Carpeta Eito, la leyenda que se hizo realidad

Carpeta Eito, la leyenda que se hizo realidad

Estas líneas desean enaltecer las virtudes de un hombre cuya vida parece ser una maravillosa creación imaginaria del Gordo Osvaldo Soriano, o de Eduardo Sacheri o del mismísimo Roberto Fontanarrosa. Es más, si Carpeta no hubiese existido, los socios y los hinchas de Kimberley tendrían que haberlo inventado.

26 de septiembre de 2020

“A los jugadores que no tienen talento hay una sola manera de respaldarlos: haciéndoles sentir la confianza de la mecanización. Nuestras razones eran orden, respeto, disciplina. El lema siempre era mejorar lo anterior.”

Carlos Timoteo Griguol

 

El entrañable Marcelo Sanjurjo suele recordarme una sabia reflexión del Mariscal Roberto Perfumo, una preciosa definición que describe con puntillosa exactitud una manera de entender un fenómeno social que trasciende lo meramente deportivo. “El fútbol es un deporte hermoso, lástima que dan partidos”.

 

Indudablemente las historias de algunas de las figuras más destacadas de este juego, nos permiten recorrer un camino lindero a los límites geográficos de un campo y ratificar en los hechos aquel pregón literario que solía proclamar Roberto Fontanarrosa, un auténtico axioma intelectual que le dio razón de ser a cada una de sus narraciones.  “Escribir sobre fútbol no es contar un partido, no es contar lo que pasa en la cancha, sino lo que está afuera, lo que lo rodea  y hace a la cancha”.

 

En numerosas ocasiones, excepto, claro, en aquellos clásicos donde se define la supremacía histórica de unos sobre otros, o cuando está en disputa un campeonato o un descenso, lo que acontece en la gramilla pierde dimensión ni bien al árbitro hace sonar su silbato y los jugadores enfilan raudos su camino hacia a los vestuarios. El resultado de la contienda con el transcurso del tiempo se convierte en un hecho efímero, circunstancial, volátil, olvidable, anecdótico.

 

Lo que perdura intacto, inmortal, es el vínculo con el otro, con los otros. Muchos de nosotros contando viejas hazañas futboleras no hacemos otra cosa que aferrarnos  a la vida, a los afectos, a las mejores experiencias que supimos protagonizar corriendo tras una pelota que giraba inalcanzable. En cada relato aprisionamos los retazos de aquellas aventuras futbolísticas que también le dan sentido a nuestra razón de ser. Por tanto, reitero, en ciertas ocasiones, lo que rodea y hace a la cancha, nos resulta infinitamente más atractivo que lo que acontece dentro de ella.

 

En consecuencia, afronto esta crónica periodística sobre la vida de Juan Carlos Carpeta Eito enarbolando esta premisa como bandera. Esta columna describe las bondades humanas y profesionales de un exitoso director técnico, de un ser noble, íntegro, respetado, y sobre todo muy querido. Estas líneas desean enaltecer las virtudes de un hombre cuya vida parece ser una maravillosa creación imaginaria del Gordo Osvaldo Soriano, o de Eduardo Sacheri o del mismísimo Roberto Fontanarrosa.  Es más, si Carpeta no hubiese existido, los socios y los hinchas de Kimberley tendrían que haberlo inventado.

 

Manuel, su abuelo paterno, a los 18 años de edad escapó a la absurda brutalidad de la Guerra Civil española y se refugió en Francia donde conoció a Francisca Climente, su futura esposa. La contienda bélica se extendió durante tres años y significó la instalación en el poder del dictador Francisco Franco. El joven Eito, frente a semejante panorama, no regresó a su patria y decidió  junto a la familia Climente viajar a la Argentina, a Mar del Plata. Al poco tiempo de su desembarco, en las paradisiacas playas de la costa galana, contrajo matrimonio con su prometida francesa.

Luego nació Ernesto Manuel Eito, su papá, quien años después se enamoró de Hilda Ester Berenjeno, una bella mujer que logró ganarle el corazón y llevarlo al altar. En 1945 Manuel, rebautizado Chiche, instaló su carnicería en la calle Alvarado, a cuatro cuadras de la sede del Club Kimberley. La familia creció; llegaron sus hermanos Ernesto y Oscar. El 11 de febrero de 1954, a pesar de los malos augurios y las trágicas consecuencias que podía desencadenar el parto, Hilda dio a luz a un rozagante bebé al que llamaron Juan Carlos.

