Balcarce saludó el paso de su ídolo deportivo y acompañó desde el afecto y la admiración al coche fúnebre que transportó sus restos desde el cementerio local al mausoleo dispuesto en el museo que lleva su nombre. Las calles de la ciudad atesoran los sueños iniciales de Juan Manuel Fangio, un mecánico que quería triunfar en el fútbol y terminó siendo un campeón inigualable en todas las pistas.
“Cuando se maneja, se maneja… Usted me trajo a Napoleón. Bueno, Napoleón le decía a su criado: «Vísteme despacio, estoy apurado». Esta frase viene como anillo al dedo para los conductores de ciudad o de ruta: poco acelerador si hay mucho apuro”.
Juan Manuel Fangio
Siempre me fascino escuchar los relatos que contaba Juan Manuel Fangio. Me gustaba su manera de expresarse, el tono apacible y cautivante de su voz para narrar apasionantes experiencias dentro y fuera de un circuito, vivencias personales que dejaban entrever un buen consejo final.
Osvaldo Soriano escribió que el balcarceño era el ídolo tranquilo, el hombre sin televisión, alguien que sabía lo grande que era sin necesidad de andar gritándolo a los cuatro vientos. “Parecía un solitario de esos que cuando salen de su cueva no paran de hablar para resarcirse del silencio”.
Prudente como pocos, fingía modestia, como corresponde a un hombre de tacto: “Soy famoso en el exterior porque mi nombre es fácil de pronunciar en todos los idiomas”. Cierta vez, en el marco de una charla periodística, lo escuché hablar sobre su padre albañil. Loreto Fangio era en los años 20´ un respetado frentista en Balcarce.

Recuerdo que en aquella entrevista Juan decía que sentía mucho orgullo por su papá, porque cada vez que recorría la ciudad se reencontraba con parte de su infancia. Las manos laboriosas de don Loreto habían construido en cierta forma una parte de la arquitectura urbana de un pueblo pujante. Los frentes de los viejos caserones, a su manera, también hablaban de su padre. En definitiva, don Loreto, fratacho en mano, y Juan Manuel, trepado a un auto de carrera, establecieron en diferentes épocas un inquebrantable sentido de pertenecía con sus coterráneos.
Hace muchos años los mejores deportistas de Balcarce reciben un premio que tiene el rostro y lleva el nombre del quíntuple campeón del mundo. Pensaba en consecuencia en todos los balcarceños que producto de sus éxitos y sus conquistas han logrado traspasar las fronteras de su barrio, de su comunidad, de su pueblo, de su ciudad. Ellos también pudieron sellar un vínculo inquebrantable con la historia de sus antecesores. Ellos se han trasformado en una estructura relevante de la arquitectura comunitaria.

Los éxitos deportivos, decía el recordado profesor de Educación Física Fernando Rodríguez Facal, en muchas ocasiones, son sinónimos del crecimiento de una sociedad. Por tanto, me pareció que aquella mirada de Juan Manuel Fangio sobre el oficio de su papá, podía ser una buena metáfora para describir la significancia de los méritos de los atletas homenajeados, destacados, premiados año tras año por la Municipalidad.
Quizás muchos de los balcarceños, reconociendo los logros de sus deportistas, sientan el mismo orgullo que el Chueco sentía por su padre albañil. Porque en definitiva cada conquista, cada medalla, cada marca, es puro sentido de pertenecía, es una mueca que resistirá indeleble el paso del tiempo, una fachada, que como las que construía don Loreto con cal, cemento y arena, cuentan la historia de una ciudad. Balcarce será tantas cosas como lo exprese y lo sienta su gente y Fangio será eternamente Balcarce.
Mario Giannotti