Esta columna tan solo desea recordar la primera gesta futbolera de un capitán argentino que también llevaba la 10 en sus dorsales, una pequeña venganza ante una altanera selección inglesa, un acto de rebeldía de un futbolista harto del destrato británico y los “robos”, dentro y fuera de una cancha, para la corona.
“En el fútbol, ritual sublimación de la guerra,
once hombres de pantalón corto
son la espada del barrio, la ciudad o la nación”.
Eduardo Galeano
Eduardo Galeano solía decir que el fútbol, metáfora de la guerra, puede convertirse, a veces, en guerra de verdad y que como ocurre con la religión, con la patria y con la política, muchos horrores se cometen en su nombre y muchas tensiones estallan por su intermedio.
“Hay quienes creen que los hombres poseídos por el demonio de la pelota echan espuma entre los dientes, y hay que reconocer que así retratan bastante bien a más de un hincha enloquecido; pero hasta los más indignados fiscales tendrían que admitir que, en la mayoría de los casos, la violencia que desemboca en el fútbol no viene del fútbol, del mismo modo que las lágrimas no vienen del pañuelo”.
Repaso mi archivo personal y me encuentro con la edición 2442 de la querida revista El Gráfico. En la portada observo a los orgullosos futbolistas argentinos que participaron de la flemática Copa del Mundo Inglaterra 1966. En letras molde leo: ¡Bravo Argentina!, y en su interior una crónica periodística firmada por Juvenal. Síntesis perfecta de una aceptable participación albiceleste tras el desastre de Suecia 1958 y el estrepitoso fracaso de Chile 1962.
Lejos de los campos de juego, los golpistas de siempre habían derrocado a Don Arturo Illia y el país estaba en manos de la autodenominada Revolución Argentina. El presidente de facto Juan Carlos Onganìa clausuraba medios, perseguía a intelectuales y rasuraba en las comisarías las melenas de los revoltosos jóvenes de los años 60´. Cabe recordar, que seis días después de la eliminación Argentina en el Mundial ante los dueños de casa, la imbecilidad y el autoritarismo de los dictadores pergeñaron la recordada Noche de los bastones largos donde la policía irrumpió con furia en las universidades y castigó con extrema brutalidad a profesores y alumnos.

Vuelvo al fútbol y rescato la majestuosa pluma de Juvenal: “La Copa del Mundo 1966 ya quedó atrás para nosotros. Hasta las 13:38 del sábado era una fundada esperanza. A partir de ese momento comenzó a ser una meta demasiado difícil para nuestras posibilidades, porque nos quedamos con un hombre menos frente a un equipo que debía ganarnos, porque así estaba escrito, y cuando Inglaterra marcó su gol, a sólo 13 minutos del silbato final, pasó a convertirse en un recuerdo que pudo ser mejor pero que no es, de ninguna manera, desagradable o amargo”.
Vale señalar que la Selección en su etapa clasificatoria fue dirigida por el marplatense José María Minella, pero un mes antes del inicio del certamen el inefable Toto Lorenzo tomó las riendas del equipo argentino. En el debut se le ganó 2 a 1 a España con sendos goles de Luisito Artime. Luego se empató sin abrir el marcador con Alemania y se superó 2 a 0 a Suiza con tantos de Artime y Ermindo Onega.
El 23 de julio en el mítico Wembley se disputó ante los anfitriones una cuestionada eliminatoria mundialista.
Roma; Ferreiro, Perfumo, Albrecht y Marzolini; Solari, Rattín y Alberto González, Onega, Artime y el Mono Más, fueron los titulares albicelestes aquella jornada.
El partido fue parejo hasta que el árbitro alemán Her Kreitlein dejó ver su pata de palo y como buen socio de los saqueadores británicos se apoderó del tesoro ajeno y expulsó al capitán argentino por “mirar feo”. Transcribo la crónica de El Gráfico:
“Los ingleses tenían menos la pelota, y cuando la tenían la regalaban por falta de ideas, precisión y manejo. Así entramos en los últimos diez minutos del primer tiempo. Se produjo un foul de Perfumo en las puertas del área, por «sacar» desde atrás a un atacante inglés. Rattín se interpuso ante un intento de protesta de Perfumo al juez, haciéndole señas de que quería hablarle, mostrándole la insignia de capitán que tenía en el brazo”.
El Toto Juan Carlos Lorenzo fue más puntillloso con su crítica al árbitro del partido. “Pero no hubo, a la vista de todo el público y todo el periodismo presente en las graderías de Wembley, razón visible para la expulsión. Los gestos de Rattín no fueron airados ni ofensivos. Lo vimos hacer señas con el índice apoyado en la palma de la otra mano hacia abajo, como cuando se pide «un minuto» en el básquet, y señalándose con los dedos la insignia de capitán (…) Rattín seguía hablando en alfabeto morse, que traducido a la distancia, quería expresar: «Un minuto para hablar, soy el capitán». De pronto, el índice del alemán marcó el out. Lo había echado de la cancha”.

Camino al túnel el centrocampista xeneize vio una alfombra roja que oficiaba como palco de honor de la Reina Isabel II y allí se sentó un rato despertando la ira de los simpatizantes locales que le arrojaron chocolates, latas de cerveza y helados. Ante la ausencia de la soberana y frente al enojo de las habitantes de las tribunas el Rata se fue a seguir el partido desde una pequeña ventana del vestuario.
Luego la leyenda ganaría espacios en los corazones futboleros y no futboleros de la patria, enalteciendo la figura de Rattín mofándose de la alfombra de la Reina y del banderín del córner con un distintivo inglés. Ellos que matan a sangre fría para apropiarse de tierras que no les pertenecen nos gritaban animales. Ellos, asesinos a sueldo, ellos mercenarios sin escrúpulos, ellos pistoleros que nos robaron las Malvinas, ellos todavía nos gritan animales y pretenden darnos lecciones de urbanidad.
Veinte años después fue otra mano la que apretujó la banderita de los bucaneros. El mito azteca cuenta la historia de un pájaro llamado Quetzal que en el principio más anterior de los tiempos, se robó el fuego y se lo llevó a los cielos, pero compadeciéndose de los hombres, compartió su tesoro y ellos en perpetuo agradecimiento lo divinizaron y lo llamaron Quetzatcoalt. Siglos después, un mediodía caluroso, un mago, que tan solo portaba un emblemático número diez en su camiseta, voló tan alto como el pájaro de la leyenda y atrapó el fuego con su puño zurdo, su puño redentor.
En el mismo partido, despanzurrando gringos de cordón a cordón, el Pelusa de Fiorito nos vengó infinitamente, al menos en una cancha, y les recordó a los bien educados filibusteros ingleses que siempre los vamos a mirar feo – como el Rata en Wembley-, que somos un país libre y soberano, que somos parte de una patria latinoamericana y que somos quienes todavía esperamos pacíficamente en pie que nos devuelvan lo que nos pertenece…
Mario Giannotti