De un tirón y con el alma

De un tirón y con el alma

Un 29 de junio de 1986 la Selección Argentina, capitaneada por un inmaculado Diego Armando Maradona, lograba en México la gloria futbolera. Aquella gesta fue un regocijo para el alma, un aventón en medio del camino, un sabroso elixir que redimió algunas penas, una foto colgada del cielo que nos recordará por siempre que la vida es eso que pasa entre mundial y mundial.

29 de junio de 2021

a la memoria de Rodrigo Munilla

“Claro que me hubiera gustado más jugar con un estilo con el que me sintiera más identificado. Pero en el´86 tocaba otra cosa y para mí la camiseta de la selección valía más que una idea».

Jorge Valdano

 

Escribo estas líneas de un tirón y con el alma. Desestimo viejas crónicas periodísticas de la época y soy indiferente al centenar de homenajes que se multiplican hoy y ahora en los medios, solo apelo a mi memoria adolescente. Las imágenes aparecen puntuales, exactas y caprichosamente desordenadas.

 

Me veo otra vez en el living de mi casa frente a la tele blanco y negro, mis viejos y mi hermana conforman una escena imborrable. La radio abandona solo por un rato el aparador de fórmica y narra desde el tablero de herramientas del galponcito de chapa la previa de un partido mundialista. Sintonizo LU6 que retransmite Radio Argentina. Víctor Hugo pronostica ante Corea del Sur una actuación memorable, le augura una auspiciosa presentación a la maltratada selección de Diego.

 

Miro la portada de El Liberal, hace tiempo que dejé de leer el Clarín Deportivo, allí Horacio Pagani maldice a Bilardo y a su equipo. Desde las páginas del diario piden la cabeza del entrenador. Se burlan de sus conceptos futbolísticos y adelantan crónicas lapidarias, funestas, brutales obituarios revanchistas para un grupo de muchachos, con Maradona a la cabeza, que esperan y merecen, según sus alarmantes diagnósticos, un pronto regreso a Buenos Aires.

 

Estoy en mi pieza, en el escritorio donde a duras penas realizo la tarea para la clase de geografía. Escucho Sport 80. Víctor Hugo Morales, Adrián Paenza, Fernando Niembro, Marcelo Araujo y Ricardo Scioscia, entre otros, alzan las banderas bilardistas y ensayan sus primeras defensas incondicionales para la barra del Pelusa. Cabe recordar que por entonces Radio Mitre se había sumado a la nómina de medios que no viajarían a México para cubrir el Mundial. Argumentaban que no tenían el presupuesto deseado para concurrir a la cita ecuménica, aunque en realidad los empresarios periodísticos de la época descreían de las bondades de la Selección, casi todos estaban convencidos que se volvían en primera ronda, que serían protagonistas de lujo de un lamentable papelón en suelo Azteca. La televisión, en consecuencia, relató desde Buenos Aires los partidos del equipo argentino.

 

Aleatoriamente viene a mi memoria un pedido casi incondicional de Víctor Hugo para que el Bichi Claudio Borghi integre la lista definitiva para México ´86. Recuerdo una imagen borrosa de Marcelo Araujo presentando en exclusiva la canción de mundial charro en el programa “Todos los goles”. Retengo en mi cabeza adolescente la corazonada de  Adrián Paenza, su quijotesco comentario, su coraje para enumerar, en medio de un panorama adverso, las cualidades de la Selección Argentina. Dice maravillas de Diego y lo defiende a capa y espada de las críticas absurdas de quienes lo menosprecian y le exigen a Bilardo que revea la revolucionaria decisión de otorgarle la capitanía en desmedro de Daniel Passarella.

Mis compañeros de cuarto año del colegio secundario son pesimistas y presagian una catástrofe. Estoy frente a un enorme pizarrón trasero de una de las aulas del primer piso de la Escuela Nacional de Comercio Bachillerato Común anexo de Balcarce. Escribo: “Argentina campeón del mundo”. Nano Jaime, me mira, ensaya una sonrisa y me hace ver con puntillosa rigurosidad que estoy solo, increíblemente solo en mi pregón triunfalista.

