Fue un maldito 25 de noviembre de 2020, fue un maldito mediodía, fue una maldita notica, fue la maldita parca quien nos desgarró el corazón, fue el maldito instante donde muchos también nos sentimos morir, fue el maldito día que perdimos a Diego.
“No somos Maradona. Ninguno acá es Maradona.
Maradona es Maradona. Gardel es Gardel y Evita es Evita”.
Indio Solari
Un 9 de noviembre de 1989 el prestigioso colega Ezequiel Fernández Moores publicó en el diario Página 12 una crónica que tituló “La Republica Maradona”. Allí, en los últimos párrafos, en el marco de un truculento conflicto con los dirigentes del Napoli, el periodista esgrimía una pregunta que trascendió el paso del tiempo. ¿Quiénes seguirán a su lado cuando deje de ser Maradona? ¿Quiénes le advierten hoy lo que podrá ocurrirle en ese futuro?
Todavía me retuerce las tripas la imagen de aquel Diego en el Bosque platense en la previa del partido entre Gimnasia y Esgrima y Patronato. El Pelusa cumplía 60 años pero parecía un viejito que apenas podía con su alma. El paso cansino, la mirada extraviada, la carita huesuda, la pasión aletargada, el júbilo petrificado, el corazón desangelado.
Claudio Tapia, Marcelo Tinelli y Gabriel Pellegrino le entregaron tres plaquetas y lo acercaron a dos gigantescas tortas de cumpleaños, una con los colores azul y blanco del Lobo. No hubo ovaciones ni aplausos. Diego era apenas un fantasma que arrastraba sus pies sobre el césped de la cancha. Los compromisos publicitarios y los patéticos egos de los mandamases de la Asociación del Fútbol Argentino, engendraron una farsa que expuso a Diego Maradona como jamás nadie lo había hecho. El súper héroe de mi infancia era un rey desnudo, triste, entregado, un hombre roto, oscuro, un espíritu desprovisto de su haz de luz.
La pantalla de la tele multiplicó por millones aquel instante y muchos maradonianos sentimos que el objeto de nuestro incondicional amor futbolero se había transformado en un espectro. Diego era un cadáver andante, tenía las alas resquebrajadas, los ojitos achinados, los pómulos hundidos y el rostro pálido, apagado. Les juro que hubiera dado lo que no tengo por darle a ese Diego un abrazo de oso, acurrucarlo en mi pecho, besarle la frente y decirle que lo quiero mucho. Aquella tarde fue una especie de revelación maldita que nos hizo ver y entender que Diego era tan mortal como cualquiera de nosotros.

Pocos días después la noticia de su muerte nos rompió el pecho en mil pedazos, nos sentimos morir con él, lloramos hasta quedarnos sin lágrimas y una angustia devastadora se apoderó de cada pedacito de nuestras entrañas. Alguien, como un experto ladrón de bancos, nos arrebató sigilosamente los mejores recuerdos de la infancia, le clavó una daga fría y letal a la pelota de gajos romboidales que usábamos en el potrero con los amigos del barrio. Porque Diego fue siempre una quimera un vuelo, un sueño de barrilete que al sutil encanto de sus gambetas mareadoras se trepó a los más alto de un cielo celeste y blanco. Y nosotros, simples mortales, a ras de piso, lo veíamos jugar un rabioso cabecita con la luna mientras las estrellas le iluminaban las caritas a los pibitos pobres que se soñaban Maradona en el baldío lindero a la casilla de chapas.
Escribo estas líneas y me animo a presagiar que cada construcción discursiva se repetirá hasta el hartazgo, que no escribiré nada nuevo, que no desandaré un camino que otros no hayan transitado, cierto es que resulta una verdadera entelequia pretender algún tipo de originalidad a la hora de contar nuestra profunda admiración por Diego Maradona. Los que amamos al Pelusa compartimos, además, un maravilloso entramado emocional que nos permite desenmarañar un condigo común, una manera única de entender la pasión incondicional por un futbolista que nos alegró la vida. Eso, ni más ni menos. Ese hombrecito con una pelota bordada a su pie izquierdo nos divirtió, nos emocionó, nos permitió compartir la alegría con nuestros seres amados.
