En épocas en las que la inflación coquetea en torno al 100% anual y la temporada se escapa un poco más rápido de lo esperado, dedicar un tiempo para analizar internas partidarias perece superfluo pero es necesario, ya que nos enfrentamos a un año bisagra que puede marcar nuestro destino.
Las elecciones primarias en La Pampa dieron inicio al interminable calendario electoral 2023. La ansiedad de la política y de muchos medios de comunicación contrasta con una ciudadanía apática e incluso hasta irascible.
Hay datos indiscutibles en la elección de La Pampa: el candidato radical obtuvo más votos que el candidato del PRO en una elección en la que participo el 10% del padrón total.
Las primarias en La Pampa son muy distintas a las de la Provincia de Buenos Aires. Son obligatorias sólo para las fuerzas que tienen más de una lista, pero el voto es opcional. Además, los afiliados solo pueden participar de las internas de su partido, mientras que los electores independientes pueden hacerlo en la que deseen.
En este contexto más propio de lo que conocemos como una interna abierta que de una PASO, el radicalismo se impuso al PRO en un resultado para muchos previsible, tanto que cerca de las 20.00hs. los contrincantes ya posaban juntos para la foto de la unidad rodeados de dirigentes nacionales que se acercaron para capitalizar el desenlace.
La primera conclusión que inundó las portadas de los principales medios es que el radicalismo se impuso claramente al PRO e inevitablemente disputará el liderazgo de la coalición en todos los niveles, poco menos que una declaración de guerra. Pero este análisis está teñido de centralismo porteño/bonaerense, puesto que Juntos tiene su historia de listas cruzadas y desavenencias internas en La Pampa.
Es una elección imposible de nacionalizar. Fueron 30.000 los pampeanos que votaron en la interna de Juntos. Pero la manipulación de la información es moneda corriente.
De las reacciones post electorales podemos inferir algunas cuestiones: el radicalismo si está dispuesto al menos desde lo simbólico, e incluso hasta llegar a la sobre actuación, a disputar el liderazgo de la coalición opositora, y aprovechó este primer triunfo (con todas sus particularidades) para marcar la cancha. Creen que dirimir o esconder las notorias diferencias en una puja electoral interna fortalecerá a Juntos.
El campo de lo simbólico es muy importante en este proceso, “la UCR no sé limitará a sólo acompañar las decisiones del PRO”, y así lo vociferan dirigentes a lo largo y ancho del país. Es un proceso de recuperación de la autoestima perdida en la crisis del 2001, que ya quedó en evidencia en las últimas legislativas.

La fortaleza del radicalismo, como así también del justicialismo, radica en el territorio. No existe casi ciudad en este país en la que no haya un comité o una unidad básica. Si a lo estrictamente territorial le sumamos la vocación de poder la ecuación dentro de Juntos puede verse alterada.
Pero la política no es sólo una cuestión de voluntades, es necesario tener un proyecto que logré encantar a los desencantados y contener a los fieles. Eso aún parece ser una materia pendiente escondida tras encendidos discursos que apelan más a la historia y al sentimentalismo que a la gestión de la cosa pública.
Otro dato que surge, no sólo de esta elección provincial, es que al PRO ya no le basta con un discurso ligado a la gestión, a los valores republicanos y al marketing. Esto es atribuible a una multiplicidad de factores: la gestión lejos estuvo de ser la deseada, las necesidades hoy están muy ligadas a la economía (que Juntos no supo o no pudo resolver) y la herramienta comunicacional está desgastada. En el mundo surgieron liderazgos disruptivos que ponen en jaque el estilo amigable que supo ser vanguardia hace ya más de una década. Deben ser algo más que una amable campaña electoral.
Este escenario se traslada a casi todo el país, y también se observa en la Provincia de Buenos Aires, territorio en el que se pone en juego buena parte de las chances electorales de la coalición opositora para llegar a la presidencia.
Juntos ostenta hoy al menos 7 u 8 potenciales candidatos a la gobernación ya lanzados, 3 de los cuales responden al radicalismo. Este escenario era impensable en 2015.
Maximiliano Abad se anticipó y supo aglutinar desde la Presidencia del Comité Provincia a buena parte de la estructura partidaria no sólo bonaerense sino también nacional. Mientras tanto Martín Tetaz y Gustavo Posse también se anotan en la lista de aspirantes a suceder a Axel Kicillof. En el caso del oriundo de San Isidro hasta se atreve a plantear una interna con un esquema similar al utilizado en La Pampa, para definir las candidaturas. La apuesta de Tetaz parece ser parte de la estrategia de fórmulas cruzadas que impulsan algunos dirigentes ligados a Martin Lousteau.
Las aspiraciones del radicalismo se sustentan en el millón y medio de votos que obtuvo Manes en las últimas primarias, ya que toman como punto de partida los apenas 170.000 que supo obtener Ernesto Sanz en aquella lejana primaria de 2015 en la que enfrentaba a Carrió y Macri.
En el PRO todo indica que la candidatura de Diego Santilli corre con clara ventaja, más allá que Cristian Ritondo promete dar pelea hasta el final. El resto de los nombres en pugna parecen ser cartas negociables más que potenciales gobernadores.
Según el fluctuante mundo de las encuestas, Santilli es el único que tendría posibilidades reales de imponerse en la madre de todas las batallas. El resto de los aspirantes (tanto radicales como del PRO) pelean por escapar al margen de error propio de todo estudio de opinión pública.

Este escenario aún no tiene repercusiones en el ámbito local. El acuerdo de gobernabilidad entre Montenegro y Abad parece gozar de buena salud, y hasta es tomado como ejemplo por muchos a la hora de demostrar que los radicales y el PRO pueden conformar una coalición electoral que se traduzca en un gobierno de coalición.
Montenegro se muestra con todos los aspirantes del PRO e incluso con los del radicalismo. Funciona de amable anfitrión, una especie de patrón de estancia.
Lo cierto es que resulta casi imposible que un escenario de disputa provincial como el que se avizora entre ambas fuerzas, más allá de las posibles listas cruzadas, no se traslade a nuestra ciudad.
Aunque existe la posibilidad que el radicalismo vuelva a demostrar cierta flexibilidad, como lo hizo en las últimas legislativas, y cierre filas tras la reelección del Intendente a cambio que este se muestre equidistante de la puja electoral provincial, un escenario que resulta más sencillo de imaginar en una legislativa pero en esta elección actúan y presionan muchos factores externos:
¿El radicalismo provincial permitiría semejante muestra de pragmatismo en el mismísimo territorio del Presidente del Comité Provincia que además es uno de los posibles candidatos a la gobernación?. ¿El PRO no buscaría blindar la PASO ganando claramente los grandes centros poblacionales que gestiona, incluso con Montenegro como una de sus figuras rutilantes?
Estas son sólo algunas de las preguntas que surgen de este escenario, en el que abundan los apellidos y las estrategias electorales propias de un juego de mesa, pero por ahora escasean las propuestas.
Continuará…