 

“Mi madre eligió tenerme sabiendo que podía morir pariendo. Estaba enferma, tenía una insuficiencia cardíaca que no era operable en aquel tiempo. A veces pienso que ella se equivocó, que tendría que haber optado por su marido y por mis hermanos, pero pensó como una madre y yo siempre le voy a estar agradecido. Murió cuando yo apenas tenía treinta días y ella tan solo treinta años edad. Este hecho marcó a fuego mi vida. Será por eso que siento un cariño muy especial por los chicos que no tienen papá o mamá, es como que los adopto, los cuido. Yo los entendía, entendía su soledad, por eso siempre me preocupó más el otro”.

 

Tal vez, él que es producto de un inconmensurable gesto de amor maternal, comprendió instintivamente que la única manera de transitar la vida era proveyéndose de mucho afecto. Quizás el cariño que le prodigó a cada uno de sus jugadores fue una manera de redimir su pena, una manera inconsciente, mística y terrenal de acercarse a su mamá y poder agradecerle el estar vivo.

 

La familia de Raúl Elías, vecinos de los Eito, ayudaron a Chiche y colaboraron en la crianza de sus tres hijos, especialmente de Juan Carlos que era un recién nacido. Entonces Mari y Chiquita fueron las mamás del corazón, el barrio una frondosa guardería infantil y el Verde una segunda casa.

 

“Kimberley es todo para mí. Me acuerdo que cuando era muy chico mis hermanos iban a bailar al club y me dejaban durmiendo en una de las mesas de billar hasta que volvíamos a casa. Me acuerdo cuando estaba horas y horas cortando papel picado para la fiesta de carnaval. Cuando tenía nueve años fui con el dirigente Luis Nicolai hasta la Villa Deportiva y lo ayudé en la demarcación de las futuras canchas. En Kimberley hice amigos que fueron familia, encontré personas como el Gato Jorge Mignini y Héctor Filo Noselli, dirigentes que confiaron en mí y a quienes les debo lo que soy”.

 

Sus primeros picaditos de la infancia los jugó en las veredas de una barriada verdiblanca hasta que se sumó a las divisiones menores del albiverde. Era segundo marcador central, llevaba la seis en sus dorsales y compartía zaga con Raúl Lucarno. El entrenador era Gilberto Domenech. A los 12 años empezó a dirigir las categorías menores de Kimberley de la mano de Silvestre Pisa, un reconocido goleador que había triunfado en el calcio italiano. Entrenaban en la ollita, un improvisado campo de juego en los terrenos que hoy ocupan los escenarios del Complejo Municipal de Deportes “Teodoro Bronzini”.

 

La fusión con el Club Sporting acercó buenos futbolistas al flamante proyecto juvenil y potenció el poderío de la institución de la Avenida Independencia. El hijo de Tito Yanni, legendario campeón de box marplatense fue parte de aquel equipo. Eduardo era una promisoria figura del Verde hasta que decidió emular a su padre. Un día se calzó los guantes, colgó los botines  y emprendió su derrotero en el pugilato profesional.

 

“Cuando murió Pisa, cumpliendo su deseo personal, la dirigencia me contrató como director técnico. Empecé en Quinta y ayudaba al Mazorquero Juan Manuel Romay en la Tercera. Con 17 años dejé de jugar y le dediqué todo mi esfuerzo a mi nuevo rol de entrenador. Después llegó el Turco Roberto Saba, otro maestro. Aprendí muchos de ellos. Romay era un señor, un tipo muy correcto, una especie de padre para mí. Saba sabía mucho, era distinto, difícil, pero un fenómeno trasmitiendo sus conocimientos sobre fútbol”.

