Todo arquero es un soldado custodiando el último pedacito de tierra de su patria futbolera

Todo arquero es un soldado custodiando el último pedacito de tierra de su patria futbolera

Esta crónica periodística narra las vivencias de Gustavo Panaggio, un arquero que en 1982 tuvo que cruzar las fronteras de su área chica para desembarcar fusil en mano en una lejana e inhóspita isla del océano Atlántico Sur. Es la historia de un pibe de 19 años que se soñaba Hugo Gatti cuidando el arco de su amado Racing balcarceño, un novato estudiante de arquitectura que se vio forzado a cambiar el tablero y las maquetas por cañones y metrallas.

4 de abril de 2021

 “Tiempo de plantar y de cosechar
tiempo de hablar, también de callar
tiempo para guerra y tiempo de paz
tiempo para el tiempo y un rato más”

Vox Dei

 

  a los héroes de Malvinas

 

La figura de un arquero volando de palo a palo, elástico, plástico, suspendido en el aire, desafiando las leyes de la gravedad, disparado como una flecha que busca el corazón de una pelota que viaja irreverente hacia uno de los ángulos superiores de su arco, es acaso una maravillosa alegoría de un hombre libre.

 

Recuerdo las primeras líneas de un cuento de Alfredo Bryce Echenique donde el autor utiliza una brillante metáfora futbolística para sintetizar un sentimiento que afloraba en los años fundacionales de su vida. Escribió: “El de Pasalacqua volando es uno de los primerísimos recuerdos de mi idea de la libertad y de la forma alegre y mágica, o cuando menos sumamente aérea, en que me enfrenté a un nuevo estreno del mundo”.

 

El inigualable Roberto Fontanarrosa, por su parte, describió con ingenioso talento la valentía de los guardametas que se juegan el pellejo ante un despiadado delantero que busca su pasaje a la gloria en un hostil mano a mano en el área rival.  El Negro relató desde su pluma el coraje de Antonio Camaratta, un histórico referente del arco de Independiente de Avellaneda, campeón en 1948.

 

Aprendimos que a Camaratta le debían reventar pelotazos en el pecho desde medio metro y el ruido se debía escuchar hasta en la otra cuadra. Supimos que Camaratta abría el tórax para achicar el ángulo de tiro, que tenía el pelo mojado y una lluvia de sudor que se desprendía de su nariz. Internalizamos que después de salvar su arco de una segura derrota,  como un cachalote con la media derecha caída, sangrante y terrosa la rodilla; alzaba la vista, oteaba el panorama y pelota en mano se transformaba en un ser invencible, inmortal.

 

Indudablemente los porteros en el fútbol, siempre o casi siempre, son sinónimo de emancipación y arrojo. Son los héroes redentores a quienes los hinchas les dedican sus postreras plegarias. El escollo final para el goleador enemigo, el chivo expiatorio de una defensa que no defiende, el estoico soldado que custodia el último pedacito de tierra de su patria futbolera.

Esta crónica periodística cuenta las vivencias de Gustavo Panaggio, un arquero que en 1982 tuvo que cruzar las fronteras de su área chica para desembarcar en una lejana e inhóspita isla del océano Atlántico Sur. Es la historia de un pibe de 19 años que se soñaba Hugo Gatti cuidando el arco de su amado Racing balcarceño, un novato estudiante de arquitectura que se vio forzado a cambiar el tablero y las maquetas por cañones y metrallas.

 

Gustavo nació en Balcarce el 5 de marzo de 1963, fue el único hijo del matrimonio de Edith y Justo. Su infancia transcurrió en las vereditas de la calle 14 y en las canchas del Club Racing. Arquero vocacional en los primeros entreveros barriales y luego en el campeonato liguista. En 1973 integró un equipo que representaba a los telefónicos en un torneo que se disputó en el Club Ferroviarios. Ganaron el campeonato y él fue uno de los artífices de la conquista.

