El 3 de junio se celebra en nuestro país el “Día del Inmigrante Italiano”. Estas líneas, en la figura de mi abuela Elisa, es un reconocimiento para todos los hombres y todas las mujeres que en este suelo reconstruyeron sus historias e hicieron mejor país a la Argentina.
a mi abuela Elisa
a todos los inmigrantes italianos
En un cuento breve, pero muy bello, llamado “Esa vieja es un país”, Eduardo Galeano describió su admiración por su abuela Esther, una montevideana que influyó positivamente en su formación humana y literaria, una mujer que le enseñó a cuestionar y explorarlo todo.
En una parte del texto Galeano reproduce una conversación que ambos tuvieron en el puerto de Buenos Aires. Ella había llegado de visita y deseaba caminar orgullosa con su nieto.
“La abuela estaba hecha un pajarito. Los años iban pasando y la encogían. Salimos abrazados del puerto. Le propuse un taxi. –“No, no- le dije. No es porque crea que te vas a cansar. Yo sé que vos aguantás. Es que el hotel queda muy lejos, ¿entendés?”.
Pero ella quería caminar
-Escuchame. Abuela, por aquí no vale la pena. El paisaje es feo. Esta es una parte fea de Buenos Aires. Después cuando hayas descansado, vamos a ir juntos a caminar por los parques”
Se detuvo, me miró de arriba abajo. Me insultó. Y me preguntó furiosa:
-“¿Te creés que yo miro el paisaje, cuando camino contigo?”
Se colgó de mí. Me siento agrandada, me dijo- bajo el ala tuya.
Cada vez que me reencuentro con esta historia pienso indefectiblemente en mi abuela Elisa, una mujer gigantesca, valiente, audaz, trabajadora. Escuchando sus relatos siento que ella me toma de la mano y su figura se agranda y también poco importa el paisaje.
Mi abuela nació el 8 de enero de 1924, en Borrello, un pintoresco pueblo perteneciente a la provincia de Chieti, en los Abruzos. Un paraíso terrenal rodeado de montañas que en invierno cubren sus cimas de nieve y en verano cobijan en sus laderas el aroma inconfundible que destila la dulce corriente del Mar Adriático.
A los 17 años de edad se casó con Pepe, mi abuelo. Él tenía dos años más que ella, era un soldado, un paracaidista, un panadero, que defendía su tierra de la brutal invasión alemana. Al año, en plena Guerra Mundial, llegó Pablo, su primer hijo. En tanto las balas y las bombas nazis destruían las casas humildes de los habitantes de Borrello. Mi abuela Elisa vio como el fuego derruida las paredes de su hogar. Mi abuela aprendió a mantenerse en pie, a sobrevivir en medio del horror, sus brazos juveniles cobijaron, con la fuerza y la templanza de una auténtica gladiadora romana, la pavura, el desánimo y el hambre que padecían sus afectos más cercanos. Mi abuela Elisa aprendió en medio del humo de las metrallas que muchas veces uno tiene que seguir en pie porque no tiene ni siquiera donde caerse muerto.
El 2 de setiembre de 1945 Japón firmó su rendición militar ante las fuerzas aliadas, acontecimiento que decretó el final de la guerra. A los veintisiete días nació Mario, mi viejo, el segundo hijo del matrimonio. El mundo había explotado por los aires, pero nunca dejó de girar. En aquel bellísimo municipio sepultado bajo los escombros, mis abuelos se juramentaron reconstruir sus vidas. Elisa y Pepe también aprendieron casi a pie juntillas que a la noche siempre sigue el día, y que pase lo que pase, el día vendrá.
Mientras los Partisanos Antifascistas aún festejaban la ejecución de Benito Mussolini, el 2 de junio de 1946 Italia votó en un referéndum institucional ser República; un gobierno de coalición ocupó el poder hasta que en 1947 asumieron los Demócrata-Cristianos.
Mi abuelo Pepe y mi abuela Elisa alzaron la mirada y vieron las penurias y la pobreza extrema que dejó la sinrazón de una guerra cruel. Recuerdo que me causaba mucha ternura escuchar a mi abuelo describir sus bravías peripecias como paracaidista en un cielo donde pocos podían ver las estrellas o contemplar un amanecer.
