Esta reseña periodística, escrita desde el afecto y la admiración, describe el alma de un ser solidario, generoso, querible. Un hombre del fútbol, un soñador que honra el pasado pero vive con pasión el presente, porque sabe, Spinetteano al fin, que el mañana es mejor.
“El talento es el hombre en libertad,
nace en cualquier persona que se sienta capaz de volar con sus ideas”.
Luis Alberto Spinetta
Siempre sentí un aprecio muy especial por los futboleros que siguen los partidos pegados al alambre olímpico. Las manos apretujando los rombos, siempre oteando el paisaje de la cancha, una pierna levemente adelantada para mantener el equilibrio, la mirada atenta sobre quien lleva la pelota pero sin descuidar jamás el más mínimo detalle de cuanto ocurre a su alrededor.
Parlanchines insaciables, febriles comentaristas del juego, orgullosos conocedores de las trayectorias de los protagonistas del pleito, pasionales, dueños absolutos de las frases más ocurrentes a la hora de halagar o criticar a un futbolista o al árbitro. En definitiva, fútbol en su máxima expresión, amor incondicional por los colores, inquebrantable sentido de pertenencia a flor de piel.
A Claudio Giovanoni lo conocí personalmente en la cancha de Atlético Mar de Plata viendo un amistoso de Quinta y Primera división entre los dueños de casa y Once Unidos. Él, vicepresidente del Decano, yo, papá de Agustín, jugador verdiblanco. Parafraseando al maestro Alejandro Apo podría decir que a Claudio “yo nunca lo vi jugar pero lo vi”. Los infaltables personajes del fútbol liguista me acercaron sus historias, me susurraron al oído su tránsito ejemplar en las canchas marplatenses, su incansable y solidario trajinar en la mitad de la cancha del Atlético en los años 80´.
Allí estábamos los dos, pegados al alambre olímpico, tirando las primeras paredes discursivas, improvisando algunos guiños cómplices, a un toque, percibiendo esa maravillosa sensación que acontece en un campo de juego cuando dos tipos en la primera práctica juegan de memoria. El desborda pasión, tiene tantos sueños que se les caen de los bolsillos. Parece recordarlo todo o casi todo. Nombres, partidos, aromas, colores, sensaciones, miradas. Lo pienso un hombre sensible rescatando cosas de la muerte, sabedor de antemano que todo lo que se olvida se muere. A su manera, como los estoicos hombres sensibles del Barrio de Flores que concibió la impronta literaria de Alejandro Dolina, es un salvador. Lo imagino adarga al brazo, los rulos cayéndose sobre los hombros, pantalón corto y camiseta fuera del pantalón, peleando contra el paso del tiempo, refutando las teorías conspirativas de los Refutadores de Leyendas y de los Amigos del Olvido.
Claudio nació el 16 de julio de 1960 en Capital Federal, en Flores, un dato no menor para quien escribe esta nota. Sus padres son oriundos de Italó, pintoresco pueblito del sur de Córdoba, testigo directo y víctima ocasional de las atrocidades que los genocidas idearon y llevaron adelante en la mal llamada “Campaña del Desierto”. Rescato una sabia reflexión del historiador Felipe Pigna: “Si hacemos números, tendremos este balance: La denominada “conquista del desierto” dejó el saldo de miles de indios muertos, catorce mil reducidos a la servidumbre, y sirvió para que entre 1876 y 1903, es decir, en 27 años, el Estado regalase o vendiese por moneditas 41.787.023 hectáreas a 1.843 terratenientes vinculados estrechamente por lazos económicos y/o familiares a los diferentes gobiernos que se sucedieron en aquel período”.
En 1962 la familia Giovanoni se radicó en Mar del Plata, en Hipólito Irigoyen entre San Lorenzo y Roca, equidistante ubicación entre Patasnegras y Dragones, invitación constante para disfrutar como pequeño espectador el amanecer de un clásico apasionante.
