Corre el tiempo, gira la bola y un debate se repite inexorablemente en todas las mesas futboleras del país. Hombres y mujeres todavía discuten acaloradamente la razón existencial, la génesis, el por qué y el para qué de los futbolistas que afrontan partido tras partido el amargo oficio lateral.
a los marcapuntas que se sueñan wines
“Si el fútbol se pudiera enseñar, las canchas de todo el mundo estarían llena de jugadores. Y bien sabemos cuál es la muy diferente realidad, las canchas están llenas de planes, palabras, publicidad…y casi vacías de jugadores”.
Dante Panzeri
En el merecido triunfo de Aldosivi ante Rosario Central, en el marco de un partido donde prevaleció lo táctico y el sacrificio físico por sobre el buen trato del balón, los mendigos de buen fútbol nos ilusionamos con las proyecciones ofensivas y las gambetas del joven lateral zurdo Canalla Lautaro Blanco.
El defensor rosarino surgido de la cantera centralista, promocionado y consolidado en primera división por el Kily González en 2019, se ha transformado por su despliegue, su habilidad, su pegada y sus incursiones ofensivas en el andarivel izquierdo de la cancha, en una de las principales promesas de la Liga Argentina. El pasado lunes en el Minella se animó a tirar dos caños en la misma jugada y a la postre fue la principal carta de ataque del equipo que conduce táctica y estratégicamente Carlos Tévez.
Los que asistimos a las canchas, como el recordado y amado Eduardo Galeano, suplicando por una buena jugadita, aplaudimos a rabiar el incasable trajín de los marcapuntas que traspasan las fronteras de la mitad del terreno con ínfulas de wines setentosos. Futbolistas con oficio en la marcación sobre las bandas del campo pero también valientes equilibristas que corren sobre la cornisa para sumarse una y mil veces al continente enemigo.
Cito por enésima vez una sabia reflexión del Flaco César Luis Menotti, quien entendía, por ejemplo, que la subida de los defensores debía ser un factor de sorpresa. “Primero hay que saber para qué suben. ¿Para distraer? ¿Para definir? Hay defensores con 15 años de primera división que nunca estuvieron delante de un arquero. Si lo hacen volvemos a jugar con el azar por qué, aunque queden en situación de gol, muy difícilmente podrán resolver bien esa jugada. Todo esto hay que razonarlo para saber quién debe subir y con qué función”.

Corre el tiempo, gira la bola y un debate se repite inexorablemente en todas las mesas futboleras del país. Hombres y mujeres todavía discuten acaloradamente la razón existencial, la génesis, el por qué y el para qué de los futbolistas que afrontan partido tras partido el amargo oficio lateral.
Los viejos filósofos de tablón y aceite verde aún cuestionan la idiosincrasia identitaria de los llamados marcadores de punta. ¿Cuatro se nace o te hacen? ¿El tres, por su condición zurda, está técnicamente un escalón por encima de su par derecho?
Releo y pongo en consideración una provocadora interpretación del periodista y escritor Juan Sasturain, actual Director de la Biblioteca Nacional. “Cualquier observador de los picados lo sabe: el diez está enamorado de la pelota, el nueve esta de novio con el arco, pero el cuatro está casado, para siempre, con la raya. Ser marcador de punta, requiere entereza. Del mismo modo que nadie tiene vocación de jefe de personal, encargado de buffet o corrector de pruebas, nadie que juegue al fútbol quiso ser marcador de punta, sino que terminó siéndolo, fue empujado por la realidad, confinado por el destino a un papel lateral sin protagonismo, a una zona marginal, indeseada”.
Acaso, me pregunto, les pregunto, ¿cuántos pibes caen al picado del barrio luciendo en los dorsales de sus colores amados un estigmatizante número cuatro, o un ninguneado número tres? ¿Ser o no ser? ¿Lateral se nace o te hacen? El futuro, ese que llega lento y exacto, desenmascara al gordito con vanidad de ocho, quien experimentará sin atenuantes la cruel metamorfosis táctica estratégica que lo obligará a abandonar su paso cansino de la mitad de la cancha para morir asfixiado contra la raya en el costado diestro del campo.
Tal vez, en estos tiempos, la ausencia de marcapuntas con oficio no es más que una consecuencia de la desaparición de los wines. Los punteros de medias caídas, camiseta fuera del pantalón y melena al viento, indudablemente fueron la razón de existir de los laterales. La aparición de un Carlitos Enrique o de un Oscar Garré fue directamente proporcional a la existencia de una Araña Amuchástegui o una Porota Barberón.

