Esta crónica es mi humilde regalo de cumpleaños para el Pelusa, para el mejor de todos, para el gran hacedor de sueños, mí bandera, mi orgullo, mi espada, mi grito de rebeldía, uno de los héroes terrenales que más amo en este planeta.
“Un magnánimo señor avaló mi fuerza. Puedo dormir tranquilo. Un magnánimo señor avaló mi grito. Puedo escuchar tranquilo. Un magnánimo señor avaló mi lucha. Puedo morir tranquilo”
Agustín Giannotti
Nací en Balcarce en 1970, el año en el que Diego jugó sus primeros partidos con los Cebollitas, un mítico equipo integrado por pibitos de la clase 1960 de Argentinos Juniors que era dirigido por Francisco Cornejo y por José Yayo Trotta, su ayudante.
Cuando en 1976 empecé a jugar mis picaditos de la infancia en el potrero de la esquina de mi casa, Diego ya era jugador de primera y le había hecho en Mar del Plata dos goles al arquero Patanegra Rubén Lucangioli. Cuando cumplí los 9 años, Abel Scorziello me fichó en Apinta; Maradona, por su parte, redimía la pena de haber quedado afuera de la lista para el Mundial 78 ´ levantando la Copa con la Selección Juvenil sub-20 en Japón.
A los 11 yo era un buen lateral zurdo en el torneo infantil que organizaba la liga balcarceña de fútbol, mientras Diego, en su debut con la camiseta de Boca, la soltaba como una lágrima ante Chocolate Baley. En 1984 me soñaba en la tapa de El Gráfico, empecé a usar la 10 de mi equipo, jugaba con las medias caídas y calzaba los Puma Maradona emulando a mi Dios terrenal, un santo napolitano que ya tiraba paredes memorables con San Genaro en el mismísimo San Paolo
En 1986 el Pelusa de Fiorito y Víctor Hugo Morales viajaban al cielo de los inmortales trepados a un barrilete cósmico que fue sol, que fue abrigo, que fue puño apretado, que fue abrazo del alma para los héroes de Malvinas. Yo entrenaba con el primer equipo y todavía creía que podía ser futbolista profesional.
Diego, en 1989, en el calentamiento de la semifinal de vuelta por la Copa UEFA, ante el Bayer en el Olímpico de Munich, ensayaba con Careca y compañía una inolvidable coreografía al ritmo “Live is Life”. Aquella imagen, creo, es la genuina expresión de un bailarín que pelota al pie ríe, sonríe, que encanta el alma de millones, que embellece la vida de un planeta. Yo empiezo a estudiar el Profesorado de Educación Física en Mar del Plata, pruebo suerte y juego algunos amistosos con la camiseta de Mitre. Mi pie zurdo ya no engaña a los defensores que se interponen en mi camino de gol y mi pobre ilusión futbolera empieza a desvanecerse lentamente. La utopía deja de tener la forma de una pelota de cuero, el futuro se me antoja un estadio vacío.
Un año después, en Italia 90, mi héroe, con un tobillo al hombro, humilla en octavos de final a los brasileños y en una acalorada semifinal acalla las voces de los adinerados ciudadanos del norte italiano, que lo maldicen, que lo putean, que le temen. Escribió el Gordo Osvaldo Soriano: “Todo se ilumina, el mundo gira en torno al astro que pisa la pelota, la acaricia, la hace del tamaño que quiere: grande para que la vea Caniggia, chiquita para esconderla hasta que lleguen los otros. Más admirable que nunca por épico, por agigantar el fútbol entero”.
En el 94´, en el Mundial gringo, mientras yo arrastró con nostalgia los recuerdos de una trayectoria futbolística que nunca fue, Diego, mi Diego, el Diego de la gente, baja de Sierra Maestra y emprende una gesta de resurrección humana y profesional que nos enamora para siempre. Todos deseábamos un Maradona campeón del mundo, todos gritamos con furia su gol contra la cámara de la tele, todos caímos de rodillas y lloramos cuando un par de dirigentes mal paridos lo entregaron, lo engañaron, le cortaron las alas y las piernas. Yo creí y aún creo en su proeza, amé su causa, le apretujé el corazón, le acaricie el alma, lo defendí a capa y espada.

