El 11 de octubre se festeja el Día Internacional del Árbitro de Fútbol, por tanto escribí este cuento como reconocimiento, como homenaje; una breve historia imaginaria que desea ser un abrazo afectuoso para quienes parecen predestinados solo al odio y al reproche permanente del mundillo futbolero.
a los árbitros y a las árbitras de tierra adentro
“A veces, raras veces, alguna decisión del árbitro coincide con la voluntad del hincha, pero ni así consigue probar su inocencia. Los derrotados pierden por él y los victoriosos ganan a pesar de él”.
Eduardo Galeano
Es cierto que las presiones, que el miedo escénico, que la responsabilidad ante el compromiso, que los nervios del debut. Está bien, entiendo las debilidades humanas y los caprichos del destino; pero aquello fue un verdadero bochorno, una burla para propios y extraños.
El fútbol chacarero atesora historias increíbles, tan increíbles como sus personajes. Gualberto Paulino Reyna, árbitro vocacional, vendedor de autos usados por accidente y bombero voluntario por herencia paterna, protagonizó uno de los episodios más recordados de la historia del balompié balcarceño.
El domingo 20 de mayo de 1990 Atlético San Agustín y Ferroviarios definían el torneo de primera división. El partido se jugó en un estadio neutral, escenario que fue elegido de común acuerdo por los presidentes de ambas instituciones. El juez pitó el comienzo del cotejo ante una multitud. La frondosa gramilla del coloso del Club Apinta configuraba una soñada escenografía para observar pegados al alambre olímpico un verdadero duelo de caballeros. Detrás de los arcos una muchedumbre gastaba sus gargantas en un aliento ensordecer. Algunos saltaban rítmicamente sobre la caja de un viejo Bedford, otros sentados sobre el capot de sus coches insultaban rivales y jueces de líneas, en tanto, los más apasionados vivían el enfrentamiento aferrados a un viejo trapo con los colores amados.
Media hora de la primera etapa, el Rolo Camino, talentoso enganche de Ferroviarios, dibujó una prometedora finta maradoniana ante la asfixiante marca del Galleguito José Hournou, un excelso tiempista, un diamante en bruto, un pichón de Perfumo, una promisoria figurita en ascenso. El carilindo que había llegado como refuerzo de Racing, un defensor que amalgamaba en cada gesto técnico la elegancia de Hugo Villaverde y el instinto asesino del Oso Marcelo Gentile, no pudo con su genio y con un codazo aleccionador puso fin a las gambetas del atrevido fantasista del equipo de la vía.
El Rolo se desplomó dentro del área. Su figura explotó contra el césped, parecía groggy, fue como si el mismísimo Juan Domingo Martillo Roldán lo hubiera dormido de un trompazo. Obdulio Trasante, un hosco albañil uruguayo designado misteriosamente para arbitrar el cotejo definitorio, desestimó la jugada y aplicó el nunca bien ponderado siga- siga. La pasividad del juez provocó la furia del Sapo Mora y del capitán de Ferro, el Cortito Echeverría, mecánico y 8º Dan de Taekwondo. Los tipos que saltaban en la caja del Bedford indignados invadieron el terreno de juego para ajusticiar al hombre de negro. El Cortito se había trenzado en feroz pelea con el Tordo Flores, símbolo y máximo goleador del Atlético, en tanto, el Gallego Hournou insultaba a dos viejos que tomaban mate al lado de un Rastrojero verde mientras le guiñaba un ojo a una de las hermanas Zarriello, una voluptuosa morocha de ojos verdes que moría de amor por el joven zaguero.

La final de la mítica Copa “El trencito de Miguel” fue en definitiva un bochorno, un escándalo, un interminable catálogo de golpes, pedradas y corridas. Obdulio Trasante muerto de pánico se atrincheró en su vestuario. Algunos aseguran que en horas de la madrugada escapó con rumbo desconocido, y que lo hizo fuertemente custodiado por un patrullero de la Comisaría Primera y por efectivos de Gendarmería.
Luego de aquel 20 de mayo de 1990 la Liga Balcarceña de Fútbol modificó sus estatutos y aprobó por unanimidad la participación de los jueces locales en el campeonato del pueblo. Cabe recordar que por entonces los árbitros elegidos para jugar las instancias definitorias llegaban desde Tandil o en su defecto desde Mar del Plata.
La pésima actuación de la terna arbitral serrana, un inoportuno boicot de las asociaciones vecinas y la presión del público localista, aceleraron una medida muy esperada por los adeptos al referato amateurs, individuos que volcaban sus conocimientos y su pasión en los torneos comerciales, en los desafíos intercolegiales y en los partidos de cumpleaños que organizaban los hijos de las familias más acomodadas de la zona rural.
Los delegados de las diferentes instituciones liguistas se reunieron en Asamblea Extraordinaria y allí designaron por unanimidad a Gualberto Paulino Reyna como el primer árbitro balcarceño en dirimir, pito en mano, el cierre del campeonato papero. El novato juez sería el responsable de impartir justicia en la postergada definición entre Atlético San Agustín y Ferroviarios. El jueves por la tarde el Comité de Seguridad y el Tribunal de Disciplina declararon la nulidad total del partido dominguero y responsabilizaron al uruguayo Trasante por los incidentes ocurridos. El réferi uruguayo radicado en Tandil recibió una multa equivalente a veinte entradas generales y fue suspendido por diez meses.

