Esta columna desea reivindicar la figura de un crack, enaltecer las virtudes de un ser humano excepcional. Describir las experiencias de un virtuoso jugador de fútbol que compartió campos de juego con los mejores. Un fantasista, puro perfil bajo, que nunca hizo alarde de los logros alcanzados.
“Al fútbol siempre debe jugarse de manera atractiva, debes jugar de manera ofensiva, debe ser un espectáculo”.
Johan Cruyff
Mi admirado colega y maestro José Luis Ponsico, un auténtico restaurador de sueños, me contó la historia de Antonio Báez, un talentoso delantero formado en las divisiones menores de River Plate que en los años 40´ llegó a jugar algunos partidos en La Máquina y que en el Club Millonarios de Colombia compartió el ataque con el gran Alfredo Di Stéfano.
Báez, dueño de un personalísimo perfil bajo, fue figura en Tigre y Platense, institución en la que se retiró en 1955 sin grandes estridencias ni grandilocuentes reconocimientos de la prensa especializada. Hasta que siete años después Dante Panzeri, director de la revista El Gráfico, lo rescató de un inmerecido ostracismo y le dedicó una emblemática última tapa. El periodista había renunciado a su cargo tras una disputa ideológica con los dueños de Editorial Atlántida por negarse a publicar, en medio de una crónica de un superclásico, un comentario del por entonces Ministro de Economía Álvaro Alsogaray,
Tras su salida Panzeri acordó reparar periodísticamente lo que él entendía había sido un error histórico. “El Gráfico tiene una gran deuda con un gran jugador–le dijo a Héctor Vega Onesime–. Es Antonio Báez. Andá y hacé una nota con él”. El 5 de setiembre de 1962 la portada inmortalizó la figura del goleador vistiendo la camiseta de River con un título memorable: Antonio Báez, justicia para un olvidado.
Aquella gesta reivindicatoria es también una encomiable manera de ejercer la tarea periodística desde un paradigma profesional que trasciende lo estrictamente deportivo. Existen innumerables futbolistas cuyas trayectorias merecieron o merecen mayor consideración mediática. El balcarceño Antonio Ruberto, exquisito estratega y pieza clave en Banfield de Mar del Plata en el Argentino B, es sin lugar a dudas uno de ellos.

Las imágenes y los recuerdos de mi adolescencia futbolera de pueblo van y vienen como una hamaca vacía en medio de una plaza repleta de pibes y viejos de cincuenta que mate en mano dan su rutinaria vuelta al perro. Allí me veo jugando en Apinta, soñándome una incipiente promesa de mi amado San Lorenzo de Almagro, gambeteando los patadones de los rivales, corriendo detrás de una pelota cada vez más esquiva, resistiendo heroicamente al voraz paso del tiempo que sabio, cruel y lapidario ya me presagiaba un futuro ajeno al fútbol profesional.
Antonio Ruberto, un año mayor que yo, vecino del barrio, acaparaba por su parte todas las miradas de los ojeadores de talentos del campeonato local. Zurdo, cerebral, hábil, excelente pegada, humilde, distinto. A los 15 años de edad ya era el 10 titular e indiscutido de la primera de Amigos Unidos, conjunto Tricolor que había conquistado un resonante Certamen Regional de Clubes Campeones con un plantel conformado por futbolistas de primerísimo nivel, muchos de ellos con una vasta trayectoria en clubes marplatenses que habían participado en los añorados Torneos Nacionales.
Jorge Fernández, Juan Vicente Miccio, el Colorado Juan Carlos Romagnoli, Carlos Catalano, Cesar Gaiza, Carlos Viglianchino, el Cala Iafreffe, Semilla Mancini, Carlos Charmelo y Antonio Ruberto, entre otros, deleitaron con su juego a los estoicos simpatizantes que asistían al populoso y coqueto estadio Antonio Cerono.
Tony Ruberto se había transformado, a pesar de su juventud y su escaso rodaje en primera, en el jugador más importante de la Liga Balcarceña de Fútbol. Para muchos de nosotros un espejo, un modelo, un referente a quien intentábamos imitar, copiar, igualar. Él sin proponérselo, sentenciaba y referenciaba desde su talento individual cuán lejos estábamos de superar con éxito una caprichosa y anhelada prueba en los equipos capitalinos.