 

Luego su carrera deportiva fue puro sentido de pertenencia blanquiceleste, desde las divisiones menores hasta la primera división. Debajo de los tres palos, a pesar de su corta edad, trasmitía confianza, caminaba su terruño como un veterano con mil partidos sobre su espalda. Usaba los pies como un defensor más, hablaba mucho y ordenaba criteriosamente a sus compañeros. Cada embate rival lo encontraba bien ubicado y poseía también la virtud de saber leer el juego para salir de su área y anticipar a los delanteros contrarios.

 

En 1981 alternó la titularidad en la tercera división académica con su amigo el Sapo Walter Martínez. Ese mismo año ambos fueron convocados por el entrenador de la Selección Juvenil sub-18 de Balcarce, el inefable Pomada Linares, para formar parte del plantel papero que disputaría la etapa clasificatoria del torneo provincial.

 

En septiembre, cuando cursaba los últimos meses del colegio Industrial, el promisorio arquero de Racing fue uno más en la larga lista de jóvenes que esperaban, succionados por la radio, el sorteo para el ingreso al servicio militar obligatorio. El 401 fue el fatídico número que lo confinó al Grupo de Artillería de Defensa Área 601 con sede de paz en la Guarnición de Ejército Mar del Plata.

 

En enero de 1982, mientras preparaba su examen de ingreso a la Facultad de Arquitectura marplatense y esperaba su instrucción militar, jugó un paradigmático partido en el estadio Mundialista contra un poderoso combinado local. En aquella Rojita se destacaban, entre otros, Carlos Huerta, Diego Montina, Raúl Pintar, Luis Fantini, Esteban Solabarrieta, Gerardo Cirse, Gustavo Cotado, Pedro Boccanera, Sergio Trevini, Alejandro Miranda, Eduardo Filippi  y el Patito Hugo Subiledt.

 

El pleito entre las selecciones Sub-18 de Balcarce y Mar del Plata se disputó el 30 de enero como preliminar del enfrentamiento por Copa de Verano entre Boca y Racing. En el conjunto xeneize que dirigía Vladislao Cap destellaba Diego Armando Maradona, quien cuatros meses después, a solo nueve días del inicio del Mundial en España, seria transferido en una cifra millonaria al Barcelona.

 

Boca con una actuación consagratoria de Marcelo Antonio Trobbiani superó 4 a 1 a su par de Avellaneda. Diego de penal, Horacio Matuszyck, Cacho Córdoba y Ricardo Gareca fueron los autores de las conquistas auriazules, en tanto, el debutante Juan Andrés Sarulyte, con una aire maradoniano, marcó el único gol racinguista.

En lo previo los chicos marplatenses vencieron 3 a 1 a los balcarceños y como dato anecdótico cabe señalar que tras el tercer tanto Rojo, en el marco de una gresca generalizada entre los jugadores de ambos equipos, Gustavo Panaggio y Raúl Pintar fueron expulsados por el árbitro del cotejo. Esta sería a la postre la única tarjeta roja que el guardameta vio en su ejemplar carrera como futbolista y el último partido antes de ser protagonista de una absurda guerra en las Islas Malvinas.

 

El 8 de marzo ingresó al Ejército y el 12 de abril con apenas tres días de instrucción y nula formación en el uso de armas, voló hacia Comodoro Rivadavia, escala previa al desembarco final en el teatro de operaciones malvinenses. A su lado Daniel Cucci, marcapunta derecho de Amigos Unidos, un amigo fiel que lo acompañó en una travesía mundana que marcaría a fuego el futuro de una generación de compatriotas.

 

El 15 de abril, a las cinco de la tarde, cuando el sol caía estrepitosamente  detrás de un cerro, una luna tempranera le dio la bienvenida a Saperhil, cerca de Puerto Argentino, el lugar predestinado para detectar y derribar a los aviones ingleses que surcarían el cielo con sus bombas de fuego.

 

“En la espera no te relajás nunca. No tenías tiempo para descansar, dormíamos dos o tres horas por día. Además podíamos ser víctimas de un ataque naval. Lo pozos de zorro estaban llenos agua helada, de noche no veíamos nada y a la madrugada las escarchas te congelaban los pies”.