Diego fue sin lugar a dudas uno de los pocos jugadores profesionales que el sistema no pudo desclasar. Alguna vez Adolfo Bioy Casares dijo que Maradona era un personaje para escribir una historia fantástica. “Tengo la impresión de que es un personaje ideal para escribir un libro. Alguien que, como personaje fantástico que es, daría más para una novela que para un cuento. Se podría escribir compartiendo con él sus perplejidades o tomándolas desde el punto de vista del rechazo. De esa manera, en la supuesta novela, Maradona podría ser un personaje simpático o, por el contrario, antipático para el narrador, y también, claro, para el lector”.
Los prolijos y muy hostiles detractores de Diego, las mentes biempensantes del planeta, la reserva moral de la patria, padres y madres ejemplares, trabajadores honestos y solidarios, empresarios impolutos e incorruptibles, hombres y mujeres decentes que se suben al pulpito y desde el altar señalan con el dedito acusador las miserias ajenas, nunca le perdonaron su arrogancia de nuevo millonario. Gente de bien que tampoco tolera las bravuconadas de los negros de mierda, la rebelión de los excluidos, la dignidad de los que no venden sus ideales al mejor postor. Muchos de los que crucifican al “10” actúan como auténticos posesos aleccionados que repiten a pie juntillas los latiguillos periodísticos que inoculan los macabros seudo comunicadores que por un punto de rating son capaces de armar cientos de operetas en su contra y meter una y mil veces la cabeza en un balde mierda. Diego esta muerto y todavía rondan los caranchos que le picotean el cogote buscando un minuto de fama y algunas monedas manchadas con sangre.
Les confieso que yo por ejemplo no sabría responderles cual sería mi comportamiento social y familiar si hubiera cargado sobre mis hombros la vida que le tocó vivir a Diego. No lo sé. Repito, no lo sé. Ninguno de nosotros sabe lo que significa ser Maradona. Ninguno de nosotros puede explicar que cosas pasan cuando un día, el menos pensado, te sacan de una villa miseria y de una patada en culo te mandan a la cima del mundo, un lugar donde pocos pueden llegar y donde el precio es la soledad.
Transcribo al mismísimo Diego: “Allá caí y me pidieron, me exigieron, que dijera lo que tenía que decir, que actuara como tenía que actuar, que hiciera lo que ellos quisieran. Y yo hice. Yo hice lo que pude, creo que tan mal no me fue”.
Por eso yo solo sé que Diego Armando Maradona es una parte sustancial de mi vida, es mi Dios terrenal pelota al pie, el superhéroe de mi infancia pobre, un patriota de sangre caliente vistiendo mi camiseta, un hombre contradictorio, un pibe noble a quien la droga, la fama repentina y los adulones y las adulonas de turno lo envilecieron, un rebelde que nunca renegó de su condición social, que no se traicionó, que no nos traicionó. Por eso no cuenten conmigo para crucificarlo, no cuenten conmigo para juzgar su vida privada.
¿Quiénes seguirán a su lado cuando deje de ser Maradona?, preguntó en su crónica periodística del 9 de noviembre de 1989 Ezequiel Fernández Moores. La respuesta es bien sencilla: nosotros. Si, nosotros. Todas y todos los que lo amamos incondicionalmente estaremos con él, aunque él, hoy hace exactamente un año, haya elegido mudarse a una estrella lejana.
Diego, el Pelusa de Fiorito, el más humano de los dioses, ese Dios sucio que se nos parece, será eternamente bandera de resistencia dentro y fuera de una cancha. Diego será un sinfín de rostros, rostros de pueblo.
¡Te amo Diego! ¡Te amamos Diego! ¡Te extraño Diego, te extrañamos Diego!
Mario Giannotti