Hace poco menos de 2 años muchos repetían la frase anónima “la pandemia nos hará mejores”. Los hechos demuestran que sólo nos dejó en evidencia.
Estamos frente a una nueva “etapa” de esta pandemia, que parece interminable. El frenesí electoral nos hizo creer por un par de meses que el COVID era parte de pasado.
En los primeros meses de 2020 se temía por la vida, la propia y la de los seres cercanos. En una segunda etapa se naturalizó la tragedia por necesidad. Y en la “ola” post vacunación parece que nada importa porque la letalidad es “ínfima”.
En definitiva, nunca nos importó el otro o el conjunto. El miedo fue el factor que paralizó el mundo y la necesidad el que lo puso de nuevo en marcha.
Los marplatenses tenemos una extraña facilidad para construir nuestra (i) realidad. Se simula normalidad y alegría, incluso se invita a más turistas a que vengan a “disfrutar” de la ciudad.
Parece que poco importa que más del 35% del personal vinculado la gastronomía este afectado por la nueva ola de COVID. El show debe continuar. No hay cifras del impacto en la hotelería, pero también es notable.
Es más, se insta a muchas personas que no se realicen un test “preventivo”, es preferible aislarse, afirman desde lejanos ministerios, mientras festejan las cifras del pre viaje.
Parece que desconocen que un trabajador no puede “aislarse” a voluntad, y que muchas veces esa imposibilidad lo lleva elegir entre trabajar con síntomas (y contagiar) o perder su trabajo.
Casi un centenar de choferes del transporte público de colectivos están afectados por esta ola, ya sea por casos positivos o contactos estrechos, esto genera una tensión en el servicio, mayor hacinamiento y demoras en la movilidad en plena temporada cuando la demanda crece.
Las cadenas comerciales, sin importar el rubro, están trabajando con poco más del 60% del total de sus empleados. En muchos casos no pueden hacer frente a una demanda llamativamente impaciente.
El servicio de seguridad en playas está al límite. De un plantel de casi 400 “suplentes” ya se debió convocar a 300 por bajas temporales asociadas al COVID en los “titulares”. Se plantea la necesidad de contar con mayor cantidad de personal. Ya no hay tiempo para prepararse para la emergencia.
La policía también se vio muy afectada por la irrupción “sorpresiva” de esta nueva variante. Algunos integrantes de la fuerza se vacunaron hace ya más de 6 meses, no recibieron refuerzo y no se implementó una política de testeos que permita aislar evitando el contagio masivo.
Hubo salas de atención primaria de la salud que debieron cerrar sus puertas por algunos días. Otras dependencias municipales corrieron la misma suerte.
La temporada teatral está marcada por la suspensión de funciones o shows musicales por detección de casos positivos y, por consiguiente, contactos estrechos.
Y así podríamos enumerar cada una de las actividades que se desarrollan en la ciudad. Todas se vieron afectadas en mayor o menor medida, y según estiman algunos especialistas está situación recién llegará a su pico en no menos de un par de semanas.
Desde el Municipio juegan al gato y el ratón con la estadística. Ya nadie cree en las cifras reflejadas en el parte diario, que contabilizan casos positivos reportados desde el 21 de diciembre, admitiendo una demora en la carga inexplicable a esta altura.
La provincia sigue al pie de la letra su relato. Siempre fue un relato sin importar quién lo repita.
La coordinación por la logística de los centros de testeo es deficiente. Cientos de marplatenses deben recorrer vacunatorios para poder completar su esquema, recibir la dosis de refuerzo o vacunar a sus hijos.
Es cierto que no podemos “esconder la cabeza como un avestruz”. Quizás la solución no es “parar el mundo”, y solo sea cuestión de administrar la crisis.
Lo cierto es que estamos en una carrera desenfrenada. Dimos vuelta la página cuando todavía no habíamos leído las últimas líneas.
Seguramente alguno dirá que esté comentario es exagerado. Quizás tenga razón.
Lo cierto es que la pandemia no nos hizo “mejores”, nos dejó en evidencia. Y si no lo creen basta con mirar a su alrededor.
Desde ya pueden seguir simulando que todo está en orden, mientras el testeo no sea positivo. Parece que muchos decidieron aislarse de la realidad en épocas en donde la empatía perdió sentido y se transformó en una frase que se estampa en las remeras.