“Mi papá tenía una hermana en la ciudad, y finalmente después de un largo periplo nos afincamos aquí. Mis viejos fueron muy laburadores, muy humildes, siempre vivieron peleándola. Mi mamá era costurera y lo ayudaba en todo a mi papá. Con el tiempo y con mucho sacrificio se fue afianzando hasta que fundó en la Galería Tritón El Emporio de la cerámica, emblemática casa comercial, la primera en el rubro. Luego fue cambiando de ramos hasta que juntos armamos en pleno corazón del puerto, en la calle 12 de Octubre, la actual distribuidora de artículos de librería y juguetes, una casa comercial afortunadamente muy reconocida, respetada y sobre todo muy querida por nuestros clientes”.
Sus ojos se encienden por primera vez y su mirada se ilumina cuando trae a la memoria aquel tiempo fundacional; la segunda vez fue cuando nombró a Francisco, Melisa y Nicolás, sus tres hijos, a su nietita Ámbar y a María José, su esposa. Acaso en el reencuentro con aquellas imágenes redescubrió a ese adolescente que comenzaba a saltar sus propias murallas y daba los primeros pasos mientras la música y la poesía de su admirado Luis Alberto Spinetta lo invitaban a vivenciar experiencias pletóricas de belleza y encanto juvenil, a creer en su talento personal, ese que lo haría un hombre libre capaz de volar con sus ideas.
En 1971 comenzó su periplo en el fútbol. Fue vistiendo los colores de San José, en los campeonatos de salón que se jugaban en el mítico Piso de Deportes. Al año siguiente fichó en San Isidro, fase previa a su desembarco en 1973 en su amado Atlético Mar del Plata.

“Nos habíamos mudado a Bahía Blanca entre Moreno y Belgrano. Al llegar conocí a Marcelo Della Torre, quien seria con el tiempo un amigo entrañable, hijo de Walter, emblema del fútbol marplatense, junto a Luis Merengue García y el Pato Carlos Posada, uno de mis padres de la vida. Marcelo me convenció, su viejo dirigía al Decano, y entonces terminé siendo jugador del Atlético”.
De la mano del entrenador Miguel Becco fue partícipe en 1981 del título de Tercera división del torneo liguista. El Turco Marcelo Sanjurjo, Emilio Tito Tacconi, Osvaldo Radesca y Gustavo Cantalupi, entre otros, conformaban una barra de amigos que compartían la vida, que crecían sin darse cuenta mientras la redondita de cuero corría caprichosa dentro de la cancha.
El dirigente Oscar Bardón, circunstancial director técnico tras la renuncia de Dante Piraña Álvarez, lo hizo debutar en primera en el empate 1 a 1 frente a Nación en cancha de Colegiales. Cacho Parodi en la siguiente fecha se hizo cargo del equipo y le ratificó la confianza a ese prometedor mediocampista que dejaba el alma en cada partido, que los corría a todos, que era solidario con el compañero, que jugaba con un cuchillo entre los dientes, que era ordenado tácticamente, que equilibraba ataque y defensa.
“En mi carrera tuve entrenadores maravillosos, tipos que te enseñaban mucho, de todos saque algo. Walter Hebia, Jorge Cholín Davino, el Pato Posada, Walter Della Torre, Merengue García, Beto Galluzzo, el Negro Páez, Carlitos Cubero, el Negro Pacheco.
Maradoniano hasta los huesos, Spinetteano hasta la médula, Menottista pelota al pie, fanático de Boca Juniors. En un rinconcito de su ADN de hincha sobrevive intacto su cariño por el Toto Juan Carlos Lorenzo, por el Chino Jorge Benítez, por el Chapa Rubén Suñe y por Miguel Ángel Brindisi, para él una conjunción perfecta entre un 8 y un 10, un talentoso que jugaba en serio y marcaba la diferencia.
“En Mar de Plata yo aprendí de grandes jugadores, muchos de los cuales fueron compañeros. El Bambi Alfredo Veira, el Rulo Jorge Santecchia, el Toro Daniel Abelén, Mingo Loyola, Cacho Eresuma. Jugadores que nos formaban desde el respeto y la admiración. Eran distintos, eran humildes, eran puro perfil bajo. Ellos como otros que llegaron desde el profesionalismo hicieron mejor nuestro campeonato, dejaron algo, cambiaron algo. Muchos los copiamos y salimos fortalecidos. Fueron verdaderos ejemplos a seguir”.
