Esta crónica periodística desea describir desde el afecto y la admiración la hazaña futbolística de Argentinos de Sud, una barriada, un club, una familia que construyó su razón de ser desde la solidaridad, el trabajo en equipo y un innegociable sentido de pertenencia.
“Pero aquí abajo, abajo, cerca de las raíces
es donde la memoria ningún recuerdo omite.
Y hay quienes se desmueren y hay quienes se desviven
y así entre todos logran lo que era un imposible
que todo el mundo sepa que el sur, que el sur también existe”.
Mario Benedetti
El penal es sin lugar a dudas una perfecta personificación futbolera de una icónica escena de Hamlet, tal vez la obra dramática más conocida de la literatura occidental. “Ser o no ser, he ahí el dilema”, reflexiona el príncipe de Dinamarca en la primera línea de un soliloquio de la tragedia escrita por William Shakespeare.
En el pintoresco estadio José Alberto Valle, en la portería que da espalda al sur de la ciudad, el bancario Luciano Carbone abre su pie derecho y engaña al portero Gabriel Barucco que vuela en vano hacia el caño opuesto. Una multitud vive apasionadamente la definición desde los doce pasos del campeonato liguista. Cristian Suárez, el entrenador de Argentinos del Sud, aprieta el puño en un festejo sigiloso, medido, cauto, mientras una verdadera procesión interior le carcome las tripas. Su hijo Rodrigo, quien había ingresado al partido en el segundo tiempo, lo abraza y bañado en lágrimas lo alienta.
Es el turno de Nacho Alves. El excelente mediocampista de Kimberley besa la pelota y ensaya una corta carrera antes de impactar el balón. El guardameta Santiago Lalli parado sobre la línea de meta extiende sus brazos cual si fuera un auténtico Cristo redentor, respira hondo, el corazón parece explotarle en mil pedazos. Los fieles integrantes de la “Banda de Paso” espían ansiosos la resolución del pleito detrás de los rombos del alambre olímpico y la red del otro arco. “Ser o no ser, he ahí el dilema”.
El DT de Argentinos del Sud observa impertérrito el escenario futbolístico donde trascurre la acción, mira el cielo y entonces milagrosamente el cielo es cómplice, ameno, cercano, contenedor. Al unísono Alves cruza su remate a media altura contra el parante diestro de Lalli quien sale disparado como un lanzazo hacia la pelota, parece un pájaro nerazzurro alzando sus alas hacia la inmortalidad. ¡Vuela el uno y déjelo volar!, decía años atrás desde el micrófono de Radio Rivadavia el marplatense Juan Carlos Morales. Vuela Santiago Lalli y con él viajan las más bellas ilusiones de un puñado de duendes fundadores de una utopía popular. Las manos enguantadas del portero desvían el derechazo del futbolista del Dragón y aprisionan un instante único, irrepetible, sublime, majestuoso.