En 1979 Kimberley revolucionó la ciudad con la contratación del promocionado DT Carlos Timoteo Griguol y del goleador patanegra Norberto Cacho Eresuma. Vale recordar que el 9 de septiembre en al marco del telúrico Torneo Nacional, el Dragón conquistó uno de los triunfos más importantes de su historia al superar 2 a 1 a un River Plate dirigido por Ángel Labruna; un equipo que contaba en sus filas con figuras de la talla de Ubaldo Matildo Fillol, Juan José López, Norberto Osvaldo Alonso y Leopoldo Jacinto Luque. Al finalizar el certamen el arquero Eduardo Esteban Basigalup y el marcador de punta derecho Roberto Carlos Mario Gómez emigraron con el entrenador a Ferro Carril Oeste.

 

Carpeta  y Juan Manuel Romay fueron integrantes del cuerpo técnico de Griguol. Timoteo le trasmitió sabiduría y experiencia profesional, lo jerarquizó, lo ayudó, lo convirtió en unos de sus colaboradores predilectos, confió en él como experto detector de jóvenes promesas marplatenses. Lo erigió amigo, compinche.

 

“Para la familia de Carlos yo soy un hijo más. Él decía que yo tenía una visión especial para ver jugadores. Por eso me contrató como Manager de Ferro para captar talentos en Mar del Plata y la zona. Después me pidió que lo acompañara a Ferro y a River, pero le dije que no. No me quería ir de mi ciudad, no quería alejarme de mi barrio, de mi viejo, de mis amigos, de mi gente, de Kimberley. Como muestra de afecto me permitió tener la representatividad y la cuenta de Adidas en la ciudad. Fui el primero. El local estaba en Independencia y Castelli y la casa se llamaba Deport Doos”.

 

En los albores de los años 80´los futbolistas menores que se destacaban en los campeonatos locales no tenían acceso directo a las categorías juveniles de los clubes capitalinos de primera división. Pocos tenían la chance de probar suerte en Buenos Aires y pocos eran quienes se ocupaban de una tarea que hoy se ha convertido en una prolífera profesión de cara a la proyección y posterior contratación de jóvenes. Juan Carlos fue uno de los pioneros en este sentido, uno de los que desoyendo las críticas de quienes entendían que los jugadores eran muy chicos para emigrar a las pensiones que poseían los equipos en Capital Federal, viajó a Ferro con Hugo Marinella y con Carlitos Silva. Años después fue promotor del fichaje de José Forte y del Mono Germán Adrián Ramón Burgos al club de Caballito.

 

Silva, en la actualidad un prestigioso empresario marplatense, uno de los predilectos de Carpeta, uno de los futbolistas forjados en la invencible categoría 66´de Almagro que brilló en Kimberley, describe desde el afecto la personalidad de su descubridor.

 

“Carlitos para muchos de nosotros fue un papá joven, era como lo que es ahora: lo valores primero, el resto después. Muchos veníamos de técnicos más duros, distantes, pero Carpeta era distinto, yo digo que él fue el cambio hacia el técnico moderno. Con valores que cuesta encontrar fuera del fútbol. Buena persona, armador de grandes grupos humanos.  Yo puedo decir que tuve la suerte de tenerlo en mi camino”.

 

Su debut en 1982 como conductor táctico estratégico de primera división en el club de sus amores merece un tratamiento especial dado la significancia que tuvo en su carrera deportiva. Kimberley había desestimado la continuidad en el cargo de Jorge Cholín Davino, uno de los ídolos del Verde, uno de los héroes  el 1 de noviembre  de 1970 de la apoteótica goleada 5 a 0 frente a Independiente de Avellaneda.

 La flamante comisión de fútbol albiverde integrada por Raúl García, el Gato Mignini y  Filo Noselli, apostaron sus fichas por un novato Juan Carlos Eito, un hombre de la casa que conocía, por su trabajo en inferiores, las virtudes y los defectos futbolísticos de cada uno de los jugadores más jóvenes del club. Eito tenía apenas 25 años, era más chico que algunos de los integrantes del plantel que iba a dirigir. Ya lo llamaban Carpeta, popular apodo que le endilgó Raúl Elías al verlo caminar las canchas cargado de papeles, carpetas y pizarras  en las cuales planificaba sus entrenamientos y escribía las tácticas que utilizaría en cada partido.