En 1986 desembarcó en Vélez Sarsfield. Jugó en buen nivel en sexta y en quinta división hasta que el cumplimiento del Servicio Militar Obligatorio en Tandil, durante trece largos meses, lo marginó del equipo que dirigía Alberto Fanesi. Jorge Griffa, por su parte, luego de observarlo en una práctica, ya había dado el visto bueno para que se sumara a Newell´s una vez que finalizara su vínculo con las Fuerzas Armadas. Firmó la baja cuando el libro de pases ya estaba cerrado y en consecuencia solo pudo acordar su fichaje en la Liga Rosarina. Su estadía en el Parque Independencia no fue positiva, fue de mayor a menor. No pudo cerrar su primer contrato profesional y finalizando 1989 la dirigencia leprosa lo dejó libre.

En 1990 se radicó en Mar del Plata, empezó a cursar el Profesorado de Educación Física en el Instituto de Formación Docente N 84, conoció a María Laura Duran , el amor su vida, su compañera de ruta, su esposa. Por intermedio de Ricardo Mancini y el Cabezón Poy Fernández, ex compañeros en Amigos Unidos, arregló su vínculo contractual con Boca de Tres Arroyos. Allí tiene un año superlativo. Crece en la consideración de los representantes y los técnicos de Buenos Aires. Quilmes lo suma como refuerzo y viste los colores del Cervecero tresarroyense en un regional. La diosa fortuna por fin parece hacerle un guiño cómplice. Estudiantes de La Plata lo convoca como profesional, firma su primer contrato, el corazón está en calma y late al ritmo de su zurda mareadora.
En el Pincharrata disputó la titularidad con un promisorio y ascendente Rubén Capria, con el tucumano Raúl Aredes y con un interminable Emilio Nicolás Commisso. Tony ostentaba sin inconvenientes la camiseta número 10 de Reserva, pero tenía pocas oportunidades de mostrarse y ser considerado por el cuerpo técnico de primera división que conducía Humberto Zucarelli.
Desde Paraguay, Epifanio Rojas, compadre del Pato Pastoriza, lo convenció para que juegue dos meses en su equipo de ascenso con la promesa de emigrar luego a Suiza. En un amistoso contra Olimpia deslumbró a propios y extraños y la dirigencia franjeada no dudó ni un segundo en oficializar su inmediata contratación. El Maño Ruiz, Roberto Perfumo y Ever Almeida fueron durante diferentes etapas sus entrenadores. Pero fue el Mariscal quien lo consolidó como futbolista de elite y le dio la chance de debutar en el campeonato guaraní. En 1993 es partícipe con Olimpia de la Copa Libertadores. A su lado figuras rutilantes, promesas en pie y nombres consagrados. Sergio Goicoechea, el Loco Gabriel González, Celso Ayala, Juan Ramón Jara, Julio César Romero, Raúl Amarilla, Luis Monzón, Jorge Campos y Felix Torres, jerarquizaban la plantilla del Decano.
La bonanza deportiva y la tranquilidad económica en suelo paraguayo aceleró su casamiento con María Laura, quién viajó a Asunción para acompañar a su flamante esposo en un nuevo desafío deportivo. Después nacerían Florencia y Lucas.
“Tony es la persona con la que comparto mi vida hace treinta años. Juntos hemos pasado por momentos lindos, otros no tanto, de felicidad, de aventura, de desarraigo, pero siempre juntos. Tony es honesto como pocos, humilde, una persona con principios, con códigos. Nuestros caminos no fueron fáciles, pero lo importante es que siempre los transitamos juntos y esto nos unió mucho más a los cuatro. Formamos una hermosa familia. Hoy te puedo decir que a Tony lo elegí, lo elijo y lo volvería elegir”.
De Olimpia pasó a Colegiales donde fue parte sustancial de un muy buen equipo, conformado además por un gran grupo humano. En 1994 el reconocido entrenador argentino Oscar Cacho Malbernat emigró de Guarani a Deportivo Quito de Ecuador y pidió por el enganche balcarceño. A la postre, el cálido clima ecuatoriano, el encanto de la ciudad de Quito y una destacada performance en los Challas le dieron forma a una excelente experiencia familiar y deportiva.