Gualberto Paulino Reyna debutó seis días después del escándalo. Todos recuerdan su esmirriada figura, su pasito corto, su pelo engominado y una personalísima renguera producto de una reyerta callejera con un cliente a quien le había vendido un Renault 12 muy flojito de papeles. El Flaco Reyna era el hombre indicado para la ocasión, sabía como pocos el reglamento, iba todos los domingos a misa, los jugadores lo respetaban y la gente lo sabía un hombre trabajador y de buenas costumbres.
Sus amigos cuentan que la noche anterior al debut no pudo pegar un ojo. Imaginó el partido una y mil veces, elucubró en su cabeza cientos de jugadas comprometidas y ante la más mínima duda buscaba la resolución en las fotocopias de las páginas de un cuaderno Gloria tapas blandas, improvisado anotador donde había escrito los artículos más controvertidos del aspecto reglamentario.
Su esposa, la entrañable Pacha Gersumina, remendó en su máquina de coser el uniforme que luciría en la finalísima. A última hora, como un gesto de admiración hacia su compañero de vida, bordó en letras amarillas el emblema de la Liga y un Gualberto P. Reyna – árbitro de Primera División- , distintivo que la llenaba de orgullo.
A las 16:45 el Flaco se persignó y salió al campo de juego acompañado por sus colaboradores: el Manco Prieto y el Membrillo Raimondi. El “Antonio Cerono”, cancha Tricolor que albergó a los protagonistas del duelo final, estaba colmada por 8.000 espectadores que saludaron con algarabía el ingreso del árbitro, quien devolvió el saludo levantando su mano derecha al cielo. Los fotógrafos inmortalizaron su emoción y captaron el preciso instante en el que una lágrima corría por la mejilla de Reyna.

El cronómetro oficial comenzó a correr a las 17:04 de aquel sábado 26 de mayo. En las primeras escaramuzas se lo notó nervioso, pero no cometió errores. Siguió las jugadas de cerca, amonestó cuando había que amonestar y sobre todo no se dejó intimidar por las quejas de los más experimentados.
El primer tiempo finalizó 0 a 0. El trabajo del colegiado despertó elogios en la prensa local y generó el reconocimiento del público presente. El segundo período mostró al árbitro en un nivel superlativo. Seguro, atento, sobrio, correcto. Por momentos el partido era un pretexto, una excusa, el entorno ideal para una actuación consagratoria.
Cuarenta minutos del complemento, el Condorito Gérez robó una pelota en la mitad de la cancha, de primera intención jugó para Flores, el Tordo dejó dos rivales por el camino y de rabona habilitó al Tuchito González, el capitán del Atlético le devolvió una pared memorable al nueve y este sacó un zurdazo potente a media altura contra el palo derecho. El remate venció la resistencia del guardameta de Ferroviarios, el Pato Marcelo Rodríguez. El Tordo clavó su mirada en la red mientras buscaba los primeros abrazos de sus compañeros, pero una tromba, una ráfaga de luz se interpuso de imprevisto en su camino de gol. El Cortito Echeverría veloz y expeditivo metió la cabeza y ante el asombro de todos mandó la pelota al córner. Los futbolistas y la parcialidad de Atlético festejaron el gol, el esférico había traspasado por completo la línea de sentencia.
Fue entonces cuando todas las miradas apuntaron a Reyna. Entre insultos y empujones el Flaco presintió en lo más profundo de su alma que su futuro en el arbitraje de primera pendía de un hilo. Miró a los jugadores, buscó la complicidad de su asistente, el Menbrillo Raimondi, se secó la frente, infló el pecho, tragó saliva, extendió su brazo izquierdo y sin temblar marcó el banderín de esquina. Y allí, ante un estadio enmudecido, el vendedor de autos usados redobló la apuesta y con tonito sobrador alzó su voz para justificar una absurda determinación que marcó a fuego el resto de sus días: “¡Si no toca la red no es gol, si no toca la red no es gol!”
Hoy en el pueblo nadie sabe de él, pero los pibes en los potreros, en los bravíos picaditos barrio contra barrio, cada vez que la pelota juguetea celosa e indecisa sobre la línea de meta, recuerdan la figura casi fantasmal del Flaco Reyna y ante la duda y por la dudas gritan a los cuatro vientos: ¡SI NO TOCA LA RED NO ES GOL, SI NO TOCA LA RED NO ES GOL!
Mario Giannotti