 

“Arranqué con el Profe Federico Maidana y luego llegó Alfredo Guerisoli. Empezamos mal, perdí los tres primeros partidos y empaté los dos siguientes. Algunos me querían echar pero me salvó el Suso Jesús Martínez, que desde España convenció a la Comisión Directiva para que me dejara seguir. Fuimos campeones con muchos pibitos del club. Yo dirigía cuatro categorías y en las cuatro fuimos los primeros. Para mí ese equipo del 82´fue el mejor que dirigí en mi vida, un equipazo. Teníamos un capitán, el Quichu Maffioni, que unía el grupo, y dos que la rompían: el Chueco Javier Da Silva y el Zurdo Jorge Orgambide”.

 

Orgambide es una de sus criaturas preferidas, su orgullo como director técnico, su jugador ideal. Una vez que el Zurdo dejó el fútbol la relación generó un vínculo inquebrantable. Jorge hoy es un amigo incondicional, un hijo de la vida, su socio dentro y fuera de una cancha, el padre de sus ahijados Cristian y Fabio.

 

“Jorge era el 10 que quería Carlos Griguol para Ferro, pero el Suso Martínez lo llevó a Valencia en un tiempo donde solo se podían contratar dos extranjeros. Las fichas las ocupaban Mario Kempes y Darío  Felman. El Zurdo jugaba los amistosos pero no tenía lugar en el primer equipo. Además, Carlitos se había enojado con los dirigentes de Kimberley porque pidieron una fortuna por su pase, malestar que precipitó su decisión de contratar al paraguayo Adolfino Cañete”.

 

El campeón deleitaba a propios y extraños cada vez que la dupla Orgambide – Da Silva se regodeaba a pura gambeta en las inmediaciones del área rival. El Chueco, ídolo indiscutido y sello identitario de los albiverdes, era un toque de distinción, una cuota sutil de calidad, la esperanza latente de un pase gol, la chance cierta de ganar un partido. Carpeta solía contar a sus allegados que Orgambide y Da Silva constituían una amalgama perfecta de talentos. “Yo tengo a Mara-dona, entre los dos hacen lo que Diego logra por si solo en una cancha”. El estratega Da Silva definió la personalidad de Eito.

 

“Juan Carlos era el técnico joven. Yo había tenido algunos partidos con el Cholín Davino, pero Carpeta en el 82´me consolidó en el equipo titular. Nosotros éramos un grupo de purretitos que nos gustaba jugar al fútbol, que teníamos hambre de gloria, tanta como él. Destaco su impronta para formar grupos humanos, su liderazgo. Es una gran persona, muy buen técnico, un tipo que sacaba lo mejor de cada uno de sus futbolistas”.

 

La obtención del título liguista le permitió ser parte del Nacional 83´. Fiel a su idiosincrasia respeto a los jugadores del club y les dio continuidad en el plantel: acordó la llegada de incorporaciones marplatenses, pidió por la repatriación del canterano Raúl Longhi, – mediocampista con una vasta trayectoria en el Español de Barcelona- y aprobó la contratación del Beto Alberto Pascutti.

 

Kimberley compartió la zona con Altos Hornos Zapla de Jujuy, Vélez Sarsfield y Newell’s Old Boys de Rosario. En el equipo de Villa Luro descollaban Nery Pumpido, José Luis Cuciuffo, Carlos Ischia, Norberto Alonso, Carlos Bianchi y Jorge Comas. En tanto, Víctor Rogelio Ramos, Santiago Cucurucho Santamaría, Jorge Gabrich, Sergio Almirón y un juvenil Gustavo Dezotti, apabullaban a sus rivales a puro grito de gol. Los resultados no fueron los esperados y Carpeta, tras una dura discusión con Mignini, fue desplazado de su cargo. Luis Merengue García ocupó su lugar, mientras los primos santos lo tentaban para que tomara las riendas del  once patanegra.