El mundillo del fútbol local lo bautizó La Fiera, puntillosa y precisa descripción para un mediocampista que regaba el campo de juego con su sangre, que metía, corría y recuperaba la pelota para dársela al compañero mejor ubicado, que bancaba la parada cuando era necesario. Socio y compadre futbolero de Marcelo Della Torre, Gustavo Cantalupi y el Pato Rodríguez.
Su corazón Decano guarda un lugar de privilegio para tres planteles ochentosos del certamen de ascenso. En 1982 Jorge Davino lo reconvirtió y lo puso como lateral por derecha. Con el Cholín arribaron figuras de la talla de Carlitos Montenegro, el Rulo Carlos Moreno, el Colorado Juan Carlos Romagnoli, el Pato Marcelo Paladini y el Negro Ramón Baigorria. Era un gran equipo que perdió el título por un punto de diferencia ante el asombroso Florida del Negro Alberto Pacheco.
Al año siguiente, con Norberto Galluzzo como director técnico, el Atlético conformó un grupo humano sensacional, allí se sumó la Momia Armando Munar, otro de los amigos incondicionales de Claudio. El equipo no alcanzó el rendimiento que todos esperaban y luchó denodadamente hasta la última fecha para mantener la categoría.
“En 1984 empezó Rodolfo Santángelo como DT pero fue el gran Merengue García, había asumido en la cuarta o quinta fecha, quien consolidó un cuadrazo. Fuimos campeones invictos de la B con el Sapo Girardengo, Mariano Pons, Walter Kusenka, Omar Ferreira, el Colorado Canosa, el Negro Flores, el Colo Romagnoli. Fue un equipo que hizo historia. Por eso a Merengue lo adoro, él como el Pato Posada son referencia obligada para mi cada vez que pienso en fútbol, son personas ejemplares”.
Tres años después jugó en Almagro Florida, volvió al Decano y en 1989, con el Toro Abelén como compañero y Walter Della Torre como entrenador, obtuvo el subcampeonato de la B y el ansiado ascenso con Independiente. En 1990 firmó con San José, después fue futbolista de Deportivo Camet. Regresó al Rojinegro en 1992 para conquistar como capitán del equipo el campeonato y consumar el arribo de Sanjo a la elite de clubes de la Liga. En 1995 puso fin a su carrera en Argentinos del Sud.
“El Atlético es mi club, lo llevo en la sangre, pero San José es mi segunda casa. Tengo un recuerdo imborrable del ascenso. El Negro Páez me hizo jugar de 2, un puesto hermoso. Era un equipo de barrio que jugaba en una cancha inexpugnable, un equipo con jugadores que no se dejaban patotear por nadie, que defendían la camiseta a muerte. En San José yo aprendí a convivir con la solidaridad de la gente. Yo venía de afuera y me trataron muy bien. Es un club que quiero mucho, quiero mucho a su gente. Empecé y termine jugando ahí”.
El Negro Alberto Páez, querido y apreciado protagonista del fútbol de Mar de Plata, rememora la figura proverbial de su defensor en tiempos de gloria santa: “A Claudio lo hice jugar como zaguero y su rendimiento fue extraordinario. Fue todo un baluarte para ese equipo, un jugadorazo, un crack con buena técnica, buena marca, buena salida. Tengo uno de los grandes recuerdos de él como jugador y como persona. Un ser humano espectacular”
Claudio La Fiera Giovanoni, protagonista de lujo de esta crónica periodística, vivió apasionadamente su trayectoria deportiva. Pasión que no mutó en el tiempo y que se agigantó fuera de la cancha. Evidentemente las musas inspiradoras del Flaco Spinetta han calado tan hondo en su ser que a pesar de tanta sinrazón humana y más allá de las decepciones mundanas que fluyen a borbotones, enarboló una noble bandera de resistencia, punto de partida para construir una sociedad más justa, pacífica y solidaria.

El chiquito que no pasaba el metro y medio de estatura en la Escuela Escuela Nacional de Comercio, descartado por sus pares de primer año para formar parte en 1976 del equipo que llegaría a la postre a la final local de los juegos Evita, desde entonces, dicen sus afectos más cercanos, no paró de crecer.
