El Doctor Ernesto Castillo, el wing justicialista que curaba el alma

El Doctor Ernesto Castillo, el wing justicialista que curaba el alma

Esta columna está dedicada a la memoria del pediatra Ernesto Castillo, el Chueco, Buby, un militante justicialista que amaba a Eva Perón, un excelso futbolista, un médico que fue pura lealtad con las causas populares. Un wing izquierdo que curaba el alma.

17 de octubre de 2020

“El fútbol es para mí un esfuerzo colectivo para lograr el triunfo. Es arte y deporte socialista. Es la humanidad en el pequeñísimo cosmos de un cuadrilátero verde”.

Osvaldo Bayer

 

Sin lugar a dudas el fútbol es un puente que comunica y acerca las pasiones de aquellos seres que Eduardo Galeano solía llamar sentipensantes. Individuos capaces de pensar sintiendo y sentir pensando, personas que no divorcian jamás la cabeza del cuerpo ni la emoción de la razón.

 

La pelota gira indómita sobre la faz de la tierra mientras millones corremos detrás de su encanto, deseosos al fin de poder ser parte de aquello que Osvaldo Bayer definió como un “magnífico cuento de magos, clowns, volatineros, malabaristas y titiriteros de gran proscenio. Un encuentro humano con alegrías y lágrimas, con ruidos y espantos”.

 

Las historias futboleras, siempre o casi siempre, propician momentos impensados y en consecuencia nos permiten en algún instante de nuestra existencia compartir el escenario de nuestras vidas con ciertos personajes que creíamos lejanos, distantes, olvidados. Alguien, como un hábil delantero de los años setenta, quiebra la cintura, rompe con su gambeta la gris monotonía de un tarde gris y en su alocada carrera sobre la cornisa de la cancha despierta pasiones adormecidas, reinventa sueños, enciende la ilusión.

 

Redacto estas líneas, estas columnas, como quien dibuja una finta maradoniana en los últimos minutos de un partido definitorio, garabateo algunas ideas y espero sigiloso el segundo preciso para meter una bola bochinesca entre dos zagueros torpes que han perdido las marcas. Estas crónicas solo tendrán sentido si algunos de los lectores pueden apoderarse de las mismas y revivir experiencias cercanas que les son propias, que les pertenecen. En definitiva cada frase, cada palabra es una pequeña estocada para que alguien pueda volver a llenarse la boca de gol o en su defecto es una buena excusa para que se permita rehacer goles que nunca hizo.

 

Pegado a la banda zurda redescubro la figura del Doctor Ernesto Castillo, un pediatra justicialista que admiraba a Ramón Carrillo, neurocirujano, neurólogo y sanitarista que en la primera presidencia de Juan Domingo Perón se convirtió en Secretario de Salud Pública y luego, con la reforma Constitucional de 1949, fue designado Ministro de la Nación. Un médico que siempre supo que no puede haber política sanitaria sin política social. Un facultativo que le transmitió su pasión profesional y que a través de su ejemplo le inculcó que todo ser humano tiene igual derecho  a la vida y a la salud.

A Castillo lo conocí en los albores del año 2000. Él era Jefe Médico del Instituto Nacional de Rehabilitación Psicofísica del Sur y yo apenas un novato cronista callejero de una radio de la ciudad. Recuerdo su defensa y su compromiso con la luchas de los trabajadores de INAREPS. A pesar de su cargo jerárquico era uno más cortando la ruta 88 para exigir mejoras salariales y mayor presupuesto para el área sanitaria. Atesoro también en mi memoria su enojo con las políticas económicas neoliberales de los fatídicos años 90´ y su amor incondicional por el fútbol. 

 

Carismático, nada protocolar, pasional, verborrágico, simpático, atento. Disfrutaba contar historias en las cuales siempre podía dejar alguna enseñanza. Decía que Adolfo Pedernera  fue el mejor de todos y que él en la primera de Estudiantes de la Plata no tuvo lugar porque en su puesto, wing izquierdo, jugaba el Payo Manuel Pelegrina, goleador histórico del Pincharratas, una leyenda que jugó dieciocho temporadas en el equipo platense.

 

Ernesto nació el 18 de diciembre de 1931 en Huanguelén, en la Estación “La Nevada”, Partido de Coronel Suárez. Su padre Manuel era maestro, Director de escuela de campaña, era peronista. Amaba la lectura y era muy culto. En la biblioteca de la escuelita de su papá, Alejandro Dumas, Julio Verne y  Emilio Salgari, entre otros, despertaron su amor por la literatura.

 

A los 12 años de edad se fue a vivir solo a una pensión en La Plata, quería estudiar medicina.  Allí convivió con changarines, con  trabajadores pobres que eran explotados por sus patrones, gente humilde, gente buena que se deslomaba jornada tras jornada  para ganarse esos pocos pesos que le permitían mantener en pie los sueños de un tiempo próspero y la anhelada concreción de una ascendencia social que parecía por entonces, 1943, inalcanzable. En las paredes de aquella casa de pensión, ese pibito que quería ser Doctor y jugar al fútbol profesional como el Atómico Mario Boye, entendió la génesis del peronsimo.

