El corazón rojo, las patas negras

El corazón rojo, las patas negras

Esta columna es un merecido reconocimiento a Eduardo Dady Luenzo, un inclaudicable simpatizante de San Lorenzo de Mar del Plata, un dirigente patanegra que todavía da batalla, un hombre del fútbol que es puro sentido de pertenencia con los colores que ama.

27 de octubre de 2020

 “Un día entre los días vendrá del sur un duende bienhechor que ha de sacar las pelotas cautivas para devolverlas a sus dueños Y todos sentirán la emoción de revivir viejos piques olvidados”

Alejandro Dolina

 

Cuentan, aseguran, juran los viejos hinchunes de San Lorenzo de Mar del Plata que los duendes futboleros patasnegras todavía juegan sus apasionados picaditos en la canchita de la vía. Un reducto casi obligado, un coqueto cuadrilátero de 30 metros de largo por 15 metros de ancho, un pintoresco espacio mundano que fue metamorfoseando la consistencia de su superficie. Primero fue pura tierra negra, luego hormigón, finalmente mármol. La plastiball rebotaba arisca y caprichosa contra el suelo y en cada pique ponía a prueba las virtudes técnicas de los pibitos que se soñaban futbolistas del hexacampeón Santo que dirigía el inolvidable Pepe José María Barreiro.

 

El tiempo se detiene y una escenografía conocida explota inexorablemente ante los ojos de un puñado de soñadores que extasiados se reencuentran, una vez más, con una maravillosa etapa de sus vidas. Pesados reflectores iluminaron el corazón de una barriada vestida de rojo y negro. Los focos que había instalado el electricista Luenzo esclarecieron el camino hacia la gloria, enfocaron el sendero de un club que en los años 60´ tocaría el cielo con las manos.

 

El protagonista de esta líneas, Eduardo Dady Luenzo, era uno de los pequeños habitantes de aquel mítico escenario deportivo. Nació en Mar del Plata el 8 de setiembre de 1952. Su casa estaba en Primera Junta e Hipólito Irigoyen, su lugar en el mundo: del otro lado de la calle.

 

En aquel año los seguidores del fútbol marplatense fueron partícipes del nacimiento del Estadio San Martin y se deleitaron con el virtuosismo futbolístico que supieron desplegar en un campo de juego los integrantes de plantel campeón del Club Nación. Mi admirado Mario Trucco sintetizó con notable maestría en una de las páginas del diario La Mañana la trascendencia de aquella victoria. Una mítica frase, una prodigiosa definición periodística perdura inmortal: “Las estrellas son azules”.

 

La década marcaría la rivalidad deportiva entre Quilmes y River. Tricolores y Triperos dirimieron su supremacía desde 1953 hasta 1959. La nueva década, en tanto, tendría a San Lorenzo como protagonista exclusivo de los certámenes liguistas y a la luz de los éxitos alcanzados despertaría una histórica disputa con sus vecinos de la avenida Independencia: Kimberley.

 

A los 11 años de edad Dady Luenzo dio su primera vuelta olímpica con sus héroes rojinegros. La ceremonia se repetiría de manera consecutiva hasta1968, determinando un récord que todavía ningún club marplatense pudo empardar. En el patio de la Escuela Primaria N° 31, los alumnos solidifican una grieta pasional que separaba Dragones de Patasnegras. El lunes comenzaba la disputa dialéctica de cara a un nuevo clásico y terminaba en una extensa jornada dominguera con 10.000 espectadores en las tribunas del San Martín. Por la noche, el ganador prolongaba el festejo copando la parada del Jockey Club en San Martín y Santiago del Estero.

Como arquero Santo jugó en todas las divisiones, desde predécima hasta primera división. En 1970 de la mano del entrenador Quelo Llanos debutó en un amistoso que se disputó en Balcarce contra Ferroviarios. El cotejo tenía un fin solidario y fue movilizado por el  ídolo rojinegro Alejandro Edelmiro Mascareño. Años después, en cancha de Once Unidos, fue al banco de suplentes. Fue en el partido en el cual hizo su presentación Juan Carlos Touriño, excelso lateral derecho que provenía del Real Madrid. Una lesión apresuró la salida de Touriño, quien les dijo a los  dirigentes que el equipo estaba armado, que no iban a necesitar de él y en consecuencia, caballero al fin, se desvinculó amistosamente de la institución de la calle Rodríguez Peña.