El entrañable José Piergentili, profesor de Educación Física jubilado, inoxidable romperedes de Independiente en los años 70´, compañero de Claudio en la Secundaria, escribe y me acerca esta historia cuyo título hace alusión directa a este simpático recuerdo adolescente. Transcribo el párrafo final de su texto: “Viéndolo ahora, en los últimos años, siendo referente del equipo y de la liga de veteranos en la que juega, siendo una animador permanente de la Peña del club Mar del Plata, realizando desde allí sentidos homenajes a reconocidos integrantes del fútbol local de todas las épocas, leyendo la pasión con que escribe tanto de amigos como de eventos solidarios en las redes sociales, y habiendo asumido hace poco un cargo directivo en su querido Club Mar del Plata, dónde está trabajando a destajo aún en este año tan particular, me pareció un título adecuado “ Claudio es un chiquito que no para de crecer”. Abrazo de gol y de admiración”.
En la actualidad Claudio es vicepresidente del Club Atlético Mar de Plata, compañero incondicional del presidente Guillermo Herrero, integrante de una conducción dirigencial que lucha día a día por mantener en pie económica y afectivamente los pilares filosóficos que dan sustento a una entidad barrial. En compañía de Sergio y Leonardo Chaluf, Alejandro Mena, Juan Garrido, Fernado Orduna, el Chapu Blanco, entre tantos otros, promovieron desde su llegada un proyecto que intentará transformar y potenciar el fútbol amateur del blanquinegro.
“Con Guillermo, un tipo excepcional, reivindicamos la historia del Atlético, porque si un club no tiene memoria estás frito. No hay que dejar que nos tomen los clubes, que se queden con las sedes, que venga cualquiera y haga lo que quiera. Hay que cuidarlos, hay que cuidar la identidad de cada una de las instituciones de la ciudad”.
En 2010, su inquebrantable vocación por restaurar la memoria deportiva y cultural de la ciudad y su innegociable escala de valores, donde la amistad y el respeto es una condición indispensable para construir puentes de comunicación con los otros, cristalizó en los hechos un viejo anhelo personal: La Peña Blanquinegra Ángel Zamboni.
“Siempre soy de armar grupos, de promover reuniones y juntadas. Empezamos con el Pato Posada en un espacio que nos daban desinteresadamente los Veteranos de Casinos, después nos acercamos al club y nos prestaron el quincho. La peña lleva el nombre de un ex compañero muy querido. Desde nuestros inicios destacamos a figuras consagradas como a simples anónimos. Lo hicimos con una campeona del mundo de patín como Silvina Posada, como también con Juancito, un histórico hincha del club. Siempre contamos historias desde el corazón, hayan sido parte o no de nuestro club”.
Marcelo Sanjurjo, Néstor Alfonso, Mario Trucco, Cholo Ciano, el Patón Luis Alberto D´ Estéfano, Manija Mústico, Tatore Vuoso, Cacho Martínez, Mario Palmiotto, son algunos de los nombres elegidos por los integrantes de la peña para rendirles un merecido reconocimiento. Claudio, emulando la muy buena pluma de su hijo Francisco, escribe y lee la reseña de cada homenajeado, en tanto, el Pato Posada, una especie de presidente honorario, aprueba y da el visto bueno final para la convocatoria de futuros agasajados.
Carlos Cacho Martínez, por quien Claudio siente una profunda admiración personal y profesional, fue uno de los distinguidos que valora el gesto y la nobleza de quienes conducen la ya muy popular Ángel Zamboni. “Hace tres años que lo conozco a Claudio y la verdad ha sido un gran hallazgo, descubrí a un ser humano con muchos valores, una persona que demuestra mucho amor, comprometido con las cosas que hace. Un ser que ama profundamente a su club, a su familia, a sus amigos. Cuando vas a la peña te hacen sentir uno más del Atlético, aunque nunca hayas jugado allí. Tuve un hermoso reconocimiento, inolvidable, muy emocionante”.
