A poco más de un mes del cierre de listas las indefiniciones del Intendente ya resultan sugestivas. En un contexto en el que algunas renuncias pretenden ser renunciamientos repasamos una parte de la historia política de la ciudad.
La política suele disfrazar rechazos o negativas en pomposos renunciamientos. Pese a la supuesta modernización de la terminología, las palabras tienen su peso más aún si tenemos en cuenta quién las dice.
Renunciamiento se define como la acción y efecto de renunciar. Cuando se hace referencia a renunciar son dos las acepciones corrientes: abandonar voluntariamente una cosa que se posee o algo a lo que se tiene derecho, o desistir de hacer lo que se proyectaba o deseaba hacer. Hasta aquí, renunciar no es bueno o malo, es una elección.
Lo lógica del renunciamiento se relaciona con una visión más ligada a la espiritualidad o al relato épico. En este contexto es sinónimo de desprendimiento de las cuestiones terrenales, se construye una especie de ficción que ubica al individuo en otro plano, alejado de los simples mortales.
En los últimos meses fueron dos las renuncias que sacudieron el tablero político mientras uno pasó casi desapercibida. Mauricio Macri, Cristina Fernández de Kirchner y Alberto Fernández anunciaron que no competirían por la presidencia. Convengamos que tanto Macri como Cristina mantienen un reducido núcleo duro capaz de disimular sus debilidades, en cambio en el caso de Alberto quedó en claro que jamás despertó pasiones.
Más allá del relato construido, los ex presidentes son parte del pasado que derivó en este presente, sus responsabilidades son ineludibles y sus niveles de desaprobación altísimos: no hubo renunciamiento alguno, solo leyeron la realidad y decidieron no exponerse a una derrota segura. En el único supuesto en el que el resultado no estaba escrito era un enfrentamiento mano a mano entre ambos, y allí la irrupción de una tercera fuerza era inevitable.
La situación del presidente nunca fue disfrazada de renunciamiento sencillamente porque si los ex mandatarios son el pasado Alberto Fernández es el presente, y el presente es desolador. Sus niveles de rechazo coquetean con el 70%. Una misión imposible.

No hay relato que sirva para esconder lo evidente: la inmensa mayoría de los políticos renuncian a una opción electoral cuando no tienen los votos necesarios. En las próximas semanas asistiremos a infinidad de renuncias que no son tales, pero que intentarán ser disfrazas de renunciamientos. Ninguno de los futuros renunciantes es capaz de construir un relato: aquellos que se bajen de la carrera lo harán porque no pueden ganar o ni siquiera cumplir un objetivo de mínima.
Mucho más complejo es analizar una renuncia cuando los votos están el bolsillo. En ese caso el que pretende renunciar está inmerso en un mar de presiones, que justamente no disfrazarán su rechazo como un renunciamiento, sino que lo expondrán con un acto de cobardía o una traición.
En nuestra ciudad vivimos algunas renuncias significativas. En plena euforia de la Concertación ideada por Néstor Kirchner, el por aquel entonces intendente Daniel Katz decidió no ir por la reelección y optó por estampar su firma en la lista de Diputados Nacionales.
Algunos afirman que Katz no tuvo opción y debió estar en alguno de los tramos de lista porque los armadores kirchneristas consideraban que era él quien “tenía los votos”, tal es así que la lista de concejales de la Concertación fue encabezada por su hermano Carlos Katz, y que el peso del apellido le permitiría al ignoto Sergio Fares alzarse con una intendencia históricamente esquiva para el justicialismo. Puede fallar.
Otro radical que con su renuncia hizo tambalear el tablero político local fue Elio Aprile, pero en ese caso fue una renuncia efectiva cuando estaba en funciones. Esa decisión dejó el cargo en manos justamente de Daniel Katz. En el caso de Aprile fue notorio el desgaste propio de la gestión. Algunos autores hacen referencia al “burnout” o síndrome del trabajador quemado. La crisis del 2001 fue una verdadera pesadilla para los intendentes que lograron mantenerse en sus cargos y los coletazos del malestar social hicieron estragos.
Es más que evidente, como ya dijimos, que muchas de las renuncias que vienen tendrán un componente oportunista, o solo será el desenlace lógico de un sueño o de una mentira. Pero hay un caso que merece un tratamiento especial.
Si llegaron hasta acá saben a quién nos referimos.
El intendente Guillermo Montenegro está cansado. Es difícil dimensionar el grado de agotamiento, pero sobrevuelan en la gestión algunas de las características del “burnout”: evita ser la cara de algunos temas complejos de la gestión, su impronta hiperactiva se ha visto afectada, repite latiguillos y no toma definiciones políticas de fondo.
Si buscamos ejemplos, el intendente optó por el silencio en el paro de transporte o el desembarco de las apps, se apresuró en el abordaje de la explotación petrolera, repite el camino judicial ante la falta de gestión de conflictos, abusa con el latiguillo “turístico” que reza que Mar del Plata es la ciudad más linda del mundo (incluso al momento de liberar un ave) y fue incapaz de al menos sancionar a algunos funcionarios sobre los que pesó una orden de restricción de acercamiento para con algunos concejales oficialistas. No hablemos de la interna del PRO porque es aún más evidente.

Los indicios permitirían inferir que Montenegro no tiene muchas ganas de ir por la reelección. Desde su entorno lo ubicaron en un futuro gabinete nacional o provincial y hasta deliraron con una sorpresiva candidatura a la gobernación. Cortinas de humo que pueden ser globos de ensayo.
Pero aquí nos encontramos con un problema: Montenegro es el único que aseguraría un triunfo electoral de Juntos en nuestra ciudad. No tiene la posibilidad de elegir. A veces no se puede elegir.
Ya vimos lo que ocurrió cuando Katz evitó ir por una reelección, pero también vimos lo qué puede ocurrir cuando un intendente sufre el agotamiento propio de la crisis permanente. El poder desgasta y gestionar una ciudad limitada por decisiones ajenas puede provocar frustración.
Los próximos días marcarán el destino de la administración y también de la ciudad. Hay algunas alternativas, y debemos estar atentos a los atajos. La lista de concejales es clave para adelantarnos al calendario.
Quizás sean simples elucubraciones de una semana en donde la rosca política tiene su epicentro en historias que parecen lejanas. Quizás lo más sensato sea una simple pregunta y una breve respuesta.