 

En las aulas de la ENET N°1, hoy Escuela Técnica N°3, construyó una sólida amistad con Daniel  Sancisi y con Hugo Carli, compañeros, amigos a quienes considera hermanos. El Narigón Sansici, notable delantero que brilló en Once Unidos, Mitre, Quilmes de AFA. Deportes Tolima de Colombia, Cipolletti y Kimberley, destaca la pasión de Dady para afrontar su labor dirigencial y rescata su condición humana, su compromiso afectivo con las cosas que quiere.

 

El Quijote Hugo Carli, su compadre, uno de los personajes futboleros más respetados y queridos de la ciudad, crack indiscutido en Libertad, Mitre, Ferrocarril Sud de Tandil y Alvarado, entre otros clubes, resignifica su compañía, su apoyo incondicional en los momentos más difíciles de su vida.

 

Los tres recuerdan los enfrentamientos de los jueves contra la primera de San Lorenzo. Dady, portero Santo e integrante de la selección escolar que dirigía el Profesor Jorge Tauler, preparador físico patanegra y docente del Industrial,  gestionaba la realización de los desafíos futboleros. Allí también entre los estudiantes se destacaba un joven defensor: Daniel Dargam.

 

En la charla aparecen nombres propios que son parte sustancial de la historia rojinegra. Me confiesa que su ídolo era el Gordo Jorge Videla. “Un invencible, un monstruo, un distinto, el mejor del mundo”. Miguel Tomé, Juanchi García, Rubén Lucangioli, Carlos Capasso y Rodolfo Camerini, también ocupan un lugar de privilegio en el frondoso terreno de los buenos recuerdos.

 

Agendo apellidos ilustres que su memoria de hincha rescata cuidadosamente. El Negro Abel Alberto Pacheco, Juan Domingo Loyola,  Ludovico Avio, Bibar Da Rocha, Eladio Rodríguez, el Bicho Osvaldo Mosconi, el Cucho Mascareño, Jorge Fernández, el Pato Lauge y Norberto Eresuma.

 

“Eresuma y Mingo Loyola formaban una dupla superlativa. Loyola era un director técnico dentro de la cancha, tenía una pegada exquisita, era un armador de juego con mucho gol. Hoy jugaría en Boca o en River. Al Colorado lo admiré y reconozco su trayectoria dentro de una cancha, aunque admito tuve con él muchas diferencias personales”.

 

Durante la entrevista infla el pecho y se enorgullece por ser simpatizante del Patanegra.  Exalta las nueve participaciones en los telúricos torneos Nacionales, siendo San Lorenzo en 1967 el primer club en lograr la clasificación para  representar a la Liga Marplatense en la  competición ideada por el interventor de AFA Valentín Suarez. Resalta los trece títulos locales, y refuta a sus pares de  Kimberley al señalar que “es cierto que el Verde tiene más campeonatos oficiales, pero nosotros ganamos más torneos”.

En algún recóndito lugar de su corazón, a pesar de las derrotas que le infligió Argentinos Juniors en los dos enfrentamientos, florece una indisimulable complacencia por haber sido su San Lorenzo el equipo al que Diego Maradona “eligió” para hacer historia. El 14 de noviembre de 1976 el Pelusa de Fiorito, el mejor de todos los tiempos, marcó su primer gol en el profesionalismo ante los Patanegras. Cuatro años después, en la Paternal, el 14 de setiembre, gritó su conquista número 100 y fue también ante el Santo marplatense.

 

“La bola va rodando y el tiempo va pasando”, suele decir en su relato radiofónico mi amigo Jorge Arcapalo. La bola gira caprichosa y cómplice en su trayectoria parece agigantar triunfos épicos, irrepetibles, incomparables. El tiempo, sabio al fin, también empequeñece en la memoria las derrotas que supieron lastimarnos el alma. No está tan mal después de todo.

 

“A Kimberley siempre le ganamos los partidos importantes, los definitorios, los que se jugaban por algo. En el 79´ salimos campeones invictos y le arruinamos la caravana al equipo de Griguol y compañía. En 1995 Ricky Falagán en tiempo suplementario fue el héroe del clásico y nos quedamos con la Copa. Cuando hablan de los famosos penales yo siempre los recuerdo con alegría, porque salimos campeones ante nuestro clásico, más no te puedo decir.”