Malbernat lo recomendó a Deportivo Mandiyú de Corrientes, equipo que militaba en la primera división del campeonato argentino y era dirigido por su amigo Osvaldo Chiche Sosa. El entrenador aprobó su llegada y le prometió la titularidad junto a Guido Alvarenga. Su arribo no fue como lo había pensado. Una molestia muy dolorosa en el nervio ciático durante el desarrollo de la primera práctica generó la caída de su fichaje, dado que Tony era uno de los dos refuerzos adquiridos por la institución correntina con el objetivo de alejarse de la zona de descenso.

La recuperación, en Mar del Plata, sin club y sin cobrar un solo peso, demandó seis meses de puesta a punto. Luego volvió a Deportivo Quito y en 1996 de la mano de Cacho Malbernat es jugador de Deportivo Provincial Osorno de Chile. Allí comienza a padecer una verdadera odisea producto de dos lesiones que marcaron a fuego su trayectoria futbolística.
En Ecuador yendo a entrenar sufrió un accidente automovilístico que provocó un daño severo en su hombro derecho. El dolor persistió y fue condición determinante en la merma de rendimiento en los primeros partidos con el conjunto trasandino. Hasta que un pinchazo en la rodilla de su pierna derecha lo sacó durante un largo tiempo de las canchas.
El dolor lo inmovilizaba por completo y no le permitía jugar. El Negro Mendoza, reconocido masajista porteño, le diagnosticó una distención de ligamentos cruzado grado tres. El médico de Boca Juniors, Arnoldo Albero, a quién accedió gracias a Pedro González, ex compañero en Osorno que había sido contratado en el verano de 1997 por la entidad xeneise en el marco de un traspaso millonario, encontró un desgaste óseo de la rótula y la ausencia de tejido cartilaginoso. Un cuerpo médico, al poco tiempo lo operó en el Hospital Argerich. La artroscopia fue para cortarle el cuerno posterior, afección que según ellos era la causa de la inflamación y el dolor intenso.
Afincado en Mar del Plata viajó semanalmente a Buenos Aires para cumplimentar cada una de las sesiones de rehabilitación que establecían los médicos. Vivian de los ahorros aunque María Laura ya era sostén afectivo, emocional y económico de una familia que lo acompañó incondicionalmente durante todo el proceso de recuperación física.
La molestia nunca despareció. Estaba desahuciado, depresivo, preocupado. En ese tiempo conoció en el Hospital Privado de Comunidad a Jorge Moreno, reconocido traumatólogo de la ciudad que había realizado una prestigiosa capacitación en Francia. Moreno operó sus cartílagos deshilachados y puso fin a un extenso parate de dieciocho meses.
La pierna no era la misma, había perdido movilidad articular, el pinchazo era ahora una molestia que jugueteaba en su cabeza, pero la chance de volver a jugar al fútbol se presentaba como algo concreto, cercano.
En 1999 Mar del Plata fue sede del Torneo Sudamericano de Selecciones Juveniles Sub-20. La delegación ecuatoriana se hospedó en el Hotel 13 de Julio, lugar que ofició como punto de encuentro de Antonio con conocidos dirigentes de la Federación y clubes de Ecuador. Cuando parecía tener todo arreglado para su vuelta a Quito, un llamado telefónico le advirtió que habían desestimado su contratación porque temían por el estado real de su rodilla. Entonces por primera vez se sintió, al menos transitoriamente, un ex jugador de fútbol y empezó a trabajar como pintor de casas.
A pesar de todo no bajó los brazos y le pidió permiso a Jorge Solari para entrenar en Aldosivi. Tony conocía a uno de los preparadores físicos que había trabajado en Emelec. El Indio lo recibió sin ningún tipo de inconvenientes y lo sumó a Osvaldo Nartallo, quien también formaba parte de las prácticas del Tiburón, mientras esperaba una propuesta, una oferta profesional de algún club interesado en sus servicios.
Recién iniciado el año 1999, el suegro de Nartallo, Raimundo Luengo, un apasionado simpatizante y desinteresado colaborador del fútbol marplatense, los acercó a Rubén Giménez, entrenador que afrontaría con Banfield un difícil Argentino B.
“Mira Mario la calidad humana de Antonio es excepcional. Llegó al club con una humildad increíble, como si fuera un pibe de quinta que se suma al primer equipo. Tony como persona es espectacular y era un jugador tremendo. Yo lo ponía de mediocampista por izquierda, aunque él se sentía mejor de enganche. Nunca se quejó, siempre fue un profesional ciento por ciento y jamás sacó chapa de su recorrido en el profesionalismo. Él era muy pensante, me daba sapiencia y siempre ponía el hombro y se sacrificaba por el equipo. Repito, Antonio Ruberto fue y es un fenómeno”.