En 1949 Pepe se embarcó hacia la Argentina. Cruzó el Atlántico en busca de un porvenir para su familia. Su esposa y sus tres hijos, ya había nacido Florinda, esperarían en Borrello. La despedida de los seres queridos no fue fácil ni mucho menos.
Sobre un puente, mi abuelo le juró a Mario, quien tenía solo cuatro años, que él regresaría por ellos, que una tarde cualquiera, la menos pensada, volverían a abrazarse. Al niño los rulos le caían sobre los hombros y las lágrimas se perdían entre las pecas que enmarcaban su rostro.
Aquel hombre cargó su equipaje mientras el pequeño miraba más allá de las montañas. El chico lo besó en la mejilla y le confesó al oído que todas las mañanas iría al puente de la despedida. Y así fue. Durante los primeros días, aquel niño caminó hasta allí esperó a su papá.
Doce meses después se produjo el reencuentro. Mi abuelo Pepe se había radicado en Tres Arroyos, trabajó a destajo en una fábrica y gracias a su esfuerzo logró juntar parte del dinero que le permitiría pagar los pasajes de barco para su familia.
Finalmente, Elisa y sus tres hijos partieron del puerto de Nápoles a bordo del “Stella Maris”, una humilde embarcación que pertenecía a la Compañía Protea. Vaya capricho del destino, mi abuela desplegaba sus alas albicelestes en el corazón de una ciudad que años después, por obra gracia de mi amado Diego Maradona, yo sentiría propia, cercana.
Mi abuela Elisa, con sus vitales 97 años de vida lo recuerda todo, su memoria permanece intacta, inalterable, persistente, perdurable al paso del tiempo. Me cuenta que fueron veintidós días de viaje en altamar. Que sonaba una campanilla cada vez que tenían que ir a comer y que su mesa estaba ocupaba por hombres famélicos. Compatriotas que como ella soñaban un tiempo próspero en Argentina.
Allí en ese barco mi tío entendió que en ciertos momentos de nuestra existencia, sobre todo cuando el ruido a tripas vacías te estruja el alma, debemos estar muy atentos, ocupados, preocupados, preparados. Lo imagino correr entre las mesas para llegar primero y reservar un sitio para su mamá y su hermanitos, mientras las olas golpeaban con fuerza el casco del “Stella Maris” y las vibraciones de la campanilla resuenan una y mil veces en su cabeza.
Al llegar a Buenos Aires tomaron un tren que los condujo a su nuevo terruño: Tres Arroyos. Luego Elisa y Pepe compraron sus primeras máquinas de tejer y se mudaron a Balcarce. Juntos echaron raíces, formaron una numerosísima familia y una noche al fin, mirando la inmensidad de un cielo tan transparente como las aguas del Mediterráneo, trepados a un mundo que nunca dejó de girar, sintieron que sus vidas habían tenido un sentido.
En definitiva, hoy día del inmigrante italiano en la Argentina, escribo estas líneas solo para decirle a mi abuela Elisa que la quiero mucho, que la admiro profundamente, que es una mujer muy valiente, una luchadora incansable, una mujer hecha de historias, experiencias que la han transformado en una acorazada que domó el tiempo.
Recuerdo los sándwiches de jamón y queso a la salida del colegio, las travesuras con mis primos y los retos de mi abuelo, el ruido de los carros de las máquinas de tejer, las bolsas de lana apiladas en el garaje, el olor a parafina y las pelusas de los pulóveres recién terminados. Recuerdo las pastas caseras los domingos al mediodía y a mi abuelo probando el tuco cual si fuera un experto cocinero, aprobando con un guiño cómplice la obra maestra de su compañera de ruta. Recuerdo cuando discutían en italiano para que sus nietos no entendiéramos de que hablaban hasta que mi abuela daba por terminado el parloteo con un rotundo: ¡Finishela Pepe, finishela!
Para el maestro Eduardo Galeano su abuela Esther es un país, yo creo en tanto que mi Abuela Elisa es un mundo, ese mundo que gira intrépido y nunca se detuvo ni un instante.
Escuchando sus historias aprendí que nunca hay que darse por vencido, que todo puedo cambiar, que el mundo alguna vez dejará de ser hostil, y que a la noche siempre sigue el día y que el día, pase lo que pase, pandemia incluida, vendrá…
Mario Giannotti