 

Como contrapunto, los simpatizantes del Dragón aún cuestionan, con sólidos argumentos reglamentarios, dos muy polémicas decisiones arbitrales que permitieron a su archirrival consagrarse campeón liguista. El 28 de agosto de 1971 el juez José Bujedo, en tiempo recuperado, marcó la pena máxima al observar que Pepe Mitrovich tomaba de la camiseta al Chueco Sernia. Loyola con pasmosa serenidad estableció desde los doce pasos el 1 a 0 definitorio.

 

Como dato ajeno al fútbol, vale recordar que en 2011, en el marco de los Juicios por la Verdad, el “árbitro” Bujedo, ex integrante del servicio de inteligencia de la Marina, miembro activo de un grupo de tareas que delataba, secuestraba y hacía desaparecer personas en la dictadura, fue juzgado, condenado y detenido por delitos de lesa humanidad.

 

Increíblemente, también un 28 de agosto pero de 1981, una causa penal dirimiría el futuro de los clásicos rivales. Jazmín Alberto Ciancio vio que el guardameta verdiblanco Eduardo Basigalup le cometía una falta dentro del área a Mingo Loyola cuando el delantero intentaba gambetearlo. Loyola, otra vez, otra coincidencia, rubricó en la red un lapidario 3 a 1 para las aspiraciones del Dragón y sentenció desde el punto penal un nuevo título para los muchachos que orientaba tácticamente Nelson López.

 

Ambos partidos culminaron con disturbios en las tribunas y con varios protagonistas presos. Ciancio y el Negro Artero, la noche del jueves 28 de setiembre de 1981, quedaron detenidos en la Comisaria Cuarta tras los incidentes.

 

A la hora de elegir el mejor equipo rojinegro de la historia, Dady Luenzo no duda y escoge al plantel que disputó el Nacional de 1973. En aquella temporada el Patanegra alcanzó el quinto lugar en la tabla de posiciones de su grupo, venciendo al bicampeón San Lorenzo de Almagro, a River Plate y a Estudiantes de La Plata en condición de local y a Newell´s Old Boys en Rosario. Muchos alaban los empates con Vélez y Racing y la igualdad 0 a 0 en el cruce interzonal con Kimberley.  Finalmente, en el añorado San Martin, cayó 2 a 0 ante el gran Instituto Central Córdoba de Mario Kempes y Osvaldo Ardiles. Esta derrota le quitó la posibilidad de clasificar directamente al Nacional 1974 como mejor club de tierra adentro.

 

Dady pasa otra vez por su corazón adolescente y sus ojos se iluminan cuando vuelve a la bandeja alta del viejo estadio de Racing Club de Avellaneda para ver al equipo de sus amores jugando en la máxima categoría del certamen argentino. Atrás quedaban los abrazos, las lágrimas, los festejos de una utopía hecha realidad en La Pampa.

 

“Cuando San Lorenzo debutó en el Nacional entramos a la cancha a las 10:00 y el partido empezaba las 17:00. Fue una fiesta. Pero antes me acuerdo cuando clasificamos, me acuerdo de los viajes a La Pampa y a Bahía Blanca. Ir a La Pampa en micro en aquel tiempo era como viajar a la luna. Tardamos catorce horas, no teníamos calefacción, hacia un frio tremendo. Algunos iban sentados en sillas de mimbre. Los de la Barra, pagábamos el colectivo, las entradas y además juntábamos guita para los equipos. Eran otros tiempos, otro tipo de compromiso afectivo con el club”.

 

Poco a poco el hincha fue transformándose en dirigente. El niño que se soñó arquero en el legendario equipo de Pepe Barreiro, el joven que quería emular al imbatible Gordo Videla, el estoico y leal simpatizante que viajaba por todo el país envuelto en una bandera roja y negra, un tarde, quizás la menos pensada, tal vez sin proponérselo, fue el hombre que tuvo que ponerle el pecho a una asfixiante crisis económica.

 

“En 1981 yo era vicepresidente, renunció Dazeo y tuve que reemplazarlo. Nosotros, los veinte pibes de la hinchada, recibimos el club cuando todos corrían por Independencia al fondo. No había un peso,  debíamos plata, teníamos juicios de muchos jugadores y encima había comenzado la decadencia del Nacional y del Prode. En 1982 jugamos sin un peso. Es más, antes de viajar a Córdoba para enfrentar a Unión San Vicente, la noche anterior, los pocos dirigentes que habíamos quedado estábamos en la sede del club cagándonos a trompadas”.