 

El 3 de junio, a las seis de la mañana, dos misiles cayeron a cincuenta metros de su posición y las esquirlas mataron a cuatro soldados argentinos. Uno de ellos fue Jorge Llamas, un balcarceño radicado en Mar del Plata. Entonces el mundo deja de girar por un instante, el corazón late fuerte y la angustia endurece las tripas. De esta manera los que siguen vivos entienden a pie juntillas que después de un bombardeo no hay tiempo para lamentar ni llorar a los seres queridos que han caído en combate. Todo sigue y el futuro es apenas una ilusión que se desvanece en medio de una balacera.

 

“Cuando termina un bombardeo pensás que no hay salida, deseás que termine la guerra lo antes posible y te empezás a preguntar de que sirve estar cagados de hambre y muertos de frio. ¿Para qué sirve un soldado cagado de hambre y muerto de frio? ¿Para qué?”

 

El mar y un viento gélido que calaba los huesos  fueron los testigos privilegiados de una derrota bélica en aquellas islas tan nuestras como distantes y adversas. Los genocidas hicieron uso y abuso de su abrumador aparato propagandístico para falsear la realidad. Solo en las tapas de los diarios y en las páginas de las revistas cómplices y serviles a la dictadura se pergeñaron triunfos que jamás existieron. El coraje, las pelotas, la nobleza y la hidalguía de nuestros soldados permitieron, al menos en algunos instantes de la guerra, equiparar las fuerzas del bando enemigo, pletórica de dinero y profesionalismo.

 

“Yo era ayudante de cañón, actividad que jamás había realizado hasta que llegué a Malvinas. Al poco tiempo, la humedad y el frio habían provocado que mis pies se hincharan y deshincharan una y otra vez. Mi borceguí derecho se rompió y estuve hasta el último día, hasta la rendición, con el borcego roto, descocido. Pedí mil veces que me lo cambiaran, pero nadie me escuchó”.

 

Las cartas que no eran censuradas y llegaban a manos de los soldados eran bastiones emocionales donde aferrarse cuando el miedo, el hambre, la bronca y el dolor eran moneda de cambio, moneda corriente. Además,  muy pocas de las encomiendas despachadas en el continente, cargadas afectuosamente con comida y abrazos en tinta y papel, llegaron al archipiélago.

 

El 13 de junio un militar de alto rango dio la orden de cese de fuego. A la mañana siguiente, desprovistos de todo tipo de armamentos, los soldados patrios amanecieron prisioneros de guerra del ejército británico y fueron enviados al puerto para ser embarcados en un crucero que los llevaría de regreso a Buenos Aires.

 

“El trato de los ingleses fue muy correcto. Nos hablaban en castellano, nos dieron ropa limpia y comida. Muchos chicos estaban famélicos, desesperados, tenían la piel pegada a las costillas. Yo pesaba treinta kilos menos y no sentía mi pie derecho. El domingo 20 de junio estábamos en Campo de Mayo. El miércoles por la noche, casi en soledad, un tren nos trajo a Mar del Plata. Me acuerdo la emoción de los familiares y de los amigos que nos esperaban en la estación. Yo al llegar le di un abrazo a mi viejita y no pude más, no pude caminar más. Fue increíble, tuvieron que llevarme tomados de los hombros hasta la casa de mi tía que estaba en Bolívar y Jara”.

 

La posguerra abrió innumerables, impensados e indeseados focos de conflictos para muchos de los ex combatientes argentinos, disputas diarias con enemigos internos, peleas a brazo partido con un Estado y una parte de la sociedad que pretendía condenarlos al ostracismo. Los más cínicos desearon instaurar una dolorosa desmalvinización y en consecuencia provocar el olvido y la desmemoria de una gesta heroica. Los Centros de Ex Soldados Combatientes en Malvinas empezaron a ganar un lugar preponderante en la construcción de la memoria colectiva de un pueblo y fueron claves en la reinserción comunitaria de los que sufrieron y padecieron con mayor intensidad las consecuencias de la guerra.

