Sergio Massa está combinando éxitos, con fracasos, pero no logra domar el “potro” inflacionario. Los éxitos se difunden y aplauden, los fracasos se ocultan. Dólar soja, dólar Qatar, “Precios Justos”, fueron anunciados antes de lanzarse, y el efecto de las medidas suele comprometerse o, al menos, ver atenuada su efectividad. ¿Es esto causal de mala praxis?. El ajuste fiscal lanzado en agosto, con aumento de tarifas de luz y gas, todavía está en veremos.
Argentina tiene dos problemas exasperantes en materia económica: la eterna crisis cambiaria y la tasa de inflación desbocada. A Sergio Massa se le permite hacer un ajuste clásico, sin salto cambiario, que sería algo así cómo pedirle “hacer tortilla sin utilizar huevos”. La economista Marina Dal Poggetto ha sugerido hasta el cansancio que: “urge un plan de estabilización”. ¿Algo hay que hacer?. El objetivo medular de la actual política económica es NO AJUSTAR el sistema cambiario tratando de que caiga lo menos posible la actividad y la preocupación mayor es conseguir dólares para importar. Es muy difícil predecir si esto puede salir bien. Lo malo es que Massa no es economista y lo bueno de no serlo, es que no tiene conciencia del manejo de una nominalidad en los niveles actuales, juega con nafta al lado del incendio.
Montada la economía sobre niveles de inflación muy altos, falta de dólares, sobrante de pesos, alta brecha, dólar oficial atrasado y gran dispersión de precios relativos. Si la inflación fuera igual para todos no habría inconvenientes porque se arregla con billetes más grandes, el problema es que no es igual para todos, hay una redistribución de ingresos permanentes que perjudica a unos y beneficia a otros. La política reacciona, comunica su actuación y generalmente llega tarde, algo de mala praxis. Por lo tanto el Ministerio de Economía NO DOMINA todavía, las expectativas de un posible salto devaluatorio. El reporte del viernes 07 de octubre del FMI, considera necesaria más reducción de subsidios energéticos (todavía no sabían que la suba de tarifas se iba a demorar), advierte que el dólar está atrasado, y solicita una reforma previsional. Un plan de estabilización demanda apoyo político (que no está presente en el menú) e idoneidad técnica.
Todos los meses impacta alguna noticia para mostrar que algo se hace. En agosto se sembró la idea de un ajuste fiscal, en septiembre se tentó a productores para que anticipen la liquidación de la soja y en octubre apareció el nuevo dólar Qatar.
Mientras tanto, el juicio a Cristina por la obra pública, el atentado, el mundial que se viene, entretiene y nos aleja de pensar en temas económicos.
Siempre los tipos de cambio múltiples terminaron mal. ¿Se lo habrán dicho a Massa?.
La euforia del equipo por el ingreso de dólares, “lado A” -mezcla de la liquidación sojera más los nuevos créditos aprobados por organismos internacionales- tiene un «lado B»: el costo de la relativa calma que se vive en el mercado financiero podría ser el de un enfriamiento en la actividad productiva. El éxito de la implementación del dólar soja tiene el «lado B, oscuro»: que son las señales de una recesión. La publicidad, como cabe esperar de un político, sólo refiere la cara positiva de la moneda. La paradoja del éxito del plan Massa es que, el ingreso de dólares trae aparejado que se deben volcar al mercado demasiados pesos para comprar las divisas. Y esto pone al Banco Central en la situación de tener que absorber dinero, mediante una suba de tasas que el mercado. El crédito, se resume como un «salvavidas de plomo» y no se cumple la promesa de “no emitir”.
El índice Líder elaborado por la Universidad Di Tella, marcó su cuarto mes consecutivo de desmejora y sitúa en un 70% las probabilidades de recesión, que ya ven los empresarios, para los próximos meses. Se respira un alivio por haber “alejado el carro del borde del precipicio financiero”, sin embargo, la percepción de una recesión se hace más fuerte. Ambas situaciones, lejos de estar desconectadas, tienen relación directa. La suba de tasas alimenta el «déficit cuasifiscal» -es decir, el costo para el Banco Central por el pago de intereses- y, naturalmente, se encarece el crédito al sector productivo.