En su relato le dedica un párrafo especial a Rubén Giménez, entrañable director técnico de la ciudad, confeso hincha Patanegra, quien en 1996, con un bajísimo presupuesto y con muchos jugadores del club, logró conquistar el título de la Liga, a la postre, el único galardón que un equipo Santo pudo cosechar en el campo de juego del mítico Juan Montoya. En ese conjunto campeón se consolidó el liderazgo de Jorge Vidal, uno de los últimos ídolos del club.

 

Dady en su rol de dirigente elogia la figura de Aldo Bartolucci y de Juan Montoya. “Aldo era un visionario, miraba a través de las paredes, era maquiavélico, pero también era un genio. Con Natalio Botana y con Guillermo Tony Pelliccioni  sabían todo lo que pasaba en el fútbol del interior del país. Juan es un tipo de 90 años que si hoy va al club, al campo deportivo, agarra una pala y se pone a trabajar. Él con su ejemplo marca principios, principios a los cuales yo no pienso traicionar. Tenemos una responsabilidad histórica con esas generaciones. Esos tipos me enseñaron una frase: al club no hay que pedirle nada, sólo hay que darle».

 

La pandemia del Covid-19 dejó su huella en San Lorenzo. La ausencia total de actividades, la escasa cobrabilidad de cuotas, la imposibilidad de generar recaudación genuina, los costosos gastos fijos de los servicios de luz, agua y gas y la insuficiente colaboración económica de los diferentes gobiernos, han acelerado los tiempos de una crisis que parece no tener solución concreta en el corto o mediano plazo.

 

En la actualidad, desde su lugar de vocal suplente, acompañado por otros imprescindibles, incluida su esposa que es tesorera de la actual comisión directiva, sigue dando batalla, capeando el temporal, aferrado a una pasión casi irracional que lo desborda, soñando un tiempo próspero para cada uno de los 400 chicos que juegan al fútbol en la Villa Deportiva del club. Mejorando y embelleciendo la hostil geografía de las canchas, un suelo donde la tierra negra escasea desde los tiempos del recordado circuito El Santo, un trazado de 1.500 metros de extensión que funcionó entre 1976 y 1980. Una pista que cobijó al mundo tuerca de la ciudad  y que fue escenario de inolvidables carreras diurnas y nocturnas de Cafeteras y Turismo Nacional.

 

“Yo fui el presidente más joven, volví al cargo en varias oportunidades, tal vez no porque era el mejor, sino porque no había otro. Es difícil el recambio, es difícil que otros se comprometan, es entendible, hoy la mayoría tiene que luchar por su propia vida, por su mantención. A mí el club me dio sentido de pertenencia. ¡Ahí va Dady Luenzo,  el de San Lorenzo!- dicen los que me quieren y también los que me odian”.

 

Como corolario de esta crónica periodística, merecido reconocimiento para Eduardo Dady Luenzo, selecciono un maravilloso texto de Alejandro Dolina que me invita a repensar el final de estas líneas.

 

“Los demonios ladrones andan merodeando cerca de las canchas. Cuando la pelota se va lejos, la ocultan entre los yuyales o en las zanjas para que los jugadores no puedan encontrarla. Ya en la noche, llevan las pelotas perdidas a un patio secreto. Los demonios realizan además acuerdos infames con vecinos chúcaros. Y en las madrugadas recorren techos, canaletas y terrazas para comprobar su despojo. Nadie lo sabe, pero en el patio están todas las pelotas perdidas: duras reliquias con tiento, flamantes cueros profesionales, humildes “Pulpo’ de goma, infames bolas de plástico que doblan en el aire, ásperas veteranas que han conocido mil costurones. Un día entre los días vendrá del sur un duende bienhechor que ha de sacar las pelotas cautivas para devolverlas a sus dueños Y todos sentirán la emoción de revivir viejos piques olvidados”.

 

Reitero, alguien me ha dicho que los duendes futboleros patasnegras todavía juegan sus apasionados picaditos en la coqueta cancha de la vía. Algunos aseguran que vieron pasar una enorme carroza, inconfundible figura que reproduce la imagen de un santo de tres metros de alto con un dragón llorando lágrimas de sangre pidiendo perdón. Los más grandes  aseveran que el Lorencito, en el interior de un patio secreto, grita goles memorables de Juan Domingo Loyola, y que un chiquilín sobrevuela la inmensidad de la noche creyéndose el Gordo Videla. Dady, por su parte, junto a miles de hinchas rojinegros, vuelve a la tribuna donde fue inmensamente feliz. Mientras, la bola sigue rodando y el tiempo, inapelable, sigue pasando…

 

Mario Giannotti

 

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