 

Tengo 16 años de edad, todavía creo que puedo llegar a primera división, que puedo jugar un Mundial, que mi irreverente zurda alcanzará para conmover al mundillo del fútbol. Diego es bandera para los pibes que aún nos creíamos capaces de triunfar en el deporte que amábamos con pasión. Diego era el horizonte, un haz de luz que indicaba el camino, era un faro que nos guiaba y nos permitía seguir en pie cuando la realidad nos abofeteaba cruelmente.

 

Es más, todavía escucho los rezongos incriminatorios para el Pelusa. Los detractores no hablaban de sus deficiencias como jugador, sus voces se alzaban en cadena para hostigar a un negrito de mierda, a un villero con aires de bon vivant. Criticaban sus modos, sus formas, su rebeldía, su tapado de piel blanco, sus romances, sus aritos, su pelo largo y desprolijo, su pasado miserable en un barrio miserable, su amor incondicional  por la camiseta argentina. No toleraban y muchos aún todavía no toleran que ese simple jugador de fútbol pueda transformarse y erigirse bandera de una República.

 

Vuelvo a mi casa humilde, construida desde el sacrificio de mis viejos. Mi papá arriba de los andamios levantando paredes para otros, mi vieja deslomándose desde la madrugada en el lavadero de un hospital. El living es pequeño, modesto, muy sencillo, casi no existe límite geográfico con la cocina. Mi mamá lo cuidaba como si fuera la antesala de un chalet colonial. A veces nos exigía que usáramos patines de lana para proteger el piso recién encerado.

Estoy a dos metros de distancia de la pantalla blanco y negro de la tele. En el entretiempo cumplo a rajatabla mi cábala. Abandono el living y escucho el comentario de la radio en el galponcito de chapa de mi casa. Hace mucho frio. Mi vieja me pide que me abrigue, entiende el rito mientras prepara el mate para ver el segundo tiempo.

 

Ganábamos dos a cero pero nos empataron con dos goles casi calcados, uno tras un cabezazo en el área y otro de cabeza. Imagino a la distancia la bronca de Bilardo. Pero cuando todo parece desmoronarse, Diego, mi héroe redentor, alza la vista y sueña a Burruchaga camino al gol. Burru, el lugarteniente del 10, corre inmortal mientras un alemán de medias caídas lo persigue impiadoso. Burruchaga se olvida del agobiante calor mexicano y vuelve en cuestión de milésimas de segundos al potrero de su infancia pobre en Gualeguay. Sus últimas zancadas lo alejan definitivamente del gigantón de camiseta verde y lo pone de cara a la gloria que soñó mil millones de veces a orillas del rio. Bien vale para describir ese instante una bella metáfora del poeta entrerriano Juan Laurentino Ortiz: ¨Hay una suave tensión entre algo que parece irse y algo que se ensimisma¨.

 

 

Víctor Hugo grita un gol que nos paraliza el corazón. ¡Burru viejo y peludo nomás! Caigo de rodillas y lloro desconsoladamente frente al televisor, mi vieja se acerca y me da un abrazo de oso. “¡Ganamos, ganamos!”-  me dice.

 

Han pasado 35 años de una superlativa proeza futbolística. Una conquista donde la camiseta argentina y la nobleza de los jugadores   que la vistieron valieron más que una idea. Creo, humildemente, que ese equipo en México 1986 fue la conjunción perfecta de dos corrientes filosóficas antagónicas. Argentina, con un magnánimo Diego Maradona en campo, pensó cada partido desde la sapiencia del recordado Osvaldo Zubeldia y los jugó, mal que les pese a muchos, con una irrenunciable vocación ofensiva, con un pulcro trato del balón, en ciertas ocasiones fue dueño de una estrategia pletórica de belleza y romanticismo, sin lugar a dudas un sello distintivo del acervo ideológico del Flaco César Luis Menotti.

No sé, tal vez esta columna, sobre todo para quienes carecen de esta inexplicable pasión futbolera, puede resultar incomprensible, lejana, absurda, ridícula, propia y digna de un mediocre fulano estupidizado por un juego al que ellos llaman despectivamente “el opio de los pueblos”. Pero para mí y creo que para muchos, aquella gesta de Diego y compañía significó uno de los momentos más felices de nuestra historia mundana.

 

La Selección del ´86 fue un regocijo para el alma, un aventón en medio del camino, un sabroso elixir que redimió algunas penas, una foto colgada del cielo que nos recordará por siempre que la vida es eso que pasa entre mundial y mundial.

 

Mario Giannotti

 

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