El dólar soja, es un ejemplo de cómo los actores económicos se anticipan a la adopción de medidas: se congelaron las exportaciones ni bien circularon versiones de que habría un tipo de cambio diferente. Sabiendo que se venía una mejora, en agosto los envíos al exterior cayeron a mínimos históricos. El resultado fue que en septiembre Massa celebró la exportación de 14 millones de toneladas, que dejaron u$s8.000 millones, pero en buena medida se trataba de granos que habían sido retenidos justamente por la filtración de las noticias sobre un dólar sectorial.
En el libro «Diario de una temporada en el quinto piso» de Juan Carlos Torre – que Cristina Kirchner, se lo envió como regalo de cumpleaños a Alberto Fernández- se puede leer sobre la previa al lanzamiento del plan Austral en 1985 que fue exitoso en los primeros meses ya que bajó la inflación del 20% mensual a un 2%: mucho debate interno, redacción de artículos y adopción de medidas previas antes del lanzamiento, sin que se haya filtrado información que arruinara el anuncio. No eran tiempos de redes sociales y, por lo tanto, la circulación de los rumores no tenían la velocidad de hoy. El factor sorpresa es importante.
El estilo de gestión del actual Gobierno, que debate los temas en público y suele anunciar con varias semanas de antelación la adopción de futuras medidas. El resultado de esa práctica es que todos los actores eventualmente afectados por las decisiones tienen tiempo para tomar las medidas que más los favorezcan. Y, como consecuencia, el efecto de las medidas suele comprometerse o, al menos, ver atenuada su efectividad. ¿Es esto causal de mala praxis?
José I. De Mendiguren, el Secretario de Industria y Desarrollo Productivo, dijo en el coloquio de IDEA que no iba a haber congelamientos sino un intento de desindexación, con el objetivo de cambiar las expectativas y romper la inercia inflacionaria y, como consecuencia, “sufrió” aumentos de precios «preventivos». La aceleración, llegó a un impactante 2,8% para el rubro alimentos en la primera semana de octubre, según la consultora privada LCG y el estudio Ferreres. La previsión de la consultora Eco Go es que terminará octubre con alimentos subiendo al 7,4%, es decir una magnitud mayor a la de septiembre, contradiciendo al ministro Massa, que dijo que se espera un sendero descendente de la inflación mes a mes.
Los economistas tendemos a creer que de no haber un plan de estabilización, habrá una aceleración en el final de año. A la suba de alimentos, debe adicionarse la suba de precios regulados, como la medicina prepaga, la nafta y la tarifa eléctrica. La estrategia salió mal: se está remarcando como si fuera a ocurrir un congelamiento, aun cuando el propio Massa haya dicho que no estaba en sus planes.
Lo que aceleró los precios fue el anuncio extraoficial de un plan de shock, incluido por el debate político sobre la necesidad de achicar los márgenes de ganancia de las grandes empresas, sobre todo las del sector alimenticio. Desde el kirchnerismo se insiste, sobre la baja eficacia de los actuales mecanismos de control como el programa «Precios Cuidados». Y se reclama la aplicación de «mano dura» para eventuales incumplimientos, con la herramienta de la Ley de Desabastecimiento. Ante la intensificación del debate, ocurre el efecto inverso al buscado: se vio en los supermercados listas de remarcación con cifras que llegaron al 20%. Los “precios justos” se demoran en llegar ya que no es fácil congelar precios cuando la inflación corre a gran velocidad..
El Gobierno ya lleva varias situaciones en las que, por anunciar anticipadamente la toma de medidas, logra el efecto inverso al buscado. En 2020, cuando se producía un furor de compras de dólares al precio oficial, los funcionarios se pusieron a debatir en público sobre la necesidad de cortar esa hemorragia de reservas, con lo cual la demanda se hizo más fuerte -llegó a un récord de u$s900 millones en agosto de ese año- hasta que finalmente el Banco Central adoptó medidas, para frenar la venta.