 

“Cuando volví de Malvinas tenía un principio de gangrena, estaba convencido que me iban a cortar la pierna derecha hasta la rodilla. El Ejército me daba unas pastillas blancas que no servían para nada. Luego de muchas interconsultas fue el Doctor Horacio Pujato quien me salvó el pie. Se ocupó, leyó mucho sobre el tema, me escuchaba, era además como un psicólogo. A él le regale una de las cartas que le había mandado a mi viejo cuando estaba en las Islas”.

En diciembre un grupo de amigas lo convencieron para que abandonara el encierro al que se había sometido y fue a bailar a Noi, un boliche cercano en el afecto personal. Despacito comenzó a caminar y llevo adelante un cuidadoso proceso de rehabilitación. Una tarde sin previo aviso volvió al fútbol. Fue en el estadio General Balcarce, ante Amigos Unidos, defendiendo el arco de la Tercera de Racing.

 

Su derrotero futbolístico se extendió exitosamente hasta el 2 de octubre de 1987. Aquella tarde la Academia, conducida táctica y estratégicamente por el Leche Eduardo Loscalzo perdió 4 a 0 con Boca y quedó eliminada en la primera fase de la Liguilla final del campeonato balcarceño. El legendario Alejandro Edelmiro Cucho Mascareño desde los doce pasos, Mariano Alfonso, el Flaco Mirón y Marcelo Gentile en contra, fueron los autores de los goles xeneises.

 

Loscalzo, uno de los muy queribles directores técnicos de la historia del fútbol de Balcarce, definió en pocas palabras a su guardameta: “Gustavo no solo era un gran arquero, era un referente, un chico muy importante para el grupo, una excelente persona, un ejemplo de vida”.

 

En 1983 Gustavo Panaggio se radicó definitivamente en Mar de Plata. Los domingos volvía a su ciudad natal para poder lucir con orgullo la camiseta número uno de Racing. Estudió seis años arquitectura pero abandonó la carrera  y se recibió de Martillero y Corredor Público. Participó y participa activamente en el Centro de Ex soldados marplatenses, uno de los más importantes del país. En la actualidad es socio y ejerce una función administrativa en la Cooperativa de Taxis que posee la entidad y trabaja como auxiliar de limpieza en el Jardín de Infantes provincial N° 917.

 

El Honorable Concejo Deliberante del Partido de Balcarce lo nombró el 8 de noviembre de 2012 Ciudadano Ilustre junto a otros dieciocho Ex Combatientes de la ciudad.

 

Ezequiel, María Sol y Lucas – sus tres hijos- , aman, difunden  y reivindican la gesta Malvinas. Ellos, a su manera, reinscriben la historia de su padre y de cada uno de los imprescindibles héroes contemporáneos de la Argentina.

Parafraseando al maestro Roberto Fontanarrosa garabateo algunas ideas y pienso que a Gustavo Panaggio, como a Antonio Camaratta en 1948, le debían reventar pelotazos en el pecho desde medio metro y el ruido se debía escuchar hasta en la otra cuadra. Que Panaggio abría el tórax para achicar el ángulo de tiro, que se jugaba el pellejo en cada mano a mano, que tenía el pelo mojado y una lluvia de sudor que se desprendía de su nariz. Que después de salvar su arco racinguista de una segura derrota, como un cachalote con la media derecha caída, sangrante y terrosa la rodilla, con el pie derecho congelado, con un borceguí roto y descocido; alzaba la vista, oteaba el panorama y pelota en mano se transformaba en un ser invencible, inmortal.

 

En definitiva ratifico mi postulado inicial y digo que Gustavo Panaggio fue, sin lugar a dudas, un arquero que defendió valiente y pasional, tanto dentro como fuera del campo de juego, hasta el último pedacito de tierra de su patria futbolera.

 

Mario Giannotti

 

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