Cristian Suárez cae de rodillas y percibo que cada pedacito de su ser se entrega dócilmente a un sentimiento que lo desborda, es pura emoción a flor de piel, es un llanto incontenible que le transfigura el rostro, un abrazo del alma con su viejo que lo ayuda a redimir pasadas y muy dolorosas frustraciones. Rodrigo lo levanta, le reacomoda los huesos y juntos, otra vez, miran ese cielo que nunca les falló. Algunas creyeron ver allí la figura de un ángel celestial, los más hinchunes de Argentinos del Sud juran que era un hombre vestido con una camperón azul, totalmente empapado por un diluvio de agua y viento, un duende que tenía una sonrisa de oreja a oreja y que mientras le pellizcaba un cachete al DT ganador gritaba a los cuatro vientos: ¡Ganaste la copa, la ganaste, cumpliste! ¡Sos mi ídolo hijo, sos mi ídolo!
Finalmente el conjunto blanquiazul se consagró por primera vez en su historia campeón del torneo marplatense. La clase trabajadora del fútbol fue al paraíso y entonces los más humildes obreros de la pelota, esos que se desmueren, esos que se desviven, esos que hacen de la solidaridad una bandera de resistencia, esos que hacen del sentido de pertenencia una razón de ser, esos los eternos anónimos, un día fueron inmensamente felices.
En estos malditos tiempos de pandemia donde algunos pregonan el sálvese quien pueda y quieren hacernos creer que la salida es individual, un modesto y ejemplar club de Mar del Plata nos demostró en los hechos que el trabajo en equipo y el compromiso afectivo, ideológico, intelectual y laboral con el otro puede permitirnos alcanzar resultados exitosos. Argentinos del Sud es una verdadera familia, un lugar donde cada uno de sus integrantes- léase dirigentes, jugadores, entrenadores, profesores, patrocinadores, hinchas, socios y allegados- piensan, programan y desarrollan un proyecto colectivo donde el conjunto está por encima de las individualidades.
Un viejo arcón de los recuerdos atesora en su interior cientos de relatos que ratifican la idiosincrasia identitaria de una institución barrial. Por ejemplo la historia de Pedro Suárez, oriundo de Santa Fe y Elsa Hernández, hermana de Carlos, uno de los principales formadores de futbolistas del club. Se conocieron en 1973 en la sede de la avenida Paso, él trabajaba en una planta pesquera del puerto, ella en la fábrica de guantes Flandria.
Se enamoraron, se casaron y cuatro años después del primer beso nació Cristian, el actual entrenador campeón, símbolo referencial dentro y fuera de la cancha de Argentinos. Incansable marcapunta, promisorio director técnico, filetero hasta que una lesión en una de sus manos lo alejó definitivamente de la actividad portuaria, laborioso empresario Pyme en su panificadora. Orgulloso hermano de Diego, Leonardo y Facundo, feliz y presuntuoso papá de Camila, Rodrigo y Enzo, fiel compañero de Eugenia, su esposa, el amor de su vida, su ladera, su confidente, su sostén en tiempos difíciles.
Hay nombres propios que son parte sustancial de su sólida formación como entrenador, personas que valora humana y profesionalmente. Entre otros menciona a Orlando Morón, Carlos Hernández, Francisco Quito Galay, Norberto Eresuma, Hugo Melcon, Luis Machado, Luis Elgart, Carlos Liberatore y Mauricio Giganti.

Un fatídico 17 de julio de 2018, su papá, el entrañable Pedro, uno de los pilares dirigenciales de su amado club, murió tras padecer una virulenta enfermedad denominada Anca P, afección sanguínea que atacó sus pulmones y el hígado. Al mes, en la villa deportiva, en pleno corazón del “Titi Merlo” se realizó un emotivo homenaje en la previa de un partido contra San Lorenzo. La familia de Argentinos del Sud fue partícipe y acompañó emocionalmente a Cristian cuando en inmediaciones de la utilería esparcieron parte de las cenizas de Pedro y plantaron un árbol en su memoria.
El destino quiso también que se reencontraran los caminos del director técnico con el populoso equipo de la Avenida Paso. Fue una laboriosa travesía, una maravillosa aventura futbolera, con luces y sombras, un tránsito silencioso que culminó con la obtención del campeonato frente a Kimberley.
Reitero una idea central, primigenia, paradigmática. En estos tiempos pandémicos donde algunos nos quieren hacer creer que la salida es individual, bien vale enaltecer los valores humanos de un modesto y ejemplar club marplatense. Argentinos del Sud mantuvo siempre en pie las utopías fundacionales de sus mejores hombres y sus mejores mujeres, creyó en su gente, aprovechó el sol y también las tormentas y pudo amalgamar criteriosamente la fe de los veteranos con la enjundia arrasadora de los más jóvenes. En definitiva, Argentinos del Sud soñó e hizo realidad su propia revolución deportiva.

En el campo, por su parte, el Comandante Bruno Catalani, su capitán, fue el líder natural de un plantel que en los momentos más difíciles demostró estar siempre a la altura de las circunstancias. Valientes gladiadores que blandieron sus espadas pletóricos de coraje y pasión en todas las canchas, que bancaron la parada, talentosos jugadores que se treparon al sutil encanto maradoniano de Gerónimo Echevarría, un fantasista, un crack, un distinto.
Para el cierre de estas líneas, parafraseando los mejores versos de un poema de Mario Benedetti, letra que el Nano Joan Manuel Serrat musicalizó con notable sabiduría, pienso y escribo que en la Avenida Paso un grupo de soñadores y soñadoras, todos juntos, también lograron lo que era un imposible, que todo el mundo sepa que el sur, que el sud, que Argentinos del Sud, también existe…
Mario Giannotti