Vuelvo a la genialidad de Soriano. «Maradona es el gran relato de este país. Un gran relato que todavía no terminó. Nosotros estamos viéndolo ahora en la inmediatez. Porque lo que le pasa al sujeto de nuestro amor no puede sernos ajeno. Por eso no cuenten conmigo para crucificar a Diego».
En definitiva escribo estas líneas para confesarles que Diego es parte sustancial de mi vida, de mi historia. Diego fue el ángel de la guarda que me dio abrigo en las tardes frías, el que cuidó mis Sacachispas la noche previa el partido con los pibes de la otra cuadra. El espejo, la obra acabada. Diego es la pelota atada, agarrada a su botín zurdo. Diego es el gran hacedor de sueños, el épico personaje del mejor cuento de ciencia ficción. Diego es el enojo y la bronca irreconciliable con mi viejo. Para él Maradona era el villano, el antihéroe; para mí una bandera, mi orgullo, mi espada, mi grito de rebeldía. Maradona es mi herencia de su leyenda para mi hijo Agustín. Diego es pueblo, es barriadas populares, las patas en las fuentes, las luchas obreras, la voz de los que no tienen voz. Diego es nacional y popular le pese a quien le pese, le guste a quien le guste y enoje a quien enoje. Diego, además, es uno de los pocos jugadores que los oscuros mandamases de FIFA y los dólares de las empresas multinacionales vinculadas al fútbol nunca lograron desclasar. Diego es el hecho maldito del fútbol burgués, el subsuelo de la patria sublevada. Diego es insoportablemente Diego.
Diego es la música de fondo del documental de nuestra existencia, es el fueye que musicaliza todas y cada una de las fotografías que retratan momentos únicos de una vida. Pitu Farías, poeta, cantante, maradoniano de ley, dibuja una finta, rebota, juega, piensa, dice: “Diego es un estribillo infinito. Con el ritmo, la melodía y la armonía de esas obras que marcan época. Es, como dice el Flaco Menotti, tiempo, espacio y engaño en su máxima dimensión. La afinación de su juego se nota en el sonido del golpeo de cada pelota, como si fuera una nota alegre y mayor. Diego es música, esa música que nos lleva a los momentos más lindos, que nos hace bailar, que nos hace emocionar, que nos lleva a la infancia. Diego es la banda sonora de nuestras vidas y en un sol mayor desembarca un olé olé olé olé, Diego Diego…”.
El periodista y escritor Rodrigo Fresán suele decir que la potencia simbólica del fútbol en Argentina es equivalente al de todos los arsenales atómicos durmiendo en las tripas del globo terráqueo. Y que su potencia dialéctica es la de todos esos arsenales despertándose al mismo tiempo. “Los argentinos pueden llegar a desmenuzar un clásico Boca- River como si se tratara del desembarco de Normandía, de la teoría de la Relatividad o del desglose pieza por pieza de Las Meninas de Velázquez, el Ulises de Joyce o La consagración de la primavera de Stravinski”.

Diego ha generado con sus dichos y con sus acciones, dentro y fuera de una cancha, cientos de explosiones atómicas, y en muchos de los casos los daños colaterales lo afectaron mucho más a él que a sus enemigos. Diego cuando se equivocó pagó. Siempre.
Diego es uno de los seres que más amo en este mundo. Es mi patria, mi continente, mi revolución socialista. Diego es el artista plástico que pintó los paisajes más bellos de mi vida. El ilusionista, el mago que logró que una simple pelota de fútbol nos permita, de vez en cuando, entender la perplejidad y el encanto del universo.
¡Felices 60 Pelusa! Te doy un abrazo de oso, te regalo estas líneas y dejo adentro de tus championes los últimos versos del poema que te escribió Mario Benedetti en 2008. “Vida tuya tendrás y muerte tuya. Ha pasado otro año, y otro año les has ganado a tus sombras. ¡Aleluya!”.
¡Feliz cumple Diego! ¡Te quiero con el alma! Y por supuesto…hasta la victoria siempre.
Mario Giannotti