En marzo, el presidente Alberto Fernández anunció que se declaraba «la guerra contra la inflación», pero entre el anuncio y la implementación de las primeras medidas pasaron cinco días, un período en el cual los comercios realizaron aumentos preventivos. El resultado fue desastroso: marzo terminó con un IPC del 6,7%, empeorando la marca de los meses previos. Y gran parte de los aumentos, sobre todo los de productos como lácteos y panificados, se produjeron tras el anuncio de la «declaración de guerra».
Algo similar se vive con el «dólar Qatar»: desde la primera vez que se admitió públicamente que se analizaba la medida hasta que, efectivamente, se hizo el anuncio, transcurrió más de un mes. En ese período, todos los que tenían previsto viajar para ver a la Selección Nacional en el Mundial se apuraron a comprar vuelos, entradas, estadías y otros gastos. Y lo mismo hicieron quienes ya tenían programado vacacionar en el exterior en el verano. La prueba de ello es que en septiembre se incrementó la salida de divisas en el rubro «viajes, pasajes y otros pagos con tarjeta», según se puede inferir de la recaudación del impuesto PAÍS: los argentinos pagaron $146.696 millones por sus compras dolarizadas, lo cual, a un tipo de cambio promedio de $149, significa que le pidieron al Banco Central nada menos que u$s 980 millones. Esto representa el pico de demanda de divisas del año, que había empezado en un promedio mensual de u$450. Lejos de ser ello un indicador de eficacia del «dólar Qatar», es una confirmación de que se produjo el «efecto adelantamiento de consumo».
El Gobierno anuncia con antelación la adopción de medidas, lo cual da margen para que los eventualmente perjudicados adopten estrategias defensivas. En el caso del plan anti inflacionario, es un estímulo para la remarcación de precios, y una señal a los dirigentes sindicales para apurarse a negociar paritarias.
Ocurre que Massa ya dejó entrever cuál será su propuesta en la mesa tripartita de negociaciones. Quiere un programa de «Precios Justos» que incluya la impresión del precio en el packaging de los productos de consumo masivo (muy difícil de implementar). Esto sería monitoreado por un tablero electrónico online con el sistema de controladores fiscales.
«El riesgo es que no se logre cortar la inercia inflacionaria en el precio de bienes y servicios. Eso podría generar una fuerte presión para una corrección abrupta de precios que desencadenaría un ciclo inflacionario más complejo que el actual», advierte un informe de la administradora de inversiones Mega QM.
Ahora hacer algo de shock es atractivo porque el gradualismo no funcionó, sin embargo requiere mayor rigor profesional porque precisamente hay que lanzarlo todo junto y no hay posibilidad de retoques.
Sergio Massa no parece que esté dispuesto a tomar medidas antipáticas. Tampoco enfrenta a Cristina, ya que dice que “el aumento (de prepagas) no tiene explicación”. Rápidamente el empresario Claudio Belocopitt le respondió contundente: “desde que asumió la administración de Alberto Fernández hasta el mes de agosto de 2022, la cuota de la medicina prepaga aumentó el 173,9% y la inflación fue del 221,5%”.
Podemos concluir que Massa tiene algunos “éxitos”, como la negociación con el Club de París, la media sanción del presupuesto 2023, los planes de cuotas, Ahora 30 y Ahora 42 para jubilados. Puede llevar un poco de coherencia al discurso y a las medidas que se toman, pero cuesta ser optimista sobre un eventual programa de estabilización integral, con esta estructura de gobierno. El mundo está cambiando, y no vemos a ningún político Argentino que lo interprete. Estamos en manos de Massa (Alberto Fernández y Cristina Fernández están en otra cosa) y hay final abierto, cualquier cosa puede pasar.
José Luis Stella
Licenciado en Economía