Esta columna es mi regalo de cumpleaños para el Pelusa de Fiorito, un pedacito de mi corazón con forma de pelota, un abrazo al cielo, un beso a la estrella que brilla en la noche y enciende los sueños de los pibes pobres que corren felices en la inmensidad de un baldío, de un potrero, de una cancha, de un estadio.
“Morí sin morir
y me abracé al dolor
y lo dejé todo
por esta soledad
Ya se hizo de noche
y aún estoy aquí
mi cuerpo se cae
solo veo la cruz al amanecer”
Charly García/Luis Alberto Spinetta
Garabateo una crónica simple, sencilla, mundana. En el camino me reencuentro con una exquisita crónica periodística de Mario Wainfeld publicada el 10 de abril de 1991 en el diario Página 12.
“¿Soy Napoleón o soy un piojo?”, se preguntaba un atormentado personaje de Dostoievski. La mayoría de la gente sabe que –siendo muchas cosas– uno no es tanto ni tan poco. El tremendismo, la simplificación derivan de carencia de pensamiento o de datos. En las sociedades de masas suelen ser consecuencia de cómo se procesa la información. Maradona es un ejemplo de cómo simplificar burdamente una cuestión llena de aristas”
El texto me permite ratificar lo que siento, lo que pienso, me ayuda a desentenderme, al menos hoy, de lo real, de su complejidad. Por eso ahora le escribo al Pelusa de Villa Fiorito, al chiquilín que desparramaba defensores a su antojo, que reía, que era un niño más entre los pibitos de la barra. Ni Napoleón ni piojo, simplemente Diego.
Meto la mano en los bolsillos y apretujo apenas un par de monedas, humildes monedas de poeta que entrego a cambio de una imagen, un instante, un humilde regalo de cumpleaños envuelto en una cajita celeste y blanca.
Un viento cálido y abrazador cruza la cancha de cordón a cordón. En las plateas un centenar de papelitos multicolores ensayan un vuelo prometedor para aterrizar dócilmente, como en cámara lenta, en las butacas y en los paravalanchas.

Una brisa marina acaricia el césped, lo peina, lo reverdece. Los arcos cargan sobre sus hombros las redes que alguien les ha arrancado de las entrañas. Los reflectores irradian un color incandescente en medio de la noche mientras las primeras estrellas iluminan el esqueleto de un estadio vacío. Una luna redonda se posó altanera sobre el cartel electrónico.
Los últimos habitantes de las populares cargan los trapos, maldicen la actuación del árbitro y la impericia de sus delanteros en el área rival. Los carteles de publicidad ya forman parte de una opaca escenografía en blanco y negro. Un silencio enternecedor se apodera definitivamente del lugar y entonces, como escribió el maestro Eduardo Galeano, uno se queda al fin con esa melancolía irremediable que todos sentimos después del amor y al final del partido.
Un halo pacificador envuelve el esqueleto desnudo de un coloso de cemento que reposa mudo tras la batalla. Quizás esta imagen, la de un estadio vacío, pueda ser utilizada como metáfora para describir un verdadero tiempo de paz, un instante para el regocijo del alma, un espacio pletórico de buenos sentimientos.
Querido Pelusa, amado Diego, hoy en el día de tu cumpleaños, solo deseo regalarte esa hermosa melancolía que todos sentimos después del amor y al final del partido. Quiero regalarte ese magnífico tiempo de paz y desearte que los duendes futboleros te arropen en la inmensidad de la noche, para que puedas correr en el césped, descalzo, melena al viento, feliz, con la sonrisa esculpida en tu rostro, con la inocencia de un nene que juega solo por jugar, que sueña, que cura sus heridas, que abraza la cruz al amanecer, hasta que Doña Tota, desde la tranquerita, te llame para tomar un delicioso mate cocido con leche.
¡Feliz cumple Pelusa!
Mario Giannotti