El Flaco Nartallo, formidable goleador y mejor persona, no alcanzó a jugar en el Taladro porque logró fichar en el Envigado de Colombia. La relación perduró en el tiempo y la amistad se fortificó con el paso de los años. Indudablemente, Antonio Ruberto y Osvaldo Nartallo son dos buenos tipos, dos buenos ejemplos de personas integras y honestas.
“A Tony lo conocí gracias al fútbol y pegamos una amistad muy linda que ya lleva 24 años. Que te puedo decir de él, más allá de que ha sido y es. Ahora con los veteranos todavía es un distinto con una pelota en los pies, un jugador con una dinámica y visión de juego increíble .Trabajamos juntos en San Lorenzo de Mar del Plata, después cuando yo me fui del Santo el siguió un tiempo más como director técnico de inferiores. Tony es ese amigo que todos queremos tener, frontal, solidario, divertido, compañero, al que le tirás una pared y te la devuelve redondita, en el fútbol como en la vida”.

Antonio fue uno de los pilares del esquema táctico que pregonaba el entrañable Rubén Giménez, difusor del buen trato y el respeto por la pelota, defensor a ultranza de los buenos jugadores, conductor de un Banfield que enalteció una manera ofensiva y estética de jugar al fútbol.
Tras su exitoso rendimiento en el verdiblanco portuense, y antes del ansiado regreso a su amado Amigos Unidos, tuvo un paso fugaz por Alvarado. En 2010, con 41 años de edad, puso fin a su maravillosa carrera vistiendo los colores de Boca de Balcarce.
Germán Gérez, actual presidente del Tricolor balcarceño, amigo de Tony dentro y fuera de una cancha, destaca sus condiciones humanas, su sencillez, su humildad. “Jugué seis años con él y nunca se creyó más que ninguno de sus compañeros, jamás hizo alarde de su pasado. Siempre fue muy respetuoso con sus pares. Cuando te equivocabas o le entregabas mal un pase el único reproche que escuchabas era el clásico- “Dale zapatito dámela bien!-
Sobre el cierre de estas líneas vuelvo a las imágenes de mi adolescencia futbolera de pueblo, recuerdos que van y viene como una hamaca vacía en medio de una plaza repleta de pibes y de viejos de cincuenta que mate en mano dan su rutinaria vuelta al perro.
Mi barrio atesora aún las ilusiones de un puñado de familias trabajadoras que transitaban sus vidas al costado de unas vereditas desprolijas y calles de tierra. En 17 y 36 lo veo a Tony en la casa de sus abuelos, más allá está el Uruguayo Ponce, el Tano Jorge Marchetti y el Araña Marcelo Cerone trepado al camión volquete de su papá, a quien mi viejo le compraba la piedra y la arena para las obras de construcción en las que trabajaba.
Yo obstinado insisto con mis gambetas y mi zurda que se sueña maradoniana en el potrero de la esquina de mi casa. En la liga luzco con orgullo la cinta de capitán de la sexta división de Apinta, el club de mis amores, divisional celeste y blanca con la que obtenemos, bajo la orientación táctico- estratégica del inolvidable Gordo Juan Carlos Altamiranda, un milagrero subcampeonato. En el estadio Municipal perdemos la final 3 a 1 con Ferroviarios. Antonio, por su parte, ya comenzaba a moldear y planificar su futuro en Vélez.
Treinta y cinco años después, desprovisto al fin de todo tipo de talento con una redondita en los pies, escribo historias futboleras emulando al incomparable Dante Panzeri, reivindicando desde estas líneas la figura colosal de un crack inolvidable que logró sobreponerse a cuanta dificultad y traspié se presentaron en su camino. Escribo estas líneas deseoso que las mismas se multipliquen por cien, por mil, por millones. Narro con orgullo la historia de un balcarceño, de mi vecino, de un tipo derecho, querido, respetado, un 10 que triunfó en el profesionalismo, un laburante honesto que hoy vive y pinta paredes en Mar del Plata.
Escribo estimado Tony esta crónica periodística para que muchos sepan, como canta el Nano Serrat, que uno de tu calle ha dicho que tiene un amigo que dice conocer a un tipo que creció de tal modo que llegó a alcanzar las estrellas y que jugando al fútbol, un día, fue feliz…
Mario Giannotti