Como epílogo de esta columna rescato del olvido, no podía ser de otra manera dada las características del entrevistado, una memorable observación futbolera de Alejandro Dolina. Repienso la idea y parafraseando al hombre sensible del barrio de Flores aventuro una justificación final.

Cierto es que algunos medios nos invitan a conocer y seguir el ejemplo de nuestros futbolistas consagrados en el mundo para encontrar por fin un destino primermundista como pueblo. Yo creo que las respuestas están a la vuelta de la esquina, cercanas en el afecto. Por eso narro estas historias, por eso mi homenaje a los Giovanoni, a los Abelén, a los Carli, a los Rago, a los Gáspari y a todo los queribles jugadores de Mar del Plata, quienes indudablemente también impartieron una ética, una estética, tal vez una cultura, cuyo inapelable resultado sea, como esgrime Dolina, los goles memorables de Diego Maradona, de Mario Kempes y de Lio Messi.
Por último, confirmó, una vez más, mi caprichoso axioma futbolístico. El fútbol siempre nos permite hacer nuevos amigos, no importa la edad ni el momento. Su magnánima capacidad de propiciar nuevos encuentros hace más llevadero nuestros días, sobre todo cuando el que nos gana el corazón tiene el alma de diamante y mira el partido pegado al alambre olímpico.
Mario Giannotti
Claudio Giovanoni por Francisco Giovanoni
Conociendo la calidad humana y profesional de Francisco, respetado y talentoso periodista en la ciudad, le pedí que escribiera una personalísima crónica sobre su papá. La emoción y los datos estrictamente periodísticos caminaron de la mano y dieron vida a este bellísimo texto que conmueve a propios y a extraños…
Mi viejo es un hombre de 60 con el espíritu indisimulable de un niño. Sin maldad, pura bondad, y una personalidad sensible donde la familia, los amigos, el Flaco Spinetta, su comercio en el puerto, el querido Boca Juniors y el Club Atlético Mar del Plata lo representan fidedignamente y ocupan plenamente su inmenso corazón.
Nuestra vida hasta aquí ha sido hermosa. Fui el primero de sus tres hijos, al nacer en un departamentito de Moreno y Jujuy, a dos cuadras nomás de la sede del “Decano”, donde a los pocos meses disfrutó tal vez su mayor alegría en el fútbol, al ser campeón de la Primera “B” y lograr el ascenso en la Liga.
El amor y la admiración por mis abuelos Coca y Rubén. La hermandad con Darío. El depósito construido con esfuerzo de años al fondo de la casa de ellos en la calle 150, para nuestra distribuidora “Rutas Argentinas” (guiño spinetteano). El viejo Bedford conocido por todos como el “Enriqueta” con el cual recorrían el país y asistía a los entrenamientos. Luego las F-100, y el Dunita 0KM con el cual viajamos ¡7! a nuestras primeras vacaciones, a San Rafael Mendoza para el cumple 86 de la bisabuela Agustina. La casa de Alberti y Dorrego y sus goteras. Ver juntos en vivo a Diego rezar “La pelota no se mancha”. El hogar actual que es merecidamente propio desde 2008, tras tantos años de mudanzas y esfuerzo. El viaje en familia a Cuba. La parrilla, siempre prendida para ser servicial.
Mi viejo siempre respiró fútbol y, dicen, fue un gran jugador que podría haber llegado a mejores cosas en este deporte. Yo disfruté vívidamente sus últimos años en la Liga Marplatense. Para mí era un ídolo y el Mundialista era como “La Bombonera”: mi viejo pisaba el mismo césped que pisó Maradona. Orgullo de niño. Nunca olvidaré cuando pude entrar al campo de aquel estadio en un entrenamiento con Deportivo Camet y ponerme atrás de un arco. O los choripanes en la parrilla de los Della Torre sobre Champagnat, para luego caminar hasta el cemento del estadio San Martín.