 

Aprobó su ingreso al Colegio Nacional con una nota sobresaliente y dos años después probó suerte en las  divisiones menores de Estudiantes. Era zurdo, muy veloz y le pegaba muy fuerte a la pelota. Sus profesores de Educación Física, los hermanos Kistenmacher, veían en él a un auténtico atleta en ciernes, eximio velocista y muy bueno en el salto en largo.

 

En el pequeñísimo cosmos del cuadrilátero verde conoció a Manuel Pelegrina, a Fortunato Desagastizábal, al Beto Infante, a Gabriel Ogando, a Juan José Negri, a Gagliardo y a Garcerón, cracks indiscutidos de la cantera Pincha. En las aulas se formó con Pedro Henriquez Ureña, maestro y amigo personal de Ernesto Sábato, con Alfredo Palacios y con Juan José Hernández Arregui.

 

Las secuelas de una operación en su rostro, producto de una parálisis facial que le había generado un hundimiento de su pómulo derecho, conspiraron en los primeros años con su proyecto futbolístico. El prestigioso cirujano Lelio Zeno lo operó en Rosario meses antes de su instalación en la ciudad de las diagonales.

 

A los 18 años Estudiantes lo dejó en libertad de acción. Ingresó a la facultad de Medicina pero no abandonó su pasión por el juego que amaba. Va a Lanús y llega a jugar un partido con los Globetrotters, conjunto granate donde descollaban Héctor Guidi, José Florio, Nicolás Daponte, José Nazionale. El Nene Guidi antes de entrar a la cancha lo miró a los ojos y le dijo: “Vamos wing izquierdo, hay que entrar con pinta, la camiseta siempre adentro del pantalón”

 

Pasó por Vélez Sarsfield y con su amigo Carlos Salvador Bilardo recaló en San Lorenzo de Almagro. La medicina ya ocupaba un lugar preponderante en su vida. Estudiaba muchas horas y además trabajaba en el Ferrocarril con su padre, quien ya se había jubilado en la docencia. Entonces, inteligente piso la pelota, metió una pausa, levantó la cabeza y optó por su carrera universitaria. Años después en Cipolletti se reencontraría con la gloria futbolera dentro de un campo de juego.

 

Siempre fue un Don Juan que enamoraba a las muchachas más lindas. La marca, la afección en su cara, había potenciado una personalidad avasalladora. Seducía con su inteligencia, con su vocabulario, con su estirpe ganadora, maravillosa conjunción de joven catedrático con corazón y sentimientos de humilde trabajador de pueblo. Así conquistó a la enfermera Nélida Pacheco, su esposa, su compañera.

 

Su primera cita, el 16 de junio de 1955 en Plaza de Mayo, no pudo concretarse ni fue lo que ellos habían pensado. Ese jueves, nublado y frio, el cielo a las 12:40 se oscureció ante la aparición de 40 aviones que comenzaron a tirar bombas sobre una plaza colmada de gente.  Los aparatos llevaban dibujados en su fuselaje la insignia «Cristo Vence». El primer objetivo delos golpistas fue un trolebús repleto de pasajeros. La Aviación Naval y parte de la Fuerza Área efectivizaban en un acto sangriento y salvaje su sublevación hacia el gobierno que comandaba el General Juan Domingo Perón. El ataque causó la muerte de 350 ciudadanos y dejó más de mil heridos de gravedad.

Nélida era una hermosa morocha peronista oriunda de Tres Arroyos. Bisnieta de Felipe Pacheco, uno de los bandidos rurales a quien le canto León Gieco. Su primera muñeca se la había regalado la Fundación Eva Perón. Su madre modista de profesión, por su parte, recibió una máquina de coser que le permitió ganarse la vida y criar a su familia al lado de su esposo que era taxista.

 

Juntos de radicaron en Neuquén y se casaron en 1964. Felipe Sapag, fundador del Movimiento Popular Neuquino, cinco veces gobernador de la Provincia, lo convocó para que asumiera como Subsecretario de Salud Pública, función que desarrolló exitosamente hasta el 24 de marzo de 1976, nefasta jornada en la cual se perpetró el golpe cívico, eclesiástico militar más sangriento de la historia de la República  Argentina.

 

El pediatra peronista que emulaba en su accionar a Ramón Carrillo fue un alma voluntariosa que ejerció la medicina como si fuera un arquitecto social que diagrama políticas públicas de salud en procura de proveer de derechos a los más vulnerables de la sociedad. Un funcionario que siempre pensó en los más necesitados, en los excluidos, en los pobres. Ernesto Castillo, el wing izquierdo que pateaba como una mula, enarboló la bandera de los médicos que veían más allá de las enfermedades, que atendían al paciente como una unidad biológica, psicológica y social, que humanizaron su profesión para no convertirse, como decía Carrillo, en simples remendones de la personalidad humana.

