas pueblerinas en la plaza principal de Bragado, y sólo pierde el sueño cuando algún patadura lo despierta de un pelotazo, pelotazo que indefectiblemente le recuerda su increíble pasado de gloria.

 

Mario Giannotti

 

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