 Algunos estoicos hinchunes de San Lorenzo atesoran en sus retinas la imagen de un centenar de simpatizantes Verdes insultando en las puertas de la sede a Juan Carlos Eito mientras este firmaba su contrato en el club rojinegro. Su personalidad, su carisma y su capacidad de trabajo, le permitieron limar viejas asperezas deportivas, neutralizaron algunos focos de resistencia y le concedieron un lugar de privilegio en la consideración de los hinchas y los dirigentes santos, con quienes pudo construir una duradera relación de respeto y amistad. Su gestión fue determinante para revalorizar las divisiones infanto- juveniles  y para promocionar a varios jugadores que se destacaban en sus categorías, entre otros, Jorge Vidal, José Silva y Martín Brignani. El actual entrenador de Estudiantes de Mérida en la presente Copa Libertadores de América, debutó en primera división vistiendo la camiseta de San Lorenzo con 14 años de edad.

 

Repaso y agendo su recorrido por diferentes clubes de la ciudad.  Cadetes de San Martin en la C, San José, Nación, Almagro Florida, Unión, Peñarol. En 2000 armó un equipazo en su amado Kimberley y fue campeón. Con el Chueco Da Silva como ayudante de campo, también fue torazo en rodeo ajeno y le dio dos títulos a León de Madariaga.

 

En su curriculum profesional  hay una experiencia que lo vincula directamente con la Selección Argentina que dirigía Daniel Pasarella. Carpeta era en Mar del Plata el responsable de organizar y seleccionar jugadores que oficiaban de sparring del combinado nacional. Durante la permanencia del equipo albiceleste en Villa Marista, Eito era un cuarto integrante del cuerpo técnico, un colaborador más junto a Américo Gallego y Alejandro Sabella.

 

Muchos escritores  y cientos de periodistas deportivos, con ínfulas de prósperos literatos, han hecho un arte sobre las novelescas anécdotas que narran los protagonistas del fútbol, repetitivas costumbres, que en algunos casos, cruzan esa delgada línea que media entre la fantasía y la realidad. Fábulas populares que corren de boca en boca, sobre todo cuando el que las cuenta sabe cómo hacerlo y deja entrever en cada relato un tinte bien cabulero.  Juan Carlos Eito bien podría escribir un “best seller” donde las buenas y no tan buenas costumbres se reproducen hasta el hartazgo, o en todo acaso hasta que la diosa fortuna cruza de vereda y deja de generar ese deseado  halo protector que garantiza triunfos épicos, memorables.

 

“Yo soy muy cabulero. Todos lo saben y lo aceptan. Soy tremendo. En los clubes siempre use mi propia ropa, era por cábala nomás. Muchos me preguntan por la gorra, la bufanda, la campera roja, mis medallitas y la imagen de la Virgen de Lourdes. En un tiempo, si mi perro Pipo mordía uno de los papelitos que yo tiraba al suelo con los nombres de los jugadores que iban a ser titulares, ese quedaba afuera. Otra que se hizo muy conocida era cuando llegábamos al vestuario con los titulares confirmados en la semana, yo iba al baño, y cuando regresaba, había algo que me decía que tenía que meter un cambio. Confiaba en mi instinto y me salía bien”.  

 

La nota es extensa, llevamos casi dos horas de charla. Como buen entrenador entiende que es momento de cerrar el partido, que no hay que distraerse, que hay que cuidar la pelota y no descuidar las marcas. Me confiesa que es un hombre feliz, que le dedicó su vida al fútbol y que lo volvería a hacer. Solo se arrepiente de no haber incursionado en política cuando su amigo Federico Maidana lo llamó para ser candidato a concejal.

 

“En Kimberley junté a los ricos con los pobres, me preocupé por cada uno de mis chicos, miré más allá de lo que pasaba en una cancha. Les pedía los boletines y les inculcaba la necesidad de ser buen estudiante. Creo que dejé un legado que es un símbolo del club: jugar con futbolistas de inferiores. En lo deportivo me podrán igualar, me podrán superar, pero lo mío quedó de por vida”. 

 

Me pide que no me olvide de Tito y Rosa Maffioni , los padres de Rodolfo, su capitán en 1982, cocineros y anfitriones de un plantel tan ganador como unido. Me habla de Mandarina Martínez, un carasucia que jugaba como los dioses y halaga el paso cansino y la zurdita de Santiago Mancuso: “Pipiolo era un fenómeno como jugador y como persona. Si preguntás, la gran mayoría te va a responder que fue el mejor de todos”.