 

Cuando se quitaba el guardapolvo blanco eras un futbolista que aún se soñaba Adolfo Pedernera. Su zurda mareadora dibujo gambetas en Alumni de Benito Juárez, Barda del Medio, Cipolletti, Nación y en Kimberley, club donde fue convocado como refuerzo por un par de partidos. Construyó un vínculo indisoluble de amistad con futbolistas muy reconocidos y con su colega Roberto Marelli, el médico del plantel Pincharrata que ganó la copa Intercontinental en Old Trafford el 16 de octubre de 1968. Un honorable militante marxista que horas previas al pleito con el Manchester United le dijo a sus jugadores: “Hoy se enfrenta un grupo de jóvenes que defienden los ideales de América contra una sociedad anónima inglesa”.

 

La dictadura le arrebató cruelmente la vida de sus hermanos. Juan Carlos, militante Montonero, avanzado estudiante de Ingeniería fue fusilado por los militares en Bahía Blanca, cerca de la medianoche del sábado 4 de setiembre de 1976 en la que luego fue denominada “La masacre de Catriel”. Allí junto a Juan Carlos Castillo fueron asesinados brutalmente Pablo Francisco Fornasari, Zulma Matzkin y Mario Manuel Tartchitzky. Las posteriores pericias del prestigioso médico forense Mariano Castex determinaron que las víctimas fueron acribilladas estando tendidas boca arriba en el piso.

 

Dos años después mataron a su hermana Ana María, joven militante de la JP que había sobrevivido a las torturas y a las vejaciones que se realizaban en el centro clandestino de detención que funcionaba en la ESMA. Con ella ultimaron a su pareja Horacio Rubino, papá de su hijito Fernando.

 

Su corazón por primera vez pareció hacerse añicos. El dolor y la pena lo acompañaron hasta los últimos días de su vida. Estoico soportó la pérdida de dos seres que amaba profundamente, militantes como él, más allá que tenía sus discrepancias con las formas y las metodologías que empleaban. Cuando el pueblo de Neuquén votó el juzgamiento de los genocidas en los Fueros Militares decidió abandonar la provincia. No negoció la sangre de sus hermanos y además, ante el vacío y la indiferencia que encontraba entre sus conciudadanos prefirió marcharse y buscar nuevos horizontes.

A los 48 años de edad, con dos hijos, Ernesto y María Eugenia y con su sobrino Fernando, hijo de su hermana Ana María, – a quien adoptaron legalmente- , desembarcó en Mar del Plata. Su primer trabajo fue en la sala de Terapia Intensiva del Hospital Materno Infantil. Fue empleado en diferentes clínicas de la ciudad hasta que asumió como Jefe Médico del INAREPS.

 

Hay quienes todavía recuerdan el latigazo certero de su pie zurdo en los acalorados picaditos informales entre amigos y colegas. Jugó al fútbol hasta los 65 años, tres años después, víctima de un cáncer de próstata murió en una pieza de la Clínica Modelo.

 

“Mi viejo es mi Dios tutelar. Cuando se murió sentí que medio mundo había desaparecido. Yo sé lo que sufrió como hombre, como hermano. Mi viejo sobrellevó con mucha entereza durante siete años la enfermedad.  El 5 de noviembre de 2001, cuando fui a verlo a la clínica me dijo que ya presentía ese momento de lucidez, ese preludio de la muerte. Me miró a los ojos, movió sus manos hacia abajo y me dijo que de esta no lo sacaba nadie”, me cuenta el Chino, su hijo.

 

Murió en paz. Pleno, orgulloso por haber formado una bella familia, por haber compartido su vida con una mujer que lo hizo mejor hombre.

 

Escribo y comparto con cada uno de ustedes esta maravillosa historia de un médico justicialista, de un excelso jugador de fútbol, de un  militante social ejemplar. Un hombre que vivió apasionadamente, que bebió de un solo trago la copa de su existencia. Transcribo en plena conmemoración del día de la lealtad peronista una  magnánima reflexión del Doctor Ramón Carrillo: “La lealtad es cosa de la que todo el mundo habla y muy pocos la practican, por la sencilla razón de que no es una posición espiritual al alcance de todo el mundo, ni todo el mundo está preparado para ser leal”.

 

Estas líneas, esta columna, está dedicada a todos los que se prepararon para ejercer la lealtad, sobre todo está dedicada a la memoria del pediatra  Ernesto Castillo, el Chueco, Buby, un hombre de carne y hueso, un justicialista que amaba a Eva Perón, un compañero que fue pura lealtad con las causas populares. Un wing izquierdo que curaba el alma.

 

Mario Giannotti

 

Comments are closed.