Mario Zanabria, un 10 que siempre le dio importancia a la pelota

Mario Zanabria, un 10 que siempre le dio importancia a la pelota

El próximo sábado 1 de octubre Mario Nicasio Zanabria cumplirá 74 años de edad, por tanto esta columna pretende ser un merecido reconocimiento para la trayectoria profesional de un 10 que jugaba y hacía jugar, un zurdo que siempre le dio importancia al buen trato de la pelota.

28 de septiembre de 2022

“A veces pienso que los jugadores estamos confundidos porque creemos que, si vamos hasta arriba de la montaña corriendo y bajamos, vamos a gambetear mejor. Y no es así. Yo pienso que le estamos dando poca importancia a la pelota”.

Juan Román Riquelme

 

Releyendo viejos artículos periódicos de la revista El Gráfico redescubro una entrevista a Mario Zanabria. Allí el cronista desanda su nota a partir de un pintoresco recuerdo escolar vivenciado por el protagonista de estas líneas en la primavera de 1958, en los viejos patios de la escuela Bartolomé Mitre, en Santa Fe de la Veracruz.

¡Marito! Siempre igual vos. Siempre jugando a la pelota. ¡Miré ese guardapolvo! –

– Sabe, señorita? Hoy, antes del recreo, usted nos preguntó qué queríamos estudiar, qué queríamos ser… Bueno, yo le contesto que jugador de fútbol. Yo quiero jugar a la pelota…

                                  
Era algo más fuerte que yo. Mucho más fuerte. Te juro que quería hacerle caso a mi madre, que me pedía que estudiara, pero la pelota me tiraba. El potrero me tiraba. No podía sustraerme, era como un encantamiento. Terminé sexto grado e ingresé a la escuela industrial Avellaneda; llegué a completar el quinto año, pero cuando tuve que determinar entre una carrera universitaria y el fútbol, no lo dudé: el fútbol. Fue muy difícil decirle a mi madre lo que había decidido; ella, desde que murió mi viejo en 1965, pensaba que podía ser un profesional. Sin embargo reaccionó como creo deben hacerlo todas las madres. Me dijo: «Mario, vos sabés lo que hacés. Sólo te pido que si has tomado esa decisión te dediques al fútbol con toda tu alma. Será la única manera que podrás llegar». Mi madre, sin saberlo, me estaba dando la gran clave para ser un triunfador. 

 

Ayer, en una charla futbolera con un amigo de mi infancia pueblerina, mencionábamos algunos nombres que podrían formar parte de un equipo de futbolistas que jugaron en Ñuls y en Boca. Entonces, exacto y puntual, llegó a mi memoria la figura de ese zurdo que jugaba y hacia jugar. Un diez que fue prefacio futbolístico del Pelusa de Fiorito y del Nene Juan Román Riquelme. Un Mario que fue indudablemente uno de los mejores mediocampistas de los años 70´.

 

Debo confesar que siento poca simpatía por mi nombre, además su sola mención delata la existencia de un tiempo lejano. Como dice el colega Beto Mena: “Anda a encontrar hoy en un pelotero o en la lista de compañeritos de tu hijo un pibe que se llame Mario”.

Tal vez, ciertos héroes de mi infancia, allí en los setenta, alcanzaron a redimir, momentáneamente, pero de manera muy efectiva, mi malestar. Recuerdo con mucho afecto al Gordo juan Carlos Altamiranda, mi entrañable entrenador de inferiores en Apinta, quien solía compararme con Armando Mario Husillos, un 9 que pasó por Boca y se consagró en mi querido San Lorenzo de Almagro. En el potrero, para los pibes de la barra, yo era Mario Husillos, y ese Mario sonaba importante, distinguido, goleador. Después apareció otro Mario, melena al viento, largas zancadas, puño apretado, grito de gol mundialista. Era Mario Alberto Kempes, para quien escribe, por trascendencia, por importancia  y rendimiento, el segundo Diez albiceleste de la historia en el contexto de un campeonato mundial.

 

Pero hubo un Mario, un Marito, que me impactó. Un zurdo que jugaba con la 10 y era la figurita difícil del álbum: Mario Nicasio Zanabria. Nicasio para colmo. Su segundo nombre era tan exótico como desconocido para los futbolistas que promediábamos los nueve años de edad, era como una especie de título de nobleza, un bálsamo redentor que embellecía su cuestionable y arcaico primer nombre.

 

Cuando la gilada de la Cuarenta, o los atorrantes de La Curva, me comparaban con aquel 10, no solo por mi nombre, sino también por mí zurda prometedora o por algún atisbo de talento con la globa en los pies, bien valía llamarse Mario, bien estaba el Marito en boca de la muchachada amiga o adversaria.

 

Zanabria debutó en 1967 en Unión de Santa Fe, en 1970 fue adquirido por Newell’s, donde fue ídolo indiscutido de la Lepra. El 2 de junio de  1974, en el viejo estadio de Arroyito, faltando 9 minutos para el final del partido, un duende empujó su empeine mágico y clavó un mítico empate 2 a 2 ante los Canallas. Gol y primer título rojinegro.

 

El Negro Roberto Fontanarrosa escribió alguna vez: «Un día, charlando con Jorge Valdano, le confié que si Dios hubiese depositado sobre mí la pesada carga de ser hincha de Newell´s, yo hubiese escrito, sin dudas, algún cuento sobre esa final de 1974 en cancha de Central. Porque tuvo todos los condimentos necesarios para armar un gran relato, mal que me pese. La tensión, el drama de la derrota inminente, la esperanza y el grito agónico de la hazaña sobre la hora. No por nada, aquel zurdazo de Marito, aún hoy es levantado como bandera de lucha por la gente del Parque”.

En 1976 Zanabria fichó para Boca y allí conquistó un campeonato de primera, dos Libertadores, logrando además en 1978 la Copa Intercontinental de Clubes. En 1981 fue transferido a Argentinos Juniors en el marco de la negociación de Diego al xeneize. Volvió un año después  y se retiró en 1983 en Huracán de Parque Patricios.

 

Mientras la caprichosa gira, y el tiempo corre tan veloz como un wing de medias caídas, escribo este humilde recuerdo para uno de los mejores futbolistas que pude ver en mis años juveniles.  Esta columna es una caricia, un abrazo de gol para un zurdo que jugaba y hacía jugar, un caballero pelota al pie, un 10 con paso elegante y dueño de una pegada exquisita. Uno de los tantos héroes de mi primera infancia, un Mario que me permitió vociferar a los cuatro vientos mi Mario humilde, Mario de barrio pobre, de pueblo, de pibe que soñaba, como tantos, con la gloria en primera división.

 

Un 10 que siempre le dio mucha importancia a la pelota, un zurdo que hacía del juego una cosa simple, porque su gambeta fue como un canto a las cosas simples, una imagen inmortal que indefectiblemente nos transporta a esos lugares donde alguna vez amamos la vida, por ejemplo el potrero de mi niñez, donde una tarde, en el picadito con los pibes de la otra cuadra, yo también me creí ser Mario Nicasio Zanabria.

 

Mario Giannotti

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