 

Mancuso, respetado y categorizado Profesor de Educación Física, exalta la virtuosa capacidad que tenía y que tiene Carpeta para juntar buenos jugadores, para elegir a los mejores.

 

“Juan Carlos tenia códigos, era un buen compañero, tenía un ojo bárbaro para marcar talentos, era un apasionado,  siempre se preocupaba más por atacar que por defender. Era especial. Una vez me sacó del entrenamiento y me dijo: – Te veo muy bien Santiaguito, estás muy bien Pipiolo, estás nueve puntos, pero va jugar él, que está diez- . Era imposible enojarse” 

 

Empezamos a desandar los últimos minutos de un partido que se juega en el campo de los recuerdos. Me pide -me suplica-, que haga una pequeña lista, humilde, pero minuciosa de todos los gestos y toda la gente que él quiere, que admira, que son parte de su historia, que le hacen bien, que la dan sentido a sus días. Una lista sin mayúsculas, sin famas, sin prioridades.

 

“Nombralos a todos por favor, ellos son mi familia, la familia que no pude formar. Mencioná a los pibes que vienen a mi casa y me piden que les trasmita mis vivencias, mis anécdotas. Me llena el alma poder ser escuchado, ser reconocido, tener al afecto de tantas personas”.

Insiste con la lista, por un momento parece olvidar que él es el  homenajeado, el protagonista principal de esta reseña periodística. “Dale no te olvides”, – repite.

 

Le hago caso y transcribo algunos de esos nombres propios que fueron o son parte sustancial de su vida. Emiliano Rodríguez, Alejandro Proben, Alexis Matteo, Martin Prado, Diego Ortiz, Christian Otero, Martin Palmero, Pablo Damboriana, Esteban Alioto, Nahuel Roselli, Sergio Del Curto, Mariano Miranda, Facundo Alvanezzi, Roberto Fernández, Jorge Bosco, Domingo Robles, Cacho Méndez, el Profe Benavente, la familia Vóttola, el Negro Pacheco, Cacho Pagano, René y Marcelo Zwicker, el Uña, el Gallego, etc, etc, etc.

 

“Quiero agradecerles a los periodistas, a todos, pero especialmente a Julio Macías- mi amigo de la infancia- , al Negro López, a Walter Saavedra, a Sebastián Arana, a Armando Fuselli, y a mis ídolos Juan Carlos Morales y Vicente Cholo Ciano”. 

 

El juez de partido ha pitado el final del pleito. Sus tres adorados perros fox terrier reclaman su atención. Chiche, Chola y Foster ladran detrás de la puerta del comedor. Ellos, a su manera, también merecen ser parte de esta columna.

 

Al finalizar este texto imagino el orgullo de Oscar y Ernesto -sus hermanos – y presagio la emoción de Mariano, Gonzalo, Sebastián y Leonel- sus sobrinos.

 

Pienso un buen cierre, una imagen que me permita ratificar una idea fundacional, esa que nos recuerda a cada instante que en el fútbol lo que perdura intacto, inmortal, es el vínculo con el otro, con los otros. Sin lugar a dudas, muchos de nosotros contando viejas hazañas futboleras no hacemos otra cosa que aferrarnos a la vida, a los afectos, a las mejores experiencias que supimos vivenciar corriendo tras una pelota que giraba inalcanzable. En cada relato aprisionamos los retazos de aquellas aventuras futbolísticas que también le dan sentido a nuestra razón de ser. Por tanto, reitero, en ciertas ocasiones, lo que rodea y hace a la cancha, nos resulta infinitamente más atractivo que lo que acontece dentro de ella.

 

Juan Carlos Eito es uno de esos admirables seres humanos que parecen pensados por la imaginación literaria de Osvaldo Soriano, de Eduardo Sacheri o del mismísimo Roberto Fontanarrosa. Su particular tono de voz nos atrapa y resulta casi imposible dejar de escucharlo. Juan Carlos Eito es ese adorable chiquilín que acurrucado en una de las mesas de billar del Club Kimberley una noche cualquiera se soñó Carpeta. Una especie de leyenda urbana que se hizo realidad. Alguien que, si no hubiera existido, tendríamos que haberlo inventado…

 

Mario Giannotti 

 

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