Transcribo una nómina de excelsos marcapuntas criollos que bien podían desparramar su talento como enganches o temibles goleadores en el corazón del área rival: Juan Pablo Sorín, Silvio Marzolini, Hugo Benjamín Ibarra, Néstor Rolando Clausen, Julio Jorge Olarticoechea, Javier Zanetti, Diego Placente, Leonel Vangioni, el Conejo Alberto Tarantini, Adrián Domenech y Jorge Mario Olguín.
Silvio Marzolini, para muchos, el mejor marcador de punta de la historia del fútbol argentino, en una extensa entrevista en la revista El Gráfico vertió dos sabios consejos para los jóvenes laterales. “Victorio Spinetto me enseñó que un marcador de punta debe jugar en puntas de píe. Es una gran verdad: permite reacciones con mayor celeridad. El otro: el peor error que se puede cometer en el puesto es dejarse ganar la parte interna. Recuerden este orden para evitar sorpresas desagradables: arco, yo, contrario. Nunca el contrario entre el arco y yo”.
Hace algunos años Enrique Ezequiel Borrelli, talentoso mediapunta de Chacarita Juniors en la década del 80’, posteriormente coordinador de divisiones menores en diferentes clubes, estableció un recuento personal que ratifica en los hechos una situación que se profundiza con el paso de los años. “De cada 100 chicos que vienen a probarse, menos del cinco por ciento son laterales. Es mi estadística de los últimos 10 años. Evidentemente no hay una vocación del niño por ser lateral. De todos modos, creo que son camadas. A lo mejor hay categorías en las que tenés dos de buen nivel en el mismo puesto”.
Insisto, ¿lateral se nace o te hacen? La posmodernidad futbolística parece haber erradicado a los profesionales de la marca contra la línea de cal. Los entrenadores modernos los descartan de plano, prefieren y eligen para ese puesto la brutalidad asesina de los zagueros expeditivos, léase centrales conversos u obedientes cancerberos proclives al rechazo hostil, ajenos a todo tipo de aventura ofensiva por las bandas.

Aquí esbozo una ponderable razón que también condiciona la predilección infanto- juvenil para determinar su posición en la cancha: las tapas de los diarios, las fotos de los portales de noticias, los mejores sueldos y las mujeres más atractivas, fueron, son y serán para los enganches o para los goleadores.
Ser lateral es como hacerle la pata a tu mejor amigo y encararte a la chica menos agraciada en el boliche. Usted me dirá, con razón, que en muchas ocasiones la más fea es la más inteligente, pero uno, joven al fin, deseaba indefectiblemente a la vecinita de pechos turgentes, neófita en matemática y geografía, pero abanderada en cuestiones del amor. Es decir, está bueno de vez en cuando jugar de cuatro, o de tres, pero uno siempre se ilusiona con la diez en la espalda, la cinta de capitán y los goles que valen un campeonato.
Los marcadores de punta, en consecuencia, sobrellevan con hidalguía su rol secundario. Por más que el pibe sea un fenómeno con la redondita en los pies, siempre será menospreciado por los más hábiles. “Sí, juega bien, tiene algunas cosas del Beto Alonso, pero es tres”. “Sí, gambetea en velocidad como el Pájaro Caniggia, pero juega de cuatro”.

Por último, un párrafo aparte para aquellos elegantes mediocampistas que fueron retrasados arbitrariamente y contra su voluntad a los laterales de su defensa. El tipo juega ahí con resignación, lo hace bien, cumple, pero en cada disputa bravía con el delantero rival deja entrever su fastidio, su malestar, su resentimiento.
Entonces allí comprendemos y aceptamos, veteranos ya, que muchas veces, tanto en el fútbol como en cualquier otra circunstancia de la vida, todos hemos sentido que estábamos para llevar la nueve o la diez de nuestro equipo y que la realidad, cual si fuera un timorato entrenador sacapuntos, nos confinó a yugarla en el fondo, asfixiados contra la línea de cal, jugándonos el pellejo entre un imberbe wing de pelo largo y un zaguero que a los gritos nos prohíbe cruzar la mitad de la cancha.
Mario Giannotti