Pero el recuerdo más maravilloso fue la campaña completa con San José, campeón de la “B” en 1992. Los sábados en las tablas de madera de la cancha ubicada en Las Heras con mi abuelo y mi tío, el olor a chori, la “barra” del barrio y sus banderas –muchachos que una vez se apoderaron del estéreo de su camioneta, pero cuando se enteraron que era de “La Fiera”, lo devolvieron-, los vestuarios hechos precarios, el fuerte olor a átomo desinflamante. Fue un equipazo que ganó en todas las canchas. Y las dos imágenes más emotivas para mí, irrepetibles, fueron dos: cuando se consumó el ascenso al ganarle 2-0 a Racing, donde invadimos el campo de juego y dimos la vuelta olímpica en Las Heras (salí en la tapa de El Atlántico junto a él); y en el partido siguiente de festejo del título: ante San Isidro en cancha de Mitre, estábamos con mi abuelo y mi tío junto a la hinchada atrás del arco. Córner desde la izquierda, salto inmenso de mi viejo y “frentazo” cruzado, con tal fuerza que la pelota picó una vez, pegó en los dos palos e ingresó con el arquero a contrapierna. Todos abrazados, y él que dio la vuelta por atrás del arco y con su mano saludó a todos tocando el alambrado. La única mala fue cuando en un cruce con el “Flaco” Lerga, se fracturó un brazo en cancha de Círculo, lesión que le impidió de disfrutar aquella vuelta a primera con “Sanjo”.
Mi tarea de asistente personal fue prepararle el bolso y enrollar las vendas. Hasta Argentinos del Sud, su último club en el ´95, no me perdí ningún partido. Luego, cada tanto a seguirlo con los veteranos de “Jesús Obrero” y “Los Boga”. Y, desde siempre, a acompañarlo a los partidos de papi fútbol en “Fútbol 5” de calle Salta o los turnos de “San Paolo” donde era una delicia verlo jugar. Era más “lírico” que en cancha de once.
La verdad es que nunca se retiró. Pese a una fractura de tibia y peroné jugando en los veteranos, mal recuperada que hoy lo dejó con una muy leve renguera, hasta antes de la pandemia disfrutaba del tenis-fútbol en Primavesi , los picados de los miércoles con “Kichu” Maffioni y compañía en lo de Sergio Trebbini, y los encuentros de verano con Nito Artaza.
La amistad lo es todo para él. Lo conoce medio mundo y tiene amistades por todo el globo. Posee la capacidad de seguir sumando amigos a cada paso, sin importar edades. Si sos honesto, ya estás en su círculo. Jodón eterno, la “Momia” Munar es su mayor víctima. Usa mucho el Whatsapp pero sigue llamándote también al fijo para saber cómo estás. Y vive en constante homenaje a su gente querida en cada cumpleaños. Facebook nos hizo descubrir al letrista sensible que llevaba oculto. La música y la influenciable humanidad del “maestro” Flaco Spinetta que felizmente nos inculcó, también lo distinguen en este “Jardín de gente”.
La familia es su sostén. El amor de mi vieja, María José –compañera de fierro-, desde hace 37 años es ejemplar. El cuidado para quien escribe y mis hermanos Melisa y Nicolás, a cada paso, lo es todo. Desde hace 7 años es el abuelo más baboso del mundo de Ámbar, mi hija que le ilumina el rostro como nunca antes.
Toda la vida trabajó y sigue haciéndolo con pasión en nuestro pequeño reducto de calle 12 de octubre, epicentro de personajes que lo descubren y lo visitan. Los clientes vuelven por él, en gran medida. Desde allí, arma peñas, agasajos, encuentros y gestiones para el club.
Hoy, impensado tiempo atrás, viste nuevamente los colores blanco y negro del Atlético Mar del Plata pero como vicepresidente. Enumerar sus acciones para el “Decano” extenderían tediosamente estas líneas. Simplemente mencionar el amor a su Peña Blanquinegra “Ángel Zamboni” (en recuerdo de un entrañable amigo y excompañero) integrada por sus amigos más íntimos, que desde los encuentros que son un clásico en el salón “Francisco López”, los homenajes y las movidas solidarias fueron el puntapié inicial para la vuelta hoy de mucha gente hermosa al club, que están bancando la pandemia como héroes sociales.
Un padre especial. Un ídolo. Un espejo. Un amigo que siempre está. Mi viejo es todo eso y más. Gracias, Mario, por reconocerlo con esta maravillosa entrevista.